LA ULTIMA INVITACIÓN DEL AMOR
Mateo 26:20-25
Cuando anocheció, Jesús estaba reclinado a la mesa con los doce discípulos. Mientras estaban comiendo, Jesús les dijo:
-Os digo la pura verdad: Uno de vosotros Me va a traicionar.
Ellos se inquietaron terriblemente, y empezaron a preguntarle a Jesús uno tras otro:
-Señor, no seré yo, ¿verdad?
-Uno que mete la mano conmigo en la fuente es el que Me va a traicionar -les contestó Jesús-. El Hijo del Hombre va a desaparecer, como está escrito acerca de Él; ¡pero ay de aquel hombre por quien es traicionado el Hijo del Hombre! Le habría sido mejor no haber nacido.
Judas, el que Le traicionó, Le dijo:
Maestro, ¿es posible que sea yo?
-Tú eres el que lo has dicho,-le contestó Jesús.
Hay momentos en estas últimas escenas de la historia evangélica en que Jesús y Judas parecen encontrarse en un mundo aparte, en el que no hay nadie más. Una cosa es segura: Judas tiene que haber estado planificando su horrible negocio con un secreto total. Tiene que haber hecho sus idas y venidas, o bien a escondidas, o como parte de sus quehaceres normales; porque, si el resto de los discípulos hubieran sabido lo que se traía entre manos, no le habrían dejado salir con vida de la habitación.
Sin duda les había ocultado sus planes a sus condiscípulos -pero no podía ocultárselos a Cristo. Eso es lo que pasa siempre: una persona puede ocultarles sus pecados a sus semejantes, pero no los puede ocultar nunca de los ojos de Cristo, que ve los secretos del corazón. Jesús sabía, aunque nadie más lo supiera, lo que Judas se traía entre manos.
Y ahora podemos ver el método de Jesús con el pecador. Podría haber usado Su poder para aterrar a Judas, para paralizarle, hasta para matarle. Pero la única arma que Jesús usará nunca es la de la invitación amorosa. Uno de los grandes misterios de la vida es lanera que tiene Dios de respetar la iniciativa humana. Dios no obliga nunca; solo invita.
Cuando Jesús trata de hacer que una persona deje de pecar, hace dos cosas.
La primera, le pone cara a cara con su pecado. Trata de hacerle que se detenga y piense en lo que está haciendo. Es como si le dijera: «Mira lo que estás pensando hacer: ¿Puedes tú realmente hacer algo así?” Se ha dicho que nuestra mayor seguridad frente al pecado está en el horror que nos causa. Y una y otra vez Jesús invita a cada persona a detenerse y mirar y darse cuenta, para que el mismo horror de su pecado la haga volver a sus cabales.
La segunda, le pone cara a cara consigo mismo, con el mismo Cristo. Invita a la persona a que Le mire, como si dijera: «¿Puedes mirarme? ¿Puedes enfrentarte con Mis ojos y marcharte a hacer lo que te habías propuesto?» Jesús trata de hacer que la persona se dé cuenta del horror de lo que estaba a punto de hacer, y del amor que anhela impedírselo.
Es precisamente aquí donde vemos lo terrible que es el pecado, por su terrible libertad. A pesar de la última llamada del amor, Judas siguió adelante. Aun cuando se encontró cara a cara con su pecado y con el rostro de Cristo, no quiso dar marcha atrás. Hay pecados y pecados. Existe el pecado del corazón apasionado, de la persona que, en el impulso del momento, se ve arrastrada a hacer lo que no debe. Que nadie tome a la ligera tal pecado; sus consecuencias pueden ser muy terribles; pero mucho peor es el pecado decidido, calculado, insensible,. que sabe lo que está haciendo a sangre fría, que se enfrenta con lo terrible de la acción y con el amor de los ojos de Jesús, y sin embargo todavía sigue con su plan. El corazón se nos revuelve contra el hijo o la hija que quebranta a sangre fría el corazón paternal -que es lo que Judas hizo con Jesús-, y la tragedia es que esto es lo que todos hacemos muchas veces.
