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Juan 10: El pastor y sus ovejas

No carece de significado el hecho de que debe de haber sido cerca de esas fechas cuando Jesús dijo: «Yo soy la Luz del mundo.» Cuando se encendían todas aquellas luces para conmemorar la libertad recuperada para dar culto a Dios conforme a la conciencia y tradición de Israel, Jesús dijo: «Yo soy la Luz del mundo; sólo Yo puedo iluminar el camino que conduce al conocimiento y a la presencia de Dios.»

Juan también nos menciona el lugar en que se produjo esta discusión: el pórtico de Salomón. El primer atrio del templo era el de los Gentiles. A sus dos lados había una columnata magnífica que se llamaban el pórtico de Salomón y el pórtico Real. Eran hileras de columnas impresionantes, de 12 metros de altura, con un techo encima. La gente acudía allí para orar o meditar; y los rabinos solían pasear por allí, hablando con sus alumnos y explicando las doctrinas de la fe. Jesús también iba andando por allí porque, como nos detalla Juan con un toque pictórico, «hacía un tiempo invernal.»

LA PRESENTACIÓN Y LA PROMESA

Cuando Jesús estaba paseando por el pórtico de Salomón, se le acercaron los judíos. «¿Hasta cuándo nos vas a tener en vilo? -Le dijeron-. Dínoslo claro de una vez: ¿eres o no eres el Ungido prometido de Dios?»

Detrás de esa pregunta había dos actitudes mentales. Había algunos que genuinamente querían saberlo, y esperaban anhelantes la respuesta. Pero había otros que, sin duda, usaban aquella pregunta como una trampa. Querían inducir engañosamente a Jesús a que hiciera una declaración que se pudiera tergiversar, ya fuera para convertirla en un delito de blasfemia aceptable para sus tribunales, o en una acusación de insurrección de la que se encargaría el gobernador romano.

La respuesta de Jesús fue que ya les había dicho Quién era. Es verdad que no lo había dicho con todas sus letras; porque, según nos cuenta la historia Juan, Jesús había presentado Sus credenciales en privado. A la Samaritana Se le había revelado como el Mesías (Joh_4:26 ), y al que había nacido ciego, como el Hijo del Hombre (Joh_9:37 ). Pero hay algunas declaraciones que no hay por qué hacer de palabra, especialmente a una audiencia cualificada para percibirlas. Había dos cosas acerca de Jesús que Le colocaban más allá de toda duda, las expresara con palabras o no. La primera eran Sus obras. Había sido la visión de la edad de oro que había tenido Isaías: «Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se destaparán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará de gozo la lengua del mudo» (Isa_35:5-6 ). Cada uno de los milagros de Jesús era una prueba de que había venido el esperado Mesías. La segunda eran Sus palabras. Moisés había anunciado que Dios levantaría a un Profeta al Que el pueblo tendría que oír (Deu_18:15 ). El mismo acento de autoridad con que hablaba Jesús, la manera regia en que abrogó la antigua ley y puso en su lugar Sus enseñanzas, eran una prueba fehaciente de que Dios hablaba por medio de Él. Las palabras y las obras de Jesús eran una demostración de que El era el Ungido de Dios.

Pero la inmensa mayoría de los judíos no habían aceptado esas pruebas. Como hemos visto, las ovejas de Palestina conocían la llamada especial de su propio pastor, y la obedecían; esos no eran del rebaño de Jesús. En el Cuarto Evangelio subyace la doctrina de la predestinación. Las cosas suceden siempre como Dios las había programado. Juan está diciendo realmente que aquellos judíos estaban predestinados para no seguir a Jesús. De una manera o de otra todo el Nuevo Testamento mantiene en equilibrio dos ideas aparentemente opuestas: el hecho de que todo sucede conforme al propósito de Dios y, al mismo tiempo, que la libertad humana es responsable. Esos judíos se habían hecho a sí mismos tales que estaban predestinados para no aceptar a Jesús; y sin embargo, según Juan, eso no los hace en nada menos condenables.

Pero, aunque la mayoría no aceptaron a Jesús, algunos sí; y a ellos Jesús les prometió tres cosas.

(i) Les prometió la vida eterna. Les prometió que, si Le aceptaban como Maestro y Señor, si llegaban a ser de Su rebaño, toda la pequeñez de la vida terrenal se pasaría, y conocerían la gloria y la magnificencia de la vida de Dios.

(ii) Les prometió una vida que no tendría fin. La muerte no sería el fin, sino un nuevo principio; conocerían la gloria de una vida indestructible.

(iii) Les prometió una vida segura. Nada los podría arrebatar de Su mano. Eso no quería decir que no experimentarían la aflicción, el sufrimiento y la muerte; sino que, en los más dolorosos momentos y en las horas más oscuras se darían cuenta de que los brazos eternos estarían sosteniéndolos y rodeándolos. Aun en un mundo que se precipita al desastre experimentarían la serenidad de Dios.

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