(i) Jesús Se había marchado de casa y del taller de carpintero de Nazaret. Parece ser que era un trabajo seguro, en el que por lo menos Él podía ganase la vida. Y de pronto lo tiró todo por la borda y salió como predicador ambulante. Ningún hombre sensato, tienen que haber pensado, abandonaría un negocio en el que entraba regularmente todas las semanas un sueldo seguro, para convertirse en un vagabundo que no tuviera ni dónde reclinar la cabeza.
(ii) Jesús iba camino de llegar a una colisión frontal con los líderes ortodoxos de Su tiempo. Hay ciertas personas que le pueden perjudicar mucho a un hombre; personas con las que conviene llevarse bien, cuya posición puede ser muy peligrosa. Ninguna persona sensata, deben de haber estado pensando, se enfrentaría con los estamentos superiores. Nadie se podía enfrentar con los escribas y los fariseos y los líderes ortodoxos, y tener esperanzas de salirse con la suya.
(iii) Jesús había iniciado hacía poco una pequeña sociedad particular y, por cierto, muy particular. Había en ella algunos pescadores; un cobrador de impuestos convertido, y un nacionalista fanático. No eran la clase de personas con las que ningún hombre ambicioso querría relacionarse especialmente. Desde luego que no eran la clase de personas que podrían ser de utilidad para uno que empezara una carrera. Ningún hombre sensato, deben de haber estado pensando, escogería una pandilla de amigos así. Desde luego, no eran la clase de gente con la que se querría mezclar un hombre prudente.
Con Sus acciones, Jesús había dejado bien claro que las tres leyes por las que los hombres tienden a organizar sus vidas no tenían ninguna importancia para Él.
(i) Había tirado por la borda la seguridad. La única cosa que la mayor parte de la gente quiere más que ninguna otra es esa precisamente. Por encima de todo se quiere un trabajo y una posición seguros, y en los que haya los menos riesgos materiales y económicos posibles.
(ii) Había tirado por la borda el mantenerse a salvo. La mayor parte de la gente tiende siempre a estar a salvo. Les preocupa más esto en cualquier empresa que su calidad moral, su legalidad o su ilegalidad. Un curso de acción que implica riesgo es algo de lo que se desmarca uno instintivamente.
(iii) Se había mostrado totalmente indiferente al veredicto de la sociedad. Había dado muestras de no importante lo más mínimo lo que se dijera de Él. De hecho, como decía H. G. Wells, para la mayor parte de la gente «la voz de sus vecinos suena más alto que la voz de Dios.» «¿Qué dirá la gente?» es una de las primeras preguntas que la mayor parte de nosotros tenemos costumbre de preguntar.
Lo que más horrorizaba a los familiares de Jesús eran los riesgos que estaba asumiendo; riesgos que, pensaban ellos, ninguna persona sensata asumiría.
Cuando Juan Bunyan estaba en la cárcel, tenía muchos temores. «Mi encarcelamiento pensaba podría acabar en el patíbulo por lo que yo puedo ver.» No le gustaba pensar que le ahorcaran. Pero llegó un día cuando se avergonzó de haber tenido miedo. «Pensé que me avergonzaría morir por una causa como esta con el rostro demacrado y las rodillas temblorosas.» Así es que llegó a la conclusión, viéndose subir la escalera del patíbulo: «Por tanto, pensé, estoy decidido a seguir adelante y a arriesgar el todo por el todo con Cristo, tenga aquí consuelo o no; si Dios no interviene, pensé, pegaré un salto a ojos cerrados de la escalera a la eternidad, me hunda o nade, sea al Cielo o al infierno; Señor Jesús, si me quieres recoger, recógeme; si no, yo me lo juego todo por Tu nombre.» Eso era precisamente lo que Jesús estaba decidido a hacer. Yo me lo juego todo por Tu nombre. Esa era la esencia de la vida de Jesús, y esa -ni a salvo ni estar seguro- debería ser el lema del cristiano y el manantial de la vida cristiana.
