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Juan 9: Luz para los ciegos

Se advierte, también en estos versículos, con cuánta crueldad e injusticia tratan a veces los hombres no convertidos a los que no están de acuerdo con ellos. No pudiendo los fariseos intimidar al hombre que había sido curado, resolvieron expulsarlo de la iglesia judía. Porque gallardamente rehusó descreer el testimonio de sus propios sentidos, lo arrojaron de su gremio y lo expusieron al escarnio del público.

Los perjuicios temporales que semejante acto acarreaba a la víctima eran, a la verdad, muy graves. Quedaba de hecho privado de los privilegios de la iglesia judía, y los verdaderos israelitas lo menospreciaban y le tenían recelo. Más no podían dañar su alma, porque lo que los malos ligan en la tierra no es ligado en el cielo. «La maldición sin causa nunca vendrá.» Pro_26:2.

En todos los siglos los hijos de Dios han tenido que sufrir vejaciones de ese linaje. La excomunión, la persecución y el aprisionamiento han sido siempre armas favoritas de los tiranos eclesiásticos. Incapaces, como los fariseos, de contestar argumentos, han recurrido a la injusticia y a la violencia. Que el discípulo de; Cristo se consuele con saber que hay una iglesia de la cual nadie puede arrojarlo, una lista de miembros de la cual nadie puede borrar su nombre.

Aquel solamente es bienaventurado; y aquel solamente es réprobo a quien Jesucristo pronunciará como tal en el último día.

Se advierte, además, en estos versículos cuan grandes son la bondad y condescendencia da Jesucristo, acababa apenas nuestro hombre de ser expulsado de la sinagoga cuando Jesús se vio con él, lo dirigió palabras consoladoras, y se reveló a el de una manera más completa que a ninguna otra persona, salvo la mujer samaritana.

Este es un ejemplo entre muchos que nos dan a conocer el carácter del Salvador. él percibe todo lo que su pueblo sufre por amor suyo, y se compadece de todos, de los más nobles así como de los más humildes. De todas sus pérdidas, padecimientos y persecuciones guarda estricta cuenta. ¿No está todo en su libro? El sabe llevarles consuelo al corazón en tiempos de necesidad, y dirigirles palabras de amor cuando todos los hombres parecen aborrecerlos. A la hora en que los hombres nos abandonan es que Jesús se acerca y nos dice: «No temas, que yo soy contigo: no desmayes, que yo soy tu Dios: que te esfuerzo: siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.» Isa_41:10.

Se advierte, por último, en estos versículos, cuan peligroso es poseer conocimientos si no hacemos buen uso de ellos. Los príncipes de los judíos estaban plenamente persuadidos de que poseían y conocían toda la verdad religiosa. Les causaba indignación hasta la mera idea de que fuesen ignorantes en ese respecto, o que tuvieran los ojos cerrados a la luz espiritual. «¿Somos nosotros también ciegos?» exclamaron. Jesús, entonces, pronunció esa enérgica respuesta: «Si fuerais ciegos, no tuvierais pecado; mas ahora decís: Vemos; por tanto vuestro pecado permanece..

Poseer conocimientos es sin duda un gran bien. El hombre que no puede leer y que ignora la Biblia completamente es digno de lástima, pues se halla a merced de cualquiera maestro falso que lo haga abrazar un credo absurdo o a adoptar alguna práctica perniciosa. Puede decirse, casi sin limitación alguna, que cualquiera clase de instrucción es preferible a la ausencia de toda instrucción.

Mas cuando los conocimientos producen resultados puramente intelectuales, y ni tienen influjo ninguno sobre el corazón ni modifican la conducta, su posesión viene a ser peligrosa. Y cuando, además de esto, el que los tiene es presuntuoso y fatuo, y se imagina que lo sabe todo, los resultados para el alma son en extremo desastrosos. Hay más esperanza acerca del que dice: «Yo soy un miserable o ignorante pecador, y necesito que Dios me dé sabiduría,» que para el que siempre está diciendo: «Yo sé, yo sé, no soy ignorante,» y sin embargo, no abandona sus pecados. El pecado de ese hombro «permanece..

Hagamos uso diligentemente de los conocimientos que sobre religión poseamos, y pidamos constantemente a Dios que nos conceda más. Que nuestra oración continua sea como aquella que tantas veces ofreció David y que se encuentra en el Salmo ciento diez y nueve: « El camino de tus mandamientos hazme entender; y meditaré en tus maravillas.›

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