Lo primero que llama nuestra atención es, la naturaleza del pecado del cual Pedro se hizo culpable.
Fue un pecado atroz. Pedro había acompañado a Jesús por tres años, y declarado amor y fe hacia El de una manera decidida a la vez que espontánea; había sido objeto de bondades y favores sin límites de parte de su Maestro, quien lo había tratado como amigo íntimo, y sin embargo de todo le niega. Qué maldad tan negra. Además, el pecado fue cometido bajo circunstancias muy agravantes. Pedro había tenido aviso en términos claros del peligro en que se encontraba; y acababa recibir de manos de nuestro Señor el pan y el vino, y de declarar enérgicamente que aunque muriese con El no lo negaría. Y, finalmente, fue cometido, según se puede juzgar, sin haber sido tentado a ello con mucha fuerza. Dos débiles mujeres dijeron que había estado con Jesús, y algunos de los hombres que estaban de pié hicieron una observación semejante. No se le amenazó, ni se empleó con él la violencia. Mas eso fue lo bastante para hacer desvanecer su fe: ¡negó delante de todos, negó con juramentos y maldiciones! Fijémonos en ese cuadro vergonzoso, e imprimámoslo en nuestra mente.
Enséñanos claramente que los más santos de los humanos no son sino hombres, y eso llenos de debilidades y flaquezas.
Nos llaman la atención, en segundo lugar, los diversos pasos en serie descendiente por los cuales vino Pedro a negar a nuestro Señor.
El primero fue la confianza en sí mismo: él había dicho que aunque todos se escandalizasen, él no se escandalizaría. El segundo fue la indolencia: en vez de velar y orar como le dijo su Maestro, se durmió. El tercero fue el de tomar un partido medio, impulsado por la cobardía: en vez de mantenerse al lado de su Maestro, lo abandonó primero y luego lo siguió desde lejos. El cuatro fue el de mezclarse en mala compañía, sin haber necesidad para ello: entró al palacio del sacerdote y se sentó con los criados como si perteneciese a su círculo. Y después de todo, el último paso con el cual se precipitó en el abismo: las maldiciones, los juramentos y la negativa tres veces pronunciada. Por sorprendente que ello parezca, esa caída no fue sino la cosecha de lo que él mismo había sembrado.
Meditemos en ese suceso de la historia de Pedro. Es sumamente instructivo para todos los que se llaman cristianos. Las enfermedades graves rara vez atacan el cuerpo sin que las preceda una serie de síntomas previos. Y un creyente rara vez incurre en graves caídas, sin haberse apartado antes de la vía recta. Los hombres caen en secreto antes de caer en público. El árbol cae con grande estrépito, pero la carcoma que secretamente lo ha corroído no se nota sino cuando yace en el suelo.
Lo último que nos llama la atención es el pesar que el pecado le causó a Pedro. Al fin del capítulo se nos dice que salió y lloró amargamente.
Esas palabras merecen más atención de lo que generalmente se cree Millares de personas han leído la historia de Pedro sin reparar en su llanto y su arrepentimiento.
Ese llanto nos deja conocer que existe una relación muy íntima entre el alejamiento de los senderos de Dios y la desgracia. La Providencia en su misericordia ha dispuesto que, en cierto sentido, la santidad de vida lleve en sí su propio galardón. La tristeza, la intranquilidad de conciencia, la falta de esperanza y las dudas que atormentan, serán siempre el resultado de la tibieza y las inconsecuencias religiosas, pues como ha dicho Salomón, “de sus caminos será harto el apartado de razón.” Pro_14:14. Si queremos gozar paz interna, sigamos el sendero que Dios nos ha señalado.
El llanto de Pedro nos deja conocer también en qué consiste la diferencia entre el hipócrita y el verdadero creyente.
Cuando aquel incurre en algún pecado grave, por lo general cae para no volverse a levantar; porque no posee dentro de su pecho un principio que lo eleve: cuando éste cae, se levanta de nuevo por medio del arrepentimiento; y, auxiliado por la gracia de Dios, mejora de vida. Que ninguno se lisonjee con la idea de que puede pecar impunemente, porque David cometió adulterio y Pedro negó a su Señor. No hay duda de que esos creyentes pecaron gravemente; pero también es cierto que no continuaron en sus pecados, mas se arrepintieron y lamentaron su caída.
