Mat 26:57-68
En estos versículos se nos refiere cómo nuestro Señor fue conducido ante Caifás, el sumo sacerdote, y cómo fue declarado culpable por él. Así convenía que sucediese: ya se había llegado el gran día de la expiación. Era propio que el sumo sacerdote desempeñase la parte que a él correspondía, diciendo antes de que la víctima fuese conducida al suplicio que sobre El gravitaba el pecado.
Observemos que, los príncipes de los sacerdotes fueron los principales agentes que contribuyeron a verificar la muerte de nuestro Señor. El pueblo judío no tomó tanto empeño en la ejecución del hecho atroz, como Caifás y sus compañeros, los príncipes de los sacerdotes.
Este es un hecho instructivo, y merece notarse. Es una prueba clara de que la circunstancia de ocupar una posición eclesiástica muy elevada no libra a nadie de cometer errores crasos en doctrina, y graves pecados en la práctica. Los sacerdotes judíos podían trazar su genealogía hasta Aarón, de quien eran descendientes hereditarios. Su carrera era señaladamente santa, y aparejaba deberes peculiares. Y no obstante esos mismos hombres fueron asesinos de Jesús.
Guardémonos de considerar a los eclesiásticos como infalibles. Las órdenes de que se hallan revestidos, aunque les hayan sido conferidas de acuerdo con todas las formalidades del caso, no pueden asegurarnos de que jamás extravíen o aun causen la pérdida de las almas. La máxima establecida por Isaías debe servirnos de guía: “ a la ley y al testimonio: si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.” Isa_8:20.
Observemos en seguida de qué manera tan completa manifestó nuestro Señor a los Judíos su Mesiazgo y su segundo advenimiento.
El obstinado judío de nuestros días no puede decirnos que sus antepasados ignoraban que Jesús fuese el Mesías. La contestación que nuestro Señor dio a la conjura del sumo sacerdote contradiría su aseveración. No solo manifestó Jesús ante el concilio que El era el Cristo, el Hijo de Dios, sino que advirtió que aunque todavía no había aparecido en gloria, según ellos lo esperaban, alguna vez se llegaría el día en que así lo hiciera.
Notemos, además, cuanto tuvo que sufrir nuestro Señor ante el concilio, principalmente a causa de los falsos testigos y del escarnio.
La mentira y el ridículo son armas favoritas del demonio. “El es mentiroso y padre de mentira.” Joh_7:18. Esas armas fueron empleadas contra nuestro Señor constantemente durante su ministerio. Le llamaron glotón, bebedor de vino, amigo de publícanos y pecadores; y con desprecio lo denominaron samaritano.
Los últimos ultrajes que se le hicieron estaban en armonía con los primeros que se le habían arrojado. Satanás excitó a sus enemigos para que cometieran con él infamia sobre infamia. Apenas acababa de declarársele culpable, cuando empezaron a abrumarlo con toda clase de vejámenes. Le escupieron el rostro y le dieron de bofetadas; le dieron de puñadas, y le dijeron por burla: “Profetízanos, oh Cristo, ¿quién es el que te ha herido?.
¡Cuan asombroso, cuan extraño parece todo esto! Qué maravilla tan grande no es que el Santo Hijo de Dios se sometiera a tantos ultrajes para redimirnos a nosotros, miserables pecadores. Qué maravilla tan estupenda no es también que todo fuera predicho detalladamente setecientos años antes de que sucediese. Isaías había escrito estas palabras: “ No escondí mi rostro de las injurias y escupidura.” Isa_50:6.
Mat 26:69-75
En estos versículos se nos refiere un acontecimiento muy notable o instructivo: el acto de negar Pedro a Jesucristo. Es ese uno de los sucesos que prueban la autenticidad de la Biblia. Si el Evangelio hubiera sido mera invención humana, no se nos habría referido que uno de los principales hombres que lo predicaron llegó a extraviarse del verdadero sendero hasta el punto de negar a su Maestro
