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Juan 9: Luz para los ciegos

Cuando Jesús iba pasando por ahí, vio a uno que era ciego de nacimiento; y Sus discípulos Le preguntaron:

-Rabí, ¿quién fue el que pecó para que naciera ciego, él mismo o sus padres?

No es porque pecaran ni éste ni sus padres -les contestó Jesús-; sino que sucedió para que hubiera en él una demostración de lo que Dios puede hacer. Tenemos que hacer las obras del Que Me envió mientras dure el día; se acerca la noche cuando nadie podrá hacer nada. Mientras esté en el mundo, Yo soy la luz del mundo.

Este es el único de los milagros que se nos narran en los evangelios en el que se dice que se trataba de una dolencia de nacimiento. En Hechos tenemos dos casos de personas que habían estado impedidas desde que nacieron: el cojo de la puerta Hermosa del templo en Act_3:2 , y el paralítico de Listra en Act_14:8 . Pero este ciego es la única persona de la historia evangélica que se encontraba en ese caso. Debe de haber sido un personaje conocido, porque los discípulos de Jesús ya sabían de él.

Cuando le vieron, aprovecharon la oportunidad para presentarle a Jesús un problema que los judíos llevaban mucho tiempo discutiendo, y que sigue siendo enigmático. Los judíos consideraban que el sufrimiento seguía al pecado como el efecto a la causa hasta tal punto que suponían que tenía que haber habido algún pecado donde había sufrimiento. Así es que Le dirigieron a Jesús la pregunta que consideraban clave: «Este hombre -Le dijeron- está ciego. ¿Es su ceguera debida a su propio pecado, o al de sus padres?»

¿Cómo podría ser debida a su propio pecado, si era ciego de nacimiento? Los teólogos judíos proponían una de dos posibles respuestas a esa pregunta.

(i) Algunos de ellos sustentaban la extraña idea del pecado prenatal. De hecho, creían que una persona podía empezar a pecar cuando estaba en el vientre de su madre. En las conversaciones imaginarias entre Antonino y el rabino Judá el Patriarca acerca del origen del pecado en la vida personal, Antonino le preguntó a su interlocutor: «¿Desde qué momento ejerce su influencia la mala tendencia sobre una persona, desde que se forma el embrión en el seno materno o desde el nacimiento?» Y el rabino contestó al principio: «Desde que se forma el embrión.» Antonino no estaba de acuerdo, y convenció a Judá de su postura; porque Judá tuvo que admitir que, si la mala tendencia empezara con la formación del embrión, entonces el bebé rompería el vientre a patadas y saldría. Judá encontró un texto que respaldaba esta postura, Gen_4:7 : «El pecado está a la puerta,» que él interpretó como que el pecado está acechando a la puerta del seno materno tan pronto como nace el niño. El razonamiento nos parecerá ridículo, pero es una prueba de que la idea del pecado prenatal era, por lo menos, tema frecuente de discusión entre los judíos.

(ii) En tiempos de Jesús, los judíos creían en la preexistencia del alma. Realmente, esta idea la había tomado de los griegos; entre otros, de Platón. Creían que todas las almas existían antes de la creación de la raza humana en el huerto del Edén, o que estaban en el séptimo cielo o en una cierta cámara, esperando la oportunidad para entrar en un cuerpo. Los griegos habían creído que esas almas eran buenas, y que era la entrada en el cuerpo lo que las contaminaba; pero había algunos judíos que creían que las almas eran ya buenas o malas antes del nacimiento. El autor del Libro de la Sabiduría dice: «Ahora bien, yo era un niño bueno por naturaleza, y me tocó en suerte un alma buena» (Sabiduría 8:19 ).

En tiempos de Jesús, algunos judíos creían que la aflicción de una persona, aunque fuera de nacimiento, podía venirle de un pecado que hubiera cometido antes de nacer. Es una idea extraña, y que nos parecerá hasta fantástica; pero a su base se encuentra la idea de un universo infectado de pecado.

La alternativa era que los males que se padecían desde el nacin-fiento los causaba el pecado de los padres. La idea de que los niños heredan las consecuencias del pecado de sus padres está entretejida en todo el Antiguo Testamento. «Yo soy el Señor tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación» (Exo_20:5 ; cp. Exo_34:7 ; Num_14:18 ). El salmista dice del malvado: «Venga en memoria ante el Señor la maldad de sus padres, y el pecado de su madre no sea borrado» (Psa_109:14 ). Isaías habla de las iniquidades de ellos y de «las iniquidades de sus padres,» y llega a decir: «Yo les mediré en el seno el pago de sus obras antiguas» (Isa_65:6-7 ). Una de las ideas características del Antiguo Testamento es que Dios siempre visita, es decir, castiga, los pecados de los padres en los hijos. No debemos olvidar que nadie vive ni muere para sí mismo solamente. Cuando pecamos, ponemos en movimiento una cadena de consecuencias sin fin.

LUZ PARA LOS OJOS CIEGOS

En este pasaje encontramos dos grandes principios eternos. (i) Jesús no contesta directamente a la pregunta, ni trata de desarrollar o explicar la relación que existe entre el pecado y el sufrimiento. Dice que la aflicción de aquel hombre le vino para que hubiera una oportunidad de demostrar lo que Dios puede hacer. Esto es cierto en dos sentidos.

(a) Para Juan, los milagros son siempre una señal de la gloria y el poder de Dios. Los autores de los otros evangelios parece que tenían otro punto de vista, y los veían como una demostración de la misericordia de Jesús. Cuando Jesús vio la multitud hambrienta, tuvo compasión de ellos, porque Le parecían como ovejas sin pastor (Mar_6:34 ). Cuando llegó el leproso con su angustioso ruego de limpieza, Jesús fue movido a misericordia (Mar_1:41 ). Se suele insistir en que el Cuarto Evangelio es diferente en esto; pero no tenemos por qué verlo como una contradicción. Son sencillamente dos maneras distintas de ver la misma cosa. En el fondo está la suprema verdad de que la gloria de Dios se muestra en Su compasión, y que Él no revela nunca Su gloria más plenamente que cuando revela Su piedad.

(b) Hay otro sentido en que el sufrimiento humano es prueba de lo que Dios puede hacer. La aflicción, el dolor, la desilusión, la pérdida de seres queridos, son siempre oportunidades para que se despliegue la gracia de Dios. Primero, permite al paciente mostrar a Dios en acción. Cuando llega el desastre o la aflicción a una persona que no conoce a Dios, esa persona puede que se desmorone; pero cuando llegan a una persona que camina con Dios, sacan la fuerza y la belleza y la paciencia y la nobleza que hay en un corazón en el que está Dios. Se cuenta que, cuando estaba muriendo un santo de la antigüedad en una agonía de dolor, mandó a buscar a su familia diciendo: «Que vengan a ver cómo muere un cristiano.» Es cuando la vida nos asesta uno de sus golpes más terribles cuando podemos demostrarle al mundo cómo le es posible vivir y morir a un cristiano. Veamos un ejemplo:

Mientras más se prolonga el sufrimiento más veo en él Tu cariñosa mano, más cerca estoy de Ti, más puro siento el amor que me aparta de lo vano y a Ti me lleva en amoroso aliento.

Tú me has dado esta copa de amargura con designio de amor; de otra manera Tu mano paternal no me la diera, porque no haces sufrir a Tu criatura sin un plan que después haga patente un designio de amor beneficente.

La recibo, Señor, con bendiciones; pero hazme más humilde y resignado, más grato a la riqueza de Tus dones, en Tus promesas aún más confiado y siempre alegre en lo que Tú dispones.

Y si, apurada la postrera gota, permites que prolongue mi misión, anunciaré Tu amor, que no se agota, predicando en Jesús la Salvación.

Y si quisieres dar por concluida esta misión, que realicé tan mal, ¡oh Roca de los Siglos, de guarida sírveme ante el divino tribunal!

(Carlos Araujo Carretero, última Rima, escrita un mes antes de su muerte).

Cualquier clase de sufrimiento es una oportunidad para que se muestre la gloria de Dios en nuestras vidas. (b) Segundo, ayudando a los que pasan por dificultades o dolores, les podemos demostrar a otros la gloria de Dios. Frank Laubach nos hace partícipes del gran pensamiento de que, cuando Cristo, Que es el Camino, llega a nuestra vida, «nos convertimos en parte del Camino. El Camino Real de Dios pasa por nosotros.» Cuando nos gastamos como una vela ayudando a los que pasan por dificultades, distrés, dolor o aflicción, Dios nos está usando como camino por el que Él envía Su ayuda a las vidas de los que sufren. El ayudar a un semejante necesitado es manifestar la gloria de Dios, que quiere decir mostrar cómo es Dios.

Jesús pasa a decir que Él y Sus seguidores deben hacer la obra de Dios mientras haya tiempo para hacerla. Dios ha dado a la humanidad el día para trabajar y la noche para descansar; cuando se acaba el día, también se acaba el tiempo de trabajar. Para Jesús era verdad que tenía que darse prisa con el trabajo que Dios Le había confiado porque faltaba poco para la noche de la Cruz. Pero es verdad que todas las personas disponemos de un tiempo limitado. Nuestra tarea la tenemos que cumplir en ese tiempo.

Hay en Glasgow un reloj de sol con esta leyenda en escocés: «Tak› tent of time ere time be tint.» «Aprovecha el tiempo antes que se te acabe.» No debemos dejar las cosas para otro día, pues puede que ese día no llegue nunca. El deber del cristiano es usar el tiempo de que dispone -y nadie sabe cuánto será- en el servicio de Dios y de sus semejantes. No hay pesar más intenso que el trágico descubrimiento de que se nos ha hecho demasiado tarde para hacer lo que teníamos que hacer.

Pero hay otra oportunidad que podemos desaprovechar. Jesús dijo: «Mientras esté en el mundo, Yo soy la luz del mundo.» Cuando Jesús dijo eso no quería decir que el tiempo de Su vida y obra eran limitados, sino que nuestra oportunidad de recibirle sí es limitada. A toda persona le llega la oportunidad de aceptar a Cristo como su Salvador, su Maestro y su Señor; y, si no se aprovecha, puede que no vuelva a presentarse. E. D. Starbuck, en su Psicología de la religión, tiene algunas estadísticas interesantes y aleccionadoras sobre la edad en que suele producirse la conversión. Puede suceder tan pronto como a los siete u ocho años; aumenta el porcentaje gradualmente hasta la edad de diez u once años; aumenta rápidamente hasta los dieciséis; declina abruptamente hasta los veinte, y después de los treinta es rara. Dios nos dice: «Ahora es el tiempo.» No es que el poder de Jesús disminuya, o que Su luz se haga más difusa, sino que, si aplazamos esa gran decisión, vamos perdiendo capacidad para hacerla con el paso de los años. Hay que hacer un trabajo, hay que tomar unas decisiones, mientras es de día, antes que se nos eche encima la noche.

EL MÉTODO DE UN MILAGRO

Juan 9:6-12

Después de decir aquello, Jesús escupió en el suelo, hizo barro con la saliva y se la untó en los ojos al ciego al tiempo que le decía:

-Vé a lavarte al estanque de Siloé.

La palabra «Siloé» quiere decir «Enviado». El ciego fue, y se lavó, y volvió viendo.

Los vecinos y todos los que le conocían de vista de antes y le reconocían como el mendigo ciego, decían:

-¿Pero no es éste el que se sentaba a pedir limosna?

-¡Es el mismo! -decían unos.

-¡No puede ser el mismo, pero se le parece mucho! -decían otros. Y Él decía:

-¡Soy el mismo!

-¿Cómo es que se te han abierto los ojos? -le dijeron.

-Ese hombre que llaman Jesús hizo barro -dijo él-, me lo untó en los ojos y me dijo: «Vete a lavarte al estanque de Siloé.» Así es que fui, y me lavé y recibí la vista.

-¿Dónde está ese Hombre Que dices? -le preguntaron.

-No lo sé -contestó él.

Este es uno de los dos milagros en los que se nos dice que Jesús usó Su saliva para efectuar una cura. El otro es el del sordo y tartamudo (Mar_7:33 ). Esto nos parece extraño, desagradable y antihigiénico; pero en el mundo antiguo era muy corriente. La saliva, especialmente la de alguna persona distinguida, se creía que tenía propiedades curativas. Tácito nos cuenta que, cuando Vespasiano visitó Alejandría, se le acercaron dos hombres, uno con una enfermedad de los ojos y otro con una mano enferma, y le dijeron que su dios les había aconsejado que vinieran a él. El hombre de los ojos enfermos quería que Vespasiano « le mojara la córnea con saliva;» y el que tenía la mano mala, «que le pisara la mano con la planta del pie.» Vespasiano no quería hacerlo; pero finalmente le persuadieron. «La mano enferma recuperó inmediatamente su poder, y el ciego volvió a ver. Ambos Hechos están atestiguados hasta el día de hoy, cuando la falsedad ya no puede reportar ninguna recompensa, por los que estuvieron presentes en aquella ocasión» (Tácito, Historias 4:81).

Plinio, el famoso coleccionista romano de lo que se llamaba entonces información científica, dedica todo un capítulo al uso de la saliva. Dice que es un desinfectante estupendo contra el veneno de las serpientes; una protección contra la epilepsia; que los líquenes y las manchas de lepra se pueden curar con la saliva de antes del desayuno; que la oftalmia se puede curar ungiendo los ojos todos los días con la saliva de la mañana; que también cura el carcinoma y la tortícolis. La saliva se suponía que era muy eficaz para evitar el mal de ojo. Persio nos cuenta que la tía o la abuela piadosas y expertas en evitar el mal de ojo sacan al bebé de la cuna y «le aplican con el dedo corazón la lustrosa saliva en la frente y en los labios húmedos.» El uso de la saliva era muy corriente en el mundo antiguo. Hasta ahora, cuando nos quemamos un dedo, nos lo chupamos instintivamente; y hay muchos que creen que las verrugas y otros muchos males se curan con la saliva.

El hecho es que Jesús usó los métodos y las costumbres de Su tiempo. Era un médico inteligente que tenía que ganarse la confianza de Sus pacientes. No es que Él creyera esas cosas, sino que despertaba la expectación haciendo lo que el paciente esperaría que hiciera un médico. Después de todo, hasta el presente, la eficacia de una medicina o un tratamiento depende tanto de la fe del paciente como del medicamento en sí.

Después de untar los ojos del ciego con Su saliva, Jesús le mandó a lavarse al estanque de Siloé. Era éste uno de los lugares más conocidos de Jerusalén. Fue el resultado de una de las mayores hazañas de ingeniería del mundo antiguo. La provisión de agua en Jerusalén siempre había sido precaria en caso de asedio. Procedía principalmente de la fuente de la Virgen o de Guijón, que estaba situada en el valle de Cedrón. Una escalera de treinta y tres peldaños esculpidos en la roca conducía a él; y allí, de un pilón de piedra, la gente sacaba agua. Pero la fuente estaba totalmente expuesta y, en caso de asedio, podía cortarse, con consecuencias desastrosas.

Cuando Ezequías se dio cuenta de que Senaquerib estaba a punto de invadir Palestina, decidió abrir un túnel o conducto en la roca sólida desde la fuente hasta la ciudad (2Ch_32:2-8; 2Ch_32:30 ; Isa_22:9-11 ; 2Ki_20:20 ). Si se hubiera trazado en línea recta habría tenido unos 350 metros de largo; pero, como lo hicieron en zigzag, ya fuera siguiendo las grietas de la roca o para evitar lugares sagrados, el conducto tiene de hecho unos 580 metros. En algunos lugares no tiene más que 60 centímetros de alto, pero como térn-fino medio alcanza los dos metros. Los ingenieros empezaron a cortar por los dos extremos, y se encontraron en medio, una verdadera hazaña con los medios de que disponían.

En 1880 se descubrió una lápida que conmemoraba la terminación del túnel. Lo descubrieron accidentalmente dos muchachos que estaban vadeando el estanque. Lo cuenta así: «La perforación se ha completado. Esta es la historia completa. Mientras los obreros seguían trabajando con el pico, cada uno en dirección a su compañero, y cuando no faltaban más que tres codos para encontrarse, cada uno oyó la voz de su compañero llamándole, porque había una grieta en la roca al lado derecho. Y el día que se terminó la perforación, los picapedreros cortaron cada uno para llegar al encuentro del otro, pico contra pico; y fluyeron las aguas al estanque mil doscientos codos, y la altura de la roca sobre las cabezas de los obreros era de cien codos.»

El estanque o piscina de Siloé era el lugar de la ciudad al que confluía el túnel que traía el agua desde la fuente de la Virgen. Era un depósito de siete por diez metros. Así fue como obtuvo su nombre: lo llamaron Siloé (que, como se ha dicho, quería decir enviado) porque el agua se enviaba por aquel conducto a la ciudad. Jesús envió al hombre a lavarse en el estanque; y éste se lavó y recibió la vista. Después de curarse tuvo algunas dificultades para convencer a la gente de la realidad de su curación; pero mantuvo con toda firmeza su testimonio de que Jesús había sido el Que había realizado el milagro.

Jesús sigue haciendo cosas que les parecen a los incrédulos demasiado maravillosas para ser verdad.

PREJUICIO Y CONVICCIÓN

Juan 9:13-16

Llevaron al que había estado ciego a presencia de los fariseos. El día en que Jesús había hecho el barro y le había abierto los ojos había sido un sábado, así es que los fariseos le interrogaron acerca de cómo había recuperado la vista. Y él les contestó:

-ÉL me puso barro en los ojos, y me lavé, y ahora ya puedo ver.

-Ese no puede ser de Dios -dijeron algunos de los fariseos-, porque no observa el sábado.

-Pero -decían otros-, ¿cómo es posible que un hombre pecador haga tales señales?

Y hubo una división de opiniones entre ellos. Luego le dijeron al que había estado ciego:

-¿Tú qué opinas de Él, puesto que te abrió los ojos?

-Pues que es un profeta -contestó él.

Aquí surge el inevitable problema. Era un sábado el día en que Jesús hizo el barro y curó al ciego. No cabía duda de que Jesús había quebrantado la ley del sábado que los escribas tenían tan sistematizada, y de tres maneras diferentes.

(i) Al hacer el barro había sido culpable de trabajar en sábado, porque la cosa más sencilla constituía un trabajo ese día. Veamos algunas de las cosas que estaba prohibido hacer en sábado: «No se puede llenar un cacharro de aceite y ponerlo al lado de una lámpara y meter la mecha en él.» «Si se apaga una lámpara el sábado para ahorrar lámpara o aceite o mecha, se comete pecado.» «Uno no puede salir el sábado con sandalias reforzadas con clavos.» (El peso de los clavos constituiría una carga, y el llevar cargas era quebrantar el sábado). Uno no podía cortarse las uñas, ni el pelo de la cabeza o de la barba. Estaba claro que a los ojos de una ley así, hacer barro era quebrantar el sábado.

(ii) Estaba prohibido curar en sábado. Se podía prestar atención médica solamente si la vida estaba en peligro; pero, aun entonces, tenía que limitarse a mantener vivo al paciente o evitar que se empeorara, sin hacer nada para mejorarle. Por ejemplo: uno que tuviera dolor de muelas no podía sorber vinagre entre los dientes. Estaba prohibido entablillar un miembro roto. «Si uno se disloca la mano o el pie, no le puede echar agua fría.» No cabía duda de que el que había nacido ciego no estaba en peligro de muerte, así es que Jesús quebrantó el sábado al curarle.

(iii) Estaba establecido específicamente: «En cuanto a la saliva de la mañana, no se permite ni ponerla en los párpados.»

Los fariseos eran el ejemplo típico de esas personas que, en cualquier generación, condenan a todos los que tienen una idea de la religión distinta de la suya. Pensaban que la suya era la única manera de servir a Dios. Pero había algunos entre ellos que pensaban de otro modo, y declaraban que nadie que hiciera las cosas que hacía Jesús podía ser un pecador.

Llevaron al que había estado ciego toda la vida, y le interrogaron. Cuando le preguntaron qué opinión tenía de Jesús, contestó sin la menor vacilación: para él, Jesús era un profeta. En el Antiguo Testamento, a un profeta se le sometía a prueba exigiéndole que realizara algún milagro. Moisés dio prueba al Faraón de que era un mensajero de Dios con las señales y maravillas que realizó (Exo_4:1-17 ). Elías demostró que era profeta del Dios verdadero haciendo cosas que los profetas de Baal no pudieron hacer (1 Reyes 18). No hay duda que el pensamiento de aquel hombre iba por este camino cuando dijo que no tenía la menor duda de que Jesús era un profeta.

Entre otras cosas, este hombre era un valiente. Sabía muy bien lo que los fariseos pensaban de Jesús. Sabía muy bien que, si se ponía de Su parte, le excomulgarían. Pero dio su testimonio y adoptó su postura. Era como si dijera: « Yo no tengo más remedio que creer en Él y que estar de Su parte, después de lo que ha hecho por mí.» En esto es un auténtico ejemplo para nosotros.

EL DESAFÍO A LOS FARISEOS

Juan 9:17-34

Ahora bien: los judíos se negaban a creer que aquel hombre había estado ciego y había llegado a poder ver, hasta que llamaron a sus padres y los interrogaron:

-¿Es éste vuestro hijo? ¿Y decís que nació ciego? Entonces, ¿cómo es que puede ver ahora?

-Estamos seguros de que éste es nuestro hijo, y sabemos que nació ciego; pero no sabemos cómo ha llegado a poder ver, ni Quién ha sido el Que le ha abierto los ojos. Preguntádselo a él, que ya es mayor de edad y puede responder por sí mismo.

Sus padres dijeron eso porque les tenían miedo a los judíos; porque los judíos ya se habían puesto de acuerdo en excomulgar de la sinagoga al que reconociera a Jesús como el Ungido de Dios. Por eso fue por lo que sus padres dijeron: « Ya es mayor de edad. Preguntádselo a él.»

Llamaron por segunda vez al que había estado ciego, y le dijeron:

-¡Da gloria a Dios! ¡Sabemos que ese Hombre es un pecador!

-Si es o no pecador, yo no lo sé -contestó el hombre-; yo lo único que sé es que antes estaba ciego, y ahora veo.

-¿Qué te hizo?-le preguntaron-. ¿Cómo te abrió los ojos?

-Ya os lo he dicho -les contestó-, y no habéis querido escucharme. ¿Por qué queréis que os lo vuelva a contar? ¿Es que queréis haceros Sus discípulos vosotros también?

Los judíos le lanzaron toda clase de insultos, y le dijeron:

-¡Su discípulo lo serás tú! ¡Nosotros no somos discípulos más que de Moisés! A Moisés sabemos que le habló Dios; pero Ése, no sabemos de dónde ha salido.

-¡Lo que es alucinante es que vosotros no tengáis ni idea de dónde ha salido, y a mí me abrió los ojos! Todo el mundo sabe que Dios no les hace caso a los pecadores; pero que, si una persona es piadosa y hace Su voluntad, a esa sí la escucha. Desde que el mundo es mundo no se había oído de nadie que le abriera los ojos a uno que hubiera nacido ciego. Si este Hombre no fuera de Dios, no podría haber hecho lo que ha hecho.

-¿Tú, que has nacido lleno de pecado de pies a cabeza, nos vas a enseñar a nosotros? -le replicaron. Y le mandaron que se fuera de allí.

No hay galería de retratos más gráfica que ésta en ninguna literatura. Con diestras y reveladoras pinceladas, Juan da vida ante nosotros a los distintos personajes.

(i) Está el ciego mismo. Empezó molestándose por la insistencia de los fariseos. «Vosotros diréis lo que queráis de este Hombre -les dijo-; yo lo único que sé es que me dio la vista.» Es el sencillo hecho de la experiencia cristiana que muchos creyentes puede que no sepan expresar en lenguaje teológico correcto lo que creen de Jesús, pero pueden testificar de lo que Jesús ha hecho por sus almas. Hasta cuando uno no puede entender con la inteligencia, sin embargo puede sentir con el corazón. Es mejor amar a Jesús que amar las teorías que se han formulado acerca de Su Persona.

(ii) Están los padres del ciego. Está claro que no querían colaborar, pero era porque tenían miedo. Las autoridades de la sinagoga disponían de un arma terrible, que era la excomunión, por la que se excluía de la sociedad del pueblo de Dios a una persona. Allá por los tiempos de Esdras, leemos un decreto que se promulgó diciendo que al que no obedeciera las órdenes de las autoridades, «se le confiscara toda la hacienda, y él mismo quedara excluido de la congregación» Ezr_10:8 ). Jesús advirtió a Sus discípulos que sus nombres serían obliterados como cosa mala Luk_6:22 ). Les dijo que los expulsarían de las sinagogas Joh_16:2 ). Muchos de los funcionarios de Jerusalén creían realmente en Jesús, «pero a causa de los fariseos no Le confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga» Joh_12:42 ).

Había dos clases de excomunión. Una era la proscripción, el jérem, que suponía la expulsión de la sinagoga de por vida. En tal caso se le anatematizaba públicamente, maldiciéndole en presencia del pueblo y excluyéndole de Dios y de la sociedad. Había otra sentencia de excomunión que podía durar un mes u otro período establecido. Lo terrible de tal situación era que se apartaba a la persona, no sólo de la sinagoga, sino hasta de Dios. Por eso los padres de este hombre respondieron que su hijo ya era suficientemente mayor para dar testimonio ante la ley y cuenta de sí mismo. Los fariseos estaban tan envenenados de odio contra Jesús que estaban dispuestos a llegar a lo peor que han llegado las autoridades eclesiásticas algunas veces; es decir, a usar el procedimiento eclesiástico para hacer prevalecer sus propósitos.

(iii) Están los fariseos. En un principio no se habían creído que el hombre había estado ciego; es decir: que habían sospechado que aquello había sido un «milagro» amañado entre Jesús y él. Además, estaban al tanto de que la misma Ley reconocía que un falso profeta podría realizar falsos milagros para confirmar sus propios falsos fines Deu_13:15 advierte contra el peligro del falso profeta que realiza falsos milagros para apartar al pueblo tras dioses extraños). Así es que los fariseos empezaron por tener sospechas. De ahí pasaron a intimidar al hombre: «¡Da gloria a Dios! -le dijeron-. ¡Sabemos que ese Hombre es un pecador!» «¡Da gloria a Dios!» era la frase que se usaba en los interrogatorios con el sentido de: «¡Di la verdad, en la presencia y en el nombre de Dios!» Cuando Josué interrogó a Acán acerca del pecado que había traído la derrota a Israel, le dijo: «¡Hijo mío, da gloria al Señor Dios de Israel, y dale alabanza; y declárame ahora lo que has hecho; no me lo encubras» Jos_7:19 ).

Se pusieron furiosos porque no podían oponer nada al razonamiento del hombre, que estaba de acuerdo con la Escritura: «Jesús ha hecho una obra maravillosa; esto demuestra que Dios Le oye; Dios no oye nunca las oraciones de los malos; por tanto, Jesús no puede ser malo.» El hecho de que Dios no oye la oración de una mala persona es una de las ideas fundamentales del Antiguo Testamento. Hablando del hipócrita, dice Job: «¿Oirá Dios su clamor cuando la tribulación viniere sobre él?» Job_27:9 ). El salmista dice: «Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado» Psa_66:18 ). Isaías oye a Dios decirle al pueblo pecador: «Cuando extendáis vuestras manos -los judíos oraban con los brazos extendidos y las palmas de las manos vueltas hacia arriba-, Yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo, cuando multipliquéis la oración, Yo no oiré; porque vuestras manos están llenas de sangre» (Isa_1:15 ). Ezequiel dice del pueblo desobediente: «Aunque Me griten en los oídos, no los oiré» (Eze_8:18 ). Por el contrario, creían que Dios oye siempre la oración de los que son buenos. «Los ojos del Señor están sobre los justos, y atentos Sus oídos al clamor de ellos» (Psa_34:15 ). «Cumple el deseo de los que Le temen; oye asimismo el clamor de ellos y los salva» (Psa_145:19 ). «El Señor está lejos de los impíos; pero Él oye la oración de los justos» (Pro_15:29 ). El que había estado ciego hizo un razonamiento que los fariseos no podían contradecir.

Ante aquellas razones, fijaos lo que hicieron. Primero, le lanzaron toda clase de improperios. Luego pasaron a insultarle, acusándole de haber nacido en pecado, lo que equivalía a acusarle de pecado prenatal. Y en tercer lugar, recurrieron a las amenazas. Le dieron orden de que se marchara de su presencia; es decir que, como no le podían rebatir, le echaron.

A menudo tenemos diferencias con los demás, y es natural y hasta bueno que sea así. Pero cuando se llega a las ofensas, los insultos y las amenazas, la cosa deja de ser una discusión y se convierte en una contienda envenenada. Si nos enfadamos y recurrimos a las palabras ofensivas y a las amenazas violentas, demostramos que nuestras razones son extremadamente débiles e indefendibles.

REVELACIÓN Y CONDENACIÓN

Juan 9:35-41

Jesús se enteró de que habían expulsado al que había estado ciego; y cuando le halló le dijo:

-¿Crees en el Hijo del Hombre?

-Pero, ¿Quién es, Señor -Le preguntó el hombre, para que crea en ÉL?

-Ya Le has visto -le contestó Jesús-, y es el Que te está hablando ahora.

-¡Sí, Señor, creo! -Le contestó; y se arrodilló ante Él.

-Ha sido para juicio para lo que he venido a este mundo -dijo Jesús-, para que los que no ven puedan ver, y para que los que ven se queden ciegos.

Algunos de los fariseos que estaban con Jesús Le oyeron decir esto, y dijeron:

-¡No seremos nosotros de esos ciegos!

-Si fuerais ciegos -les contestó Jesús-, no tendríais culpa; pero, como presumís de ver muy bien, eso hace que sigáis siendo culpables.

Esta sección empieza con dos grandes verdades espirituales. (i) Jesús buscó al hombre. Como dijo Crisóstomo: «Los judíos le echaron del templo; pero, el Señor del Templo, le encontró.» Si el testimonio de cualquier cristiano le separa de sus semejantes, le acerca más a Jesucristo. Jesús es siempre leal con el que Le es leal.

(ii) Jesús mismo le reveló a este hombre Su verdadera identidad como Mesías. La lealtad nos conduce a la Revelación; es a la persona que Le es leal a la que Jesús se revela más plenamente. El castigo del mundo por esa lealtad bien puede ser la persecución o el ostracismo; pero la recompensa de Dios es un caminar más íntimo con Cristo y un conocimiento más íntimo de Su maravillosa Persona.

Juan termina con dos de sus pensamientos característicos.

(i) Jesús vino a este mundo para juicio. Siempre que una persona se encuentra cara a cara con Jesús, obtiene un veredicto sobre sí misma. Si no ve en Jesús nada que desear,. nada que admirar, nada que amar, entonces se ha condenado a sí misma. Si ve en Jesús a Alguien admirable, Alguien a Quien responder, Alguien a Quien aspirar, entonces está en el camino hacia Dios. La persona que es consciente de su propia ceguera, que anhela ver mejor y conocer mejor, es la que puede recibir la vista y penetrar en mayores profundidades de la verdad. El que piensa que ya lo sabe todo, que no se da cuenta de que no puede ver, es el que es ciego de verdad, sin esperanza y sin posibilidad de ayuda. Sólo el que se da cuenta de su propia ceguera puede aprender a ver. Sólo el que se da cuenta de su propio pecado puede recibir el perdón.

(ii) Cuanto más conocimiento tenga una persona, más digna de condenación es cuando ve la bondad y no la reconoce. Si los fariseos se hubieran criado en la ignorancia, no se los habría podido condenar. Su condenación fue la consecuencia del hecho de que sabían tanto y presumían de ver tan bien, y sin embargo dejaron de reconocer al Hijo de Dios cuando vino a este mundo. La ley de que la responsabilidad es la otra cara del privilegio está escrita en la vida.

Juan 9:1-41

9.1ss En el capítulo 9 vemos cuatro reacciones diferentes ante Jesús. Los vecinos revelaron sorpresa y escepticismo; los fariseos mostraron incredulidad y prejuicio; los padres creyeron pero callaron por temor a la excomunión; y el hombre sanado demostró una fe constante y creciente.

9.2, 3 Una creencia común en la cultura judía era que la calamidad y el sufrimiento eran el resultado de algún gran pecado. Pero Cristo utilizó el sufrimiento de este hombre para enseñar acerca de la fe y glorificar a Dios. Vivimos en un mundo caído donde la buena conducta no recibe siempre una recompensa y la mala conducta no recibe siempre un castigo. Por lo tanto, los inocentes a veces sufren. Si Dios quitase el sufrimiento cada vez que lo pidiésemos, lo seguiríamos por comodidad y conveniencia, no por amor y devoción. Sean cuales fueren las razones de nuestro sufrimiento, Jesús tiene poder para ayudarnos a lidiar con él. Cuando sufra debido a una enfermedad, una tragedia o una incapacidad, trate de no preguntar: «¿Por qué me sucedió esto?» ni «¿En qué me equivoqué?» Más bien pida a Dios que le dé fortaleza para la prueba y una perspectiva más clara de lo que está sucediendo.

9.7 Ezequías construyó el estanque de Siloé. Sus obreros abrieron un conducto subterráneo desde un manantial que estaba fuera del muro de la ciudad para que llevase agua al interior de la misma. Así la gente podía siempre obtener agua sin temor al ataque. Esto resultaba especialmente importante en tiempos de sitio (véanse 2Ki_20:20; 2Ch_32:30).

9.13-17 Mientras que los fariseos investigaban y discutían acerca de Jesús, la gente se sanaba y cambiaba. El escepticismo de los fariseos no se basaba en la falta de evidencia, sino en los celos debido a la popularidad de Jesús y su influencia en las personas.

9.14-16 El día de reposo de los judíos, el sábado, era el santo día de descanso de la semana. Los fariseos elaboraron una larga lista específica de permisos y prohibiciones referentes al día de reposo. Trabajar con lodo y sanar al hombre se consideraban trabajo y por lo tanto estaban prohibidos. Es posible que Jesús haya hecho el lodo a propósito a fin de enfatizar su enseñanza acerca del día de reposo: Es bueno ocuparse de las necesidades de otros aun cuando implique trabajar en un día de reposo.

9.25 Ya el ex ciego había escuchado las mismas preguntas demasiadas veces. No sabía cómo ni por qué Jesús lo sanó, pero sabía que su vida cambió milagrosamente y no temía decir la verdad. No es necesario que uno conozca todas las respuestas para hablar de Cristo a otros. Es importante decirles cómo El ha cambiado nuestra vida. Luego confiemos que Dios usará esas palabras para ayudar a otros a creer también en El.

9.28, 34 La nueva fe del hombre fue severamente probada por algunas de las autoridades. Lo maldijeron y lo expulsaron de la sinagoga. Es posible que llegue persecución cuando uno sigue a Jesús. Tal vez pierda amigos; incluso quizás pierda la vida. Pero nadie puede quitarle jamás la vida eterna que Jesús le da.

9.38 Cuanto más experimentaba este hombre su nueva vida a través de Cristo, más confiaba en aquel que lo sanó. No solo adquirió la vista física, sino también la espiritual al reconocer a Jesús primeramente como un profeta (9.17), luego como su Señor. Cuando usted va a Cristo, empieza a verlo de manera diferente. Cuanto más anda con El, mejor comprenderá quién es. Pedro nos dice que crezcamos «en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2Pe_3:18). Si desea saber más de Jesús, siga andando con El.

9.40, 41 A los fariseos les chocó que Jesús pensase que eran ciegos espirituales. Jesús les contestó que solo la ceguera (obstinación y estupidez) disculpaba su conducta. A los que fueron receptivos y reconocieron que el pecado en verdad los tenía ciegos en cuanto a conocer la verdad, El les dio entendimiento y revelación espiritual. Pero rechazó a quienes se volvieron condescendientes, arrogantes y ciegos.

Juan 9:1-12

En el capítulo que comienza con los versículos arriba trascritos se nos dice cómo dio Jesús la vista a un hombre que era ciego de nacimiento. La narración, que es minuciosa en los detalles, abunda en lecciones espirituales. He aquí algunas de ellas : 1a. Que el pecado ha traído al mundo muchas desgracias. Se nos dice que había un hombre que era ciego de nacimiento. Es difícil concebir una desgracia más grande. De todos los sufrimientos corporales que pueden imponerse al hombre sin quitarle la vida, no hay quizá uno peor que la pérdida de la vista. El ciego está privado de los más grandes goces de la vida, tiene que permanecer encerrado en los estrechos límites de su propia personalidad, y para todos sus movimientos depende de una manera en extremo penosa del auxilio que le presten los demás. a la verdad, no es sino hasta que un hombre pierde la vista, que se forma una idea adecuada de su valor.

Ahora bien, la ceguera, como cualquiera otro mal, es uno de los frutos del pecado. Si Adán no hubiera caído, no hay duda que no habría habido ciegos, ni sordos, ni mudos. Las numerosas dolencias que son herencia de la carne, los innumerables dolores, enfermedades y desarreglos físicos a que todos estamos sujetos, empezaron cuando descendió la maldición sobre la tierra. Odiemos pues el pecado como fuente que ha sido de todos nuestros afanes y desdichas.

2». Que en el curso de la vida nos incumbe aprovechar, para hacer bien, las oportunidades que tengamos. Jesús dijo a sus discípulos, cuando estos le hicieron una pregunta acerca del ciego: « a mí me conviene obrar entre tanto que el día es: la noche viene, cuando nadie puede obrar..

Esas palabras son muy ciertas si se aplican a nuestro Señor mismo. El sabía muy bien que su ministerio terrenal duraría solo tres años, y por lo tanto, aprovechó diligentemente el tiempo. No dejó pasar ninguna oportunidad de hacer obras de misericordia y de cumplir los deberes de su misión. De día o de noche, siempre estaba empeñado en la obra que le encomendó el Padre. En toda su conducta podía percibirse la aplicación de estas palabras: « Me conviene obrar entre tanto que el día es: la noche viene, cuando nadie puede obrar..

Palabras son estas que todos los cristianos debieran recordar. La vida presente es el día. Cuidemos de emplearla bien, para gloria de Dios y provecho de nuestras almas. Trabajemos por nuestra salvación con temor y con temblor mientras dura el día. En el sepulcro, al cual todos nos encaminamos apresuradamente, no hay tareas que cumplir ni trabajo que ejecutar. Oremos, leamos buenos libros, santifiquemos el domingo, oigamos predicar la Palabra de Dios, hagamos bien a nuestros semejantes, manifestemos, en fin, que no nos olvidamos de que la noche se acerca. El tiempo de que podemos disponer es breve; las tinieblas empezarán pronto a invadir nuestro horizonte; jamás podremos recobrar oportunidades una vez perdidas. Evitemos, pues toda demora escrupulosamente, y empleemos toda la fuerza y habilidad de que somos capaces en cumplir los deberes que nos caigan en lote. «La noche viene, cuando nadie puede obrar..

3a. Que para obrar los milagros Jesús empleó diferentes medios en las diferentes ocasiones. Para sanar al ciego El habría podido, si lo hubiese tenido a bien, haberle tocado meramente con el dedo o haber pronunciado una palabra. Mas no fue de su agrado hacerlo así, sino le untó los ojos con lodo que él mismo había hecho. Por supuesto que ese lodo no poseía inherentemente ninguna virtud sanativa; mas Jesús quiso emplear ese medio.

Ese hecho nos enseña que el Señor de cielos y tierra no se ciñe o limita al empleo de un solo medio, y que los que han recibido de Jesucristo algunas mercedes no deben juzgar de otra por su propia experiencia. ¿Nos ha restituido Jesucristo la vista y la vida? Rindamos por ello gracias al Eterno, y procuremos ser más humildes. Mas guardémonos de decir que solo han recibido la salud y la vida espirituales aquellos cuya experiencia corresponde exactamente a la nuestra.

4a. Que Jesucristo posee un poder infinito. Lo que él hizo era de suyo imposible. Sin medicamentos curó una enfermedad incurable, restituyó la vista a uno que había nacido ciego.

Empero, además de demostrarnos que el Señor es todopoderoso en los cielos y en la tierra, un milagro de ese linaje debe llenarnos de esperanza acerca del porvenir de nuestras almas y de las almas de nuestros semejantes. ¿Qué enfermedad espiritual hay que él no pueda curar? El puede abrir los ojos de los más pecadores e ignorantes, y hacerlos ver cosas que jamás habían visto. El envía la luz a las mentes más entenebrecidas, y hace desaparecer los errores y las preocupaciones que las ofuscaban.

Si no nos salvamos la culpa es nuestra. Estemos alerta no sea que puedan aplicársenos aquellas palabras solemnes: « La luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz; porque sus obras eran malas.» No queréis venir a mí para que tengáis vida. Joh_3:19; Joh_5:40.

Juan 9:13-25

Estos versículos nos dan a conocer cuan poco era lo que los judíos de la época de nuestro Señor sabían acerca de la debida observancia del sábado. Se nos dice que los fariseos censuraron el que se hubiese curado milagrosamente a un hombre en el día sábado. Evidentemente se había hecho un beneficio a uno de sus semejantes, librándolo de una penosa enfermedad. Pero los contumaces adversarios de Jesús no podían percibir lo noble y elevado de ese acto, y lo consideraron como una infracción del cuarto mandamiento.

Estos pretendidos sabios erraron completamente en cuanto al objeto y la naturaleza del sábado. No comprendieron que éste «fue hecho para el hombre,» para el bien de su cuerpo y de su espíritu. Es cierto que era un día que había sido separado de los demás de la semana para que fuese santificado; pero jamás se tuvo en mira que esa santificación impidiese la ejecución de obras de necesidad y de misericordia. El acto de sanar a un hombre no era una violación del sábado. Al censurar a nuestro Señor los judíos dejaron ver la ignorancia de que adolecían relativamente a su propia ley. Se olvidaron de que tan gran pecado es añadirle algo a un mandamiento como sustraerle alguna de sus cláusulas.

En este pasaje, así como en otros de la misma especie, debemos cuidar de no dar una inteligencia errada a la conducta de nuestro Señor. No vayamos a suponer ni por un solo momento que a los cristianos no es ya obligatoria la observancia del domingo, que es el día que corresponde al sábado de los judíos.

Ninguno de los diez mandamientos ha sido abrogado o suprimido. Nuestro Señor no quiso jamás que el domingo se tornase en día de diversiones, o negocios, o paseos, o disipación; mas quiso que siempre fuese santificado. Una cosa es emplear el domingo en obras de misericordia, en aliviar a los enfermos, y consolar a los afligidos; y otra es pasarlo en visitas, festines y placeres. La manera como pasamos el domingo es un índice seguro de la naturaleza y grado de nuestras convicciones religiosas. Muchos hay de quiénes puede decirse con pesar; Estos hombres no son de Dios, porque no santifican el domingo.

En estos versículos se nos enseña, en seguida, hasta qué extremo puede la preocupación arrastrar a los malos. Los judíos habían convenido en que si alguno confesaba que Jesús era el Mesías fuese arrojado de la sinagoga. Estaban empeñados en no creer. Habían resuelto a no cambiar de parecer ni cejar ante ningunas pruebas. a la manera que, años después, se taparon los oídos cuando Esteban predicaba, y rehusaron oír a Pablo cuando pronunciaba su defensa, así lo hicieron en la ocasión a que nos referimos.

La conducta que hemos de procurar imitar siempre es la de los habitantes de Berea, quiénes escucharon a Pablo con mucha atención la primera vez que lo oyeron predicar, y «recibieron la palabra con toda codicia» y «escudriñaron las Escrituras,» comparando con ellas lo que habían oído. Por esa razón fue que, según se nos dice, «muchos de ellos creyeron.» Actos 17:11, 12. Se nos enseña, finalmente, que nada convence al hombre tan completamente como sus propias percepciones y sensaciones. Los incrédulos judíos procuraron en vano persuadir al ciego de que no se lo había hecho ningún bien. No pudieron obtener de él sino una sencilla respuesta: « Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.» No dijo que podía explicar como se había hecho el milagro, o que sabía si el que lo había sanado era pecador o no; pero sí afirmó decididamente que había sido curado. No permitió que lo hicieran descreer el testimonio de sus propios sentidos. A pesar de todo lo que los judíos pudieran decir, había dos hechos de los cuales se encontraba bien apercibido: « Habiendo yo sido ciego, ahora veo..

Para el cristiano no hay pruebas tan satisfactorias como estas. Por cortos que sean sus conocimientos, por débil que sea su fe, por confusos que sean sus conceptos en puntos de doctrina, si Jesucristo, por medio del Espíritu, ha cambiado su corazón, él siente dentro de sí mismo algo de cuya existencia nadie le podrá hacer dudar, y se dice a sí mismo: «Estaba en las tinieblas, y ahora veo la luz; rehuía a Dios, y ahora lo amo; tenia afición al pecado, y ahora le tengo odio; estaba ciego, y ahora veo.» No estemos tranquilos, pues, hasta que no sintamos en nuestro interior el influjo renovador del Espíritu Santo. No nos contentemos meramente con llevar el nombre de cristianos. Sin duda que las sensaciones son a veces engañosas, y que ellas no deben formar el todo de nuestra vida religiosa; pero si interiormente no experimentamos sensaciones algunas en asuntos espirituales es mal indicio. El hambriento come y se siente vigorizado; el sediento bebe y siente apagada su sed. De por fuerza el que tiene en su pecho la gracia do Dios, ha de poder decir: « Siento su influjo

Juan 9:26-41

Se advierte en estos versículos cuánto mal entendidos son muchas veces los pobres que los ricos. El hombre a quién el Señor restituyó la vista era evidentemente un hombre de baja condición. Sin embargo, él percibió lo que los orgullosos gobernantes de los judíos no habían podido percibir, a saber: que el milagro que nuestro Señor había hecho era una prueba incontestable de que su misión era divina. «Si este hombre no fuera de Dios,» exclamó, «no pudiera hacer nada.» A la verdad, desde el día que recibió la vista hubo un cambio radical en el curso de su vida.

Lo misino puede observarse en otros pasajes de la Sagrada Escritura. Los siervos de Faraón veían «el dedo de Dios» en las plagas de Egipto, en tanto que el corazón de su señor permanecía endurecido. Los criados de Naaman reconocieron lo sabio del consejo de Elíseo, en tanto que su amo se iba lleno de ira. Los ricos, los grandes y los nobles son a menudo los que más se tardan en aprender lecciones espirituales. Los bienes que poseen y la elevada posición que ocupan les ofuscan el entendimiento y les impiden entrar en el reino cíe Dios. Escrito está que no muchos sabios según la carne, no muchos nobles, no muchos poderosos son llamados. 1Co_1:26.

Se advierte, también en estos versículos, con cuánta crueldad e injusticia tratan a veces los hombres no convertidos a los que no están de acuerdo con ellos. No pudiendo los fariseos intimidar al hombre que había sido curado, resolvieron expulsarlo de la iglesia judía. Porque gallardamente rehusó descreer el testimonio de sus propios sentidos, lo arrojaron de su gremio y lo expusieron al escarnio del público.

Los perjuicios temporales que semejante acto acarreaba a la víctima eran, a la verdad, muy graves. Quedaba de hecho privado de los privilegios de la iglesia judía, y los verdaderos israelitas lo menospreciaban y le tenían recelo. Más no podían dañar su alma, porque lo que los malos ligan en la tierra no es ligado en el cielo. «La maldición sin causa nunca vendrá.» Pro_26:2.

En todos los siglos los hijos de Dios han tenido que sufrir vejaciones de ese linaje. La excomunión, la persecución y el aprisionamiento han sido siempre armas favoritas de los tiranos eclesiásticos. Incapaces, como los fariseos, de contestar argumentos, han recurrido a la injusticia y a la violencia. Que el discípulo de; Cristo se consuele con saber que hay una iglesia de la cual nadie puede arrojarlo, una lista de miembros de la cual nadie puede borrar su nombre.

Aquel solamente es bienaventurado; y aquel solamente es réprobo a quien Jesucristo pronunciará como tal en el último día.

Se advierte, además, en estos versículos cuan grandes son la bondad y condescendencia da Jesucristo, acababa apenas nuestro hombre de ser expulsado de la sinagoga cuando Jesús se vio con él, lo dirigió palabras consoladoras, y se reveló a el de una manera más completa que a ninguna otra persona, salvo la mujer samaritana.

Este es un ejemplo entre muchos que nos dan a conocer el carácter del Salvador. él percibe todo lo que su pueblo sufre por amor suyo, y se compadece de todos, de los más nobles así como de los más humildes. De todas sus pérdidas, padecimientos y persecuciones guarda estricta cuenta. ¿No está todo en su libro? El sabe llevarles consuelo al corazón en tiempos de necesidad, y dirigirles palabras de amor cuando todos los hombres parecen aborrecerlos. A la hora en que los hombres nos abandonan es que Jesús se acerca y nos dice: «No temas, que yo soy contigo: no desmayes, que yo soy tu Dios: que te esfuerzo: siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.» Isa_41:10.

Se advierte, por último, en estos versículos, cuan peligroso es poseer conocimientos si no hacemos buen uso de ellos. Los príncipes de los judíos estaban plenamente persuadidos de que poseían y conocían toda la verdad religiosa. Les causaba indignación hasta la mera idea de que fuesen ignorantes en ese respecto, o que tuvieran los ojos cerrados a la luz espiritual. «¿Somos nosotros también ciegos?» exclamaron. Jesús, entonces, pronunció esa enérgica respuesta: «Si fuerais ciegos, no tuvierais pecado; mas ahora decís: Vemos; por tanto vuestro pecado permanece..

Poseer conocimientos es sin duda un gran bien. El hombre que no puede leer y que ignora la Biblia completamente es digno de lástima, pues se halla a merced de cualquiera maestro falso que lo haga abrazar un credo absurdo o a adoptar alguna práctica perniciosa. Puede decirse, casi sin limitación alguna, que cualquiera clase de instrucción es preferible a la ausencia de toda instrucción.

Mas cuando los conocimientos producen resultados puramente intelectuales, y ni tienen influjo ninguno sobre el corazón ni modifican la conducta, su posesión viene a ser peligrosa. Y cuando, además de esto, el que los tiene es presuntuoso y fatuo, y se imagina que lo sabe todo, los resultados para el alma son en extremo desastrosos. Hay más esperanza acerca del que dice: «Yo soy un miserable o ignorante pecador, y necesito que Dios me dé sabiduría,» que para el que siempre está diciendo: «Yo sé, yo sé, no soy ignorante,» y sin embargo, no abandona sus pecados. El pecado de ese hombro «permanece..

Hagamos uso diligentemente de los conocimientos que sobre religión poseamos, y pidamos constantemente a Dios que nos conceda más. Que nuestra oración continua sea como aquella que tantas veces ofreció David y que se encuentra en el Salmo ciento diez y nueve: « El camino de tus mandamientos hazme entender; y meditaré en tus maravillas.›

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