Ministerio basado en principios bíblicos para servir con espíritu de excelencia, integridad y compasión en nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo.

Logo

Mateo 26: El principio del último acto de la tragedia

Más ¿disculpó Jesús la flaqueza de sus discípulos? De ninguna manera. Los que tal concepto emiten no comprenden cuál fue su propósito. Lo que él quiso decir fue que la existencia de esa misma debilidad era una razón por la cual debían velar y orar.

Mat 26:47-56

El cáliz de los sufrimientos de nuestro Señor empezaba a rebosar. Uno de sus discípulos lo traiciona, los demás lo abandonan, y sus encarnizados enemigos lo hacen prisionero. Ningún pesar podrá jamás igualarse al suyo.

Notemos, en primer lugar, cuan grande era la complacencia de nuestro Señor en sus relaciones con sus discípulos.

Cuando Judas Iscariote se encargó de guiar la multitud al lugar donde estaba nuestro Señor, le dio una señal para que lo pudiesen distinguir de sus discípulos a la escasa luz de la luna. Díjole: “Al que yo besare, aquel es.”Así fue que cuando se acercó a Jesús lo saludó y lo besó. Ese hecho sencillo manifiesta el trato franco y afectuoso que reinaba entre Jesús y sus discípulos. Es una costumbre universal en los países orientales que cuando dos amigos se encuentren se saluden con un beso. Exo_18:7; 1Sa_20:41. Es de creerse, por tanto, que Judas, al besar a nuestro Señor, apenas ejecutó un acto que todos los discípulos acostumbraban ejecutar cuando se veían con su Maestro después de alguna ausencia.

Advirtamos, en segundo lugar, cómo nuestro Señor imprueba la conducta de los que emplean la fuerza en defensa de El y de su causa.

Percíbase esto en el hecho de haber reprendido a uno de sus discípulos porque hirió a un siervo del sumo sacerdote, mandándole que volviese la espada a su lugar, y añadiendo estas palabras de valor imperecedero: “Todos los que tomaren espada a espada perecerán..

La espada tiene su uso legítimo. Puede empleársela lícitamente en defensa de los pueblos contra la opresión. Y algunas veces es absolutamente necesaria empuñarla para impedir los disturbios, el saqueo y la rapiña. Más jamás debe emplearse para difundir y sostener el Evangelio. El Cristianismo no es una religión que deba imponerse por medio de la fuerza y de la violencia. ¡Bien habría sido para la iglesia el haber recordado esto con más frecuencia! Pocos han sido los países de la cristiandad donde no se haya cometido el error de querer cambiar las opiniones de los hombres por medio de la coacción, de la tortura, de la prisión y de la muerte. ¿Y con qué resultados? Las páginas de la historia podrán decirlo. ¡Ningunas guerras han sido tan sangrientas como las que han sido engendro de divergencias religiosas! Observemos, en tercer lugar, cómo nuestro Señor se dejó aprehender por su propia voluntad.

No fue porque no pudiera escapar que lograron hacerlo preso. Fácil habría sido para él el hacer desaparecer a sus enemigos, si hubiera querido. “¿Piensas que no puedo ahora orar a mi Padre,” dijo a uno de sus discípulos, “y él me daría más de doce legiones de ángeles?.

Reparemos en esto, porque es muy consolador. Aquel que espontáneamente sufrió, espontáneamente salva. Confiemos en él y no temamos.

Notemos, en último lugar, cuan poco conocen los cristianos la debilidad de su propio corazón hasta que no se les somete a prueba.

De esta verdad dieron los apóstoles un triste ejemplo. Los versículos de que venimos tratando concluyen con estas palabras: “Entonces todos los discípulos huyeron, dejándole.”Se olvidaron así de las enérgicas aseveraciones que habían hecho unas pocas horas antes. Se olvidaron que habían dicho que estaban prontos a morir por su Maestro. Se olvidaron de todo menos del peligro que los amenazaba. El temor de la muerte los hizo cejar.

Y cuántos de los que se titulan cristianos no han hecho lo mismo. ¡Cuántos en el acaloramiento de un momento no han prometido que jamás se ruborizarán de dar a conocer sus creencias religiosas! Después de haber participado de la comunión o de haber oído un sermón notable, han regresado al hogar llenos de celo y amor, y protestando ruidosamente que jamás apostatarán de su religión. Y sin embargo, en el transcurso de unos pocos días sus emociones se entibian y desvanecen. Bien luego una calamidad les sobreviene, y caen, y abandonan a Jesucristo.

Deja el primer comentario

Otras Publicaciones que te pueden interesar