14.28 Pedro no estaba probando a Jesús, pues es algo que se nos dijo que no hiciéramos (4.7). A pesar de que fue el único en la barca que reaccionó con fe, su pedido impulsivo lo condujo a experimentar una demostración poco común del poder de Dios. Pedro comenzó a hundirse porque no siguió mirando a Jesús sino que miró las olas gigantes que se levantaban a su alrededor. Luego su fe fluctuó cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Quizá no caminemos sobre las aguas pero sí caminaremos a través de situaciones adversas. Si nos concentramos en las olas de las circunstancias difíciles que se levantan cerca de nosotros sin buscar la ayuda de Dios, también terminaremos desesperados y hundiéndonos. A fin de mantener su fe en medio de las tormentas, mantenga los ojos en el poder de Cristo y no en su incapacidad.
14.30, 31 A pesar de que empezamos con buenas intenciones, algunas veces nuestra fe decae. Esto no significa necesariamente que hemos fallado. Cuando la fe de Pedro decayó, buscó a Cristo, la única persona que podría ayudarle. Estaba temeroso pero aún así miró a Cristo. Cuando estamos recelosos de los problemas que nos rodean y dudamos de la presencia o capacidad de Cristo para ayudarnos, debemos recordar que es el único que en realidad puede ayudarnos.
14.34 Genesaret se hallaba localizada en el lado oeste del Mar de Galilea en una zona fértil y con abundante agua.
14.35, 36 La gente reconocía en Jesús a un gran sanador, pero ¿cuántos comprendieron quién era en realidad? Buscaban a Jesús para alcanzar sanidad física, pero ¿se acercaron a El deseando la sanidad espiritual? Iban anhelando prolongar sus vidas en la tierra, pero ¿fueron también para obtener la seguridad de la vida eterna? La gente puede buscar a Jesús para aprender lecciones valiosas de su vida o en la esperanza de conseguir remedio para su dolor. Pero habremos perdido la totalidad del mensaje de Jesús si lo buscamos sólo para que cure nuestros cuerpos y no nuestras almas, si buscamos su ayuda sólo en esta vida y pasamos por alto su plan eterno para nosotros. Sólo cuando lleguemos a entender al Cristo verdadero podremos apreciar cómo puede cambiar de veras nuestras vidas.
14.36 Los hombres judíos tenían flecos en el borde inferior de sus mantos conforme al mandato de Dios (Deu_22:12). En el tiempo de Jesús, esto era visto como señal de santidad (Deu_23:5). Era natural que la gente que buscaba sanidad se acercara para tocar estos flecos; pero como una mujer enferma aprendió, la curación es producto de la fe y no de la túnica de Jesús (Deu_9:19-22).
Mateo 14:1-12
En este pasaje se nos presenta una página del libro de los mártires de Dios: la triste historia de Juan Bautista. El crimen del rey Herodes, la decidida amonestación que Juan le hizo, el aprisionamiento de este y la muerte ignominiosa que se le dio–todo esto ha sido historiado para que nos sirva de ejemplo.
«Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus piadosos.» Salmo 116.15.
San Marcos narra la muerte de Juan Bautista de una manera más detallada que San Mateo. Por ahora basta apenas fijar la atención en dos puntos cardinales de la narración de San Mateo.
Notemos primeramente cuan grande es el influjo de la conciencia.
Cuando la faina de Jesús llegó a oídos de Herodes, éste dijo: «Este es Juan el Bautista que ha resucitado de entre los muertos.» Se acordó de sus actos criminales con ese hombre santo, y no pudo menos que sobrecogerse de temor. Su corazón lo acusaba de haber despreciado sus consejos y de haber cometido un asesinato atroz y abominable, y le decía que aunque había logrado dar muerte a Juan, algún día tendría que dar cuenta de ese hecho. La víctima y el victimario se verían entonces cara a cara. La conciencia hace sufrir aun a los reyes cuando desoyen su voz. Es más fácil degollar al predicador, que destruir el sermón o acallar en el corazón la voz de reconvención. Los malos pueden dar muerte a los enviados de Dios, mas el mensaje que estos trasmiten permanece y obra mucho después de su muerte. Los profetas de Dios no viven para siempre, mas sus palabras permanecen largo tiempo después de que ellos hayan dejado de existir. 2 Tim. 2.9; Zac. 1.5.
Que los ministros y los maestros tengan presente que aun los hombres más degradados tienen conciencia, y no desmayen en su noble tarea. De que la enseñanza moral y religiosa no produzca frutos en el momento mismo en que se comunique, no debe inferirse que es estéril. Tanto los que asisten a la predicación como los niños que concurren a las escuelas tienen conciencia. Muchos sermones y muchas lecciones vendrán de nuevo a la memoria cuando el orador o el maestro yazcan ya en el sepulcro.
El segundo punto es este: los siervos de Dios no deben esperar el obtener su galardón en este mundo.
