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Mateo 26: El principio del último acto de la tragedia

Y volvió otra vez, y se los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Entonces los dejó, y Se retiró otra vez, y oro por tercera vez repitiendo las mismas palabras. Luego volvió a Sus discípulos, y les dijo:

Ahora ya podéis seguir durmiendo y descansar. Fijaos: la hora se acerca en que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de pecadores. Levantaos, vámonos. Fijaos: el que Me entrega está cerca.
Este es un pasaje al que debemos acercarnos de rodillas. Aquí, del estudio se debe pasar a la adoración.

En la misma Jerusalén no hay jardines de tamaño considerable; porque en una ciudad situada en la cima de una montaña no hay sitio para los espacios abiertos; todos los metros cuadrados son valiosos para la construcción. Así que los ciudadanos pudientes tenían sus jardines privados en las laderas del monte de los Olivos. La palabra Getsemaní quiere decir probablemente almazara, o molino de aceite; y sin duda era un huerto de olivos al que Jesús tenía derecho a entrar. Es curioso, y conmovedor, el pensar en los amigos anónimos que tuvo Jesús en Sus últimos días. Estaba el que Le prestó el asnillo para hacer la Entrada Triunfal en Jerusalén; estaba el que Le prestó el aposento alto en el que celebró la última Cena; y ahora se supone que otro amigo le prestó su huerto del monte de los Olivos para que Se retirara a orar. En un desierto de odio, todavía había oasis de amor.

Llevó consigo al huerto a los tres discípulos que habían estado con Él en el monte de la Transfiguración, y allí oró; más aún: Se debatió en oración. Al contemplar con santa reverencia la batalla de Su alma en el huerto, vemos algunas cosas.

(i) Vemos la agonía de Jesús. Ahora estaba seguro de que la muerte Le esperaba. Sentía su fétido aliento en Su rostro. Nadie quiere morir a los treinta y tres años, y menos en la agonía de una cruz. Era su lucha suprema, y el resultado estaba en la balanza. La salvación del mundo estaba en peligro en el huerto de Getsemaní, porque aun entonces, Jesús podría haberse vuelto atrás, y el propósito de Dios se habría frustrado.

En este momento, lo único que sabía Jesús era que tenía que seguir adelante, y delante Le esperaba una cruz. Con toda reverencia podemos decir que aquí vemos a Jesús aprendiendo la lección que todos los seres humanos debemos aprender algún día: Aceptar lo que no podemos comprender. Lo único que sabía era que la voluntad de Dios Le llamaba imperiosamente a seguir adelante. A cada uno de nosotros nos suceden cosas en este mundo que no podemos entender; es entonces cuando la fe se pone a prueba hasta su último límite; y en tales momentos es dulzura para el alma recordar que Jesús también lo pasó en Getsemaní. Tertuliano (De Bapt. 20) nos conserva un dicho de Jesús que no está en los evangelios: «El que no haya sido tentado no puede entrar en el Reino del Cielo.» Es decir: Cada persona tiene su propio Getsemaní, y cada persona tiene que aprender a decir: «Hágase Tu voluntad.»

(ii) Vemos la soledad de Jesús. Tomó consigo a Sus tres discípulos selectos; pero ellos estaban tan agotados con el drama de los últimos días y horas, que no pudieron mantenerse despiertos. Y Jesús tuvo que pelear Su batalla a solas. Eso también es verdad de todas las personas. Hay algunas cosas que una persona tiene que arrostrar, y algunas decisiones que una persona tiene que hacer, en una soledad terrible de su alma; hay momentos en que fallan los que podrían ayudar, y los consuelos se disipan; pero en esa soledad está con nosotros Aquel Que en Getsemaní la experimentó y superó.

(iii) Aquí vemos la confianza de Jesús. Aún la vemos mejor en el relato de Marcos, en el que Jesús empieza Su oración diciendo: «Abba, Padre» (Mar_14:36 ). Hay todo in mundo encantador en esta palabra Abba, que estará oculto a nuestros oídos occidentales a menos que conozcamos su contenido. Joaccim Jeremias, en su libro Las palabras de Jesús, escribe: “El uso que hace Jesús de la palabra Abba dirigiéndose a Dios no tiene paralelo en toda la literatura judía. La explicación de este hecho ha de encontrarse en la afirmación de los padres Crisóstomo, Teodoro y Teodoreto, de que Abba (como yaba se usa todavía en árabe) era la palabra que usaba un niño para dirigirse a su padre, cuya traducción en castellano sería Papá; era una palabra familiar, cotidiana, que nadie se había atrevido a usar para. dirigirse a Dios. Jesús sí. Él hablaba con Su Padre celestial de la manera infantil, confiada e íntima de un hijo pequeño con su padre.» Sabemos cómo nos hablan nuestros hijos, y cómo nos llaman a sus padres. Así era como hablaba Jesús con Dios. Aun cuando no Le entendiera totalmente; aun cuando Su única convicción era que Dios Le empujaba hacia la Cruz; Le llamaba Abba, como un hijo pequeño. Aquí tenemos confianza, una confianza que nosotros debemos tener en ese Dios al Que Jesús nos, ha enseñado a conocer como nuestro Padre.

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