Una de las leyendas de Lucifer nos cuenta que un día un sacerdote vio en su congregación a un joven maravillosamente atractivo. Después de la misa, el joven se quedó para confesarse. Confesó tantos y tan terribles pecados que al sacerdote se le ponían los pelos de punta. «Tienes que haber vivido mucho tiempo para hacer todo eso -le dijo el sacerdote.» «Mi nombre es Lucifer -le contestó el joven-; y yo caí del Cielo al principio del tiempo.» «Pues, a pesar de todo -le dijo el sacerdotes di que lo sientes, di que te arrepientes, y aun tú mismo serás perdonado.» El joven se quedó mirando al sacerdote un momento, y después se dio la vuelta y se marchó. No podía ni quería decirlo, y por tanto tenía que marcharse desolado y condenado.
Sólo hay una condición para recibir el perdón, y es el, arrepentimiento. Siempre que una persona vea lo preciosa que es la vida de Cristo; siempre que odie su pecado, aunque no lo pueda dejar, aunque esté en el polvo y en el cieno, se le puede perdonar. Pero si una persona, por rechazar repetidamente la dirección de Dios, ha perdido la capacidad de reconocer la bondad cuando la ve; si tiene los valores morales tan invertidos que llama bien al mal y mal al bien, entonces, aun cuando se encuentre cara a cara con Cristo, no tendrá ninguna conciencia de pecado; no se podrá arrepentir, y por tanto no se le podrá perdonar nunca. Ese es el pecado contra el Espíritu Santo.
CONDICIONES DEL PARENTESCO
Llegaron la madre y los hermanos de Jesús. Se quedaron fuera, y mandaron a alguien que entrara a darle un recado a Jesús. Toda la gente estaba sentada alrededor de Él.
-¡Mira! -Le dijeron- tu madre y tus hermanos están ahí fuera preguntando por Ti.
-¿Quiénes son Mi madre y Mis hermanos? -dijo Jesús; y mirando a los que estaban sentados en círculo alrededor de Él dijo-: ¡Mirad! ¡Mi madre y Mis hermanos! Todos los que hacen la voluntad de Dios son Mis hermanos y mis hermanas y Mi madre.
Aquí Jesús establece las condiciones del verdadero parentesco. No es cosa de carne y sangre exclusivamente. Puede suceder que una persona esté realmente más cerca de uno que no es pariente suyo que de los que están relacionados con ella por los lazos más estrechos de parentesco y de sangre. Entonces, ¿de qué depende, el verdadero parentesco?
(i) El verdadero parentesco depende de una experiencia común, especialmente cuando es una experiencia en la que dos o más personas han pasado por situaciones importantes juntas. Se ha dicho que dos personas llegan a ser realmente amigas cuando se pueden decir la una a la otra: » ¿Te acuerdas?» Y entonces siguen hablando acerca de cosas que han pasado juntas. Uno conoció una vez a una anciana negra. Se le había muerto una amiga. «Habrás sentido mucho -le dijo- que se haya muerto esa señora.» «Sí» -respondió ella, no dando señales de mucho dolor. «Os vi la semana pasada -le dijo el otro- hablando y riendo entre vosotras. Tenéis que haber sido grandes amigas.» «Sí -contentó ella-. Éramos amigas. Nos lo pasábamos bien juntas. Pero, para ser realmente amigas, las personas tienen que llorar juntas.» Eso es profundamente cierto. La base de un verdadero parentesco radica en una común experiencia; y los cristianos comparten la experiencia de ser pecadores perdonados.
(ii) El verdadero parentesco depende de un interés común. A. M. Chirgwin nos dice una cosa muy interesante en su La Biblia en el evangelismo internacional. Una de las mayores dificultades que tienen los colportores y los distribuidores de las escrituras no es tanto vender sus libros como hacer que la gente los lea. Y prosigue: «Un colportor en la China precomunista había mantenido por años la costumbre de ir de tienda en tienda y de casa en casa. Pero a menudo se llevaba un chasco, porque muchos de sus nuevos lectores de la Biblia perdían el interés; hasta que se le ocurrió un plan: ponerlos en contacto entre sí y formar con ellos un grupo de adoración y estudio, que a su tiempo llegaban a organizarse como iglesia.» Sólo cuando esas unidades aisladas llegaban a ser parte de un grupo unido por un interés común se daba entre ellas el verdadero parentesco. Los cristianos tenemos ese interés común, por ser personas que deseamos conocer a Jesucristo más íntimamente.
(iii) El verdadero parentesco depende de una obediencia común. Los discípulos eran un grupo muy heterogéneo. Entre ellos se daban toda clase de creencias y opiniones. Un cobrador de impuestos como Mateo y un nacionalista fanático como Simón el Celota tendrían que haberse odiado mutuamente a muerte, y probablemente se habrían odiado antes. Pero ahora estaban vinculados, porque habían aceptado a Jesucristo como su Maestro y Señor. Cualquier pelotón de soldados estará formado por hombres de diferentes trasfondos y profesiones y convicciones; sin embargo, si están un tiempo suficiente juntos, formarán un grupo de camaradas a causa de la obediencia que comparten. Las personas pueden llegar a ser amigas cuando comparten un jefe en común. Las personas pueden amarse solamente cuando aman a Jesucristo.
