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Mateo 14: La tragedia de Juan el Bautista

Mateo 14:22-36

En este milagro se nos enseña primeramente cuan absoluto es el dominio que nuestro Señor Jesucristo tiene sobre todas las cosas creadas. Caminó en el mar como en tierra seca. Las embravecidas olas que habían arrojado aquí y allí la nave de sus discípulos le obedecieron a él y se volvieron sólidas bajo sus plantas.

La superficie líquida que había sido agitada por el menor soplo de viento, resistió como una roca los pies del Redentor. A nuestra limitada inteligencia el suceso parece incomprensible. Según lo dice Doddridge, los egipcios simbolizaban un imposible por medio de los pies caminando en el mar; y los hombres científicos nos dicen que es imposible que un cuerpo humano camine sobre el agua. Bástanos saber que así se hizo, y que a Aquel que en el principio creó los cielos y la tierra le debe de haber sido perfectamente fácil andar sobre las olas siempre que así fuese su voluntad.

No hay cosa alguna creada que no esté bajo el dominio de Jesucristo. Todo le sirve a El. A menudo permite que su pueblo sea por algún tiempo sometido a prueba y se vea agitado de las borrascas del dolor. A menudo también se abstiene de acudir a su socorro tan pronto como ellos desearan, aguardándose hasta la cuarta vela de la noche; mas preciso es que recuerden que los vientos, las olas y las borrascas están bajo el poder de Cristo.

«Más que sonidos de muchas aguas, de fuertes ondas de la mar. Fuerte es Jehová en lo alto.» Salmo 93 En este milagro se nos enseña, en seguida, cuan grande es el poder que Jesús puede conceder a los que creen en El. Simón Pedro descendió del barco y caminó en el agua como su Maestro. ¡Qué prueba tan admirable de la divinidad de nuestro Señor no fue esta! Que El mismo caminara en el agua fue un gran milagro. Pero mayor aun lo fue que otorgase la misma facultad a un débil discípulo.

En este milagro se nos enseña, también, cuántas desazones se acarrean los discípulos con su incredulidad, Pedro caminó en el agua con valor por un corto rato; mas bien luego, al soplar del viento, teme y empieza a hundirse. El espíritu estaba pronto mas la débil carne lo dominó; y se olvidó de las maravillosas pruebas de la bondad del Señor que había acabado de recibir. No reflexionó que el mismo Salvador que le había ayudado a dar un paso lo sostendría siempre.

No pensó en que al caminar sobre el agua se encontraba más cerca de Cristo que cuando estaba en el barco. El temor le arrebató la memoria: la alarma lo aturdió. No pensando en otra cosa que en los vientos, las olas y el peligro inminente en que se encontraba, le faltó la fe. «Señor,» exclamó, «sálvame..

Esto es lo que a menudo acontece con los creyentes. Cuántos no hay que tienen la fe suficiente para dar el primer paso en seguimiento de Cristo, pero no para continuar de la misma manera que empezaron. Sobrecógense de temor ante las pruebas y peligros que les obstruyen el paso; y arrojan miradas recelosas a los enemigos que los rodean, fijándose más en ellos que en Jesús. El resultado es que al punto empiezan a hundirse; su corazón desfallece; sus esperanzas se desvanecen; y su contento se acaba. Y ¿por qué es esto? Es porque, a semejanza de Pedro, dejan de confiar en Jesús, y empiezan a abandonarse a la incredulidad.

En este milagro se nos enseña, por último, cuan misericordioso es nuestro Señor Jesucristo con los creyentes débiles. Tan pronto como Pedro lo llamó, extendió su brazo para salvarlo. No dejó que cosechase el fruto de su propia incredulidad y se hundiese en las aguas. No tomó en consideración sino su apuro, y solo pensó en librarlo de él; y lo único que pronunció fue esta suave reconvención: « Hombre de poca fe, ¿por que dudaste?.

¡Cuan tierno y benigno es Jesús! El tolera y sobrelleva mucho cuando percibe la gracia verdadera en el corazón de un hombre. Así como la madre no desecha de sí a su tierno niño porque a veces sea desobediente y se extravíe, así nuestro Señor trata con benignidad a su pueblo. Antes de convertirse lo ama y compadece, y después de la conversión lo ama y compadece más. El quiso enseñarnos que las dudas no prueban incredulidad absoluta, sino escasez de fe. Y aun cuando nuestra fe es pequeña el Señor está pronto a auxiliarnos. Tengamos presentes las palabras: «Mi pié resbala; tu misericordia, oh! Jehová, me sustentaba.» Psa_94:18.

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