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Mateo 26: El principio del último acto de la tragedia

La relación que existe entre estas palabras y el capítulo anterior es harto digna de notarse. Nuestro Señor acababa de tratar de su segundo advenimiento, el cual seria en poder y gloria; acababa de describir el día del juicio con todas sus terribles circunstancias, y de referirse a sí mismo como el Juez ante el trono del cual se congregarían todas las naciones de la tierra. Luego, sin interrupción alguna, procedió a hablar de su crucifixión. Mientras que las maravillosas predicciones acerca de su futura gloria sonaban aún en los oídos de sus discípulos, les participó a estos una vez más qué sufrimientos se le esperaban. Les recordó que era menester que muriera como ofrenda del pecado antes de que dominase como Rey; que era preciso que hiciera expiación en la cruz antes de que se ciñese la corona.

Observemos, en segundo lugar, cuanto se complace Jesús en conceder honra a los que le honran.

Cuéntasenos que hallándose El en casa de Simón el leproso y estando sentado a la mesa, se acercó a El una mujer con un vaso de ungüento de gran precio y se lo derramó sobre la cabeza. Ella lo hizo, sin duda, movida por la veneración y el afecto. En su alma había recibido beneficios de él, y ella pensó que ninguna demostración que le hiciese en retorno seria demasiado costosa. Mas ese hecho le atrajo la censura de algunos de los que estaban presentes: dijeron que aquel era un desperdicio, y que habría sido mejor haber vendido el ungüento y haber regalado el dinero a los pobres. Nuestro Señor reconvino al punto esos murmuradores fríos. Les dijo que la mujer había ejecutado un acto laudable, e hizo para su conocimiento la siguiente predicción: “Donde quiera que este Evangelio fuere predicado en todo el mundo, también, será dicho para memoria de ella lo que esta ha hecho..

Esa predicción se está cumpliendo a nuestra vista todos los días. En donde quiera que se lee el Evangelio de San Mateo se sabe lo que ella hizo. Las hazañas y títulos de muchos emperadores, reyes y generales han sido relegados al olvido tan completamente como si hubieran sido registrados en la arena; mas la manifestación de gratitud de una humilde mujer cristiana ha sido trasmitida en más de ciento cincuenta idiomas, y se conoce en todo el mundo.

¿Hemos hecho cosa alguna por Jesucristo? Si así fuese, sigamos adelante sin desalentarnos. ¿Qué mayor estímulo pudiéramos exigir que el que en este pasaje se nos ofrece? Los ojos de Aquel que se sentó a la mesa de Simón en Betania nos están contemplando. El observa todo lo que hacemos y se complace de ello. Seamos “firmes y constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que nuestro trabajo en el Señor no es vano.” 1Co_15:58.

Mat 26:14-25

Al principio de este pasaje se nos refiere como nuestro Señor Jesucristo fue traicionado. Los sacerdotes y los escribas, aunque deseosos de darle la muerte, no acertaban de que medios valerse para llevar a cabo su intento sin que el pueblo se sublevase. Bien luego se les presentaron los deseados medios. El pérfido apóstol Judas Iscariote se obligó a entregar a su Maestro en manos de ellos por treinta piezas de plata.

La historia contiene pocas páginas más negras que la que describe la traición de Judas Iscariote. No puede ofrecerse una prueba más horrible de la maldad del corazón humano. Un escritor moderno ha dicho que el hijo ingrato hiere más que el colmillo emponzoñado de una serpiente. Mas ¿qué podrá decirse del discípulo que traicionó a su Maestro, del apóstol que vendió a Jesucristo? Es bien seguro que esa fue una de las pruebas más amargas que nuestro Señor tuvo que sufrir.

En estos versículos se nos enseña que puede acontecer que un hombre goce de grandes privilegios y profese amor y veneración por la religión en tanto que su corazón no está bien para con Dios.

Judas Iscariote había disfrutado de los mejores privilegios religiosos: había sido elegido cómo apóstol y compañero por el Señor; había presenciado los milagros de su Maestro y oído sus sermones; vio lo que Abrahán y Moisés nunca vieron, y oyó lo que David e Isaías nunca oyeron; había vivido en la sociedad de los once apóstoles; había sido coadjutor de Pedro, Santiago y Juan. Sin embargo su corazón permanecía endurecido, porque estaba aferrado de un pecado que le era querido.

La conducta religiosa de Judas era honorable: en lo externo toda ella era arreglada, propia y digna. Parecía, a semejanza de otros apóstoles, creer verdaderamente y estar dispuesto a abandonarlo todo por amor de Jesucristo. Ninguno de los once lo sospechaba de hipócrita, puesto que cuando nuestro Señor dijo que uno de ellos lo había de entregar ninguno dijo; “¿Es Judas?” Sin embargo, no había experimentado un cambio de corazón.

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