LA ELECCIÓN DEL AMOR
Juan 10:17-18
Por lo que Me ama el Padre es porque Yo entrego Mi vida para volverla a toMarcos No es que nadie Me la quite; soy Yo el Que la entrego. Tengo pleno derecho a entregarla, y tengo pleno derecho a recuperarla. Estas son las instrucciones que he recibido de Mi Padre.
Hay pocos pasajes en el Nuevo Testamento que nos digan tanto como este acerca de Jesús en tan poco espacio.
(i) Nos dice que veía toda Su vida como un acto de obediencia a Dios. Dios Le había dado una tarea que cumplir, y Él estaba dispuesto a llevarla a cabo, aunque sabía que Le costaría la vida. Tenía una relación única y exclusiva con Dios que sólo podemos describir diciendo que era el Hijo de Dios. Pero esa relación no Le daba el derecho a hacer lo que Él quisiera; dependía de que hiciera siempre, costara lo que costara, lo que Dios quería. La filiación divina sólo podía basarse para El, como para nosotros, en la obediencia.
(ii) Nos dice que Jesús veía siempre la Cruz y la gloria como inseparables. Él no dudó nunca de que tenía que morir, e igualmente tampoco dudó nunca de que había de resucitar. La razón no era otra que Su confianza en Dios: estaba seguro de que Dios jamás Le abandonaría. La vida se basa en el hecho de que todas las cosas que valen la pena tienen un precio. Siempre se ha de pagar un precio para conseguirlas. La erudición se consigue solamente al precio del estudio; la habilidad en el arte o la técnica sólo se puede adquirir al precio de la práctica; la eminencia en cualquier deporte sólo se logra mediante el entrenamiento y la disciplina. El mundo está lleno de personas que han perdido su destino porque no quisieron pagar el precio. Nadie puede entrar en la gloria y la grandeza escogiendo siempre el camino más fácil; nadie puede dejar de encontrarlas si está dispuesto a seguir el camino difícil.
Se dice que en la Primera Guerra Mundial había un joven soldado francés que estaba herido de gravedad. Tenía un brazo tan destrozado que hubo que amputárselo. Era un ejemplar tan magnífico de humanidad joven que el cirujano se sentía apesadumbrado de que tuviera que quedarse manco para el resto de la vida. Esperó al lado de la cama del soldado para darle la mala noticia cuando despertara de la anestesia. Cuando el joven abrió los ojos, el cirujano le dijo:
-Siento mucho decirte que has perdido el brazo.
-No lo he perdido -le contestó el soldado-. ¡Lo he dado por Francia!
Jesús no se encontró irremisiblemente enredado en un cúmulo de circunstancias de las que no se podía librar. Aparte de la ayuda sobrenatural que habría podido solicitar, está claro que hasta el final habría podido volverse atrás y salvar la vida. No la perdió, sino la entregó. No se Le impuso la Cruz: la aceptó voluntariamente… por nosotros.
O LOCO, O HIJO DE DIOS
Juan 10:19-21
De nuevo se produjo una división de opiniones entre los judíos por causa de las últimas palabras de Jesús. Muchos de ellos decían:
-¡Es un poseso y un loco! ¿Por qué le hacéis caso?
-Las cosas que dice no son de poseso -decían otros-. ¿Cómo va a poder abrir los ojos de los ciegos uno que esté dominado por un espíritu malo?
Los que escucharon a Jesús en aquella ocasión se enfrentaron con el dilema que sigue presentándosenos a todos desde entonces. O Jesús era un loco megalómano, o era el Hijo de Dios. No hay escapatoria: si uno habla de Dios y de sí mismo de la manera que habló Jesús, o está totalmente engañado o está totalmente en lo cierto. Las afirmaciones que hizo Jesús sólo podrían querer decir locura o divinidad. ¿Cómo podemos llegar a la seguridad de que estaban justificadas y no eran la fantasía más grande del mundo y de la Historia?
(i) Las palabras de Jesús no son las de un loco. Podríamos citar a innumerables testigos que nos confirmarían que las enseñanzas de Jesús son la suprema salud mental y total. Pensadores y pensadoras de todas las generaciones han considerado la enseñanza de Jesús la única esperanza de cordura para un mundo desquiciado. La Suya es la única voz que habla con verdadero sentido en medio de la barahúnda de todos los engaños humanos.
(ii) Las obras de Jesús no son las de un loco. Sanó a los enfermos, alimentó a los hambrientos, consoló a los tristes. La locura de la megalomanía es esencialmente egoísta. No busca nada más que su propia gloria y prestigio. Pero Jesús Se pasó la vida haciendo cosas, y viviendo -y muriendo- por los demás. Como dijeron algunos de los mismos judíos, un loco no puede abrir los ojos de los ciegos.
