Juan 9:13-25
Estos versículos nos dan a conocer cuan poco era lo que los judíos de la época de nuestro Señor sabían acerca de la debida observancia del sábado. Se nos dice que los fariseos censuraron el que se hubiese curado milagrosamente a un hombre en el día sábado. Evidentemente se había hecho un beneficio a uno de sus semejantes, librándolo de una penosa enfermedad. Pero los contumaces adversarios de Jesús no podían percibir lo noble y elevado de ese acto, y lo consideraron como una infracción del cuarto mandamiento.
Estos pretendidos sabios erraron completamente en cuanto al objeto y la naturaleza del sábado. No comprendieron que éste «fue hecho para el hombre,» para el bien de su cuerpo y de su espíritu. Es cierto que era un día que había sido separado de los demás de la semana para que fuese santificado; pero jamás se tuvo en mira que esa santificación impidiese la ejecución de obras de necesidad y de misericordia. El acto de sanar a un hombre no era una violación del sábado. Al censurar a nuestro Señor los judíos dejaron ver la ignorancia de que adolecían relativamente a su propia ley. Se olvidaron de que tan gran pecado es añadirle algo a un mandamiento como sustraerle alguna de sus cláusulas.
En este pasaje, así como en otros de la misma especie, debemos cuidar de no dar una inteligencia errada a la conducta de nuestro Señor. No vayamos a suponer ni por un solo momento que a los cristianos no es ya obligatoria la observancia del domingo, que es el día que corresponde al sábado de los judíos.
Ninguno de los diez mandamientos ha sido abrogado o suprimido. Nuestro Señor no quiso jamás que el domingo se tornase en día de diversiones, o negocios, o paseos, o disipación; mas quiso que siempre fuese santificado. Una cosa es emplear el domingo en obras de misericordia, en aliviar a los enfermos, y consolar a los afligidos; y otra es pasarlo en visitas, festines y placeres. La manera como pasamos el domingo es un índice seguro de la naturaleza y grado de nuestras convicciones religiosas. Muchos hay de quiénes puede decirse con pesar; Estos hombres no son de Dios, porque no santifican el domingo.
En estos versículos se nos enseña, en seguida, hasta qué extremo puede la preocupación arrastrar a los malos. Los judíos habían convenido en que si alguno confesaba que Jesús era el Mesías fuese arrojado de la sinagoga. Estaban empeñados en no creer. Habían resuelto a no cambiar de parecer ni cejar ante ningunas pruebas. a la manera que, años después, se taparon los oídos cuando Esteban predicaba, y rehusaron oír a Pablo cuando pronunciaba su defensa, así lo hicieron en la ocasión a que nos referimos.
La conducta que hemos de procurar imitar siempre es la de los habitantes de Berea, quiénes escucharon a Pablo con mucha atención la primera vez que lo oyeron predicar, y «recibieron la palabra con toda codicia» y «escudriñaron las Escrituras,» comparando con ellas lo que habían oído. Por esa razón fue que, según se nos dice, «muchos de ellos creyeron.» Actos 17:11, 12. Se nos enseña, finalmente, que nada convence al hombre tan completamente como sus propias percepciones y sensaciones. Los incrédulos judíos procuraron en vano persuadir al ciego de que no se lo había hecho ningún bien. No pudieron obtener de él sino una sencilla respuesta: « Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.» No dijo que podía explicar como se había hecho el milagro, o que sabía si el que lo había sanado era pecador o no; pero sí afirmó decididamente que había sido curado. No permitió que lo hicieran descreer el testimonio de sus propios sentidos. A pesar de todo lo que los judíos pudieran decir, había dos hechos de los cuales se encontraba bien apercibido: « Habiendo yo sido ciego, ahora veo..
Para el cristiano no hay pruebas tan satisfactorias como estas. Por cortos que sean sus conocimientos, por débil que sea su fe, por confusos que sean sus conceptos en puntos de doctrina, si Jesucristo, por medio del Espíritu, ha cambiado su corazón, él siente dentro de sí mismo algo de cuya existencia nadie le podrá hacer dudar, y se dice a sí mismo: «Estaba en las tinieblas, y ahora veo la luz; rehuía a Dios, y ahora lo amo; tenia afición al pecado, y ahora le tengo odio; estaba ciego, y ahora veo.» No estemos tranquilos, pues, hasta que no sintamos en nuestro interior el influjo renovador del Espíritu Santo. No nos contentemos meramente con llevar el nombre de cristianos. Sin duda que las sensaciones son a veces engañosas, y que ellas no deben formar el todo de nuestra vida religiosa; pero si interiormente no experimentamos sensaciones algunas en asuntos espirituales es mal indicio. El hambriento come y se siente vigorizado; el sediento bebe y siente apagada su sed. De por fuerza el que tiene en su pecho la gracia do Dios, ha de poder decir: « Siento su influjo
Juan 9:26-41
Se advierte en estos versículos cuánto mal entendidos son muchas veces los pobres que los ricos. El hombre a quién el Señor restituyó la vista era evidentemente un hombre de baja condición. Sin embargo, él percibió lo que los orgullosos gobernantes de los judíos no habían podido percibir, a saber: que el milagro que nuestro Señor había hecho era una prueba incontestable de que su misión era divina. «Si este hombre no fuera de Dios,» exclamó, «no pudiera hacer nada.» A la verdad, desde el día que recibió la vista hubo un cambio radical en el curso de su vida.
Lo misino puede observarse en otros pasajes de la Sagrada Escritura. Los siervos de Faraón veían «el dedo de Dios» en las plagas de Egipto, en tanto que el corazón de su señor permanecía endurecido. Los criados de Naaman reconocieron lo sabio del consejo de Elíseo, en tanto que su amo se iba lleno de ira. Los ricos, los grandes y los nobles son a menudo los que más se tardan en aprender lecciones espirituales. Los bienes que poseen y la elevada posición que ocupan les ofuscan el entendimiento y les impiden entrar en el reino cíe Dios. Escrito está que no muchos sabios según la carne, no muchos nobles, no muchos poderosos son llamados. 1Co_1:26.
