Herodes se resistía a tomar medidas; era naturalmente perezoso, y también preveía serios problemas; pero su testaruda mujer se salió con la suya. Herodes se preparó para ir a Roma; pero Agripa mandó mensajeros para advertir a Calígula que Herodes estaba preparándose para rebelarse contra Roma. Caligula dio crédito a las acusaciones de Agripa, despojó a Herodes de su posición y de su dinero y le desterró a la lejana Galia, donde se fue consumiendo en el exilio hasta que le llegó la hora de la muerte.
Herodes acabó por perder la fortuna y el reino, arrastrando una vida miserable en algún lugar remoto de Galia, por culpa de Herodías. Y fue entonces cuando Herodías dio muestra de grandeza y de magnanimidad. -Era en realidad la hermana de Agripa, y Calígula le dijo que no pretendía privarla de su fortuna particular, y que, por consideración a Agripa, ella no estaba obligada -›a acompañar a su marido al destierro. Herodías respondió: «Sin duda tú, oh Emperador, actúas de forma magnánima y como corresponde a tu dignidad en lo que me ofreces; pero el amor que le tengo a mi parido me impide aceptar el favor que me otorgas; porque no es justo que yo, que he participado de su prosperidad, le abandone en su desgracia» (Antigüedades de los judíos, 18.7.2). Así es que Herodías acompañó a Herodes al destierro, y eso es lo último que sabemos de ella.
Si ha habido alguna vez una prueba de que el pecado atrae su propio castigo, esa prueba es evidente en la historia de Herodes. Fue un día aciago cuando Herodes sedujo a Herodías. A aquel acto de infidelidad siguió el asesinato de Juan, y por último el desastre en el que lo perdió todo excepto la mujer que le amó y le arruinó.
COMPASIÓN Y PODER
Mateo 14:13-21
Cuando Jesús escuchó la noticia (de la muerte de Juan), se retiró de allí en una barca a un lugar desierto, Él solo. Cuando la gente se enteró, Le siguieron a pie desde los pueblos.
Cuando Jesús desembarcó, vio un gentío numeroso, y se Le conmovieron las entrañas de compasión por ellos, y sanó a sus enfermos.
Cuando ya era tarde, se Le acercaron Sus discípulos y Le dijeron:
-Este lugar está desierto, y ya se ha pasado la hora de cenar. Despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse comida.
Pero Jesús les contestó:
-Dadles vosotros de comer.
No tenemos más que cinco panecillos y dos pescados -Le contestaron ellos.
-Traédmelos aquí -les dijo Jesús.
Entonces Jesús mandó a la gente que se recostara en la hierba verde. Tomó los cinco panecillos y los dos pescados, elevó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panecillos y se los dio a Sus discípulos, y estos los repartieron entre la gente; y comieron todos todo lo que quisieron. Luego recogieron lo que había sobrado: doce cestas llenas de trozos. Los que habían comido eran unos cinco mil varones, aparte de las mujeres y los niños.
Galilea tiene que haber sido un sitio en el que era muy difícil estar solo. Era un país pequeño, de 80 kilómetros de Norte a Sur por cuarenta de Este a Oeste, y Josefo nos dice que por aquel tiempo había en aquella área 204 pueblos, ninguno de menos de 15,000 habitantes. En un lugar tan densamente poblado no era fácil escaparse de la gente por mucho tiempo. Pero había tranquilidad al otro lado del lago, que por la parte más ancha no tenía más que 13 kilómetros. Los amigos de Jesús eran pescadores, y no Le sería difícil embarcarse en una de sus barcas y navegar a la parte oriental del lago. Eso fue lo que hizo Jesús cuando se enteró de la muerte de Juan el Bautista.
Había tres motivos perfectamente razonables para que Jesús buscara la soledad. Era humano, y necesitaba un poco de descanso. Él nunca se metió temerariamente en peligros, y era prudente retirarse para no compartir demasiado pronto el fin de Juan. Y, por encima de todo, ante la perspectiva cada vez más cercana de la Cruz, Jesús necesitaba encontrarse a solas con Dios antes de enfrentarse con las multitudes. Buscaba descanso para el cuerpo y tranquilidad para el alma en la soledad.
Pero no los encontró. Sería fácil ver la barca iniciar la travesía y adivinar hacia dónde se dirigía; el caso es que la gente rodeó el lago por la parte superior, y Le estaba esperando al otro lado cuando desembarcó. Así es que Jesús sanó a sus enfermos y, cuando atardeció, los alimentó antes de que volvieran a emprender el largo camino a sus casas. Pocos de los milagros dé Jesús son tan reveladores como este.
