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Mateo 11: El acento de la confianza

Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a Sus doce discípulos, Se marchó de allí para seguir enseñando y predicando en las ciudades de ellos.

Cuando Juan se enteró en la prisión de las cosas que estaba haciendo el Ungido de Dios, Le envió a sus discípulos a preguntarle:

-¿Eres Tú el Que ha de venir, o tenemos que seguir esperando a otro?

-Volved a Juan -les dijo Jesús- y contadle lo que estáis oyendo y viendo: los ciegos recuperan la vista, y los cojos vuelven a andar; los leprosos se encuentran limpios, y los sordos pueden oír; los muertos resucitan, y los pobres reciben la Buena Noticia. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de Mí!

La carrera de Juan el Bautista había acabado en tragedia. Juan no tenía por cos dorarle la píldora a nadie; y no podía ver el mal sin den darlo. En muchas ocasiones, y en una especialmente, había hablado demasiado atrevidamente y demasiado claro para su propia seguridad.

Herodes Antipas de Galilea le había hecho una visita a su hermano en Roma. Durante esa visita había seducido a la mujer de su hermano. Cuando volvió a su casa, despidió a su mujer y se casó con su cuñada, a la que había apartado de su marido. Juan reprendió a Herodes pública e inflexiblemente. Nunca fue sin riesgo el reprender a un déspota oriental, y Herodes se vengó; metió a Juan en la mazmorra del castillo de Maqueronte, en las montañas cerca del Mar Muerto.

Para cualquier hombre aquello habría sido una suerte terrible; pero era incalculablemente peor para Juan el Bautista. Él era un hijo del desierto; había vivido siempre en los amplios espacios abiertos, con el viento limpio en el rostro y la espacíosa bóveda del cielo por techo. Y ahora estaba confinado en una mazmorra pequeña y subterránea entre recios muros. Para un hombre como Juan, que tal vez no había vivido nunca en una casa, esto debe de haber sido agonía.

En el castillo escocés de Carlisle hay una pequeña celda. Una vez hace mucho tuvieron allí encerrado durante añosa un jefe de las tribus fronterizas. En esa celda no hay más que una ventana pequeña, situada demasiado arriba para que una persona pudiera mirar por ella poniéndose en pie. En el alféizar de la ventana hay dos depresiones desgastadas en la piedra. Son las huellas de las manos del jefe prisionero, los lugares donde, día tras día, se encaramaba para mirar con ansia los verdes valles que no volvería a cabalgar ya nunca.

Juan debe de haber sufrido una experiencia semejante; y no debe sorprendernos, y menos debemos criticarlo, el que surgieran en su mente ciertos interrogantes. Había estado seguro de que Jesús era el Que había de venir. Ese era uno de los nombres más corrientes del Mesías que los judíos esperaban con tan ansiosa expectación (Mar_11:9 ; Luk_13:35 ; Luk_19:38 ; Heb_10:37 ; Psa_118:26 ). Un condenado a muerte no puede permitirse tus dudas; tiene que estar seguro; así que Juan Le envió sus discípulos a Jesús con la pregunta: «¿Eres Tú el Que ha de venir, o tenemos que seguir esperando a otro?» Esa pregunta podía encerrar muchas cosas.

(i) Algunos piensan que aquella pregunta se hizo, no por causa de Juan, sino por causa de sus discípulos. Puede ser que cuando Juan y sus discípulos hablaran en la prisión, los discípulos le preguntaran si Jesús era de veras el Que había de venir, y que la respuesta de Juan fuera: «Si tenéis alguna duda, id a ver lo que está haciendo Jesús.» En ese caso, fue una buena respuesta. Si alguien se pone a discutir con nosotros sobre Jesús, y a poner en duda Su supremacía, la mejor de todas las respuestas no sería contestar a unos argumentos con otros, sino decir: «Dale tu vida, y verás lo que El puede hacer con ella.» La suprema demostración de Quién es Cristo no se alcanza en el debate intelectual, sino se experimenta en Su poder transformador.

(ii) Puede que la pregunta de Juan surgiera de su impaciencia. Su mensaje había sido un mensaje de juicio Mat_3:7-12 ). El hacha estaba a la raíz del árbol; el proceso de aventar había comenzado; el fuego divino del juicio purificador había empezado a arder. Puede que Juan estuviera preguntándose: «¿Cuándo va a empezar Jesús Su obra? ¿Cuándo va a barrer a Sus enemigos? ¿Cuándo va a empezar el día de la santa destrucción?» Bien puede ser que Juan estuviera impaciente con Jesús porque no actuaba de la manera que él esperaba. Los que esperen una ira salvaje siempre se llevarán el chasco con Jesús; pero los que esperen el amor nunca serán defraudados.

(iii) Unos pocos han pensado que esta pregunta era nada menos que la del amanecer de una fe y esperanza. Juan había visto a Jesús en Su bautismo; en la prisión había pensado más y más en Él; y cuanto más pensaba, tanto más seguro estaba de que Jesús era el Que había de venir; y ahora ponía a prueba todas sus esperanzas en esta única pregunta. Puede que ésta no sea la pregunta de un hombre impaciente y desesperanzado, sino la de uno que empieza a vislumbrar la luz de la esperanza, y que pregunta exclusivamente para confirmarla.

Y entonces vino la respuesta de Jesús; y en ella oímos el acento de la confianza. La respuesta de Jesús a los discípulos de Juan fue: «Volved, y no le digáis a Juan lo que Yo digo; decidle la que está sucediendo.» Jesús demandaba que se le sometiera a la más dura de las pruebas: la de las obras. Jesús es la única Persona que ha demandado nunca el ser juzgado sin paliativos, no por lo que decía, sino por lo que hacía. El desafío de Jesús sigue en pie. Él no dice tanto: « Escucha lo que tengo que decirte,» como: «Mira lo que puedo hacer por ti; mira lo que he hecho por otros.»

Las cosas que Jesús hizo en Galilea las sigue haciendo. En Él se les abren los ojos a los que están ciegos a la verdad acerca de sí mismos, acerca de sus semejantes y acerca de Dios; en Él se les afirman los pies a los que nunca fueron suficientemente fuertes para mantenerse en el buen camino; en Él quedan limpios los contaminados con la enfermedad del pecado; en Él empiezan a oír los que eran sordos a la voz de la conciencia y de Dios; en Él resucitan a una vida nueva y hermosa los que estaban muertos e impotentes en las garras del pecado; en Él los más pobres heredan las riquezas del amor de Dios.

Por último, aparece la advertencia: «Bienaventurado el que no se escandaliza de Mí.» Esto se refería a Juan, porque había captado sólo media verdad. Juan predicó el evangelio de la santidad divina con la destrucción divina. Jesús predicó el Evangelio de la santidad divina con el amor divino. Así que Jesús le dice: «Puede que no esté haciendo las cosas que tú esperabas; pero los poderes del mal están siendo derrotados, no por un poder irresistible, sino por un amor inalterable.» Algunos pueden escandalizarse de Jesús porque Jesús parece violar las ideas que ellos tienen de lo que debe ser la religión.

EL ACENTO DE LA ADMIRACIÓN

Mateo 11:7-11

Cuando iban por el camino, Jesús empezó a hablarle de Juan a la gente:

¿Qué fue lo que salisteis a ver al desierto? ¿Era una caña que sacudía el viento? Si no era eso, ¿qué fue lo que salisteis a ver? ¿Fuisteis a ver a uno que iba vestido con ropas de lujo? Fijaos: los que se visten lujosamente se encuentran en los palacios de los reyes. Entonces, si no fue eso, ¿qué fue lo que salisteis a ver? ¿Era un profeta? Claro que sí, os lo aseguro; y más que un profeta. De él fue de quien se escribió: «Fíjate, Yo envío por delante de Ti a Mi mensajero para que Te vaya preparando el camino.» Esto que os digo es la pura verdad: entre todos los nacidos de madre no ha surgido jamás en la Historia ninguna figura por encima de Juan el Bautista; pero el más pequeñito en el Reino del Cielo es más que él.

De pocas personas hizo Jesús un elogio tan extraordinario como de Juan el Bautista. Empezó preguntándole a Su audiencia qué fue lo que salieron a ver al desierto cuando salieron en masa al encuentro de Juan.

(i) ¿Salieron a ver una caña sacudida por el viento? Eso puede querer decir una de dos cosas. (a) En las orillas del Jordán crecían muchas cañas; y la frase «Una caña sacudida» era una especie de proverbio para referirse a la cosa más corriente del mundo. Cuando la gente bajada a manadas a ver a Juan, ¿salían a ver algo tan ordinario como las cañas que mece el viento a las orillas del Jordán? (b) Una caña sacudida puede querer decir una persona débil e insegura, uno que no podía mantenerse firme frente a los vientos del peligro mejor que una caña a la orilla del río podía estar erguida cuando soplaba el viento del desierto.

Cualquier cosa que fuera lo que la gente se lanzó al desierto a ver, seguro que no fueron a ver a una persona vulgar y corriente. El mismo hecho de salir en multitudes era prueba de lo extraordinario que era Juan, porque nadie cruzaría la calle, y mucho menos andaría por el desierto, para ver a una especie de persona de lo más corriente. Cualquiera que fuera lo que salieron a ver, no era una persona débil y vacilante. El señor Flexible de El Peregrino no acabó en la cárcel como los mártires de la verdad. Juan no era ni tan ordinario como una caña sacudida, ni tan flojucho como una caña que se inclina haciendo reverencias ante cualquier brisa.

(ii) ¿Habían salido a ver a alguien que llevara una ropa lujosa y delicada? Tal persona sería un cortesano, y eso sí que no era Juan: no sabía nada de la afectación ni de los halagos de las cortes; cumplía la peligrosa misión de decirles la verdad a los reyes. Era embajador de Dios, no cortesano de Herodes.

(iii) ¿Habían salido a ver a un profeta? El profeta es el pregonero de la verdad de Dios. Es la persona de confianza de Dios. «Está claro que Dios no hará nada sin declararle Su plan a Sus siervos los profetas» (Amo_3:7 ). El profeta es dos cosas: es la persona que trae un mensaje de Dios, y que además tiene el valor de proclamar ese mensaje. Es una persona que tiene en su mente la sabiduría de Dios, la verdad de Dios en los labios y el coraje de Dios en el corazón. Todo eso era Juan.

(iv) Pero Juan era algo más que un profeta. Los judíos tenían, y tienen todavía, una creencia fija. Creían que antes que viniera el Mesías volvería Elías para anunciar Su llegada. Hasta el día de hoy, cuando una familia judía celebra la Pascua, dejan un asiento vacante para Elías. «Fijaos: Yo os enviaré al profeta Elías antes que llegue el Día grande y terrible del Señor» (Mal_4:5 ). Jesús declaró que Juan era nada menos que el heraldo divino cuya misión y cuyo privilegio sería anunciar la llegada del Mesías. Juan era nada menos que el heraldo de Dios, y no se puede tener una misión más gloriosa que esa.

(v) Tal fue el maravilloso tributo que Jesús dedicó a Juan con acento de admiración. No había habido nunca una figura más gloriosa en la Historia; y entonces leemos la sorprendente declaración: «Pero el más pequeñito en el Reino del Cielo es más que él.»

Aquí tenemos una verdad completamente general. Con Jesús vino al mundo algo totalmente nuevo. Los profetas eran estupendos; pero con Jesús surgió algo todavía mayor, y un mensaje todavía más maravilloso. C. G. Montefiore, un judío no cristiano, escribe: «El Cristianismo determina una nueva era en la historia religiosa y en la civilización humana. Lo que el mundo Le debe a Jesús y a Pablo es incalculable; nada puede ya ser, ni se puede ya pensar, como antes de que vivieran estos dos grandes hombres.» Hasta uno que no es cristiano tiene que admitir que ya nada puede ser lo mismo que antes de que Jesús viniera.

Pero, ¿qué era lo que le faltaba a Juan? ¿Qué es lo que tiene un cristiano que Juan no pudiera tener? La respuesta es sencilla y fundamental: Juan no vio nunca la Cruz. Por tanto, había algo que Juan no podía conocer: la plena Revelación del amor de Dios. Conocía, sí, la santidad de Dios; y podía proclamar la justicia de Dios; pero al amor de Dios en toda su plenitud no lo llegó a conocer. No tenemos más que oír el mensaje de Juan y el de Jesús. Nadie podría llamar el mensaje de Juan un evangelio, una buena noticia; era básicamente una amenaza de destrucción. Hizo falta Jesús, con Su Cruz, para mostrar a la humanidad la longitud, anchura, profundidad y altura del amor de Dios. Es algo inmensamente maravilloso que le es posible al más humilde cristiano saber más acerca de Dios que al mayor de los profetas del Antiguo Testamento. El que ha visto la Cruz ha visto el corazón de Dios de una manera que ninguno que viviera antes de la Cruz habría podido ver. Es indudable que el más pequeño en el Reino del Cielo es mayor que cualquiera que viviera antes.

Así es que Juan tuvo el destino que a veces corresponde a algunas personas; tuvo la misión de señalar a otros una grandeza en la que él mismo no pudo entrar. A algunas personas se les concede ser indicadores que señalan a Dios. Señalan hacia un nuevo ideal y una nueva grandeza en la que otros entrarán, pero ellos no. Rara vez es un gran reformador el primero que ha luchado por la reforma con la que se relaciona su nombre. Muchos que le precedieron vislumbraron la gloria, a menudo también trabajaron por ella, y aun a veces murieron por ella.

Alguien ha relatado cómo desde las ventanas de su casa solía observar todas las tardes a un farolero que pasaba por las calles encendiendo los faroles -¡y aquel farolero era ciego! Llevaba a otros la luz que él mismo no podía percibir. Que nadie se desanime si en la iglesia o en cualquier otro lugar de la vida el sueño que ha soñado y por el que se ha afanado no se materializa antes del final de su día. Dios necesitaba a Juan; Dios necesita Sus indicadores ~ que señalan el camino a la humanidad, aunque ellos no lleguen al destino que señalan.

LA VIOLENCIA Y EL REINO

Mateo 11:12-15

Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino del Cielo está en liza, y los violentos lo toman por la fuerza. Porque hasta Juan todos los profetas y la Ley hablaron con la voz de la profecía; y, si queréis aceptarlo como un hecho, este era el Elías que había de venir. El que tenga oídos para oír, que oiga.

En el versículo 12 hay un dicho muy difícil: «El Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.» Lucas tiene este dicho en otra forma: «Desde entonces es anunciado el Reino de Dios y todos entran en él violentamente» Luk_16:16 ). Está claro que en alguna ocasión Jesús debe de haber dicho algo que conectaba la violencia con el Reino, algo que no estaba claro y era difícil de entender, y que nadie entendió entonces totalmente. Es indudable que Lucas y Mateo lo entendieron de distinta forma.

Lucas dice que todos los hombres entran en el Reino al asalto; quiere decir, como comentaba Denney, que «el Reino del Cielo no es para los que tienen buenas intenciones, sino para los desesperados,» nadie entra en el Reino deslizándose, que el Reino sólo les abre sus puertas a los que están dispuestos a hacer tan gran esfuerzo para entrar como los soldados que están asaltando una ciudad.

Mateo dice que desde el tiempo de Juan hasta ahora el Reino del Cielo sufre violencia y los violentos lo toman por la fuerza. La misma forma de esa expresión parece indicar un tiempo considerable. Hasta suena más como un comentario de Mateo que como un dicho de Jesús. Suena como si Mateo estuviera diciendo: «Desde los días de Juan, al que metieron en la cárcel, hasta nuestro propio tiempo el Reino del Cielo sufre violencia y persecución a manos de los violentos.»

Es posible que obtengamos el sentido completo de este dicho difícil aunando los recuerdos de Lucas y Mateo. Lo que puede ser muy bien que dijera Jesús es: «Mi Reino siempre sufrirá violencia; siempre habrá hombres salvajes que tratarán de destrozarlo, de asaltarlo y de destruirlo; y por tanto, sólo el que lo tome desesperadamente en serio, sólo uno en quien la violencia de su total consagración corresponda y derrote a la violencia de la persecución conseguirá entrar en Mi Reino.» Bien puede ser que este dicho de Jesús fuera en principio tanto una advertencia de la violencia que se les vendría encima a los seguidores de Jesús como un desafío a entregarse con una consagración que fuera aún más fuerte que la violencia.

Parece extraño encontrar en el versículo 13 que la Ley hablaba con la voz de la profecía; pero era la misma Ley la que declaraba confiadamente que la voz de la profecía nunca moriría. «Un profeta como yo te levantará el Señor tu Dios, de en medio de ti, de tus hermanos… Un profeta como tú les levantaré Yo en medio de sus hermanos; pondré Mis palabras en su boca» Deu_18:15; Deu_18:18 ). Era porque Jesús quebrantaba la Ley, según ellos lo veían, por lo que los judíos ortodoxos odiaban a Jesús; pero, si hubieran tenido ojos para verlo, tanto la Ley como los profetas Le señalaban a Él.

Una vez más Jesús le dice a Su audiencia que Juan es el heraldo y el precursor que llevaban tanto tiempo esperando -si estaban dispuestos a aceptar el hecho. En esa última frase está toda la tragedia de la situación humana. Un viejo proverbio dice que se puede llevar el caballo a la fuente, pero no se le puede hacer que beba. Dios puede mandar Su mensajero, pero la humanidad puede negarse a reconocerle, y Dios puede comunicar Su verdad, pero la humanidad puede negarse a verla. La Revelación de Dios es impotente sin la respuesta humana. Por eso Jesús acaba con la advertencia al que tenga oídos para que los use para escuchar.

EL ACENTO DE DOLORIDA REPRENSIÓN

Mateo 11:16-19

¿Con qué podría Yo comparar esta generación? Es como los chiquillos que juegan en el mercado, y les dicen a sus amigos: «Os tocamos la flauta, y no quisisteis bailar; os endechamos, y no quisisteis jugar a duelos.» Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y decían: «¡Está loco!» Y viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: «¡Fijaos! ¡Es un glotón y un borrachín, amigo de publicanos y de pecadores!» Pero la sabiduría siempre se manifiesta en sus obras.

Jesús se entristecía ante la indudable perversidad de la naturaleza humana. Para Él las personas parecían ser como chiquillos jugando en la plaza del pueblo. Un grupo le decía al otro: «¡Venga, vamos a jugar a bodas!» y los otros respondían: «Hoy no queremos jugar a nada alegre.» Y otra vez el primer grupo decía: «Está bien; venga, vamos a jugar a entierros.» Y los otros contestaban: «Hoy no queremos jugar a nada triste.» Eran lo que llamamos el espíritu de la contradicción. Cualquier cosa que se sugiriera, no les gustaba; a todo le encontraban faltas.

Vino Juan, que vivía en el desierto, ayunaba y se pasaba sin muchas cosas, fuera de la sociedad urbana; y decían de él: «Este hombre está loco al separarse de la sociedad y de los placeres humanos de esa manera.» Vino Jesús, relacionándose con toda clase de personas, compartiendo sus tristezas y sus alegrías, participando de sus fiestas; y decían de Él: «Es un juerguista; no se pierde una fiesta; es amigo de marginados con los que no se relacionaría ninguna persona decente.» Llamaban al ascetismo de Juan locura; y al carácter sociable de Jesús, laxitud moral; en todo encontraban base para la crítica.

El hecho es que cuando la gente no quiere tomar en serio la verdad, les es muy fácil encontrar una disculpa para no hacerle caso. Ni siquiera procuran ser consecuentes en sus críticas; criticarán a la misma persona y a la misma institución desde puntos de vista opuestos. Si la gente está decidida a no reaccionar ante algo se mantendrán testarudamente insensibles cualquiera que sea la invitación que se les haga. Hombres y mujeres mayorcitos puede que se comporten como los chiquillos caprichosos que se niegan a jugar a todo lo que se les sugiera.

Y aquí llega la sentencia final de Jesús en esta sección: «La sabiduría siempre se manifiesta en sus obras.» El veredicto final no depende de los críticos vocingleros y perversos sino de los acontecimientos. Podría ser que los judíos criticaran a Juan por su soledad aislacionista, pero Juan había guiado los corazones de muchos a Dios de una manera que hacía siglos que no se experimentaba; podría ser que los judíos criticaran a Jesús por involucrarse demasiado en la vida y con gente ordinaria; pero algunos estaban encontrando en El una nueva vida y una nueva bondad y un nuevo poder para vivir como es debido y un nuevo acceso a Dios.

Estaría bien que dejáramos de juzgar a las personas y a las iglesias por nuestros propios prejuicios y perversidades; y si empezáramos a dar gracias por cualquier persona y cualquier iglesia que puede acercar a la gente a Dios,. aunque sus métodos no sean de nuestro gusto.

EL ACENTO DE UNA CONDENACIÓN QUE ROMPE EL CORAZÓN

Mateo 11:20-24

Entonces Jesús empezó a reprocharles a las ciudades en las que había realizado muchas de Sus obras de poder divino el que no se hubieran arrepentido:

-¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si las obras de poder divino que se han hecho en vosotras hubieran tenido lugar en Tiro y en Sidón, se habrían arrepentido en saco y en ceniza hace mucho tiempo. ¡Pero os aseguro que lo tendrán más fácil Tiro y Sidón en el Día del Juicio que vosotras! Y en cuanto a ti, Cafernaum, ¿no es verdad que has sido encumbrada hasta el Cielo? ¡Pues caerás hasta el infierno! Porque, si las obras de poder que han tenido lugar en ti hubieran sucedido en Sodoma y Gomorra, habrían sobrevivido hasta este día. Pero os aseguro que lo tendrán más fácil los antiguos habitantes de Sodoma en el Día del Juicio que vosotros.

Cuando Juan llegaba al final de su evangelio, escribió una frase en la que indicaba lo imposible que era escribir un relato completo de la vida de Jesús: «Hay también muchas otras cosas que hizo Jesús; las cuales, si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir» (Joh_21:25 ). Este pasaje de Mateo es una prueba de la verdad de ese dicho. Corazín era probablemente un pueblo que estaba a una hora de viaje al norte de Cafernaum; Betsaida era una aldea de pescadores en la orilla occidental del Jordán, precisamente en el punto en que el río entraba por el extremo norte del lago, y claro que en estos pueblos sucedieron las cosas más tremendas, y sin embargo no tenemos de ellas ni el más mínimo relato. No se dice nada en los evangelios de lo qué hizo Jesús ni de las maravillas que realizó en estos lugares, aunque deben de haber sido de las más notables. Un pasaje como éste nos muestra lo poco que sabemos de Jesús; nos muestra -y es algo que debemos tener siempre presente que en los evangelios no tenemos más que una mínima selección de las obras de Jesús. Las cosas que no sabemos acerca de Jesús son mucho más numerosas que las que sabemos.

Debemos poner cuidado para captar el acento de la voz de Jesús cuando dijo esto. La Reina-Valera traduce: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!» La palabra griega para ay de que hemos traducido por pobre de es uai, que expresa una piedad dolorida por lo menos tanto como una amenaza. Éste no es el acento de uno que esté furioso porque se ha ofendido su dignidad; no es el acento de uno que esté ardientemente enfadado porque le han insultado. Es el acento del dolor, del que ha ofrecido a unas personas la cosa más preciosa del mundo y se la han despreciado. La condenación que Jesús hace del pecado es ira santa; pero la indignación viene, no de una dignidad ofendida, sino de un corazón quebrantado.

¿Cuál fue entonces el pecado de Corazín, de Betsaida, de Cafarnaum, ese pecado que era peor que el de Tiro y Sidón, y Sodoma y Gomorra? Tiene que haber sido muy serio, porque Tiro y Sidón fueron denunciadas repetidas veces por su maldad (Isaías 23; Jer_25:22 ; Jer_47:4 ; Eze_26:3-7 ; Eze_28:12-22 ), y Sodoma y Gomorra eran y son el prototipo de la iniquidad.

(i) Fue el pecado de los que olvidan las responsabilidades del privilegio. A las ciudades de Galilea se les había concedido un privilegio que no habían tenido nunca Tiro y Sidón, o Sodoma y Gomorra; porque las ciudades de Galilea habían visto y oído a Jesús en persona. No podemos condenar a alguien que no ha tenido nunca la oportunidad de saber; pero si uno que ha tenido todas las oportunidades para conocer el bien obra el mal, merece la condenación. No condenamos a un niño por lo que condenaríamos a un adulto; no condenaríamos a un salvaje por una conducta que condenaríamos en una persona civilizada; no esperamos que el que se ha criado en la pobreza de un barrio de chabolas viva la vida de una persona que ha vivido siempre en un hogar bueno y cómodo. Cuanto mayores son nuestros privilegios, mayor es nuestra condenación si fallamos en asumir las responsabilidades y aceptar las obligaciones que conllevan estos privilegios.

(ii) Era el pecado de la indiferencia. Estas ciudades no atacaron a Jesucristo; no le echaron de su entorno; no trataron de crucificarle; simplemente no le prestaron atención. No hacer caso puede ser tan mortal como la persecución. Un autor escribe un libro; se lo manda a los críticos; algunos puede que lo alaben, otros puede que lo condenen; no importa, siempre que le presten atención; la única cosa que puede dejar a un libro tan muerto como una piedra es que no se le preste la menor atención para hacerle una crítica positiva o negativa.

Un pintor hizo un cuadro de Cristo en pie en uno de los famosos puentes de Londres. Le representó con las manos extendidas en actitud de llamada o invitación a la gente que pasaba a Su lado sin prestarle atención. Sólo una joven enfermera demostraba darse cuenta de Su presencia. Ahí tenemos la situación moderna de muchos países hoy en día. No hay hostilidad hacia el Cristianismo; ni deseo de destruirlo: sólo una total indiferencia. Se relega a Cristo al nivel de los que no importan. La indiferencia también es un pecado, y de los peores, porque la indiferencia mata. No quema viva una religión: la mata por congelación. No la decapita; le quita la vida despacito por asfixia.

(iii) Así que nos encontramos cara a cara con una gran verdad amenazadora: también es un pecado no hacer nada. Hay pecados de acción, que se cometen; pero también los hay de inacción, que se omiten. El pecado de Corazín, Betsaida y Cafarnaum fue el pecado de no hacer nada. La defensa de muchos es alegar: «¡Yo no he hecho nunca nada!» Esa puede que sea su condenación.

EL ACENTO DE AUTORIDAD

Mateo 11:25-27

En aquel momento dijo Jesús:

-¡Gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, por esconderles estas cosas a los sabios y entendidos, y revelárselas a los pequeñitos! Así es, oh Padre, porque así Te ha parecido bien a Ti.

Mi Padre me ha confiado todas las cosas; y nadie conoce de veras al Hijo sino el Padre, y nadie conoce de veras al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se Le quiera revelar.

Aquí Jesús está hablando por propia experiencia, la experiencia de que los rabinos y los sabios de Su tiempo Le rechazaban, mientras que las personas sencillas Le aceptaban.

A los intelectuales no les decía nada, pero los humildes Le recibían. Debemos hacer lo posible por entender lo que Jesús quería decir aquí. Está muy lejos de condenar la actividad intelectual; lo que condena es el orgullo intelectual. Como dice Plummer: «El corazón, no la cabeza, es el hogar del Evangelio.» No es la inteligencia lo que le cierra la puerta, sino el orgullo. No es la necedad lo que le admite, sino la humildad. Uno puede ser tan sabio como Salomón; pero si no tiene sencillez, confianza e inocencia, se excluye a sí mismo.

Los mismos rabinos veían el peligro del orgullo intelectual; reconocían que a menudo la gente sencilla estaba más cerca de Dios que los rabinos más eruditos. Tenían una parábola acerca de esto: «Una vez estaba el rabino Beroká de Chuza en el mercado de Lapet cuando se le apareció Elías. El rabino le preguntó: «¿Hay alguno entre los que están en el mercado que esté destinado a participar de la vida del mundo venidero?» En un principio Elías le dijo que no había nadie; pero luego señaló a un hombre, y dijo que ese participaría de la vida del mundo venidero. Rabí Beroká se dirigió a él, y le preguntó qué hacía. «Soy carcelero -le contestó-, y mantengo separados a los hombres de las mujeres. Por las noches pongo mi cama entre los hombres y las mujeres para que no se cometa nada indebido.» Elías señaló a otros dos hombres, y dijo que ellos también participarían de la vida por venir. Rabí Beroká les preguntó lo que hacían. «Somos juglares -le contestaron-, y cuando vemos a alguno que está abatido, le animamos; y cuando vemos a dos que se están peleando, tratamos de ponerlos en paz.»» Los que hacían cosas sencillas, como el carcelero que mantenía a los presos debidamente y los que hacían aflorar la sonrisa y la paz, estaban en el Reino.

Aquí también había una historia rabínica: «Una vez se declaró una epidemia en Sura, pero en la vecindad de la residencia de Rab (un famoso rabino) no hubo ningún caso. La gente creyó que eso era debido a los méritos de Rab; pero en un sueño se les dijo… que era por los méritos de uno que había estado dispuesto a prestar una azada y una pala a otro que quería hacer una tumba. Una vez se produjo un incendio en Drokeret, pero la vecindad de rabí Huna no sufrió daño. La gente pensó que era debido a los méritos de rabí Huna,… pero se les hizo saber en un sueño que había sido por los méritos de una cierta mujer que calentaba su horno y lo ponía a disposición de sus vecinos.» El hombre que le prestó las herramientas a otro que las necesitaba, y la mujer que ayudaba a sus vecinos en lo que podía no tenían ninguna categoría intelectual, pero sus sencillas obras de amor humano ganaron la aprobación de Dios. Las distinciones académicas no son necesariamente distinciones a los ojos de Dios.

Este pasaje termina con las credenciales más gloriosas que hizo jamás Jesús, y que figuran en el centro de la fe cristiana: que El es el único que puede revelar a Dios a la humanidad. Otros puede que sean hijos de Dios; pero Él es El Hijo. Juan lo expresa de una m n poco diferente cuando nos cuenta que Jesús dijo: «El que ha visto a Mí, ha visto al Padre» (Joh_14:9 ). Lo que Jesús quiere decir es: «Si queréis ver cómo es Dios, si queréis ver la mente de Dios, el corazón de Dios, el carácter de Dios, si queréis ver la actitud total de Dios hacia la humanidad, ¡miradme a Mí!» Los cristianos estamos convencidos de que en Jesucristo y sólo en Él podemos ver cómo es Dios; y es también la convicción cristiana que Jesús puede dar ese conocimiento a todo el que sea suficientemente humilde y confiado para recibirlo.

EL ACENTO DE LA COMPASIÓN

Mateo 11:28-30

¡Venid a Mí todos los que estáis agotados y rendidos bajo el peso de vuestras cargas, y Yo os daré descanso! Asumid Mi yugo y aprended de Mí, Que soy benigno y humilde de corazón, y hallaréis el descanso de vuestras almas; porque Mi yugo es suave, y Mi carga es ligera.

Jesús hablaba a personas que estaban tratando desesperadamente de encontrar a Dios, y tratando desesperadamente de ser buenas, pero que estaban encontrándolo imposible, y que se hallaban sumidas en el agotamiento y la desesperación.

Les dice: «Venid a Mí todos los que estáis rendidos bajo vuestras cargas.» Para un judío ortodoxo, la religión era cosa de cargas. Jesús dijo de los escribas y los fariseos: «Atan cargas pesadas e insoportables, y se las ponen a los demás sobre los hombros» (Mat_23:4 ). Para un judío, la religión era cosa de reglas interminables. Se vivía en una selva de normas que regulaban todas las situaciones de la vida. Se tenía que estar escuchando constantemente: «No hagas eso.»

Hasta los rabinos se daban cuenta de eso. Hay una clase de parábola lóbrega que se pone en boca de Koré, que muestra lo impositivas y pesadas e imposibles que podían llegar a ser las demandas de la Ley: «Había una pobre mujer en la vecindad que tenía dos hijas y un campo. Cuando empezaba a arar, Moisés (es decir, la Ley de Moisés) le decía: «No debes arar con un buey y un asno juntos.» Cuando empezaba a trillar, él le decía: «Dame para la ofrenda elevada, y el primero y el segundo diezmos.» Ella se sometía a la ordenanza, y se lo daba todo. ¿Qué hizo entonces la pobre mujer? Vendió el campo, y se compró dos ovejas para vestirse con su lana y sacar algún provecho de los corderos. Cuando tuvieron los corderos, Aarón (es decir, el sacerdocio) vino y le dijo: «Dame los primogénitos.» Ella cumplió la decisión, y se los dio: Cuando llegó el tiempo de esquilar, y se puso a esquilar sus ovejas, vino Aarón y le dijo: «Dame las primicias de la lana de las ovejas» Deu_18:4 ). Entonces ella pensó: «No puedo resistir a este hombre. Mataré mis ovejas y me las comeré.» Cuando hizo la matanza, llegó Aarón y le dijo: «Dame la pierna, las quijadas y el cuajar.» Deu_18:3 ). Entonces ella le dijo: «Ni siquiera matándolas estoy a salvo de ti. Pues, venga: las consagro por voto» Y entonces Aarón le dijo: «En ese caso me pertenecen enteras.» Num_18:14 ). Y se marchó con ellas y la dejó llorando con sus dos hiSantiago» Esta historieta es una parábola de las demandas continuas que hacía la Ley sobre las personas en todas las circunstancias de la vida. Esas demandas eran, sin duda, una carga.

Jesús nos invita a tomar Su yugo sobre nuestros hombros. Los judíos usaban la palabra yugo con el sentido figurado de someterse a algo. Hablaban del yugo de la Ley, el yugo de los mandamientos, el yugo del Reino, el yugo de Dios. Pero puede ser que Jesús tomara las palabras de esta invitación de algo mucho más próximo a Su hogar.

Dijo: «Mi yugo es fácil.» La palabra fácil es jréstós en griego, que quiere decir realmente que encaja bien. Los yugos de los bueyes se hacían en Palestina, como en España, de madera; se llevaba el buey al carpintero para que le tomara las medidas; luego se desbastaba la madera, y se llevaba otra vez al buey para probárselo: se le ajustaba bien, para que no le hiciera daño en la testuz al paciente animal. Es decir: que el yugo se hacía a medida, como una prenda de vestir, para que le encajara bien al buey.

Cuenta una leyenda que Jesús hacía los mejores yugos de bueyes de toda Galilea, y que iban a Su taller de todas partes a comprarle los yugos para los animales. En aquellos días, como ahora en muchos sitios, los talleres tenían lemas y carteles encima de la puerta; y se ha sugerido que los del taller de Jesús eran un yugo y la frase « MIS YUGOS ENCAJAN BIEN». Es posible que Jesús estuviera usando aquí un cuadro de Su taller de carpintero de Nazaret en el que trabajó fielmente durante Sus años de silencio.

Jesús dice: «Mi yugo encaja bien.» Lo que esto quiere decir es: «La vida que Yo te doy no es una carga que te desuelle; tu misión está diseñada a tu medida para que te vaya bien.» Lo que quiera que sea que Dios nos proponga encajará exactamente con nuestras necesidades y habilidades.

Jesús dice: «Mi carga es ligera.» Como decía un rabino: «Mi carga se ha convertido en mi canción.» No es que sea siempre fácil de llevar; pero se nos impone con amor; se nos propone llevarla con amor; el amor hace ligeras hasta las cargas más pesadas. Cuando recordamos el amor de Dios, cuando nos damos cuenta de que nuestra carga es amar a Dios y amar a nuestros semejantes, entonces nuestra carga se convierte en nuestra canción. Se cuenta que uno se encontró una vez a un chiquillo que llevaba a cuestas a otro aún más pequeño, que era cojo. «Esa es mucha carga para que tú la lleves,» le dijo el hombre. Y el chiquillo respondió: «No es una carga, señor; es mi hermanito.» La carga que se impone con amor y se lleva con amor es siempre ligera.

Mateo 11:1-30

11.2, 3 Juan fue encarcelado por Herodes, el que se había casado en forma ilegal con su cuñada. Juan criticó en público su pecado flagrante (14.3-5). El perfil de Juan se halla en Juan 1; el de Herodes, en Marcos 6.

11.4-6 Al ser encarcelado, Juan tuvo algunas dudas acerca de si Jesús era el Mesías. Si el propósito de Juan era preparar a la gente para la venida del Mesías (3.3), y si Jesús lo era en realidad, ¿por qué Juan estaba en prisión, ya que él podía haber seguido predicando a las multitudes y preparando corazones?

Jesús contestó las preguntas de Juan refiriéndose a sus actos de sanidad en favor de ciegos, paralíticos, sordos y leprosos, y a la resurrección de muertos y el anuncio de las buenas nuevas acerca de Dios. Con estas evidencias, la identidad de Jesús quedó aclarada. Si alguna vez usted duda de su salvación, el perdón de sus pecados o la obra de Dios en su vida, piense en las evidencias que se hallan en las Escrituras y los cambios que han tenido lugar en usted. Cuando dude, no se aleje de Cristo, acuda a El.

11.11 Jesús hizo un contraste entre la vida espiritual y física de Juan. De todas las personas, ningún hombre cumplió el propósito de Dios mejor que Juan. Sin embargo, en el reino venidero de Dios todos los presentes tendrán una herencia espiritual mayor que la de Juan porque habrán visto y conocido a Cristo y la obra que consumó en la cruz.

11.12 Hay tres puntos de vista comunes en relación con el significado de este versículo. (1) Jesús pudo estar refiriéndose a un gran movimiento hacia Dios, que quizás comenzó cuando Juan empezó a predicar. (2) Quizás se refería al hecho de que la mayoría de los judíos esperaban que el Reino de Dios viniera por medio de un derrocamiento violento del gobierno romano. (3) O quizás quiso decir que para ingresar en el Reino se requiere coraje, fe resuelta, determinación y tolerancia debido a la persecución que se desataría contra los seguidores de Cristo.

11.14 Juan no era un Elías resucitado, pero cumplió con su rol profético con firmeza, combatió el pecado y guió a la gente hacia Dios (Mal_3:1). Véase el perfil de Elías en 1 Reyes 18.

11.16-19 Jesús condenó la actitud de su generación. Dijera lo que dijera o hiciera lo que hiciera, siempre tomaban la contraria. Eran cínicos y escépticos porque Jesús condenaba su estilo de vida cómodo, seguro y egocéntrico. Nosotros también con frecuencia buscamos justificar nuestras fluctuaciones. Tememos que hacerle caso a Dios implique cambiar la forma de vida que llevamos.

11.21-24 Tiro, Sidón y Sodoma eran ciudades antiguas con reputación de inicuas (Génesis 18-19; Ezequiel 27-28). Dios las destruyó por su maldad. Los habitantes de Betsaida, Corazín y Capernaum vieron a Jesús en persona y con todo no quisieron arrepentirse de sus pecados ni creer en El. Jesús dijo que si alguna de aquellas famosas ciudades pecadoras lo hubieran visto, se hubieran arrepentido. Por el hecho de que Betsaida, Corazín y Capernaum vieron a Jesús y no creyeron en El, sufrirían un mayor castigo que las ciudades malvadas que no lo vieron. En forma similar, aquellas naciones y ciudades que tienen iglesias en cada esquina y Biblias en cada hogar no tendrán excusa en el día del juicio si no se arrepienten y creen.

11.25 Jesús menciona dos tipos de personas en su oración: los «sabios», orgullosos de su conocimiento; y los «niños», humildemente receptivos a la verdad de la Palabra de Dios. ¿Se cree usted sabio o busca la verdad con la fe de un niño, sabiendo que Dios tiene todas las respuestas?

11.27 En el Antiguo Testamento «saber» significa más que conocer. Implica una relación íntima. La comunión entre Dios Padre y Dios Hijo es fundamental en sus relaciones. Para que otra persona pueda conocerle, Dios tiene que revelársele a través del Hijo. ¡Cuán afortunados somos de que Jesús nos ha revelado con claridad a Dios, su verdad y cómo conocerle!

11.28-30 Un yugo es un pesado aparejo de madera que se pone sobre dos o más bueyes. Se ata a cualquier cosa que se quiere que los bueyes arrastren. El «yugo pesado» que Jesús menciona aquí puede significar (1) la carga del pecado, (2) la carga de las demandas excesivas de los líderes religiosos (23.4; Act_15:10), (3) la tiranía de los gobernantes, (4) fatiga en la búsqueda de Dios. Jesús libra a las personas de estas cargas. El descanso que Jesús promete es paz con Dios, no el que uno tenga que dejar todo esfuerzo. Una relación con Dios transforma un trabajo cansador y sin sentido en productividad espiritual con propósito.

Mateo 11:1-15

Lo primero que en este pasaje llama nuestra atención, es el mensaje que Juan el Bautista envió a nuestro Señor Jesucristo. Es este: «¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?.

La pregunta no fue motivada por duda alguna o incredulidad de parte de Juan. Este la hizo para provecho de sus discípulos: para presentarles la oportunidad de que oyeran de los labios del mismo Jesús las pruebas de que su misión era divina. Sin duda Juan se había apercibido de que su ministerio había llegado a su fin. Una voz interior debió de haberle dicho que jamás saldría vivo de la cárcel en que lo encerrara Herodes; y aun no se le había olvidado la necia envidia que sus discípulos habían manifestado hacia los discípulos de Jesús, Por lo tanto, tomó aquellas medidas que podrían para siempre desvanecer esa envidia: envió a sus discípulos a que oyesen y viesen por sí mismos.

Cuando los padres de familia, los ministros, o los maestros se acercan al fin de sus días, deben principalmente pensar en el bien de las almas de los que van a dejar atrás, y su deseo más ardiente debe ser él de persuadirlos a que no se aparten del Salvador.

Lo segundo que llama nuestra atención en este pasaje es el elevado encomio que nuestro Señor hizo de Juan. Helo aquí: «No se levantó entre los que nacen de mujeres otro mayor que Juan el Bautista.» Anteriormente Juan había reconocido a Jesús delante de los hombres como el Cordero de Dios: Jesús declara ahora que Juan es más que profeta.

Sin duda existían personas que estaban inclinadas a mirar con menosprecio al Bautista, en parte porque ignoraban la naturaleza de su ministerio, en parte porque no habían comprendido la pregunta que había mandado hacer. Nuestro Señor reduce al silencio a tales personas por medio del encomio que queda citado. Les dice que no vayan a suponer que Juan es tímido, vacilante, o veleidoso como una caña agitada por el viento; que, por el contrario, él no se intimidaba ni cejaba cuando la verdad estaba de por medio. Les dice también que no vayan a suponer que Juan era de corazón un hombre mundano y amigo del fausto y de la corte; que por el contrario era un abnegado predicador que anunciaba el arrepentimiento, y que se exponía a la ira del rey más bien que dejar de amonestarlo por sus pecados. Les hace saber, en una palabra, que Juan era más que profeta. Los otros profetas habían profetizado acerca del Mesías, pero no lo habían visto: Juan no solo profetizó acerca de El, sino lo vio cara a cara. a ellos fue dado predecir que el Mesías seria conducido como un cordero al matadero: a Juan fue dado señalarlo y decir: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo..

Para los cristianos el encomio que nuestro Señor hizo de Juan tiene mucho de bello y de consolador, por cuanto manifiesta cuanto interés siente el Jefe de la iglesia en la vida y la conducta de sus miembros, y cuanto se complace en todos los esfuerzos que hacen en favor de su causa. Es una dulce anticipación del reconocimiento que de ellos hará en presencia del mundo congregado, cuando los presente sin mancilla ante el trono de su Padre.

Mateo 11:16-24

Estas palabras de nuestro Señor fueron motivados por el estado en que se encontraba la nación judía cuando El vivió en la tierra. Mas no solo pueden aplicarse a los Judíos sino también a nosotros.

En la primera parte de estos versículos se nos demuestra cuan injustos son la mayor parte de los incrédulos en materias de religión.

Los judíos de aquel entonces no quedaron complacidos con ninguno de los maestros que Dios les envió. Primero vino Juan Bautista predicando el arrepentimiento. Austero en sus costumbres, se retiró de la sociedad y vivía como asceta. ¿Satisfizo esto a los judíos? ¡No! Se quejaron de él y dijeron: «Tiene demonio.» Luego vino Jesús el Hijo eterno de Dios, predicando el Evangelio y viviendo como los demás hombres, sin adoptar las prácticas austeras de Juan.

Y ¿satisfizo esto a los judíos? No por cierto. Se quejaron de El también y dijeron: « He aquí un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publícanos y pecadores.»En una palabra, eran tan perversos y descontentos como hijos rebeldes.

En la segunda parte de estos versículos se nos manifiesta lo excesivamente malo de la impenitencia voluntaria. Nuestro Señor dijo que el castigo seria más tolerable a Tiro, Sidón y Sodoma en el día del juicio que a esas ciudades, cuyos habitantes habían visto sus milagros y oído su predicación mas no se habían arrepentido.

Hay algo muy solemne en estas palabras. Examinémoslas con alguna detención. Reflexionemos por un momento en lo inmorales, idólatras, corrompidas y degradadas que Tiro y Sidón deben de haber sido, y traigamos a la memoria la maldad inaudita de Sodoma. Consideremos también que Corazin, Betsaida y Capernaúm talvez no eran peores que otras ciudades judaicas, y que de todos modos eran mejores que Tiro, Sidón y Sodoma. Y observemos luego que la gente de Corazin, Betsaida y Capernaúm van a ser castigadas con mayor severidad, porque oyeron el Evangelio mas no se arrepintieron; porque se les presentaron grandes oportunidades en materias religiosas, mas no las aprovecharon. ¡Cuan terribles no son estos pensamientos! Las palabras de Jesús debieran hacer retiñir los oídos de José que oyen el Evangelio con regularidad y permanecen sin convertirse. ¡Cuan grande es su culpabilidad ante Dios! ¡Cuan grande el peligro en que se encuentran cada día! Por moral y arreglada que sea su vida son más culpables que los habitantes de Tiro, Sidón o Gomorra. Estos no poseyeron luz espiritual: a ellos se le ha dado, pero la menosprecian. Estos no oyeron predicar el Evangelio: ellos lo oyen, mas no lo obedecen. Los corazones de los últimos podrían haber sido conmovidos al oír tal predicación: los de los primeros permanecen endurecidos a pesar de ella.

Pensemos con frecuencia en Corazin, Betsaida y Capernaúm! Persuadámonos de que no basta que oigamos con placer el Evangelio: es preciso que vayamos más allá y que nos arrepintamos y convirtamos verdaderamente: es preciso que nos acojamos a Jesucristo y confiemos en él. de lo contrario estaremos siempre al bordo de un abismo.

Mateo 11:25-30

En este pasaje se nos enseña, en primer lugar, cuan laudables son la sencillez y la docilidad. Nuestro Señor dijo a su Padre: «Escondiste estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños..

Á nosotros no nos es dado explicar cómo es que algunos reciben el Evangelio, y otros no. La soberanía que Dios ejerce a este respecto es un misterio que no alcanzamos a penetrar. Mas sí, hay una verdad que nos ha sido claramente revelada en la Escritura, da saber: que a quiénes se ha ocultado el Evangelio ha sido por lo general a los que se han tenido a sí mismos por sabios y prudentes; y que a quienes se ha revelado ha sido por lo regular a los sencillos, dóciles y humildes. Constantemente se están cumpliendo las palabras de María: « a los hambrientos hinchó de bienes; y a los ricos envió vacíos.» Lucas 1.53.

Guardémonos del orgullo en todas sus formas: orgullo en cuanto al talento, la riqueza, la virtud o los merecimientos. Pidamos a Dios nos dé humildad y procuremos cultivarla. Esforcémonos por conocernos a nosotros mismos y por determinar qué lugar que debemos ocupar ante un Dios santo. Para que demos el primer paso en el camino del cielo se necesita que comprendamos que estamos en el camino del infierno, y que estemos dispuestos a que el Espíritu nos ilumine y nos enseñe. Pocas palabras repitió nuestro Señor tantas veces como estas: «El que se humilla será ensalzado.» Lucas 18.14 Se nos enseña, en segundo lugar, cuan excelso y majestuoso es nuestro Señor Jesucristo.

Las palabras de nuestro Señor a este respecto son profundas a la vez que admirables. (Véase vers. 27.) La unión que existe entre la primera y la segunda persona de la Trinidad es perfecta: la superioridad de Jesucristo respecto de todos los demás hombres es infinita. Preciso es confesar, sin embargo, que el versículo citado entraña verdades que están fuera del alcance de nuestra inteligencia.

Empero, de él se desprende también una lección de importancia práctica, cuál es la de que en todo lo que se refiere a la prosperidad de nuestras almas, Jesús está revestido de pleno poder y autoridad: « todas las cosas le han sido entregadas.» Posee las llaves: a El tenemos que acudir para que nos abra la puerta del cielo. Es el Pastor: preciso es que escuchemos su voz y le sigamos si no queremos extraviarnos. Es el Médico: menester es que ocurramos a El si deseamos ser sanados de la lepra del pecado. Es el pan de la vida: de El debemos participar para alimento de nuestras almas. Es la luz.: debemos caminar en pos de El si no queremos permanecer en la oscuridad. ¡Sagradas y gloriosas son estas verdades! En este pasaje se nos enseña, finalmente, cuan amplias y copiosas son las invitaciones del Evangelio.

Los últimos tres versículos contestan de una manera muy consoladora la pregunta del pecador que tembloroso dice; « ¿Revelará Jesucristo el amor de su Padre a uno como yo?» Merecen, por lo tanto ser leídos con particular atención. Cada frase que contienen es una mina de ideas.

Notad a quiénes es que Jesús invita. No se dirige a los que se creen dignos y rectos; sino a los que están trabajados y cargados, calificativos que incluyen a muchedumbres de personas en este mundo de dolor. Los que sienten un abatimiento profundo del cual quisieran deshacerse, ya sea él causado por el pecado o la desgracia, ya sea por la ansiedad o el remordimiento–todos los que así sufrieren, quienes quiera que ellos sean, son invitados a acudir a Jesucristo.

Notad cuan misericordioso es el ofrecimiento que el Salvador hace. «Os haré descansar,» dijo. ¡Cuan halagüeñas y consoladoras son estas palabras! La inquietud es la condición normal de esta vida. Por todas partes se encuentran afanes, desengaños, disgustos y chascos. Mas ese ofrecimiento nos presenta una esperanza. Así como la paloma de Noé encontró un arca en la cual pudo reposar después de su vuelo, el cristiano también halla un lugar de sosiego. En Jesucristo se encuentra consuelo al corazón, tranquilidad de conciencia; en El se encuentra el sosiego que se basa en el perdón del pecado y el descanso que resulta de la paz con Dios.

Notad luego cuan sencilla es la invitación que Jesús hace a los afligidos y agobiados. «Venid a mí. … Llevad mi yugo sobre vosotros.» No impone condiciones severas; ni prescribe actos que deban ejecutarse o merecimientos que deban adquirirse previamente. Lo único que pide es que nos acerquemos a El tales como somos, con todos nuestros pecados, y que nos sometamos a sus preceptos como tiernos niños. Parece decirnos: « No ocurráis a hombre alguno para obtener alivio, ni alimentéis la esperanza de que os venga auxilio de alguna otra parte: así como sois, venid a mí hoy mismo..

Notad asimismo cuan consolador es para nosotros lo que Jesús dice de sí mismo. He aquí sus palabras: «Soy manso y humilde de corazón.» Esas palabras han sido a menudo confirmadas por la experiencia de los creyentes. María y Marta de Betania, Pedro después de su caída, los discípulos después de la resurrección, Tomás después de haber manifestado su incredulidad: todos ellos tuvieron ocasión de percibir la humildad y mansedumbre de Jesús.

Notad, por último, cuan consolador es lo que Jesús dice del servicio que él exige. «Mi yugo es suave, y ligera mi carga.» Es cierto que tenemos que tomar sobre nosotros la cruz si seguimos al Redentor; es cierto que tendremos que sufrir muchas pruebas y pasar muchas luchas. Mas las bendiciones del Evangelio lo compensan todo abundantemente. Comparado con el servicio del mundo y del pecado, comparado con el yugo de las ceremonias judaicas y el vasallaje de la superstición humana, el servicio de Cristo es a la verdad suave y ligera. Sus mandamientos no son opresivos. «Sus caminos son caminos deleitosos, y todas sus veredas paz.» 1Jo_5:3; Pro_3:17.

Ahora bien, ¿hemos atendido esta invitación? ¿No tenemos pecados que han menester del perdón, ni pesares que necesitan alivio, ni heridas que deben ser sanadas? Si los tenemos, no desoigamos la voz del Salvador. La invitación que él hizo no fue solamente para los judíos, sino también para nosotros. Sí, a nosotros nos dice: «Venid a mí.» De la aceptación de esa invitación depende nuestra verdadera felicidad, nuestro verdadero contento.

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