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Mateo 26: El principio del último acto de la tragedia

El testimonio de nuestros propios sentidos no nos deja creer que se efectúe cambio alguno en los dos elementos de la comunión. El gusto nos dice que son real y verdaderamente lo que parecen ser. La Biblia nos exige que creamos cosas que están fuera del alcance de la razón, pero jamás nos manda aceptar lo que está en contradicción con nuestros sentidos.

La verdadera doctrina acerca de la naturaleza humana de nuestro Señor está en pugna con la creencia en el cambio de los elementos. El cuerpo de Jesucristo no puede estar al mismo tiempo en más de un lugar. Si estaba sentado a la mesa y podía al mismo tiempo ser distribuido a los discípulos, es muy claro que no podía ser un cuerpo humano como el nuestro. Mas no debe concederse esto ni por un momento, porque una de las verdades más gloriosas del Cristianismo es la de que el Redentor es perfecto hombre así como también es perfecto Dios.

Finalmente, la índole del idioma en que nuestro Señor habló al instituir la Cena no nos fuerza en manera alguna a dar una interpretación literal o llana a las palabras. La Biblia está llena de expresiones de análogo linaje a las cuales nadie pensaría en dar otro sentido que no fuese el figurado. Nuestro Señor dijo en otro lugar que El era la “puerta” y la “vid,” y no hay duda de que al hablar así hizo uso de emblemas y figuras. No se incurre, pues, en contradicción o inconsecuencia alguna al suponer que empleara lenguaje figurado al instituir la Cena; y sí pueden aducirse serias objeciones en contra de la interpretación literal.

Lo segundo que debemos examinar es cuál es el objeto con el cual se instituyó la Cena del Señor.

La Cena del Señor no es un sacrificio. Al administrarla no se hace oblación alguna, ni se presenta otra ofrenda que la de nuestras plegarias, nuestros loores y nuestras gracias. Desde el día en que Jesús murió no ha habido necesidad de hacer más ofrendas por el pecado. Con una sola ofrenda perfeccionó a los que son santificados. Heb_10:14. Los sacerdotes, los altares y los sacrificios dejaron de ser necesarios cuando el Cordero de Dios se ofreció a sí mismo.

La Cena del Señor no comunica beneficio alguno a los que no participan de ella con la fe. El mero acto de comer el pan y beber el vino es de ningún provecho si el corazón del que lo ejecuta no está bien para con Dios. Es por excelencia un sacramento en que solo deben tomar parte los que se hayan convertido.

La Cena se instituyó para conmemorar la muerte expiatoria de Jesucristo hasta que él venga. Los beneficios que comunica son espirituales, no corporales. En donde pueden advertirse los resultados que produce es en las facultades internas del hombre. Por medio de los emblemas materiales del pan y el vino nos recuerda que la ofrenda hecha en la cruz del cuerpo y la sangre de Jesucristo, es la única que expía el pecado y da al creyente la vida espiritual. Vigorizando nuestra fe, nos aproxima más y más al Salvador crucificado, y nos ayuda a alimentarnos espiritualmente de su cuerpo y sangre. Es un sacramento establecido para los pecadores redimidos, no para los ángeles inocentes. Con el hecho de recibirlo confesamos públicamente que tenemos conciencia de nuestra culpabilidad y de la necesidad de un Salvador; que confiamos en Jesús y lo amamos; que deseamos recibir de El nuestro alimento espiritual, y que tenemos esperanza de vivir con El. Si así participaremos de la Eucaristía, nuestro arrepentimiento vendrá a ser más profundo, nuestra fe más firme, nuestra esperanza más grata, nuestro amor más intenso: nuestros pecados dominantes serán debilitados, y nuestras virtudes robustecidas.

Lo último que debemos examinar es, cuál fue su carácter de los primeros comulgantes.

La pequeña reunión a la cual administró nuestro Señor por primera vez el pan y el vino se componía de los apóstoles a quienes el había elegido para que lo acompañasen durante su ministerio en la tierra. Eran ellos hombres pobres e iliteratos, que amaban a Jesucristo, pero cuya fe era débil y cuyos conocimientos eran escasos. Ellos entendían poco el significado de lo que su Maestro decía o hacia; y no sabían cuan frágiles eran sus corazones. Creían que estaban prontos a morir por Jesús, y sin embargo esa misma noche todos lo abandonaron y huyeron. Ahora bien, nuestro Señor lo sabia todo, y sin embargo no les rehusó el sacramento.

Hay algo muy instructivo en esta circunstancia. Demuéstranos que los conocimientos profundos y la fe vigorosa no son calificaciones indispensables de los comulgantes. No porque un individuo sepa poco y porque sea como un niño en fuerza espiritual, ha de excluírsele de la Cena. Sin duda que todos debemos hacer esfuerzos por excluir a los comulgantes indignos; más hemos de tener cuidado de no desechar a los que Cristo no desechó.

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