EL MÉTODO DE UN MILAGRO
Juan 9:6-12
Después de decir aquello, Jesús escupió en el suelo, hizo barro con la saliva y se la untó en los ojos al ciego al tiempo que le decía:
-Vé a lavarte al estanque de Siloé.
La palabra «Siloé» quiere decir «Enviado». El ciego fue, y se lavó, y volvió viendo.
Los vecinos y todos los que le conocían de vista de antes y le reconocían como el mendigo ciego, decían:
-¿Pero no es éste el que se sentaba a pedir limosna?
-¡Es el mismo! -decían unos.
-¡No puede ser el mismo, pero se le parece mucho! -decían otros. Y Él decía:
-¡Soy el mismo!
-¿Cómo es que se te han abierto los ojos? -le dijeron.
-Ese hombre que llaman Jesús hizo barro -dijo él-, me lo untó en los ojos y me dijo: «Vete a lavarte al estanque de Siloé.» Así es que fui, y me lavé y recibí la vista.
-¿Dónde está ese Hombre Que dices? -le preguntaron.
-No lo sé -contestó él.
Este es uno de los dos milagros en los que se nos dice que Jesús usó Su saliva para efectuar una cura. El otro es el del sordo y tartamudo (Mar_7:33 ). Esto nos parece extraño, desagradable y antihigiénico; pero en el mundo antiguo era muy corriente. La saliva, especialmente la de alguna persona distinguida, se creía que tenía propiedades curativas. Tácito nos cuenta que, cuando Vespasiano visitó Alejandría, se le acercaron dos hombres, uno con una enfermedad de los ojos y otro con una mano enferma, y le dijeron que su dios les había aconsejado que vinieran a él. El hombre de los ojos enfermos quería que Vespasiano « le mojara la córnea con saliva;» y el que tenía la mano mala, «que le pisara la mano con la planta del pie.» Vespasiano no quería hacerlo; pero finalmente le persuadieron. «La mano enferma recuperó inmediatamente su poder, y el ciego volvió a ver. Ambos Hechos están atestiguados hasta el día de hoy, cuando la falsedad ya no puede reportar ninguna recompensa, por los que estuvieron presentes en aquella ocasión» (Tácito, Historias 4:81).
Plinio, el famoso coleccionista romano de lo que se llamaba entonces información científica, dedica todo un capítulo al uso de la saliva. Dice que es un desinfectante estupendo contra el veneno de las serpientes; una protección contra la epilepsia; que los líquenes y las manchas de lepra se pueden curar con la saliva de antes del desayuno; que la oftalmia se puede curar ungiendo los ojos todos los días con la saliva de la mañana; que también cura el carcinoma y la tortícolis. La saliva se suponía que era muy eficaz para evitar el mal de ojo. Persio nos cuenta que la tía o la abuela piadosas y expertas en evitar el mal de ojo sacan al bebé de la cuna y «le aplican con el dedo corazón la lustrosa saliva en la frente y en los labios húmedos.» El uso de la saliva era muy corriente en el mundo antiguo. Hasta ahora, cuando nos quemamos un dedo, nos lo chupamos instintivamente; y hay muchos que creen que las verrugas y otros muchos males se curan con la saliva.
El hecho es que Jesús usó los métodos y las costumbres de Su tiempo. Era un médico inteligente que tenía que ganarse la confianza de Sus pacientes. No es que Él creyera esas cosas, sino que despertaba la expectación haciendo lo que el paciente esperaría que hiciera un médico. Después de todo, hasta el presente, la eficacia de una medicina o un tratamiento depende tanto de la fe del paciente como del medicamento en sí.
Después de untar los ojos del ciego con Su saliva, Jesús le mandó a lavarse al estanque de Siloé. Era éste uno de los lugares más conocidos de Jerusalén. Fue el resultado de una de las mayores hazañas de ingeniería del mundo antiguo. La provisión de agua en Jerusalén siempre había sido precaria en caso de asedio. Procedía principalmente de la fuente de la Virgen o de Guijón, que estaba situada en el valle de Cedrón. Una escalera de treinta y tres peldaños esculpidos en la roca conducía a él; y allí, de un pilón de piedra, la gente sacaba agua. Pero la fuente estaba totalmente expuesta y, en caso de asedio, podía cortarse, con consecuencias desastrosas.
