También se nos enseña que el amor al dinero es una de las tentaciones más grandes que asaltan al hombre. No puede concebirse una prueba más clara de esta verdad que la historia de Judas. Esa pregunta ruin, “¿Qué me queréis dar?” revela cual fue el pecado secreto que causó su caída. Había sacrificado mucho por amor de Cristo, pero no había sacrificado la codicia.
San Pablo ha dicho que el amor al dinero es la raíz de todos los males (2Ti_6:10) y la historia de la iglesia abunda en ejemplos de esta verdad. Por dinero José fue vendido por sus hermanos; por dinero Sansón fue traidoramente entregado a los filisteos ; por dinero Giezi engañó a Naaman, y mintió a Elíseo; por dinero Ananías y Safira procuraron engañar a Pedro; por dinero el Hijo de Dios fue entregado en manos de hombres malos. Parece a la verdad sorprendente que se ame tanto la causa de tantos males.
Con frecuencia debiéramos traer a la memoria las siguientes palabras solemnes: “ ¿Qué aprovechará al hombre si granjearse todo el mundo y pierde su alma?” Mar_8:36. Nuestra constante aspiración ha de ser la de hacernos ricos en la gracia. Los que quieren ser ricos en cuanto a los bienes mundanos tendrán que convencerse algún día de que el cambio ha sido desventajoso: a semejanza de Esaú, han permutado su herencia eterna por un placer pasajero; a semejanza de Judas, por unas pocas monedas han vendido para siempre su bienaventuranza.
Enséñasenos, por último, que no hay esperanza para los que mueren sin convertirse. Nuestro Señor dijo acerca de Judas: “Bueno le fuera al tal hombre no haber nacido..
Estas palabras dejan comprender claramente que es mejor no vivir, que vivir sin fe y sin la gracia divina. Los que mueren en ese estado se pierden para siempre. Los que así caen no se vuelven a levantar: la pérdida que sufren es irreparable. En el infierno no hay cambio de vida. El abismo que separa al infierno del cielo es insalvable.
En nuestros días una caridad mal entendida mueve a muchos a exagerar la misericordia de Dios con perjuicio de su justicia, y a decir que el amor divino penetra más allá del infierno mismo. Por lo que a nosotros toca, nuestro deber es adherirnos a la doctrina de la santa Escritura. Entre la creencia en la eternidad del infierno y el escepticismo declarado, no hay medio.
Mat 26:26-35
En estos versículos se describe la institución de la Cena del Señor. Sabiendo bien todo lo que le iba a suceder, el Salvador escogió la última noche de sosiego de que podía disfrutar antes de la crucifixión, para conceder a la iglesia su don de despedida. Cuan sublime no debió de parecer después ese rito a los discípulos cuando traían a la memoria los acontecimientos de esa noche. Y cuan dolorosa no es la idea de que ningún rito ha dado lugar a controversias tan encarnizadas, y ha sido entendido tan pésimamente. Debía haber unido la iglesia, pero nuestra maldad lo ha convertido en motivo de disensiones.
Lo primero que debemos examinar es el, verdadero sentido de las palabras, “este es mi cuerpo,” “esta es mi sangre..
Por demás estaría decir que esta cuestión ha dividido la iglesia visible de Jesucristo, y que ha sido tema de muchos y abultados libros de teología. Más no por eso debemos abstenernos de tener y emitir acerca de ella opiniones decididas. La falta de acierto sobre este particular ha dado lugar a muchas prácticas supersticiosas.
Nos parece claro a todas luces que el significado de las palabras de nuestro Señor es este: “Este pan simboliza mi cuerpo : este vino simboliza mi sangre,” El no quiso decir que el pan que daba a sus discípulos era real y literalmente su cuerpo. Tampoco quiso decir que el vino que dio a sus discípulos era real y literalmente su sangre. Esto por varias razones de gran peso.
La conducta observada por los apóstoles a la Cena no nos deja creer que el pan que recibieron fue el cuerpo de Jesucristo y el vino su sangre. Todos ellos eran judíos y habían sido enseñados a creer desde la infancia que era pecado comer la carne con sangre. Deu_12:23-25. Sin embargo nada de lo que contiene la narración deja comprender que se sorprendieran al oír las palabras de nuestro Señor. Es evidente que no percibieron cambio alguno en el pan ni en el vino.
