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Mateo 26: El principio del último acto de la tragedia

Cuando Jesús acabó todas estas conversaciones, les dijo a Sus discípulos:

-Ya sabéis que dentro de dos días se celebra la -Pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para que Le crucifiquen::

Por entonces, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el patio del sumo sacerdote, que se llamaba Caifás, e hicieron los planes para apresar a Jesús con engaños y matarle. Pero decían:

Pero que no sea durante la fiesta, no sea que se produzca un alboroto entre la gente.

Aquí tenemos el principio definitivo del último acto de la tragedia divina. De nuevo Jesús advierte a Sus discípulos de lo que va a suceder. Los últimos pocos días había estado actuando de una manera tan magníficamente desafiante que ellos podrían haber pensado que Jesús se proponía desafiar a las autoridades judías; pero aquí, una vez más, Jesús deja bien claro que Su destino es la Cruz.

Para entonces las autoridades judías ya estaban organizando su complot y sus estratagemas. José Caifás, para darle su nombre completo, era el sumo sacerdote. Sabemos muy poco acerca de él, pero sí conocemos un hecho de lo más significativo. En los días antiguos, el puesto de sumo sacerdote había sido hereditario y vitalicio; pero desde que los Romanos se habían apoderado de Palestina, los sumos sacerdotes se sucedieron en una rápida serie, porque los Romanos los nombraban y deponían según les convenía. Entre los años 37 a C. y 67 d C., cuando fue nombrado el último antes de la destrucción del templo, hubo no menos de veintiocho sumos sacerdotes. Lo sugestivo es que Caifás fue sumo sacerdote desde el año 18 d C. hasta el 36. Ese fue un tiempo extraordinariamente largo para que un sumo sacerdote se mantuviera en el puesto, así es que Caifás tiene que haber llegado a una técnica perfecta de colaboración con los Romanos. Y precisamente ahí era donde estaba su problema.

Lo que menos toleraban los Romanos eran los desórdenes sociales. Si había el más mínimo levantamiento, Caifás perdía el puesto. En el tiempo de la Pascua la atmósfera de Jerusalén estaba de lo más cargada. La ciudad estaba abarrotada de gente. Josefo nos cuenta una ocasión en la que se hizo un censo de los presentes (Josefo, Guerras de los judíos, 6.9.3). Sucedió de la siguiente manera.

El Gobernador de aquel tiempo era Cestio, que presintió que Nerón no tenía idea del número de judíos ni de los problemas que se le planteaban a un gobernador. Así es que le pidió ah sumo sacerdote que hiciera un censo de los corderos que se sacrificaban en una cierta Pascua. Josefo continúa diciendo«Una compañía de no menos de diez es el mínimo que corresponde a cada sacrificio (porque no es legal el celebrar la fiesta. siendo un número inferior) y muchas veces nos juntamos veinte.» Se descubrió que en aquella ocasión el número dé corderos sacrificados ascendió a 256,500. Según el cálculo que Josefo habría en Jerusalén para aquella Pascua no menos de dos millones y tres cuartos de personas.

No nos sorprende que Caifás buscara alguna estratagema para detener a Jesús secretamente, porque muchos de las peregrinos que iban a Jerusalén para la Pascua eran galileos que creían que Jesús era un profeta. El plan de Caifás era realmente aplazar la cuestión hasta después de la fiesta de la Pascua, cuando la ciudad estuviera más tranquila; pero Judas había de proveerle de la solución a su problema.

LA PRODIGALIDAD DEL AMOR Mateo 26:6-13

Estando Jesús en Betania, en la casa de Simón el leproso, se Le acercó una mujer con un pomito de alabastro lleno de un perfume muy costoso, y lo vertió sobre la cabeza de Jesús cuando estaba reclinado a la mesa. Cuando los discípulos vieron aquello, se disgustaron mucho, y se pusieron a decir:

-¿Para qué sirve este derroche? Ese perfume se habría podido vender por mucho dinero, y habérselo dado a los pobres.

Jesús sabía lo que estaban hablando, y les dijo:
¿Por qué os metéis con esta mujer? Lo que ha hecho conmigo ha sido una cosa preciosa; porque a los pobres siempre los tenéis, pero a Mí no Me vais a tener siempre. Al derramar este perfume sobre Mi cuerpo lo ha hecho para prepararme de antemano para el entierro. Podéis creerme que, dondequiera que se predique el Evangelio por todo el mundo, se recordará esto que ha hecho ella en su memoria.

La historia de la unción en Betania nos la cuentan también Marcos y Juan. El relato de Marcos es casi .exactamente el mismo que el de Mateo; pero Juan añade el detalle significativo de que la mujer que ungió a Jesús fue nada menos que María, la hermana de Marta y de Lázaro. Lucas no nos cuenta esta historia, pero sí la de la unción en la casa de Simón el fariseo Luk_7:36 -SO); pero en la historia de Lucas la mujer que ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos era una conocida pecadora.

Siempre quedará la interesante posibilidad de que la historia que nos cuenta Lucas sea la misma que nos cuentan los otros tres evangelistas. En ambos casos el nombre del anfitrión es Simón, aunque en Lucas es Simón el fariseo, mientras que en Mateo y Marcos es Simón el leproso. En Juan, el anfitrión no se nombra, aunque el relato parece dar la impresión de que se trataba de la casa de Marta y María y Lázaro. Simón era un nombre muy corriente. Hay por lo menos diez Simones en el Nuevo Testamento, y más de veinte en el libro de historia de Josefo. La mayor dificultad para identificar las historias de Lucas y de los otros tres evangelistas es que Lucas nos dice que la mujer era una conocida pecadora, y no tenemos la menor indicación de que ese fuera el caso de María de Betania. Por otra parte, la misma intensidad con que María amaba a Jesús podría sugerir las profundidades de las que Él la rescató.

Sea cual fuere la respuesta que se dé a la cuestión de la identificación, la historia es desde luego lo que Jesús la llamó: la historia de una cosa muy hermosa; y nos atesora ciertas verdades muy preciosas.

(i) Nos muestra la prodigalidad del amor. La mujer tomó lo más precioso que tenía; y se lo derramó a Jesús en la cabeza. A las mujeres judías les encantaban los perfumes; y era corriente que llevaran un frasquito de alabastro con perfume corriente en el collar. Ese perfume era muy costoso. Tanto Marcos como Juan nos relatan que los discípulos dijeron que ese perfume podría haberse vendido por trescientos denarios (Marcos 14: S; Jbi12: S); lo que quiere decir que ese frasquito de perfume representaba casi el sueldo de un año de un obrero. O podemos verlo de esta otra manera. Cuando Jesús -y Sus discípulos estaba hablando de cómo se podría dar de comer a la multitud, la respuesta de Felipe fue que 200 denarios apenas bastarían para alimentarlos. Este frasco de perfume, por tanto, costaba tantos como la comida necesaria para cinco mil personas:

Era algo tan precioso como todo eso lo que esta mujer U dio a Jesús, y Se lo dio porque era lo más precioso que tenía. El amor nunca calcula; al amor siempre le parece demasiado poco todo lo que da; el único deseo del amor es dar hasta ‘lo último; y, cuando ha dado todo lo que tenía, aún le parece demasiado poco. No hemos ni empezado a ser cristianos si pensamos en darle a Cristo y a Su Iglesia lo menos que resulte aceptable.

(ii) Nos muestra que hay momentos en los que se falla viendo las cosas con sentido común. En esta ocasión, la voz del sentido común decía: «¡Qué derroche!» Y no hay duda que era verdad. Pero hay un mundo de diferencia entre la economía del sentido común y la economía del amor. El sentido común obedece los dictados de la prudencia; pero el amor obedece los dictados del corazón. En la vida hay que aplicar el sentido común en muchos casos; pero hay momentos en los que solo la prodigalidad puede satisfacer las demandas del amor. Un regalo no es nunca realmente un regalo cuando es algo que nos podemos permitir fácilmente; un regalo llega a ser un regalo solamente cuando implica un sacrificio, y cuando damos mucho más de lo que podemos permitimos.

(iii) Nos muestra que algunas cosas han de hacerse cuando surge la oportunidad, o no se harán nunca. Los discípulos estaban interesados en ayudar a los pobres; pero los mismos rabinos decían: «Dios permite que haya pobres siempre con nosotros para que no nos falten nunca las oportunidades para hacerles bien.» Hay algunas cosas que podemos hacer en cualquier momento; hay algunas cosas que podemos hacer solo una vez; y el desaprovechar la ocasión de hacerlas entonces es perder la oportunidad para siempre. A menudo nos sentimos movidos por un impulso generoso, pero no nos dejamos llevar por él; y todas las posibilidades están en contra de que se nos vuelvan a presentar las circunstancias, la .persona, el tiempo y el impulso. Para muchos de nosotros lo trágico es que nuestra vida es la historia de las oportunidades de hacer el bien que no hemos aprovechado.

(iv) Nos dice que la fragancia de una acción hermosa no se desvanece nunca. Hay tan pocas cosas hermosas, que cada una brilla como una luz en un mundo .oscuro… Al final de la vida de Jesús había tanta amargura, tanta traición, tanta intriga, tanta tragedia, que esta historia brilla como un oasis de luz en un mundo tenebroso. En este mundo hay pocas cosas más grandes que se puedan hacer que dejar el recuerdo de una obra hermosa.

LAS ÚLTIMAS HORAS DE LA VIDA DEL TRAIDOR

En vez de seguir la historia de Judas por trozos como aparece en el relato evangélico, la tomaremos en conjunto leyendo uno tras otro los últimos incidentes hasta el suicidio del traidor.

EL FLACO NEGOCIO DEL TRAIDOR

Mateo 26:14-16

Entonces uno de los Doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes y les dijo: _i

-¿Cuánto estáis dispuestos a darme si os Le entrego?

Ellos concertaron con él un total de treinta siclos,- y desde aquel momento él buscaba la oportunidad partí traicionarle.
Ya hemos visto que las autoridades judías querían encontrar la manera de arrestar a Jesús sin provocar disturbios, y ahora se les presentaba la oportunidad con la venida de Judas. Solo puede haber tres razones por las que Judas traicionara a Jesús. Todas las otras sugerencias son variaciones de estas tres.

(i) Puede haber sido por avaricia. Según Mateo y Marcos, fue inmediatamente después de la unción en Betania cuando Judas cerró el trato terrible; y cuando Juan nos cuenta ese acontecimiento, dice que Judas hizo su protesta contra la unción porque era un ladrón y sisaba del dinero que había -en la caja (Joh_12:6 ). En ese caso, Judas hizo el negocio más mezquino de la Historia. La suma por la que acordó traicionar a Jesús fue de treinta arguria. Un argurion era un siclo, que valía unas 33 pesetas. Por tanto, Judas vendió a Jesús por menos de mil pesetas. Si la avaricia fue la causa de su traición, es el ejemplo más terrible de la Historia de la bajeza a la que puede llegar, el amor al dinero.

(ii) Puede que fuera por un odio terrible basado en una desilusión fatal. Los judíos siempre habían tenido un sueño de poder; por tanto, tenían sus nacionalistas extremos, que estaban preparados a cometer crímenes y violencia para echar a los Romanos de Palestina, Estos nacionalistas se llamaban los sicarios, los portadores de dagas, porque seguían una deliberada política de asesinatos. Puede que Judas fuera uno de ellos, y que ése fuera el origen de su mote, Sicarius “ Iscariote. Y que se había adherido a Jesús creyéndole el dirigente divinamente inspirado Que, con Su poder milagroso, podría dirigir la gran revolución. Puede que hubiera notado que Jesús había tomado otro camino, que no conducía más que a la Cruz. Y, a causa de su amarga desilusión, la devoción de Judas se convirtió, primero en desencanto, y luego en un odio tal que le condujo a buscar la muerte del Hombre del Que él había esperado tanto. Puede que Judas llegara a odiar a Jesús tanto porque no era el Cristo que él quería que fuera.

(iii) Puede ser que Judas nunca pretendiera que Jesús muriera. Puede ser que, como ya hemos visto, viera en Jesús al Dirigente divino. Puede que pensara que Jesús iba demasiado despacio; y puede que no deseara otra cosa que obligarle a actuar. Puede que traicionara a Jesús con la intención de obligarle a revelarse. Ese es de hecho el punto de vista que encaja mejor con todos los datos. Y eso explicaría por qué Judas se suicidó cuando su plan resulto un fracaso.

Lo miremos como lo miremos, la tragedia de Judas consistió en que se negó a aceptar a Jesús como era, y trató de hacerle como él quería que fuera. No somos nosotros los que podemos cambiar a Jesús a nuestro gusto, sino Jesús el Que ha de cambiarnos a nosotros a Su imagen. No Le podemos usar nunca para que se realicen nuestras ideas; debemos someternos a Él para que se realicen las Suyas. La tragedia de Judas fue la de una persona que creyó que sabía más que Dios.

LA FIESTA ANCESTRAL

Mateo 26:17-19

El primer día de la fiesta de los Panes sin Levadura, los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle:

-¿Dónde quieres que hagamos los preparativos necesarios para comer la Pascua?

Id ala ciudad, a tal y tal hombre -les contestó Jesús-, y decidle: «El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; celebraré la Pascua con Mis discípulos en tu casa.
Y los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús, e hicieron los preparativos para la Pascua.
Jesús había ido a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Ya hemos visto lo abarrotada que estaba la ciudad en ese tiempo. Durante la fiesta de la Pascua, todos los judíos se suponía que se alojaban en la ciudad y sus alrededores, pero el número de visitantes desbordaba esa posibilidad; y para todos los efectos oficiales, pueblos como Betania, donde Jesús estaba parando, contaban como la ciudad.

Pero la misma fiesta tenía que celebrarse dentro de la ciudad. Los discípulos querían saber qué preparativos tenían que hacer. Está claro que Jesús no había dejado ese asunto para el último momento. Ya había hecho los arreglos con un amigo de Jerusalén, y había quedado de acuerdo en un santo y seña: «El Maestro dice: Mi tiempo está cerca.» Así es que mandó por delante a dos discípulos para que dieran el santo y seña e hicieran todos los preparativos necesarios.

Toda la semana de la que la fiesta de la Pascua ocupaba la primera tarde se llamaba la fiesta de los Panes sin Levadura. Al seguir los acontecimientos, debemos recordar que para los judíos el día empezaba a las 6 de la tarde. En este caso, la fiesta de los Panes sin Levadura empezaba el jueves por la mañana, cuando todas las partículas de levadura se destruían después de una búsqueda ceremonial y ceremoniosa por toda la casa.

Había una doble razón para eso. La fiesta conmemoraba el primero de los grandes acontecimientos con los que empezó la historia de Israel: la liberación de la esclavitud de Egipto. Cuando los israelitas huyeron de Egipto, huyeron con tanta prisa que no tuvieron tiempo de cocer su pan leudado Exo_12:34 ). La masa sin levadura, es decir, sin un poco de la masa fermentada anterior, se cuece muy deprisa, pero produce un pan que se parece más bien a una galleta; y así fue el pan de la primera Pascua. Y por eso se excluía la levadura, y se tomaba esa semana el pan sin leudar para repetir el acontecimiento de la noche en que el pueblo salió de Egipto dejando atrás la esclavitud.

En segundo lugar, según la manera judía de pensar, la levadura es el símbolo de la corrupción. Como ya hemos dicho, la levadura es masa fermentada, y los judíos identificaban la fermentación con la putrefacción; así que la levadura representaba todo lo que está podrido y corrompido, y era por tanto eliminada en señal de purificación.

Entonces, ¿cuando tenían que hacer los discípulos los preparativos? El jueves por la mañana se tenía que preparar el pan sin levadura, y limpiar la casa de todo resto de levadura. El otro ingrediente esencial de la fiesta era el cordero pascual. De él tomaba su nombre la fiesta. La última terrible plaga que les sobrevino a los egipcios, obligándolos a dejar salir al pueblo de Israel, fue que el ángel de la muerte pasó por toda la tierra de Egipto matando a los primogénitos de todas las casas. Para que se identificaran sus casas, los israelitas tenían que matar un cordero, y pintar con su sangre el dintel y por postes de sus puertas, para que el ángel vengador, viendo esa señal, pasara por alto -que es lo que quiere decir pascua- esa casa Exo_12:21-23 ). Después del mediodía del jueves había que llevar el cordero al templo y matarlo y ofrecer su sangre -que era su vida- a Dios en sacrificio.

Había otros cuatro ingredientes necesarios que no podían faltar en la fiesta.

(i) Un cacharro de agua salada se tenía que colocar en la mesa para recordar las lágrimas que tuvieron que derramar los israelitas cuando eran esclavos en Egipto, y las aguas saladas del Mar Rojo por las que el brazo de Dios hizo pasar tan maravillosamente a Su pueblo en el Éxodo.

(ii) Se tenía que preparar una ensalada de hierbas amargas, compuesta de rábano, achicoria, endivia, lechuga, marrubio y otras verduras semejantes. Esto también tenía por propósito recordarles la amargura de la esclavitud, y el manojo de hisopo con el que se habían marcado el dintel y los postes de las puertas con la sangre del cordero.

(iii) Se hacía una pasta que se llamaba jaróset. Era una mezcla de manzanas, dátiles, granadas y nueces. Aquello servía para recordarles la arcilla con la que los habían obligado a hacer ladrillos en Egipto, y se atravesaba con palitos de canela en recuerdo de la paja que había que meter en los ladrillos.

(iv) Por último, había cuatro copas de vino. Estas eran para recordarles las cuatro promesas de Exo_6:6 s: “ Yo os sacaré de debajo de las pesadas tareas de Egipto, os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido y con gran justicia. Os tomaré como Mi Pueblo, y seré vuestro Dios.»

Esos eran los preparativos que había que hacer el jueves por la mañana y por la tarde. Estas eran las cosas que los discípulos tenían que preparar; y a partir de las 6 de la tarde empezaba el viernes, el 15 de Nisán, y se reunirían los comensales.

LA ULTIMA INVITACIÓN DEL AMOR

Mateo 26:20-25

Cuando anocheció, Jesús estaba reclinado a la mesa con los doce discípulos. Mientras estaban comiendo, Jesús les dijo:

-Os digo la pura verdad: Uno de vosotros Me va a traicionar.

Ellos se inquietaron terriblemente, y empezaron a preguntarle a Jesús uno tras otro:

-Señor, no seré yo, ¿verdad?

-Uno que mete la mano conmigo en la fuente es el que Me va a traicionar -les contestó Jesús-. El Hijo del Hombre va a desaparecer, como está escrito acerca de Él; ¡pero ay de aquel hombre por quien es traicionado el Hijo del Hombre! Le habría sido mejor no haber nacido.

Judas, el que Le traicionó, Le dijo:

Maestro, ¿es posible que sea yo?

-Tú eres el que lo has dicho,-le contestó Jesús.

Hay momentos en estas últimas escenas de la historia evangélica en que Jesús y Judas parecen encontrarse en un mundo aparte, en el que no hay nadie más. Una cosa es segura: Judas tiene que haber estado planificando su horrible negocio con un secreto total. Tiene que haber hecho sus idas y venidas, o bien a escondidas, o como parte de sus quehaceres normales; porque, si el resto de los discípulos hubieran sabido lo que se traía entre manos, no le habrían dejado salir con vida de la habitación.

Sin duda les había ocultado sus planes a sus condiscípulos -pero no podía ocultárselos a Cristo. Eso es lo que pasa siempre: una persona puede ocultarles sus pecados a sus semejantes, pero no los puede ocultar nunca de los ojos de Cristo, que ve los secretos del corazón. Jesús sabía, aunque nadie más lo supiera, lo que Judas se traía entre manos.

Y ahora podemos ver el método de Jesús con el pecador. Podría haber usado Su poder para aterrar a Judas, para paralizarle, hasta para matarle. Pero la única arma que Jesús usará nunca es la de la invitación amorosa. Uno de los grandes misterios de la vida es lanera que tiene Dios de respetar la iniciativa humana. Dios no obliga nunca; solo invita.

Cuando Jesús trata de hacer que una persona deje de pecar, hace dos cosas.

La primera, le pone cara a cara con su pecado. Trata de hacerle que se detenga y piense en lo que está haciendo. Es como si le dijera: «Mira lo que estás pensando hacer: ¿Puedes tú realmente hacer algo así?” Se ha dicho que nuestra mayor seguridad frente al pecado está en el horror que nos causa. Y una y otra vez Jesús invita a cada persona a detenerse y mirar y darse cuenta, para que el mismo horror de su pecado la haga volver a sus cabales.

La segunda, le pone cara a cara consigo mismo, con el mismo Cristo. Invita a la persona a que Le mire, como si dijera: «¿Puedes mirarme? ¿Puedes enfrentarte con Mis ojos y marcharte a hacer lo que te habías propuesto?» Jesús trata de hacer que la persona se dé cuenta del horror de lo que estaba a punto de hacer, y del amor que anhela impedírselo.

Es precisamente aquí donde vemos lo terrible que es el pecado, por su terrible libertad. A pesar de la última llamada del amor, Judas siguió adelante. Aun cuando se encontró cara a cara con su pecado y con el rostro de Cristo, no quiso dar marcha atrás. Hay pecados y pecados. Existe el pecado del corazón apasionado, de la persona que, en el impulso del momento, se ve arrastrada a hacer lo que no debe. Que nadie tome a la ligera tal pecado; sus consecuencias pueden ser muy terribles; pero mucho peor es el pecado decidido, calculado, insensible,. que sabe lo que está haciendo a sangre fría, que se enfrenta con lo terrible de la acción y con el amor de los ojos de Jesús, y sin embargo todavía sigue con su plan. El corazón se nos revuelve contra el hijo o la hija que quebranta a sangre fría el corazón paternal -que es lo que Judas hizo con Jesús-, y la tragedia es que esto es lo que todos hacemos muchas veces.

SU CUERPO Y SU SANGRE

Mateo 26:26-30

Cuando estaban comiendo, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo pasó a Sus discípulos diciendo:

-Tomad, comed: esto es Mi Cuerpo.

Después tomó la copa, dio gracias y se la pasó a ellos diciéndoles:

Bebed todos de ella, porque esto es Mi sangre, la sangre del pacto, que se derrama por muchos para que se les perdonen los pecados. Os aseguro que desde ahora en adelante no beberé de este fruto de la vid hasta ese día en que lo beba nuevo con vosotros en el Reino de Mi Padre.

Y después de cantar un himno salieron hacia el Monte de los Olivos.

Ya hemos visto que los profetas, cuando querían decir algo de forma que sus oyentes no pudieran por menos de entenderlo, hacían uso de acciones simbólicas. Ya hemos visto que Jesús también usó ese método en la Entrada Triunfal y en el incidente de la higuera. Y eso es lo que Le vemos hacer aquí. Todo el simbolismo de la fiesta de la Pascua era una representación de lo que quería decirle a la humanidad, porque era una alegoría de lo que Él había venido a hacer por ella. ¿Qué ilustración usó Jesús, y qué verdad se ocultaba en ella?

(i) La fiesta de la Pascua era la conmemoración de la liberación. Todo su propósito era recordarle al pueblo de Israel cómo los había librado Dios de la esclavitud de Egipto. Lo primero y principal entonces era que Jesús se presentaba como el gran Libertador. Vino para libertar a la humanidad del temor y del pecado. Libera a las personas de los miedos que las acechan y de los pecados que las tienen cautivas.

(ii) Particularmente el cordero pascual era el símbolo de la salvación. En aquella noche de destrucción, fue la sangre del cordero pascual la que hizo que Israel estuviera a salvo. Así que Jesús Se presenta como el Salvador. Había venido a salvar a la humanidad de sus pecados y de las consecuencias de estos. Había venido a darles a las personas salvación en la Tierra y en el Cielo, salvación en el tiempo y en la eternidad.

Hay aquí una palabra que es la palabra clave, y que encierra la totalidad de la obra y del propósito de Jesús. Es la palabra pacto. Jesús dijo que Su sangre era la sangre del pacto. ¿Qué quiso decir con eso? Un pacto es una relación entre dos personas. Pero el pacto del que Jesús hablaba no era entre dos personas humanas, sino entre Dios y el hombre. Es decir: era una nueva relación entre Dios y la humanidad. Lo que Jesús estaba diciendo en la última Cena era: «Como consecuencia de Mi vida, y sobre todo como consecuencia de Mi muerte, se hace posible una nueva relación entre vosotros y Dios.» Es como si dijera: «Vosotros Me habéis visto; y, en Mí, habéis visto a Dios; os he dicho, os he mostrado lo mucho que Dios os ama; os ama hasta el punto de sufrir todo esto que Yo estoy pasando; así es como es Dios.» Gracias a lo que Jesús hizo, el camino para la humanidad está abierto a todo lo precioso que hay en esta nueva relación con Dios.

Este pasaje concluye diciendo que, cuando Jesús y los discípulos cantaron un himno, salieron hacia el monte de los Olivos. Una parte esencial del ritual de la Pascua era el canto del Hallel. Hallel quiere decir ¡Alabad a Dios! El Hallel consistía en los Salmos113 a 118, que son todos Salmos de alabanza. En diferentes momentos de la fiesta de la Pascua se cantaban estos Salmos por secciones; y al final se cantaba el gratrhallel, que es el Salmo 136. Ese fue el himno que cantaron Jesús y Sus discípulos antes de salir hacia el monte de los Olivos.

Aquí debemos notar un último detalle. Jesús dice que no celebrará la fiesta con Sus discípulos otra vez hasta que la celebre en el Reino de -Su Padre. Aquí se hallan sin duda la fe divina y el optimismo divino. Jesús Se dirigía a Getsemaní, al juicio ante el sanedrín, a la Cruz… ¡y sin embargo aún seguía pensando en términos de un Reino! Para Jesús, la Cruz no fue nunca una derrota; fue el camino a la gloria. Iba de camino al Calvario, pero también de camino al Trono.

EL COLAPSO DE PEDRO

Ahora vamos a reunir los pasajes que nos cuentan la historia de Pedro.

LA ADVERTENCIA DEL MAESTRO

Mateo 26:31-35

Entonces Jesús les dijo:

-Cada uno de vosotros va a tropezar esta noche por causa de Mí, porque está escrito: «Heriré al Pastor, y las ovejas del rebaño se desperdigarán.» Pero, cuando resucite, iré por delante de vosotros a Galilea.
-Si todos tropiezan con respecto a Ti, yo no tropezaré -Le dijo Pedro.

-Te diré la verdad -le contestó Jesús-: Esta misma noche, antes que se oiga el canto del gallo habrás negado tres veces que Me conoces.

-¡Aunque tenga que morir contigo -Le dijo Pedro a Jesús-, no Te negaré!

Y lo mismo dijeron todos los discípulos.

En este pasaje se nos muestran algunas cualidades de Jesús. (i) Vemos el realismo de Jesús. Sabía lo que Le esperaba. Mateo ve la huida de los discípulos anunciada en el Antiguo Testamento, en Zec_13:7 . Jesús no era ningún optimista iluso que cerrara los ojos despreocupadamente ante los Hechos. Preveía lo ,que era inevitable que sucediera, y seguía adelante.

(ii) Vemos la confianza de Jesús. “ Cuando resucite -les dijo-, iré por delante de vosotros a Galilea.” Jesús siempre vio más allá de la Cruz. Estaba tan seguro. de la gloria como del sacrificio.

(iii) Vemos la simpatía de Jesús. Sabía que Sus hombres iban a huir ante el peligro, abandonándole en el momento de Su mayor necesidad; pero no se lo echa en cara, ni los condena por ello, ni los abruma con acusaciones, ni los llama inútiles ni cobardes. Lejos de ello, les dice que cuando pase ese momento terrible Se encontrará con ellos de nuevo. La grandeza de Jesús se ve en el hecho de que conocía a Sus hombres en su peor faceta, pero los seguía amando. Él conoce nuestra debilidad humana; sabe lo propensos que somos a cometer equivocaciones y a fallar .en nuestra lealtad;- pero ese conocimiento no convertía Su amor en resentimiento o desprecio. Jesús no tiene más que simpatía con la persona que sucumbe al pecado por debilidad.

Además, este pasaje nos muestra algo acerca. de Pedro. No se puede discutir su falta: exceso de confianza en .sí mismo. Sabía que amaba a Jesús -eso no se ponía nunca en duda-, y creía que tenía fuerzas para. resistir cualquier situación que surgiera. Se creía más fuerte de lo que le creía Jesús. Solo estaremos a salvo, cuando sustituyamos la confianza que presume por la humildad que reconoce su debilidad y que depende, no de sí mismo, sino de la ayuda de Cristo.

Los Romanos y los judíos dividían la noche en cuatro vigilias: de 6 de la tarde a 9, de 9 a medianoche; de medianoche a 3, y de 3 a 6 de la mañana. Se suponía que el gallo cantaba entre las 3 y las 6 de la madrugada: Jesús quería decir que antes de la 4 hora Pedro Le negaría tres veces.

LA BATALLA DEL ALMA EN EL HUERTO

Mateo 26:36-46

Entonces Se dirigió Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y les dijo a Sus discípulos:

-Quedaos aquí, mientras Yo me retiro -a orar más adelante.

Entonces Se llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y empezó a abatirse y angustiarse en gran manera. Entonces les dijo:

Mi alma está muy abatida, hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo.

Jesús Se retiró un poco más adelante, y Se postró rostro a tierra en oración diciendo:

Padre, si es posible, haz que pase de Mí esta copa; pero no se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú.

Seguidamente volvió adonde estaban ellos, y Se los encontró durmiendo, y le dijo a Pedro:

-¿Es que no habéis podido estar despiertos conmigo ni siquiera una hora? Velad y orad, pura que no se os someta a prueba. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.

Jesús volvió a retirarse por segunda vez a orar; y decir:

Padre, si no es posible que esto pase de Mí sin que Yo -lo beba, hágase Tu voluntad.

Y volvió otra vez, y se los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Entonces los dejó, y Se retiró otra vez, y oro por tercera vez repitiendo las mismas palabras. Luego volvió a Sus discípulos, y les dijo:

Ahora ya podéis seguir durmiendo y descansar. Fijaos: la hora se acerca en que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de pecadores. Levantaos, vámonos. Fijaos: el que Me entrega está cerca.
Este es un pasaje al que debemos acercarnos de rodillas. Aquí, del estudio se debe pasar a la adoración.

En la misma Jerusalén no hay jardines de tamaño considerable; porque en una ciudad situada en la cima de una montaña no hay sitio para los espacios abiertos; todos los metros cuadrados son valiosos para la construcción. Así que los ciudadanos pudientes tenían sus jardines privados en las laderas del monte de los Olivos. La palabra Getsemaní quiere decir probablemente almazara, o molino de aceite; y sin duda era un huerto de olivos al que Jesús tenía derecho a entrar. Es curioso, y conmovedor, el pensar en los amigos anónimos que tuvo Jesús en Sus últimos días. Estaba el que Le prestó el asnillo para hacer la Entrada Triunfal en Jerusalén; estaba el que Le prestó el aposento alto en el que celebró la última Cena; y ahora se supone que otro amigo le prestó su huerto del monte de los Olivos para que Se retirara a orar. En un desierto de odio, todavía había oasis de amor.

Llevó consigo al huerto a los tres discípulos que habían estado con Él en el monte de la Transfiguración, y allí oró; más aún: Se debatió en oración. Al contemplar con santa reverencia la batalla de Su alma en el huerto, vemos algunas cosas.

(i) Vemos la agonía de Jesús. Ahora estaba seguro de que la muerte Le esperaba. Sentía su fétido aliento en Su rostro. Nadie quiere morir a los treinta y tres años, y menos en la agonía de una cruz. Era su lucha suprema, y el resultado estaba en la balanza. La salvación del mundo estaba en peligro en el huerto de Getsemaní, porque aun entonces, Jesús podría haberse vuelto atrás, y el propósito de Dios se habría frustrado.

En este momento, lo único que sabía Jesús era que tenía que seguir adelante, y delante Le esperaba una cruz. Con toda reverencia podemos decir que aquí vemos a Jesús aprendiendo la lección que todos los seres humanos debemos aprender algún día: Aceptar lo que no podemos comprender. Lo único que sabía era que la voluntad de Dios Le llamaba imperiosamente a seguir adelante. A cada uno de nosotros nos suceden cosas en este mundo que no podemos entender; es entonces cuando la fe se pone a prueba hasta su último límite; y en tales momentos es dulzura para el alma recordar que Jesús también lo pasó en Getsemaní. Tertuliano (De Bapt. 20) nos conserva un dicho de Jesús que no está en los evangelios: «El que no haya sido tentado no puede entrar en el Reino del Cielo.» Es decir: Cada persona tiene su propio Getsemaní, y cada persona tiene que aprender a decir: «Hágase Tu voluntad.»

(ii) Vemos la soledad de Jesús. Tomó consigo a Sus tres discípulos selectos; pero ellos estaban tan agotados con el drama de los últimos días y horas, que no pudieron mantenerse despiertos. Y Jesús tuvo que pelear Su batalla a solas. Eso también es verdad de todas las personas. Hay algunas cosas que una persona tiene que arrostrar, y algunas decisiones que una persona tiene que hacer, en una soledad terrible de su alma; hay momentos en que fallan los que podrían ayudar, y los consuelos se disipan; pero en esa soledad está con nosotros Aquel Que en Getsemaní la experimentó y superó.

(iii) Aquí vemos la confianza de Jesús. Aún la vemos mejor en el relato de Marcos, en el que Jesús empieza Su oración diciendo: «Abba, Padre» (Mar_14:36 ). Hay todo in mundo encantador en esta palabra Abba, que estará oculto a nuestros oídos occidentales a menos que conozcamos su contenido. Joaccim Jeremias, en su libro Las palabras de Jesús, escribe: “El uso que hace Jesús de la palabra Abba dirigiéndose a Dios no tiene paralelo en toda la literatura judía. La explicación de este hecho ha de encontrarse en la afirmación de los padres Crisóstomo, Teodoro y Teodoreto, de que Abba (como yaba se usa todavía en árabe) era la palabra que usaba un niño para dirigirse a su padre, cuya traducción en castellano sería Papá; era una palabra familiar, cotidiana, que nadie se había atrevido a usar para. dirigirse a Dios. Jesús sí. Él hablaba con Su Padre celestial de la manera infantil, confiada e íntima de un hijo pequeño con su padre.» Sabemos cómo nos hablan nuestros hijos, y cómo nos llaman a sus padres. Así era como hablaba Jesús con Dios. Aun cuando no Le entendiera totalmente; aun cuando Su única convicción era que Dios Le empujaba hacia la Cruz; Le llamaba Abba, como un hijo pequeño. Aquí tenemos confianza, una confianza que nosotros debemos tener en ese Dios al Que Jesús nos, ha enseñado a conocer como nuestro Padre.
(iv) Vemos el coraje de Jesús. “ Levantaos dijo Jesús-, vámonos. El que Me traiciona se acerca.» Celso, el filósofo pagano que atacó el Cristianismo, usó esa frase para demostrar que Jesús intentó huir. Es precisamente lo contrario. «Levantaos -dijo-, la hora de la oración y la hora del huerto ha pasado. Ahora es la hora de la acción. Enfrentémonos con la vida y con los hombres en su aspecto más terrible.» Jesús Se levantó de la posición arrodillada para emprender la batalla de la vida. Para eso está la oración. En la oración, una persona se arrodilla delante de Dios para poder estar erguido ante los hombres y las circunstancias de la vida: En la oración una persona entra en el Cielo para poder arrostrar las batallas de la Tierra.

EL BESO DEL TRAIDOR

Mateo 26:47-50

Mientras Jesús estaba todavía hablando, vino Judas, que era uno de los Doce, con una gran multitud con espadas y garrotes de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo. El traidor les había dado como consigna: «El Que yo bese, Ese es el Hombre. ¡Echadle mano!» Así es que se dirigió a Jesús en seguida y Le dijo:

-¡Saludos, Maestro! -al tiempo que Le besó afectuosamente.

-¡Camarada -le dijo Jesús-, sigue adelante con lo que te ha traído aquí!

Entonces avanzaron, y Le echaron mano a Jesús y Le detuvieron.

Como ya hemos visto, la intervención de Judas puede que surgiera de uno de dos motivos. Puede que realmente, fuera por avaricia o por desilusión, quería que mataran a Jesús; o puede que estuviera tratando de obligarle a manifestarse y actuar, y que no quisiera verle morir.

Hay, por consiguiente, dos maneras de interpretar este incidente. Si no había en el corazón de Judas nada más que un odio negro o una especie de avaricia insensata, este es sencillamente el más terrible beso de la Historia; y una señal de traición. En ese caso, no se puede decir nada de Judas que sea demasiado malo.

Pero hay señales de que era más que eso. Cuando Judas le dijo al gentío armado que les indicaría con un beso al Hombre a Quien tenían que arrestar, la palabra que se usa en griego es filein, que es la palabra corriente para besar; pero cuando se dice que Judas realmente Le dio un beso a Jesús, la palabra que se usa es katafilein, que es la palabra que indica un beso de amor, y quiere decir que Judas besó a Jesús repetidas veces y fervientemente. ¿Por qué había de hacer eso Judas?

Además, ¿por qué hacía falta ninguna identificación de Jesús? Lo que los esbirros necesitaban que se les indicara no era quién era Jesús, sino el lugar y el momento oportuno para arrestarle. Los que Judas llevó a Getsemaní eran siervos de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo; deben de haber sido de la policía del. templo, la única fuerza que tenían a su disposición los principales sacerdotes. Es increíble que la policía del templo no supiera ya muy bien Quién era el Hombre Que hacía pocos días había limpiado el templo y echado de él a los cambistas y a los vendedores de palomas. Es increíble que no pudieran reconocer al Hombre que había estado enseñando diariamente en los atrios del templo. Una vez que Judas los habían llevado a Getsemaní, ya ellos sabían muy bien a Qué Hombre tenían que arrestar.

Parece lo más probable que Judas besara a Jesús como un discípulo a su maestro, como la cosa más natural del mundo, pero también sinceramente; y que entonces diera un paso atrás con orgullo expectante, esperando que Jesús actuara por fin. Lo curioso es que desde el momento del beso Judas desaparece de la escena del huerto para no reaparecer hasta que decidió cometer suicidio. Ni siquiera aparece como testigo en el juicio contra Jesús. Es mucho más probable que en un momento de aturdimiento, de ceguera, de pasmo, de vacilación, Judas viera hasta qué punto se había equivocado en sus cálculos, y se retirara tambaleando en la noche, un hombre destrozado para siempre y por siempre apesadumbrado. Si esto es cierto, en ese momento Judas entró en el infierno que había creado para sí, porque la peor clase de infierno es la plena conciencia de las terribles consecuencias del pecado.

EL ARRESTO EN EL HUERTO

Mateo 26:50-56

Entonces se Le echaron encina a Jesús y Le echaron mano y Le detuvieron. Y, fijaos: Uno de los que estaban con Jesús le echó mano a la espada y la desenvainó e hirió al siervo del sumo sacerdote, cortándole una oreja. Entonces Jesús le dijo:

-¡Vuelve a ponerla espada en su sitio, porque todos los que manejan la espada perecerán a espada: ¿Es que no te das cuenta de que puedo orar a Mi Padre, y Él mandaría en Mi ayuda al instante más de doce regimientos de ángeles? Pero entonces, ¿cómo se habrían de cumplir las Escrituras acerca de lo que es necesario que suceda?

En aquel momento; Jesús le dijo a aquel gentío:.

-¿Habéis salido a detenerte con espadas y con palos como si fuera un bandido? Diariamente Me sentaba a enseñar en el templo, y no Me echasteis mano. Todo esto ha sucedido para que se cumplieran los escritos de los profetas.

Entonces todos Sus discípulos Le abandonaron ‘y huyeron.

Había sido Judas el que había dado información a las autoridades de que podían encontrar a Jesús en Su retiro del huerto de Getsemaní: Las fuerzas a disposición de las autoridades judías eran la policía del templo; al mando del sagán o capitán del templo. Pero el gentío que se introdujo tras Judas en el huerto eran más bien una chusma dispuesta a linchar qué un destacamento dispuesto para una detención ordenada. Jesús no iba a ofrecer resistencia. Mateo nos dice sencillamente que uno de los discípulos sacó un cuchillo, y, preparado para resistir hasta la muerte y vender cara su vida; hirió a un siervo del sumo sacerdote.

Cuando Juan nos cuenta la misma historia (Joh_18:10 ), nos dice que el discípulo era Pedro, y el siervo se llamaba Malco. La razón por la que Juan menciona a Pedro mientras que Mateo no lo hace puede ser sencillamente porque Juan escribió bastante después, mientras que cuando escribió Mateo todavía no era prudente nombrar al discípulo que había estado dispuesto a defender a su Maestro. Aquí tenemos otro ejemplo del casi fantástico coraje de Pedro. Estuvo dispuesto a enfrentarse con toda una Compañía armada él solo; y recordemos también que fue después de aquello,, cuando ya sería un hombre marcado, cuando Pedro siguió a Jesús hasta el patio de la casa del sumo sacerdote. Pero en todos estos incidentes de la última hora es en Jesús en Quien se. concentra toda nuestra atención; y aquí aprendemos dos cosas más acerca de Él.

(i) Aceptó Su muerte voluntariamente. No tenía por qué ir a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Una vez allí, no tenía por qué haber seguido esta política de desafío imponente. Aun en el huerto, podría haberse evadido para ponerse a salvo, porque eran de noche, y tenía amigos que Le habrían ayudado a salir de la ciudad. Aun aquí; Él podría haber invocado en Su ayuda el poder de Dios, y -haber derrotado a Sus enemigos. Todos Sus pasos durante los últimos días dejan bien claro que Jesús entregó Su vida, y que nadie. Se la quitó Jesús no murió porque los hombres le mataron, sino porque Él escogió morir.

(ii) Escogió morir porque sabía que ese era el propósito de Dios. Siguió ese camino porque era lo que los profetas habían anunciado. Lo asumió porque el amor es el único camino. «El que, maneja la espada, perecerá a espada.» .La violencia no puede producir nada más que violencia; una espada desenvainada no se puede encontrar nada más que, con otra espada desenvainada. Jesús sabía que la guerra y la fuerza no resuelven nada, y solo producen una sucesión de males, y engendran una cadena de consecuencias peores que ellas mismas. Sabía que el propósito de Dios se puede llevar a cabo sólo mediante el amor sacrificial. Y la Historia ha demostrado que Jesús tenía razón; porque los judíos que se apoderaron de El por la fuerza, y que se gloriaban en la violencia, y que hubieran teñido con gusto sus espadas de sangre romana, vieron cuarenta años más tarde su ciudad destruida para siempre; mientras que el Hombre que no quiso pelear está entronizado para siempre en los corazones de los hombres.

EL JUICIO ANTE LOS JUDÍOS

Mateo 26:57, 59-68

Los que habían apresado a Jesús Le condujeron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde estaban reunidos los escribas y los ancianos.

Los principales .sacerdotes y todo el sanedrín trataban de encontrar testimonio falso contra Jesús para condenarle a muerte; pero no lo podían encontrar, aunque se presentaron muchos testigos falsos. Después de un tiempo salieron al frente dos que dijeron:

-Este tipo dijo: «Puedo destruir el templo de Dios, y en tres días lo puedo reedificar.»

El sumo sacerdote se levantó y Le dijo a Jesús:

-¿Es que no vas a contestar nada? ¿Qué es lo que dicen estos testigos contra Ti?

Pero Jesús guardaba silencio. El sumo sacerdote Le dijo:
-Te conjuro por el Dios vivo que nos digas si eres Tú el Mesías, el Hijo de Dios.

-Tú eres el que lo has dicho -le contestó Jesús. Pero Yo os digo que desde ahora en adelante veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo en las nubes del Cielo.

Entonces el sumo sacerdote se rasgó las vestiduras diciendo:

-¡Ha blasfemado! ¿Para qué necesitamos más testigos? Fijaos, vosotros mismos acabáis de oír Su blasfemia. ¿Qué opináis?

-¡Se ha hecho reo de la pena de muerte! -contestaron; y se pusieron. a escupirle en la cara; y a abofetearle; y algunos Le golpeaban las mejillas diciéndole:

-¡Profetízanos, Tú, el Ungido de Dios! ¿Quién es e? que Te ha pegado?

El proceso de Jesús no resulta fácil de seguir. Parece haberse desarrollado en tres partes. La primera parte tuvo lugar después del arresto en el huerto, durante la noche y en la casa del sumo sacerdote, y se describe en esta sección. La segunda parte tuvo lugar de madrugada, y se describe brevemente en Mat_27:1-2 . La tercera parte tuvo lugar ante Pilato, y se describe en Mat_27:11-26 . La pregunta que queda pendiente es la siguiente: ¿Fue la reunión de la noche una reunión del sanedrín, convocada apresuradamente, o fue meramente un interrogatorio preliminar a fin de formular una acusación, y la reunión de la madrugada fue la reunión oficial del sanedrín? Comoquiera que se conteste esa pregunta, los judíos violaron sus propias leyes en el juicio de Jesús; pero si la reunión de la noche fue una reunión del sanedrín, la violación fue aún más flagrante. En conjunto, parece que Mateo consideró la reunión nocturna la del sanedrín, porque en el versículo 59 dice que todo el sanedrín buscaba un falso testimonio para condenar a muerte a Jesús. Veamos primero este proceso desde el punto de vista judío.

El sanedrín era el tribunal supremo de los judíos. Lo componían escribas, fariseos, saduceos y ancianos del pueblo; en total, setenta y un miembros; y lo presidía el sumo sacerdote. Para un juicio como este, el quorum era de veintitrés. Había ciertas reglas. Todos los casos criminales tenían que juzgarse durante el día, y que terminarse durante el día. Los casos criminales no se podían juzgar durante la Pascua de ninguna manera. Solamente si el veredicto era «No culpable» podía un caso terminarse el mismo día que se había empezado; de otra manera, había que dejar pasar una noche antes de pronunciar el veredicto, para dar tiempo a que surgieran sentimientos de misericordia. Además, ninguna decisión del sanedrín era válida a menos que se reuniera en su sede oficial, el salón de la Piedra Tallada, en el recinto del templo. Toda evidencia tenía que probarse por dos testigos examinados separadamente, y que no tuvieran ninguna relación entre sí. Y el falso testimonio se castigaba con la muerte. La seriedad de la ocasión se le hacía sentir al testigo en los casos en que una vida estaba en litigio: “ No olvides, oh testigo, que una cosa es dar evidencia en un caso de dinero, y otra en un juicio por la vida. En un caso de dinero, si el que da testimonio lo hiciera falsamente, el dinero puede compensar el error; pero en este caso, por una vida, si tú pecas, la sangre del acusado y la de su simiente hasta el fin de los tiempos se te imputará a ti.» Todavía más, en cualquier juicio el proceso empezaba poniendo delante del tribunal toda la evidencia a favor de la inocencia del acusado, antes. de presentar la evidencia en su contra.

Estas eran las reglas del propio sanedrín, y está suficientemente claro que en su ansia de desembarazarse de Jesús quebrantaron sus propias leyes. Los judíos habían llegado a tal cima del odio que cualquier medio estaba justificado para acabar con Jesús.

EL CRIMEN DE CRISTO

Mateo 26:57, 59-68 (conclusión)

El propósito principal de la reunión nocturna de las autoridades judías era la formulación de la acusación contra Jesús. Como ya hemos visto, toda evidencia tenía que garantizarse con dos testigos, separadamente interrogados. Durante un tiempo, ni siquiera dos testigos falsos se podía conseguir que estuvieran de acuerdo; y entonces se encontró una acusación, la de que Jesús había dicho que destruiría el templo y lo reedificaría en tres días.

Está claro que era una tergiversación de algo que Jesús había dicho. Él predijo -y correctamente- la destrucción del templo. Esto se había tergiversado para convertirlo en una acusación de que Él había dicho que El mismo destruiría el templo. Ya hemos visto que Jesús predijo que Le quitarían la vida, y en tres días resucitaría. Eso se tergiversó para que pareciera cale había dicho que reedificaría el templo en tres días.
Esta acusación se formuló repitiendo e interpretando deliberada y maliciosa y falsamente algunas cosas que Jesús había dicho. A esa acusación, Jesús se negó en rotundo a contestar. En eso la ley estaba de Su parte, porque a nadie se le podía obligar a contestar en un juicio a una pregunta que le inculpara.

Fue entonces cuando el sumo sacerdote lanzó la pregunta decisoria. Ya hemos visto que Jesús había advertido repetidas veces a Sus discípulos que no le dijeran a nadie que Él era el Mesías. Entonces, ¿cómo llegó a saber el sumo sacerdote hacer la pregunta que Jesús no podía rehusar contestar? Bien puede ser que, cuando Judas presentó información contra Jesús, también les dijo a las autoridades judías que Jesús les había revelado a Sus discípulos que Él era el Mesías. Bien puede ser que Judas quebrantara entonces intencionadamente el secreto que Jesús les había impuesto a Sus discípulos que no dijeran a nadie.

En cualquier caso, el sumo sacerdote hizo la pregunta, y la hizo formulándola con un juramento: «¿Eres Tú el Mesías? -preguntó- ¿Pretendes ser el Hijo de Dios?» Este fue el momento crucial del juicio. Bien podríamos decir que todo el universo contuvo la respiración esperando la respuesta de Jesús. Si Jesús decía: “No,» el juicio perdía su razón de ser; no se Le podía acusar de nada. Jesús podía decir simplemente: “No» , y salía libre y Se escapaba antes de que el sanedrín pudiera urdir otra manera de enredarle. Por otra parte, si decía: “Sí», firmaba Su propia sentencia de muerte. Nada más que un simple «Sí» se necesitaba para convertir la Cruz en algo definitivo e inescapable.

Puede ser que Jesús Se detuviera y guardara silencio un momento otra vez para calcular el costo antes de hacer la gran decisión; y entonces dijo “Sí». Pero dijo más: Citó a Dan_7:13 con su gráfica profecía del triunfo definitivo y de la majestad del Escogido de Dios. Sabía muy bien lo que estaba haciendo. Inmediatamente surgió el clamor de «¡Blasfemia!» Se rasgaron vestiduras en una especie de horror sintético e histérico; y Jesús fue condenado a muerte.

Luego siguió el escupirle, el abofetearle, el golpearle el rostro en burla. Hasta las cosas externas de la justicia se olvidaron, y la hostilidad venenosa de las autoridades judías se manifestó. Esa reunión nocturna había empezado como .un tribunal de justicia, y acabó en una manifestación frenética de odio, en la que no se hizo el menor intento de mantener ni siquiera las superficialidades de una justicia imparcial.

Hasta el día de hoy, cuando una persona se encuentra cara a cara con Jesucristo, tiene que odiarle o amarle; no puede hacer más que someterse a El o desear destruirle. Ninguna persona que se dé cuenta de lo que Jesucristo exige puede ser neutral. Tiene que ser, o Su aliada, o Su enemiga.

EL FALLO DEL CORAJE

Mateo 26:57-58, 69-75

Los que habían detenido a Jesús se Le llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro siguió a Jesús a distancia hasta el patio de la casa del sumo sacerdote, y entró y se sentó entre los servidores para ver en qué paraba todo.

Pedro estaba fuera, sentado. en. el patio. Una criada se le acercó y ,le dijo:

-¡Tú también estabas can Jesús el Galileo!

Pedro lo negó delante de todos los qué estaban allí, y dijo: –

-¡No sé de lo que estás hablando!

Cuando se salió del porche, le vio otra mujer y les dijo a los que estaban allí.-

-¡Este también estaba con Jesús de Nazaret!

Y de nuevo Pedro lo negó, jurándolo:

-¡Yo ni siquiera conozco a ese Hombre!

Un poco después, los que se encontraban allí le -dijeron a Pedro:

-Seguro que tic también eras uno de ellos; se te nota por el acento.
Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar:

-¡No conozco a ese Hombre!

Inmediatamente después cantó el gallo. Entonces se acordó Pedro de que le había dicho Jesús: «Antes que cante el gallo, Me negarás tres veces.» Y salió, y lloró amargamente.

No se puede leer este pasaje sin sentirse impresionado por la sorprendente sinceridad del Nuevo Testamento. Si hubo alguna vez un incidente que uno habría esperado que se silenciara, sería este; y sin embargo se nos cuenta aquí con todo su vergonzoso realismo. Sabemos que Mateo siguió muy de cerca la narración de Marcos; y esta historia se cuenta en el evangelio de Marcos todavía con más detalles (Mar_14:66-72 ). También sabemos, por Papías, que el evangelio de Marcos no es otra cosa que el texto escrito de los materiales de la predicación de Pedro. Así es que llegamos al hecho sorprendente de que poseemos la historia de la negación de Pedro porque el mismo Pedro la contaba.

Lejos de suprimir esta historia, Pedro la incluía como una parte esencial del Evangelio; y lo hacía por las mejores razones. Cada vez que contara la historia, diría: «Así es como perdona. Jesús. Él me perdonó a mí cuando Le fallé en la hora de Su máxima amargura. Eso es lo que Jesús es capaz de hacer. Me tomó a mí, el cobarde de Pedro, -y hasta a mí me usó.» No, debemos leer nunca esta historia sin recordar que fue el mismo Pedro el que tuvo un interés especial en que nos llegara la vergüenza de su pecado para que todos conozcamos la gloria del amor perdonador y el poder purificador de Jesucristo.

Y, sin embargo, sería un error mirar a Pedro con nada más que una condenación inflexible. El hecho luminoso es que el desastre que le sucedió a Pedro es el que solamente le podía suceder a una persona que tuviera el coraje más heroico. Todos los otros discípulos .huyeron; Pedro fue el único que no huyó. En Palestina, las casas de la gente bien estaban construidas en forma de cuadrado hueco alrededor de un patio al que daban las habitaciones. Para Pedro, el entrar en el patio que estaba en el centro de la casa del sumo sacerdote era meterse en la boca del lobo; y sin embargo lo hizo. Cualquiera que fuera el final de esta historia, empezó con Pedro como un hombre de valor.

La primera negación tuvo lugar en el patio; sin duda la criada se había fijado en Pedro como uno de los más señalados seguidores de Jesús, y le había reconocido. Después de que le reconocieron, cualquiera habría supuesto que Pedro habría salido huyendo; un cobarde se habría perdido en la oscuridad de la noche lo más pronto posible; pero Pedro no; sólo se retiró al porche. Estaba desgarrado entre dos sentimientos: tenía en el corazón un miedo que le hacía querer huir; pero tenía también en el corazón un amor que le mantenía allí. De nuevo, alguien le reconoció en el porche; y esta vez juró que no conocía a Jesús. Y todavía no se fue. Aquí tenemos una muestra del coraje más persistente.

Pero la segunda negación de Pedro le delató. Por su acento se le había notado que era galileo. Los galileos hablaban con un deje especial; los puristas lo consideraban tan inaceptable que a ningún galileo se le permitía pronunciar la bendición en el culto de la sinagoga. Una vea más Pedro fue acusado de ser seguidor de Jesús. Pedro llegó más lejos esta vez: no solamente juró que no conocía a Jesús, sino que llegó hasta a maldecir Su nombre. Pero con todo y con eso aún está claro que Pedro no tenía intención de marcharse del patio. Y entonces cantó el gallo.

Hay una curiosa posibilidad aquí que prestaría un curioso colorido al pasaje. Puede que el canto del gallo no fuera el de esa ave de corral; y que desde un principio no se entendió que lo fuera. Después de todo, la casa del sumo sacerdote estaba en el mismo centro de Jerusalén, y no se supone que había corrales en esa zona. Había de hecho una regla de la ley judía de que era ilegal tener gallos y gallinas en la Santa Ciudad porque contaminaban las cosas santas. Pero la hora de las 3 de la madrugada se llamaba el canto del gallo, y esto por la siguiente razón. A esa hora cambiaba la guardia romana en el castillo de la torre Antonia; y la señal del canto de la guardia era un toque de trompeta. El nombre latino para el toque de trompeta era gallicinium, que quiere decir el canto del gallo. Es por lo menos posible que precisamente en el momento que Pedro hizo su tercera negación la trompeta de las almenas de la torre Antonia tocó el gallicinium sobre la ciudad dormida; y Pedro se acordó, y salió y derramó su corazón en llanto.

Lo que sucedió con Pedro después de esto no lo sabemos, porque la historia evangélica corre un amable velo sobre la agonía de su vergüenza. Pero antes de condenarle debemos reconocer que pocos de nosotros habríamos tenido el coraje de permanecer en aquel patio. Y hay otra cosa que debemos decir: fue el amor lo que le dio a Pedro aquel coraje; fue el amor lo que le clavó allí a pesar del hecho de que le habían reconocido tres veces; y fue el amor lo que le hizo recordar las palabras de Jesús; y fue el amor lo que le echó afuera para llorar; y es el amor lo que cubre multitud de pecados. La impresión que nos deja esta historia no es la de la cobardía de Pedro, sino la de su amor.

Mat 26:1-75

26.3 Caifás fue el sumo sacerdote que gobernó durante el ministerio de Jesús. Era yerno de Anás, el sumo sacerdote anterior. El gobierno romano había asumido el proceso de nombrar todos los líderes políticos y religiosos. Caifás sirvió por dieciocho años, mucho más que otros sumo sacerdotes, lo que sugiere que colaboraba bien con los romanos. Fue el primero en recomendar la muerte de Jesús a fin de “salvar” la nación (Joh_11:49-50).

26.3-5 Este fue un complot deliberado para dar muerte a Jesús. Sin esta conspiración, no hubiera habido sentimiento popular en contra de El. Es más, la popularidad de Jesús era tanta que los líderes religiosos temían arrestarlo durante la Pascua. No querían que sus acciones incitaran un motín.

26.6-13 Mateo y Marcos ubican este hecho antes de la Ultima Cena, mientras que Juan lo hace una semana antes, casi antes de la Entrada Triunfal. De los tres, Juan ubica este acontecimiento en el orden cronológico más probable. Debemos recordar que el propósito principal de los escritores de los Evangelios fue dar un informe exacto del mensaje de Jesús, no presentar una relación cronológica exacta de su vida. Mateo y Marcos pudieron haber optado por ubicar este acontecimiento aquí para hacer un contraste con la devoción completa de María y la traición de Judas, los próximos acontecimientos en ambos Evangelios.

26.7 Esta mujer era María, la hermana de Marta y Lázaro, la que vivió en Betania (Joh_12:1-3). El vaso de alabastro era tallado a partir de un yeso traslúcido. Se usaba para guardar aceites perfumados.
26.8 Los discípulos estaban indignados pero el Evangelio de Juan hace una alusión especial a Judas Iscariote (Joh_12:4).

26.11 Jesús se refiere a Deu_15:11 que dice: “No faltarán menesterosos en medio de la tierra”. Esta no es una justificación para olvidarnos de la necesidad de los pobres. Las Escrituras siempre nos hacen un llamado a cuidar de los necesitados. El pasaje de Deuteronomio continúa: “Por eso yo te mando, diciendo: Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra”. Pero Jesús lo dijo para hacer notar el sacrificio especial que María hizo en su favor.

26.14, 15 ¿Por qué decidió Judas traicionar a Jesús? Judas, como los otros discípulos, esperaban que Jesús iniciara una rebelión política y echara a los romanos. Como tesorero, seguramente esperaba (como lo hicieron los otros discípulos; véase Mar_10:35-37) que le sería dada una posición importante en el nuevo gobierno de Jesús. Pero cuando Jesús encomió a María por haber derramado el perfume, equivalente en precio a un salario anual, Judas pudo haber deducido que el reino de Jesús no era físico o político sino espiritual. Sus ansias de dinero y posición social no podrían hacerse realidad si seguía a Jesús, de manera que lo traicionó a cambio de dinero y el favor de los líderes religiosos.

26.15 Solo Mateo narra la cantidad exacta del dinero que Judas recibió por vender a Jesús: treinta piezas de plata, el precio de un esclavo (Exo_21:32). Los líderes religiosos habían planeado esperar hasta después de la Pascua para apresar a Jesús, pero la oferta inesperada de Judas aceleró sus planes.

26.17 La Pascua abarcaba una noche y una cena, pero la Fiesta de los Panes sin Levadura, que se celebraba simultáneamente, seguía por una semana más. La gente sacaba toda la levadura de sus hogares en conmemoración del día en que sus antepasados salieron de Egipto y no tuvieron tiempo para que la masa del pan se leudara. Miles de personas se daban cita en Jerusalén de diferentes partes del Imperio Romano. Si desea más informacióncerca de la forma en que se celebraba la Pascua, véanse las notas a Mar_14:1 y a Exodo 12.

A HERMANA DE LAZARO

Mat 26:1-13

En el curso de esta obra nos acercamos ya al término de la misión de nuestro Señor sobre la tierra. Hasta aquí hemos tratado de sus dichos y hechos: vamos ahora a tratar de su pasión y muerte.

El asunto que ante nosotros se presenta es sagrado sobremanera. Vamos a averiguar cómo fue que la simiente de la mujer quebrantó la cabeza de la serpiente; vamos a contemplar el gran sacrificio que prefiguraron todos los del Antiguo Testamento, el sacrificio en el cual se vertió la sangre que limpia de todo pecado, el sacrificio del Cordero que quita los pecados del mundo. En la muerte de Jesucristo se nos reveló el gran misterio de cómo puede Dios ser justo y justificador de los culpables. ¡Qué mucho, pues, que todos los cuatro Evangelios contengan una relación circunstanciada de ese grande acontecimiento! Respecto de otros sucesos relacionados con la vida del Salvador se nota que en tanto que uno los describe los otros los omiten; mas no así respecto de la crucifixión, la cual ha sido descrita por todos cuatro.

Advirtamos en este pasaje cómo nuestro Señor tuvo particular cuidado de llamar de nuevo la atención de sus discípulos hacia su muerte. Les dijo lo siguiente: “Sabéis que dentro de dos días se hace la pascua; y el Hijo del hombre es entregado para ser crucificado.
La relación que existe entre estas palabras y el capítulo anterior es harto digna de notarse. Nuestro Señor acababa de tratar de su segundo advenimiento, el cual seria en poder y gloria; acababa de describir el día del juicio con todas sus terribles circunstancias, y de referirse a sí mismo como el Juez ante el trono del cual se congregarían todas las naciones de la tierra. Luego, sin interrupción alguna, procedió a hablar de su crucifixión. Mientras que las maravillosas predicciones acerca de su futura gloria sonaban aún en los oídos de sus discípulos, les participó a estos una vez más qué sufrimientos se le esperaban. Les recordó que era menester que muriera como ofrenda del pecado antes de que dominase como Rey; que era preciso que hiciera expiación en la cruz antes de que se ciñese la corona.

Observemos, en segundo lugar, cuanto se complace Jesús en conceder honra a los que le honran.

Cuéntasenos que hallándose El en casa de Simón el leproso y estando sentado a la mesa, se acercó a El una mujer con un vaso de ungüento de gran precio y se lo derramó sobre la cabeza. Ella lo hizo, sin duda, movida por la veneración y el afecto. En su alma había recibido beneficios de él, y ella pensó que ninguna demostración que le hiciese en retorno seria demasiado costosa. Mas ese hecho le atrajo la censura de algunos de los que estaban presentes: dijeron que aquel era un desperdicio, y que habría sido mejor haber vendido el ungüento y haber regalado el dinero a los pobres. Nuestro Señor reconvino al punto esos murmuradores fríos. Les dijo que la mujer había ejecutado un acto laudable, e hizo para su conocimiento la siguiente predicción: “Donde quiera que este Evangelio fuere predicado en todo el mundo, también, será dicho para memoria de ella lo que esta ha hecho..

Esa predicción se está cumpliendo a nuestra vista todos los días. En donde quiera que se lee el Evangelio de San Mateo se sabe lo que ella hizo. Las hazañas y títulos de muchos emperadores, reyes y generales han sido relegados al olvido tan completamente como si hubieran sido registrados en la arena; mas la manifestación de gratitud de una humilde mujer cristiana ha sido trasmitida en más de ciento cincuenta idiomas, y se conoce en todo el mundo.

¿Hemos hecho cosa alguna por Jesucristo? Si así fuese, sigamos adelante sin desalentarnos. ¿Qué mayor estímulo pudiéramos exigir que el que en este pasaje se nos ofrece? Los ojos de Aquel que se sentó a la mesa de Simón en Betania nos están contemplando. El observa todo lo que hacemos y se complace de ello. Seamos “firmes y constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que nuestro trabajo en el Señor no es vano.” 1Co_15:58.

Mat 26:14-25

Al principio de este pasaje se nos refiere como nuestro Señor Jesucristo fue traicionado. Los sacerdotes y los escribas, aunque deseosos de darle la muerte, no acertaban de que medios valerse para llevar a cabo su intento sin que el pueblo se sublevase. Bien luego se les presentaron los deseados medios. El pérfido apóstol Judas Iscariote se obligó a entregar a su Maestro en manos de ellos por treinta piezas de plata.

La historia contiene pocas páginas más negras que la que describe la traición de Judas Iscariote. No puede ofrecerse una prueba más horrible de la maldad del corazón humano. Un escritor moderno ha dicho que el hijo ingrato hiere más que el colmillo emponzoñado de una serpiente. Mas ¿qué podrá decirse del discípulo que traicionó a su Maestro, del apóstol que vendió a Jesucristo? Es bien seguro que esa fue una de las pruebas más amargas que nuestro Señor tuvo que sufrir.

En estos versículos se nos enseña que puede acontecer que un hombre goce de grandes privilegios y profese amor y veneración por la religión en tanto que su corazón no está bien para con Dios.

Judas Iscariote había disfrutado de los mejores privilegios religiosos: había sido elegido cómo apóstol y compañero por el Señor; había presenciado los milagros de su Maestro y oído sus sermones; vio lo que Abrahán y Moisés nunca vieron, y oyó lo que David e Isaías nunca oyeron; había vivido en la sociedad de los once apóstoles; había sido coadjutor de Pedro, Santiago y Juan. Sin embargo su corazón permanecía endurecido, porque estaba aferrado de un pecado que le era querido.

La conducta religiosa de Judas era honorable: en lo externo toda ella era arreglada, propia y digna. Parecía, a semejanza de otros apóstoles, creer verdaderamente y estar dispuesto a abandonarlo todo por amor de Jesucristo. Ninguno de los once lo sospechaba de hipócrita, puesto que cuando nuestro Señor dijo que uno de ellos lo había de entregar ninguno dijo; “¿Es Judas?” Sin embargo, no había experimentado un cambio de corazón.
También se nos enseña que el amor al dinero es una de las tentaciones más grandes que asaltan al hombre. No puede concebirse una prueba más clara de esta verdad que la historia de Judas. Esa pregunta ruin, “¿Qué me queréis dar?” revela cual fue el pecado secreto que causó su caída. Había sacrificado mucho por amor de Cristo, pero no había sacrificado la codicia.

San Pablo ha dicho que el amor al dinero es la raíz de todos los males (2Ti_6:10) y la historia de la iglesia abunda en ejemplos de esta verdad. Por dinero José fue vendido por sus hermanos; por dinero Sansón fue traidoramente entregado a los filisteos ; por dinero Giezi engañó a Naaman, y mintió a Elíseo; por dinero Ananías y Safira procuraron engañar a Pedro; por dinero el Hijo de Dios fue entregado en manos de hombres malos. Parece a la verdad sorprendente que se ame tanto la causa de tantos males.

Con frecuencia debiéramos traer a la memoria las siguientes palabras solemnes: “ ¿Qué aprovechará al hombre si granjearse todo el mundo y pierde su alma?” Mar_8:36. Nuestra constante aspiración ha de ser la de hacernos ricos en la gracia. Los que quieren ser ricos en cuanto a los bienes mundanos tendrán que convencerse algún día de que el cambio ha sido desventajoso: a semejanza de Esaú, han permutado su herencia eterna por un placer pasajero; a semejanza de Judas, por unas pocas monedas han vendido para siempre su bienaventuranza.

Enséñasenos, por último, que no hay esperanza para los que mueren sin convertirse. Nuestro Señor dijo acerca de Judas: “Bueno le fuera al tal hombre no haber nacido..

Estas palabras dejan comprender claramente que es mejor no vivir, que vivir sin fe y sin la gracia divina. Los que mueren en ese estado se pierden para siempre. Los que así caen no se vuelven a levantar: la pérdida que sufren es irreparable. En el infierno no hay cambio de vida. El abismo que separa al infierno del cielo es insalvable.

En nuestros días una caridad mal entendida mueve a muchos a exagerar la misericordia de Dios con perjuicio de su justicia, y a decir que el amor divino penetra más allá del infierno mismo. Por lo que a nosotros toca, nuestro deber es adherirnos a la doctrina de la santa Escritura. Entre la creencia en la eternidad del infierno y el escepticismo declarado, no hay medio.

Mat 26:26-35

En estos versículos se describe la institución de la Cena del Señor. Sabiendo bien todo lo que le iba a suceder, el Salvador escogió la última noche de sosiego de que podía disfrutar antes de la crucifixión, para conceder a la iglesia su don de despedida. Cuan sublime no debió de parecer después ese rito a los discípulos cuando traían a la memoria los acontecimientos de esa noche. Y cuan dolorosa no es la idea de que ningún rito ha dado lugar a controversias tan encarnizadas, y ha sido entendido tan pésimamente. Debía haber unido la iglesia, pero nuestra maldad lo ha convertido en motivo de disensiones.

Lo primero que debemos examinar es el, verdadero sentido de las palabras, “este es mi cuerpo,” “esta es mi sangre..

Por demás estaría decir que esta cuestión ha dividido la iglesia visible de Jesucristo, y que ha sido tema de muchos y abultados libros de teología. Más no por eso debemos abstenernos de tener y emitir acerca de ella opiniones decididas. La falta de acierto sobre este particular ha dado lugar a muchas prácticas supersticiosas.

Nos parece claro a todas luces que el significado de las palabras de nuestro Señor es este: “Este pan simboliza mi cuerpo : este vino simboliza mi sangre,” El no quiso decir que el pan que daba a sus discípulos era real y literalmente su cuerpo. Tampoco quiso decir que el vino que dio a sus discípulos era real y literalmente su sangre. Esto por varias razones de gran peso.

La conducta observada por los apóstoles a la Cena no nos deja creer que el pan que recibieron fue el cuerpo de Jesucristo y el vino su sangre. Todos ellos eran judíos y habían sido enseñados a creer desde la infancia que era pecado comer la carne con sangre. Deu_12:23-25. Sin embargo nada de lo que contiene la narración deja comprender que se sorprendieran al oír las palabras de nuestro Señor. Es evidente que no percibieron cambio alguno en el pan ni en el vino.
El testimonio de nuestros propios sentidos no nos deja creer que se efectúe cambio alguno en los dos elementos de la comunión. El gusto nos dice que son real y verdaderamente lo que parecen ser. La Biblia nos exige que creamos cosas que están fuera del alcance de la razón, pero jamás nos manda aceptar lo que está en contradicción con nuestros sentidos.

La verdadera doctrina acerca de la naturaleza humana de nuestro Señor está en pugna con la creencia en el cambio de los elementos. El cuerpo de Jesucristo no puede estar al mismo tiempo en más de un lugar. Si estaba sentado a la mesa y podía al mismo tiempo ser distribuido a los discípulos, es muy claro que no podía ser un cuerpo humano como el nuestro. Mas no debe concederse esto ni por un momento, porque una de las verdades más gloriosas del Cristianismo es la de que el Redentor es perfecto hombre así como también es perfecto Dios.

Finalmente, la índole del idioma en que nuestro Señor habló al instituir la Cena no nos fuerza en manera alguna a dar una interpretación literal o llana a las palabras. La Biblia está llena de expresiones de análogo linaje a las cuales nadie pensaría en dar otro sentido que no fuese el figurado. Nuestro Señor dijo en otro lugar que El era la “puerta” y la “vid,” y no hay duda de que al hablar así hizo uso de emblemas y figuras. No se incurre, pues, en contradicción o inconsecuencia alguna al suponer que empleara lenguaje figurado al instituir la Cena; y sí pueden aducirse serias objeciones en contra de la interpretación literal.

Lo segundo que debemos examinar es cuál es el objeto con el cual se instituyó la Cena del Señor.

La Cena del Señor no es un sacrificio. Al administrarla no se hace oblación alguna, ni se presenta otra ofrenda que la de nuestras plegarias, nuestros loores y nuestras gracias. Desde el día en que Jesús murió no ha habido necesidad de hacer más ofrendas por el pecado. Con una sola ofrenda perfeccionó a los que son santificados. Heb_10:14. Los sacerdotes, los altares y los sacrificios dejaron de ser necesarios cuando el Cordero de Dios se ofreció a sí mismo.

La Cena del Señor no comunica beneficio alguno a los que no participan de ella con la fe. El mero acto de comer el pan y beber el vino es de ningún provecho si el corazón del que lo ejecuta no está bien para con Dios. Es por excelencia un sacramento en que solo deben tomar parte los que se hayan convertido.

La Cena se instituyó para conmemorar la muerte expiatoria de Jesucristo hasta que él venga. Los beneficios que comunica son espirituales, no corporales. En donde pueden advertirse los resultados que produce es en las facultades internas del hombre. Por medio de los emblemas materiales del pan y el vino nos recuerda que la ofrenda hecha en la cruz del cuerpo y la sangre de Jesucristo, es la única que expía el pecado y da al creyente la vida espiritual. Vigorizando nuestra fe, nos aproxima más y más al Salvador crucificado, y nos ayuda a alimentarnos espiritualmente de su cuerpo y sangre. Es un sacramento establecido para los pecadores redimidos, no para los ángeles inocentes. Con el hecho de recibirlo confesamos públicamente que tenemos conciencia de nuestra culpabilidad y de la necesidad de un Salvador; que confiamos en Jesús y lo amamos; que deseamos recibir de El nuestro alimento espiritual, y que tenemos esperanza de vivir con El. Si así participaremos de la Eucaristía, nuestro arrepentimiento vendrá a ser más profundo, nuestra fe más firme, nuestra esperanza más grata, nuestro amor más intenso: nuestros pecados dominantes serán debilitados, y nuestras virtudes robustecidas.

Lo último que debemos examinar es, cuál fue su carácter de los primeros comulgantes.

La pequeña reunión a la cual administró nuestro Señor por primera vez el pan y el vino se componía de los apóstoles a quienes el había elegido para que lo acompañasen durante su ministerio en la tierra. Eran ellos hombres pobres e iliteratos, que amaban a Jesucristo, pero cuya fe era débil y cuyos conocimientos eran escasos. Ellos entendían poco el significado de lo que su Maestro decía o hacia; y no sabían cuan frágiles eran sus corazones. Creían que estaban prontos a morir por Jesús, y sin embargo esa misma noche todos lo abandonaron y huyeron. Ahora bien, nuestro Señor lo sabia todo, y sin embargo no les rehusó el sacramento.

Hay algo muy instructivo en esta circunstancia. Demuéstranos que los conocimientos profundos y la fe vigorosa no son calificaciones indispensables de los comulgantes. No porque un individuo sepa poco y porque sea como un niño en fuerza espiritual, ha de excluírsele de la Cena. Sin duda que todos debemos hacer esfuerzos por excluir a los comulgantes indignos; más hemos de tener cuidado de no desechar a los que Cristo no desechó.
Antes de terminar este capítulo hagámonos preguntas serias con respecto a la Cena del Señor. ¿Nos abstenemos de tomar parte en ella cuando se la celebra? Si así fuere, ¿cómo justificamos nuestra conducta? ¿O sí tomamos parte en ella? Si así fuere ¿de qué modo la hacemos? ¿Concurrimos al acto de una manera inteligente, humilde y llena de fe? ¿Entendemos lo que hacemos? ¿Tenemos convicción de que somos pecadores y habernos necesidad del Redentor? ¿Nos proponemos real y firmemente el llevar una vida cristiana?

Mat 26:36-46

En los versículos arriba trascritos se describe el episodio que comúnmente se denomina “la agonía de Jesús en Getsemaní” Pasaje es este que debemos leer llenos de reverencia y admiración, porque contiene muchas cosas que no alcanzamos a comprender.

¿Por qué se entristeció y se angustió en gran manera el Salvador? ¿Qué quiso decir con estas palabras: “Mi alma está muy triste hasta la muerte “? ¿Por qué se apartó de sus discípulos y. postrándose sobre su rostro, repitió a su Padre por tres veces una férvida plegaria? ¿Por qué fue que el Hijo todopoderoso de Dios, que había obrado tantos milagros, estaba tan apesarado y agitado? ¿Por qué fue que Jesús que había venido al mundo para morir, parecía pronto a desmayarse al ver que se aproximaba su muerte? A estas preguntas puede tan solo darse una respuesta. Lo que así le oprimía el alma a nuestro Señor, no era el temor de la muerte ni de los dolores que la precediesen. Millares de hombres ha habido que sufriendo las agonías más terribles, han muerto sin lanzar un gemido, y nuestro Señor, sin duda, podía haber hecho otro tanto. Pero lo que realmente acongojaba a Jesús era el pecado del mundo que en aquellos momentos parecía gravitar sobre su alma con un peso inmenso. Cuan inmenso era nosotros no alcanzamos a concebirlo. Solo Dios sabe.

Más, por misterioso que nos parezca el pasaje de que tratamos, no por eso debemos dejar desapercibidas las verdades prácticas y preciosísimas que contiene.

Veamos cuáles son.

1. Que la oración es el mejor bálsamo en la desgracia. Jesús oró cuando se vio angustiado. Todos los cristianos deben hacer lo mismo.

En este mundo de pecado todos tenemos que libar el cáliz del pesar. “Como las centellas se levantan para volar por el aire, así el hombre nace para la aflicción.” Job_5:7. Mas ¿qué es lo primero que hemos de hacer en la hora de la aflicción? Como Job, debemos postrarnos en tierra y adorar. Job_1:20. El primer ser a quien debemos acudir por socorro es Dios. Es un distintivo del creyente el no procurar ocultar nada de su mejor Amigo. Si así lo hiciéramos, podemos estar seguros de que nuestra plegaria será contestada. Si lo que pidiéremos fuere posible y redundare en gloria de Dios, nos será concedido. O bien, se nos librará del pesar o se nos dará gracia para sobrellevarlo, como sucedió con San Pablo. 2Co_12:9.

2. Que una de, nuestras más ardientes aspiraciones en la vida ha de ser la de someter nuestra voluntad a la de Dios. Las palabras de nuestro Señor relativamente a este asunto manifiestan un espíritu que debemos esforzarnos en imitar. Dijo El: “No como yo quiero, mas como tú.” Y después: “Hágase tu voluntad..

Una voluntad sin freno y sin el influjo de la gracia divina es en la vida del hombre una fuente de malestar. La voluntariedad se nota aun en los infantes. Es que nace con el hombre. A todos nos gusta seguir nuestro antojo. Queremos y ansiamos muchas cosas, y no nos detenemos a pensar que no sabemos lo que es para nuestro bien y no podemos escoger lo que nos conviene. Feliz el que se ha acostumbrado a no tener antojos, y a estar, en todo caso, contento con lo que posee.

Es esa una lección que se aprende muy despacio, y que no debe estudiarse en la escuela del hombre sino en la de Jesucristo. Phi_4:11.

3. Que aun los verdaderos discípulos de Jesucristo adolecen de mucha flaqueza, y que por lo tanto tienen que velar y orar para no descarriarse. Cuéntasenos en este pasaje que Pedro, Santiago y Juan dormían en tanto que debían estar velando y orando, y que nuestro Señor les dirigió estas solemnes palabras: “ Velad y orad, para que no entréis en tentación: el espíritu a la verdad está presto mas la carne enferma..

Todos los creyentes tienen en su naturaleza dos elementos heterogéneos. Aunque se han convertido y han sido renovados por el Espíritu, aún les queda mucha maldad, mucho pecado. San Pablo aludía a este hecho cuando dijo: “ Así que, en queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal habita conmigo. Porque según el hombre interior me deleito en la ley de Dios; mas veo otra ley en mis miembros rebelándose contra la ley del espíritu, y llevándome cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.” Rom_7:21-23. Y la experiencia de los cristianos en todos los siglos confirma esas palabras. En su interior encuentran dos principios opuestos que luchan entre sí. a esos dos principios fue que se refirió nuestro Señor cuando se dirigió a sus soñolientos discípulos. Al uno lo denominó carne, y al otro espíritu.
Más ¿disculpó Jesús la flaqueza de sus discípulos? De ninguna manera. Los que tal concepto emiten no comprenden cuál fue su propósito. Lo que él quiso decir fue que la existencia de esa misma debilidad era una razón por la cual debían velar y orar.

Mat 26:47-56

El cáliz de los sufrimientos de nuestro Señor empezaba a rebosar. Uno de sus discípulos lo traiciona, los demás lo abandonan, y sus encarnizados enemigos lo hacen prisionero. Ningún pesar podrá jamás igualarse al suyo.

Notemos, en primer lugar, cuan grande era la complacencia de nuestro Señor en sus relaciones con sus discípulos.

Cuando Judas Iscariote se encargó de guiar la multitud al lugar donde estaba nuestro Señor, le dio una señal para que lo pudiesen distinguir de sus discípulos a la escasa luz de la luna. Díjole: “Al que yo besare, aquel es.”Así fue que cuando se acercó a Jesús lo saludó y lo besó. Ese hecho sencillo manifiesta el trato franco y afectuoso que reinaba entre Jesús y sus discípulos. Es una costumbre universal en los países orientales que cuando dos amigos se encuentren se saluden con un beso. Exo_18:7; 1Sa_20:41. Es de creerse, por tanto, que Judas, al besar a nuestro Señor, apenas ejecutó un acto que todos los discípulos acostumbraban ejecutar cuando se veían con su Maestro después de alguna ausencia.

Advirtamos, en segundo lugar, cómo nuestro Señor imprueba la conducta de los que emplean la fuerza en defensa de El y de su causa.

Percíbase esto en el hecho de haber reprendido a uno de sus discípulos porque hirió a un siervo del sumo sacerdote, mandándole que volviese la espada a su lugar, y añadiendo estas palabras de valor imperecedero: “Todos los que tomaren espada a espada perecerán..

La espada tiene su uso legítimo. Puede empleársela lícitamente en defensa de los pueblos contra la opresión. Y algunas veces es absolutamente necesaria empuñarla para impedir los disturbios, el saqueo y la rapiña. Más jamás debe emplearse para difundir y sostener el Evangelio. El Cristianismo no es una religión que deba imponerse por medio de la fuerza y de la violencia. ¡Bien habría sido para la iglesia el haber recordado esto con más frecuencia! Pocos han sido los países de la cristiandad donde no se haya cometido el error de querer cambiar las opiniones de los hombres por medio de la coacción, de la tortura, de la prisión y de la muerte. ¿Y con qué resultados? Las páginas de la historia podrán decirlo. ¡Ningunas guerras han sido tan sangrientas como las que han sido engendro de divergencias religiosas! Observemos, en tercer lugar, cómo nuestro Señor se dejó aprehender por su propia voluntad.

No fue porque no pudiera escapar que lograron hacerlo preso. Fácil habría sido para él el hacer desaparecer a sus enemigos, si hubiera querido. “¿Piensas que no puedo ahora orar a mi Padre,” dijo a uno de sus discípulos, “y él me daría más de doce legiones de ángeles?.

Reparemos en esto, porque es muy consolador. Aquel que espontáneamente sufrió, espontáneamente salva. Confiemos en él y no temamos.

Notemos, en último lugar, cuan poco conocen los cristianos la debilidad de su propio corazón hasta que no se les somete a prueba.

De esta verdad dieron los apóstoles un triste ejemplo. Los versículos de que venimos tratando concluyen con estas palabras: “Entonces todos los discípulos huyeron, dejándole.”Se olvidaron así de las enérgicas aseveraciones que habían hecho unas pocas horas antes. Se olvidaron que habían dicho que estaban prontos a morir por su Maestro. Se olvidaron de todo menos del peligro que los amenazaba. El temor de la muerte los hizo cejar.

Y cuántos de los que se titulan cristianos no han hecho lo mismo. ¡Cuántos en el acaloramiento de un momento no han prometido que jamás se ruborizarán de dar a conocer sus creencias religiosas! Después de haber participado de la comunión o de haber oído un sermón notable, han regresado al hogar llenos de celo y amor, y protestando ruidosamente que jamás apostatarán de su religión. Y sin embargo, en el transcurso de unos pocos días sus emociones se entibian y desvanecen. Bien luego una calamidad les sobreviene, y caen, y abandonan a Jesucristo.

Mat 26:57-68

En estos versículos se nos refiere cómo nuestro Señor fue conducido ante Caifás, el sumo sacerdote, y cómo fue declarado culpable por él. Así convenía que sucediese: ya se había llegado el gran día de la expiación. Era propio que el sumo sacerdote desempeñase la parte que a él correspondía, diciendo antes de que la víctima fuese conducida al suplicio que sobre El gravitaba el pecado.

Observemos que, los príncipes de los sacerdotes fueron los principales agentes que contribuyeron a verificar la muerte de nuestro Señor. El pueblo judío no tomó tanto empeño en la ejecución del hecho atroz, como Caifás y sus compañeros, los príncipes de los sacerdotes.

Este es un hecho instructivo, y merece notarse. Es una prueba clara de que la circunstancia de ocupar una posición eclesiástica muy elevada no libra a nadie de cometer errores crasos en doctrina, y graves pecados en la práctica. Los sacerdotes judíos podían trazar su genealogía hasta Aarón, de quien eran descendientes hereditarios. Su carrera era señaladamente santa, y aparejaba deberes peculiares. Y no obstante esos mismos hombres fueron asesinos de Jesús.

Guardémonos de considerar a los eclesiásticos como infalibles. Las órdenes de que se hallan revestidos, aunque les hayan sido conferidas de acuerdo con todas las formalidades del caso, no pueden asegurarnos de que jamás extravíen o aun causen la pérdida de las almas. La máxima establecida por Isaías debe servirnos de guía: “ a la ley y al testimonio: si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.” Isa_8:20.

Observemos en seguida de qué manera tan completa manifestó nuestro Señor a los Judíos su Mesiazgo y su segundo advenimiento.

El obstinado judío de nuestros días no puede decirnos que sus antepasados ignoraban que Jesús fuese el Mesías. La contestación que nuestro Señor dio a la conjura del sumo sacerdote contradiría su aseveración. No solo manifestó Jesús ante el concilio que El era el Cristo, el Hijo de Dios, sino que advirtió que aunque todavía no había aparecido en gloria, según ellos lo esperaban, alguna vez se llegaría el día en que así lo hiciera.

Notemos, además, cuanto tuvo que sufrir nuestro Señor ante el concilio, principalmente a causa de los falsos testigos y del escarnio.

La mentira y el ridículo son armas favoritas del demonio. “El es mentiroso y padre de mentira.” Joh_7:18. Esas armas fueron empleadas contra nuestro Señor constantemente durante su ministerio. Le llamaron glotón, bebedor de vino, amigo de publícanos y pecadores; y con desprecio lo denominaron samaritano.

Los últimos ultrajes que se le hicieron estaban en armonía con los primeros que se le habían arrojado. Satanás excitó a sus enemigos para que cometieran con él infamia sobre infamia. Apenas acababa de declarársele culpable, cuando empezaron a abrumarlo con toda clase de vejámenes. Le escupieron el rostro y le dieron de bofetadas; le dieron de puñadas, y le dijeron por burla: “Profetízanos, oh Cristo, ¿quién es el que te ha herido?.

¡Cuan asombroso, cuan extraño parece todo esto! Qué maravilla tan grande no es que el Santo Hijo de Dios se sometiera a tantos ultrajes para redimirnos a nosotros, miserables pecadores. Qué maravilla tan estupenda no es también que todo fuera predicho detalladamente setecientos años antes de que sucediese. Isaías había escrito estas palabras: “ No escondí mi rostro de las injurias y escupidura.” Isa_50:6.

Mat 26:69-75

En estos versículos se nos refiere un acontecimiento muy notable o instructivo: el acto de negar Pedro a Jesucristo. Es ese uno de los sucesos que prueban la autenticidad de la Biblia. Si el Evangelio hubiera sido mera invención humana, no se nos habría referido que uno de los principales hombres que lo predicaron llegó a extraviarse del verdadero sendero hasta el punto de negar a su Maestro
Lo primero que llama nuestra atención es, la naturaleza del pecado del cual Pedro se hizo culpable.

Fue un pecado atroz. Pedro había acompañado a Jesús por tres años, y declarado amor y fe hacia El de una manera decidida a la vez que espontánea; había sido objeto de bondades y favores sin límites de parte de su Maestro, quien lo había tratado como amigo íntimo, y sin embargo de todo le niega. Qué maldad tan negra. Además, el pecado fue cometido bajo circunstancias muy agravantes. Pedro había tenido aviso en términos claros del peligro en que se encontraba; y acababa recibir de manos de nuestro Señor el pan y el vino, y de declarar enérgicamente que aunque muriese con El no lo negaría. Y, finalmente, fue cometido, según se puede juzgar, sin haber sido tentado a ello con mucha fuerza. Dos débiles mujeres dijeron que había estado con Jesús, y algunos de los hombres que estaban de pié hicieron una observación semejante. No se le amenazó, ni se empleó con él la violencia. Mas eso fue lo bastante para hacer desvanecer su fe: ¡negó delante de todos, negó con juramentos y maldiciones! Fijémonos en ese cuadro vergonzoso, e imprimámoslo en nuestra mente.

Enséñanos claramente que los más santos de los humanos no son sino hombres, y eso llenos de debilidades y flaquezas.

Nos llaman la atención, en segundo lugar, los diversos pasos en serie descendiente por los cuales vino Pedro a negar a nuestro Señor.

El primero fue la confianza en sí mismo: él había dicho que aunque todos se escandalizasen, él no se escandalizaría. El segundo fue la indolencia: en vez de velar y orar como le dijo su Maestro, se durmió. El tercero fue el de tomar un partido medio, impulsado por la cobardía: en vez de mantenerse al lado de su Maestro, lo abandonó primero y luego lo siguió desde lejos. El cuatro fue el de mezclarse en mala compañía, sin haber necesidad para ello: entró al palacio del sacerdote y se sentó con los criados como si perteneciese a su círculo. Y después de todo, el último paso con el cual se precipitó en el abismo: las maldiciones, los juramentos y la negativa tres veces pronunciada. Por sorprendente que ello parezca, esa caída no fue sino la cosecha de lo que él mismo había sembrado.

Meditemos en ese suceso de la historia de Pedro. Es sumamente instructivo para todos los que se llaman cristianos. Las enfermedades graves rara vez atacan el cuerpo sin que las preceda una serie de síntomas previos. Y un creyente rara vez incurre en graves caídas, sin haberse apartado antes de la vía recta. Los hombres caen en secreto antes de caer en público. El árbol cae con grande estrépito, pero la carcoma que secretamente lo ha corroído no se nota sino cuando yace en el suelo.

Lo último que nos llama la atención es el pesar que el pecado le causó a Pedro. Al fin del capítulo se nos dice que salió y lloró amargamente.

Esas palabras merecen más atención de lo que generalmente se cree Millares de personas han leído la historia de Pedro sin reparar en su llanto y su arrepentimiento.

Ese llanto nos deja conocer que existe una relación muy íntima entre el alejamiento de los senderos de Dios y la desgracia. La Providencia en su misericordia ha dispuesto que, en cierto sentido, la santidad de vida lleve en sí su propio galardón. La tristeza, la intranquilidad de conciencia, la falta de esperanza y las dudas que atormentan, serán siempre el resultado de la tibieza y las inconsecuencias religiosas, pues como ha dicho Salomón, “de sus caminos será harto el apartado de razón.” Pro_14:14. Si queremos gozar paz interna, sigamos el sendero que Dios nos ha señalado.

El llanto de Pedro nos deja conocer también en qué consiste la diferencia entre el hipócrita y el verdadero creyente.

Cuando aquel incurre en algún pecado grave, por lo general cae para no volverse a levantar; porque no posee dentro de su pecho un principio que lo eleve: cuando éste cae, se levanta de nuevo por medio del arrepentimiento; y, auxiliado por la gracia de Dios, mejora de vida. Que ninguno se lisonjee con la idea de que puede pecar impunemente, porque David cometió adulterio y Pedro negó a su Señor. No hay duda de que esos creyentes pecaron gravemente; pero también es cierto que no continuaron en sus pecados, mas se arrepintieron y lamentaron su caída.

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