¿Por qué os metéis con esta mujer? Lo que ha hecho conmigo ha sido una cosa preciosa; porque a los pobres siempre los tenéis, pero a Mí no Me vais a tener siempre. Al derramar este perfume sobre Mi cuerpo lo ha hecho para prepararme de antemano para el entierro. Podéis creerme que, dondequiera que se predique el Evangelio por todo el mundo, se recordará esto que ha hecho ella en su memoria.
La historia de la unción en Betania nos la cuentan también Marcos y Juan. El relato de Marcos es casi .exactamente el mismo que el de Mateo; pero Juan añade el detalle significativo de que la mujer que ungió a Jesús fue nada menos que María, la hermana de Marta y de Lázaro. Lucas no nos cuenta esta historia, pero sí la de la unción en la casa de Simón el fariseo Luk_7:36 -SO); pero en la historia de Lucas la mujer que ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos era una conocida pecadora.
Siempre quedará la interesante posibilidad de que la historia que nos cuenta Lucas sea la misma que nos cuentan los otros tres evangelistas. En ambos casos el nombre del anfitrión es Simón, aunque en Lucas es Simón el fariseo, mientras que en Mateo y Marcos es Simón el leproso. En Juan, el anfitrión no se nombra, aunque el relato parece dar la impresión de que se trataba de la casa de Marta y María y Lázaro. Simón era un nombre muy corriente. Hay por lo menos diez Simones en el Nuevo Testamento, y más de veinte en el libro de historia de Josefo. La mayor dificultad para identificar las historias de Lucas y de los otros tres evangelistas es que Lucas nos dice que la mujer era una conocida pecadora, y no tenemos la menor indicación de que ese fuera el caso de María de Betania. Por otra parte, la misma intensidad con que María amaba a Jesús podría sugerir las profundidades de las que Él la rescató.
Sea cual fuere la respuesta que se dé a la cuestión de la identificación, la historia es desde luego lo que Jesús la llamó: la historia de una cosa muy hermosa; y nos atesora ciertas verdades muy preciosas.
(i) Nos muestra la prodigalidad del amor. La mujer tomó lo más precioso que tenía; y se lo derramó a Jesús en la cabeza. A las mujeres judías les encantaban los perfumes; y era corriente que llevaran un frasquito de alabastro con perfume corriente en el collar. Ese perfume era muy costoso. Tanto Marcos como Juan nos relatan que los discípulos dijeron que ese perfume podría haberse vendido por trescientos denarios (Marcos 14: S; Jbi12: S); lo que quiere decir que ese frasquito de perfume representaba casi el sueldo de un año de un obrero. O podemos verlo de esta otra manera. Cuando Jesús -y Sus discípulos estaba hablando de cómo se podría dar de comer a la multitud, la respuesta de Felipe fue que 200 denarios apenas bastarían para alimentarlos. Este frasco de perfume, por tanto, costaba tantos como la comida necesaria para cinco mil personas:
Era algo tan precioso como todo eso lo que esta mujer U dio a Jesús, y Se lo dio porque era lo más precioso que tenía. El amor nunca calcula; al amor siempre le parece demasiado poco todo lo que da; el único deseo del amor es dar hasta ‘lo último; y, cuando ha dado todo lo que tenía, aún le parece demasiado poco. No hemos ni empezado a ser cristianos si pensamos en darle a Cristo y a Su Iglesia lo menos que resulte aceptable.
(ii) Nos muestra que hay momentos en los que se falla viendo las cosas con sentido común. En esta ocasión, la voz del sentido común decía: «¡Qué derroche!» Y no hay duda que era verdad. Pero hay un mundo de diferencia entre la economía del sentido común y la economía del amor. El sentido común obedece los dictados de la prudencia; pero el amor obedece los dictados del corazón. En la vida hay que aplicar el sentido común en muchos casos; pero hay momentos en los que solo la prodigalidad puede satisfacer las demandas del amor. Un regalo no es nunca realmente un regalo cuando es algo que nos podemos permitir fácilmente; un regalo llega a ser un regalo solamente cuando implica un sacrificio, y cuando damos mucho más de lo que podemos permitimos.
(iii) Nos muestra que algunas cosas han de hacerse cuando surge la oportunidad, o no se harán nunca. Los discípulos estaban interesados en ayudar a los pobres; pero los mismos rabinos decían: «Dios permite que haya pobres siempre con nosotros para que no nos falten nunca las oportunidades para hacerles bien.» Hay algunas cosas que podemos hacer en cualquier momento; hay algunas cosas que podemos hacer solo una vez; y el desaprovechar la ocasión de hacerlas entonces es perder la oportunidad para siempre. A menudo nos sentimos movidos por un impulso generoso, pero no nos dejamos llevar por él; y todas las posibilidades están en contra de que se nos vuelvan a presentar las circunstancias, la .persona, el tiempo y el impulso. Para muchos de nosotros lo trágico es que nuestra vida es la historia de las oportunidades de hacer el bien que no hemos aprovechado.
