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Mateo 11: El acento de la confianza

Empero, de él se desprende también una lección de importancia práctica, cuál es la de que en todo lo que se refiere a la prosperidad de nuestras almas, Jesús está revestido de pleno poder y autoridad: « todas las cosas le han sido entregadas.» Posee las llaves: a El tenemos que acudir para que nos abra la puerta del cielo. Es el Pastor: preciso es que escuchemos su voz y le sigamos si no queremos extraviarnos. Es el Médico: menester es que ocurramos a El si deseamos ser sanados de la lepra del pecado. Es el pan de la vida: de El debemos participar para alimento de nuestras almas. Es la luz.: debemos caminar en pos de El si no queremos permanecer en la oscuridad. ¡Sagradas y gloriosas son estas verdades! En este pasaje se nos enseña, finalmente, cuan amplias y copiosas son las invitaciones del Evangelio.

Los últimos tres versículos contestan de una manera muy consoladora la pregunta del pecador que tembloroso dice; « ¿Revelará Jesucristo el amor de su Padre a uno como yo?» Merecen, por lo tanto ser leídos con particular atención. Cada frase que contienen es una mina de ideas.

Notad a quiénes es que Jesús invita. No se dirige a los que se creen dignos y rectos; sino a los que están trabajados y cargados, calificativos que incluyen a muchedumbres de personas en este mundo de dolor. Los que sienten un abatimiento profundo del cual quisieran deshacerse, ya sea él causado por el pecado o la desgracia, ya sea por la ansiedad o el remordimiento–todos los que así sufrieren, quienes quiera que ellos sean, son invitados a acudir a Jesucristo.

Notad cuan misericordioso es el ofrecimiento que el Salvador hace. «Os haré descansar,» dijo. ¡Cuan halagüeñas y consoladoras son estas palabras! La inquietud es la condición normal de esta vida. Por todas partes se encuentran afanes, desengaños, disgustos y chascos. Mas ese ofrecimiento nos presenta una esperanza. Así como la paloma de Noé encontró un arca en la cual pudo reposar después de su vuelo, el cristiano también halla un lugar de sosiego. En Jesucristo se encuentra consuelo al corazón, tranquilidad de conciencia; en El se encuentra el sosiego que se basa en el perdón del pecado y el descanso que resulta de la paz con Dios.

Notad luego cuan sencilla es la invitación que Jesús hace a los afligidos y agobiados. «Venid a mí. … Llevad mi yugo sobre vosotros.» No impone condiciones severas; ni prescribe actos que deban ejecutarse o merecimientos que deban adquirirse previamente. Lo único que pide es que nos acerquemos a El tales como somos, con todos nuestros pecados, y que nos sometamos a sus preceptos como tiernos niños. Parece decirnos: « No ocurráis a hombre alguno para obtener alivio, ni alimentéis la esperanza de que os venga auxilio de alguna otra parte: así como sois, venid a mí hoy mismo..

Notad asimismo cuan consolador es para nosotros lo que Jesús dice de sí mismo. He aquí sus palabras: «Soy manso y humilde de corazón.» Esas palabras han sido a menudo confirmadas por la experiencia de los creyentes. María y Marta de Betania, Pedro después de su caída, los discípulos después de la resurrección, Tomás después de haber manifestado su incredulidad: todos ellos tuvieron ocasión de percibir la humildad y mansedumbre de Jesús.

Notad, por último, cuan consolador es lo que Jesús dice del servicio que él exige. «Mi yugo es suave, y ligera mi carga.» Es cierto que tenemos que tomar sobre nosotros la cruz si seguimos al Redentor; es cierto que tendremos que sufrir muchas pruebas y pasar muchas luchas. Mas las bendiciones del Evangelio lo compensan todo abundantemente. Comparado con el servicio del mundo y del pecado, comparado con el yugo de las ceremonias judaicas y el vasallaje de la superstición humana, el servicio de Cristo es a la verdad suave y ligera. Sus mandamientos no son opresivos. «Sus caminos son caminos deleitosos, y todas sus veredas paz.» 1Jo_5:3; Pro_3:17.

Ahora bien, ¿hemos atendido esta invitación? ¿No tenemos pecados que han menester del perdón, ni pesares que necesitan alivio, ni heridas que deben ser sanadas? Si los tenemos, no desoigamos la voz del Salvador. La invitación que él hizo no fue solamente para los judíos, sino también para nosotros. Sí, a nosotros nos dice: «Venid a mí.» De la aceptación de esa invitación depende nuestra verdadera felicidad, nuestro verdadero contento.

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