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Juan 9: Luz para los ciegos

LUZ PARA LOS OJOS CIEGOS

En este pasaje encontramos dos grandes principios eternos. (i) Jesús no contesta directamente a la pregunta, ni trata de desarrollar o explicar la relación que existe entre el pecado y el sufrimiento. Dice que la aflicción de aquel hombre le vino para que hubiera una oportunidad de demostrar lo que Dios puede hacer. Esto es cierto en dos sentidos.

(a) Para Juan, los milagros son siempre una señal de la gloria y el poder de Dios. Los autores de los otros evangelios parece que tenían otro punto de vista, y los veían como una demostración de la misericordia de Jesús. Cuando Jesús vio la multitud hambrienta, tuvo compasión de ellos, porque Le parecían como ovejas sin pastor (Mar_6:34 ). Cuando llegó el leproso con su angustioso ruego de limpieza, Jesús fue movido a misericordia (Mar_1:41 ). Se suele insistir en que el Cuarto Evangelio es diferente en esto; pero no tenemos por qué verlo como una contradicción. Son sencillamente dos maneras distintas de ver la misma cosa. En el fondo está la suprema verdad de que la gloria de Dios se muestra en Su compasión, y que Él no revela nunca Su gloria más plenamente que cuando revela Su piedad.

(b) Hay otro sentido en que el sufrimiento humano es prueba de lo que Dios puede hacer. La aflicción, el dolor, la desilusión, la pérdida de seres queridos, son siempre oportunidades para que se despliegue la gracia de Dios. Primero, permite al paciente mostrar a Dios en acción. Cuando llega el desastre o la aflicción a una persona que no conoce a Dios, esa persona puede que se desmorone; pero cuando llegan a una persona que camina con Dios, sacan la fuerza y la belleza y la paciencia y la nobleza que hay en un corazón en el que está Dios. Se cuenta que, cuando estaba muriendo un santo de la antigüedad en una agonía de dolor, mandó a buscar a su familia diciendo: «Que vengan a ver cómo muere un cristiano.» Es cuando la vida nos asesta uno de sus golpes más terribles cuando podemos demostrarle al mundo cómo le es posible vivir y morir a un cristiano. Veamos un ejemplo:

Mientras más se prolonga el sufrimiento más veo en él Tu cariñosa mano, más cerca estoy de Ti, más puro siento el amor que me aparta de lo vano y a Ti me lleva en amoroso aliento.

Tú me has dado esta copa de amargura con designio de amor; de otra manera Tu mano paternal no me la diera, porque no haces sufrir a Tu criatura sin un plan que después haga patente un designio de amor beneficente.

La recibo, Señor, con bendiciones; pero hazme más humilde y resignado, más grato a la riqueza de Tus dones, en Tus promesas aún más confiado y siempre alegre en lo que Tú dispones.

Y si, apurada la postrera gota, permites que prolongue mi misión, anunciaré Tu amor, que no se agota, predicando en Jesús la Salvación.

Y si quisieres dar por concluida esta misión, que realicé tan mal, ¡oh Roca de los Siglos, de guarida sírveme ante el divino tribunal!

(Carlos Araujo Carretero, última Rima, escrita un mes antes de su muerte).

Cualquier clase de sufrimiento es una oportunidad para que se muestre la gloria de Dios en nuestras vidas. (b) Segundo, ayudando a los que pasan por dificultades o dolores, les podemos demostrar a otros la gloria de Dios. Frank Laubach nos hace partícipes del gran pensamiento de que, cuando Cristo, Que es el Camino, llega a nuestra vida, «nos convertimos en parte del Camino. El Camino Real de Dios pasa por nosotros.» Cuando nos gastamos como una vela ayudando a los que pasan por dificultades, distrés, dolor o aflicción, Dios nos está usando como camino por el que Él envía Su ayuda a las vidas de los que sufren. El ayudar a un semejante necesitado es manifestar la gloria de Dios, que quiere decir mostrar cómo es Dios.

Jesús pasa a decir que Él y Sus seguidores deben hacer la obra de Dios mientras haya tiempo para hacerla. Dios ha dado a la humanidad el día para trabajar y la noche para descansar; cuando se acaba el día, también se acaba el tiempo de trabajar. Para Jesús era verdad que tenía que darse prisa con el trabajo que Dios Le había confiado porque faltaba poco para la noche de la Cruz. Pero es verdad que todas las personas disponemos de un tiempo limitado. Nuestra tarea la tenemos que cumplir en ese tiempo.

Hay en Glasgow un reloj de sol con esta leyenda en escocés: «Tak› tent of time ere time be tint.» «Aprovecha el tiempo antes que se te acabe.» No debemos dejar las cosas para otro día, pues puede que ese día no llegue nunca. El deber del cristiano es usar el tiempo de que dispone -y nadie sabe cuánto será- en el servicio de Dios y de sus semejantes. No hay pesar más intenso que el trágico descubrimiento de que se nos ha hecho demasiado tarde para hacer lo que teníamos que hacer.

Pero hay otra oportunidad que podemos desaprovechar. Jesús dijo: «Mientras esté en el mundo, Yo soy la luz del mundo.» Cuando Jesús dijo eso no quería decir que el tiempo de Su vida y obra eran limitados, sino que nuestra oportunidad de recibirle sí es limitada. A toda persona le llega la oportunidad de aceptar a Cristo como su Salvador, su Maestro y su Señor; y, si no se aprovecha, puede que no vuelva a presentarse. E. D. Starbuck, en su Psicología de la religión, tiene algunas estadísticas interesantes y aleccionadoras sobre la edad en que suele producirse la conversión. Puede suceder tan pronto como a los siete u ocho años; aumenta el porcentaje gradualmente hasta la edad de diez u once años; aumenta rápidamente hasta los dieciséis; declina abruptamente hasta los veinte, y después de los treinta es rara. Dios nos dice: «Ahora es el tiempo.» No es que el poder de Jesús disminuya, o que Su luz se haga más difusa, sino que, si aplazamos esa gran decisión, vamos perdiendo capacidad para hacerla con el paso de los años. Hay que hacer un trabajo, hay que tomar unas decisiones, mientras es de día, antes que se nos eche encima la noche.

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