Además, el Cristianismo empezó con un grupo muy heterogéneo. En él se encontraban los dos extremos: Mateo era cobrador de contribuciones, y por tanto un marginado; era un renegado y un traidor a sus compatriotas; y Simón el Cananeo, al que Lucas llama correctamente el Celota; y los celotas eran una pandilla de nacionalistas ardientes y violentos que se comprometían hasta a cometer crímenes y asesinatos para librar a su país del yugo extranjero. El hombre que había perdido totalmente el sentido de patriotismo y el patriota fanático estaban juntos en aquel grupo, y sin duda habría entre aquellos dos extremos tJda clase de trasfondos y opiniones. El Cristianismo empezó insistiendo en que las personas más diferentes deben vivir juntas, y ofreciéndoles la oportunidad de hacerlo conviviendo con Jesús. A juzgar por los baremos del mundo, los hombres que escogió Jesús no tenían ninguna cualificación especial. No eran ricos, ni tenían una posición social especial, ni tenían una cultura elevada, ni tenían preparación teológica, ni tenían una posición elevada en la iglesia. Eran doce personas normales y corrientes. Pero sí tenían dos cualificaciones especiales. La primera: habían sentido la atracción magnética de Jesús. Había algo en Él que les había hecho querer tenerle por Maestro. Y la segunda: tenían el coraje de mostrar que estaban de Su parte. No nos equivoquemos: aquello requería coraje. Ahí estaba Jesús, pasando tranquilamente por alto normas y reglas; ahí estaba Jesús siguiendo un camino que conducía inevitablemente a una colisión con los líderes ortodoxos; ahí estaba Jesús, ya marcado como pecador y como hereje; y sin embargo tuvieron el coraje de asociarse con Él. Ningún grupo de hombres lo arriesgó todo nunca antes ni después a una esperanza trasnochada como aquellos galileos, y ninguna banda de hombres lo hizo ni lo haría nunca jamás con los ojos más abiertos que ellos. Aquellos Doce tenían toda clase de faltas; pero dijérase lo que se dijera de ellos, amaban a Jesús y no tenían miedo de decirle al mundo que Le amaban -y eso es ser cristianos.
Jesús los eligió con dos propósitos. Primero, los eligió para que estuvieran con Él; los eligió para que fueran Sus constantes y fieles compañeros. Otros podrían ir y venir; la multitud podría estar allí un día y no al siguiente; otros puede que fluctuaran y cambiaran en su relación con Él; pero estos Doce habían de identificar sus vidas con Su vida y vivir con Él todo el tiempo. Segundo, los eligió para enviarlos. Quería que fueran Sus representantes; que le hablaran a otros de Él. Ellos mismos habían sido ganados para que pudieran ganar a otros.
Para la tarea, Jesús los equipó con dos cosas. En primer lugar, les dio un mensaje. Habían de ser Sus heraldos. Un sabio dijo una vez que nadie tiene ningún derecho a ser maestro ; a menos que tenga una enseñanza propia que ofrecer, o la enseñanza de otro que desee apasionadamente propagar. La gente siempre escuchará al que tenga un mensaje. Jesús les dio a Sus amigos algo que decir. Segundo, les dio un poder. También habrían de echar demonios. Porque estaban en Su compañía, algo de Su poder se reflejaba en sus vidas.
Si queremos aprender lo que es el discipulado, haremos bien en fijarnos en estos primeros discípulos.
EL VEREDICTO DE LOS SUYOS
Jesús entró en una casa; e inmediatamente se reunió otra vez un gentío tan compacto que no se podía ni tomar un bocado. Cuando Su propia gente supo lo que estaba pasando, salieron a buscarle para llevársele a casa, porque decían: » Ha perdido el juicio.»
Algunas veces a una persona se le escapa una observación que no se puede interpretar sino como el producto de una amarga experiencia. Una vez, cuando Jesús estaba enumerando las cosas que una persona tendría que arrostrar por seguirle a
Él, dijo: «Los enemigos de una persona serán los de su propia familia» (Mat_10:36 ). Su propia familia había llegado a la conclusión de que Jesús había perdido el juicio, y de que ya era hora de que se Le llevaran a casa. Veamos si podemos entender lo que les hizo pensarlo.
