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Mateo 26: El principio del último acto de la tragedia

Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar:

-¡No conozco a ese Hombre!

Inmediatamente después cantó el gallo. Entonces se acordó Pedro de que le había dicho Jesús: «Antes que cante el gallo, Me negarás tres veces.» Y salió, y lloró amargamente.

No se puede leer este pasaje sin sentirse impresionado por la sorprendente sinceridad del Nuevo Testamento. Si hubo alguna vez un incidente que uno habría esperado que se silenciara, sería este; y sin embargo se nos cuenta aquí con todo su vergonzoso realismo. Sabemos que Mateo siguió muy de cerca la narración de Marcos; y esta historia se cuenta en el evangelio de Marcos todavía con más detalles (Mar_14:66-72 ). También sabemos, por Papías, que el evangelio de Marcos no es otra cosa que el texto escrito de los materiales de la predicación de Pedro. Así es que llegamos al hecho sorprendente de que poseemos la historia de la negación de Pedro porque el mismo Pedro la contaba.

Lejos de suprimir esta historia, Pedro la incluía como una parte esencial del Evangelio; y lo hacía por las mejores razones. Cada vez que contara la historia, diría: «Así es como perdona. Jesús. Él me perdonó a mí cuando Le fallé en la hora de Su máxima amargura. Eso es lo que Jesús es capaz de hacer. Me tomó a mí, el cobarde de Pedro, -y hasta a mí me usó.» No, debemos leer nunca esta historia sin recordar que fue el mismo Pedro el que tuvo un interés especial en que nos llegara la vergüenza de su pecado para que todos conozcamos la gloria del amor perdonador y el poder purificador de Jesucristo.

Y, sin embargo, sería un error mirar a Pedro con nada más que una condenación inflexible. El hecho luminoso es que el desastre que le sucedió a Pedro es el que solamente le podía suceder a una persona que tuviera el coraje más heroico. Todos los otros discípulos .huyeron; Pedro fue el único que no huyó. En Palestina, las casas de la gente bien estaban construidas en forma de cuadrado hueco alrededor de un patio al que daban las habitaciones. Para Pedro, el entrar en el patio que estaba en el centro de la casa del sumo sacerdote era meterse en la boca del lobo; y sin embargo lo hizo. Cualquiera que fuera el final de esta historia, empezó con Pedro como un hombre de valor.

La primera negación tuvo lugar en el patio; sin duda la criada se había fijado en Pedro como uno de los más señalados seguidores de Jesús, y le había reconocido. Después de que le reconocieron, cualquiera habría supuesto que Pedro habría salido huyendo; un cobarde se habría perdido en la oscuridad de la noche lo más pronto posible; pero Pedro no; sólo se retiró al porche. Estaba desgarrado entre dos sentimientos: tenía en el corazón un miedo que le hacía querer huir; pero tenía también en el corazón un amor que le mantenía allí. De nuevo, alguien le reconoció en el porche; y esta vez juró que no conocía a Jesús. Y todavía no se fue. Aquí tenemos una muestra del coraje más persistente.

Pero la segunda negación de Pedro le delató. Por su acento se le había notado que era galileo. Los galileos hablaban con un deje especial; los puristas lo consideraban tan inaceptable que a ningún galileo se le permitía pronunciar la bendición en el culto de la sinagoga. Una vea más Pedro fue acusado de ser seguidor de Jesús. Pedro llegó más lejos esta vez: no solamente juró que no conocía a Jesús, sino que llegó hasta a maldecir Su nombre. Pero con todo y con eso aún está claro que Pedro no tenía intención de marcharse del patio. Y entonces cantó el gallo.

Hay una curiosa posibilidad aquí que prestaría un curioso colorido al pasaje. Puede que el canto del gallo no fuera el de esa ave de corral; y que desde un principio no se entendió que lo fuera. Después de todo, la casa del sumo sacerdote estaba en el mismo centro de Jerusalén, y no se supone que había corrales en esa zona. Había de hecho una regla de la ley judía de que era ilegal tener gallos y gallinas en la Santa Ciudad porque contaminaban las cosas santas. Pero la hora de las 3 de la madrugada se llamaba el canto del gallo, y esto por la siguiente razón. A esa hora cambiaba la guardia romana en el castillo de la torre Antonia; y la señal del canto de la guardia era un toque de trompeta. El nombre latino para el toque de trompeta era gallicinium, que quiere decir el canto del gallo. Es por lo menos posible que precisamente en el momento que Pedro hizo su tercera negación la trompeta de las almenas de la torre Antonia tocó el gallicinium sobre la ciudad dormida; y Pedro se acordó, y salió y derramó su corazón en llanto.

Lo que sucedió con Pedro después de esto no lo sabemos, porque la historia evangélica corre un amable velo sobre la agonía de su vergüenza. Pero antes de condenarle debemos reconocer que pocos de nosotros habríamos tenido el coraje de permanecer en aquel patio. Y hay otra cosa que debemos decir: fue el amor lo que le dio a Pedro aquel coraje; fue el amor lo que le clavó allí a pesar del hecho de que le habían reconocido tres veces; y fue el amor lo que le hizo recordar las palabras de Jesús; y fue el amor lo que le echó afuera para llorar; y es el amor lo que cubre multitud de pecados. La impresión que nos deja esta historia no es la de la cobardía de Pedro, sino la de su amor.

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