Ministerio basado en principios bíblicos para servir con espíritu de excelencia, integridad y compasión en nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo.

Logo

Mateo 11: El acento de la confianza

Y entonces vino la respuesta de Jesús; y en ella oímos el acento de la confianza. La respuesta de Jesús a los discípulos de Juan fue: «Volved, y no le digáis a Juan lo que Yo digo; decidle la que está sucediendo.» Jesús demandaba que se le sometiera a la más dura de las pruebas: la de las obras. Jesús es la única Persona que ha demandado nunca el ser juzgado sin paliativos, no por lo que decía, sino por lo que hacía. El desafío de Jesús sigue en pie. Él no dice tanto: « Escucha lo que tengo que decirte,» como: «Mira lo que puedo hacer por ti; mira lo que he hecho por otros.»

Las cosas que Jesús hizo en Galilea las sigue haciendo. En Él se les abren los ojos a los que están ciegos a la verdad acerca de sí mismos, acerca de sus semejantes y acerca de Dios; en Él se les afirman los pies a los que nunca fueron suficientemente fuertes para mantenerse en el buen camino; en Él quedan limpios los contaminados con la enfermedad del pecado; en Él empiezan a oír los que eran sordos a la voz de la conciencia y de Dios; en Él resucitan a una vida nueva y hermosa los que estaban muertos e impotentes en las garras del pecado; en Él los más pobres heredan las riquezas del amor de Dios.

Por último, aparece la advertencia: «Bienaventurado el que no se escandaliza de Mí.» Esto se refería a Juan, porque había captado sólo media verdad. Juan predicó el evangelio de la santidad divina con la destrucción divina. Jesús predicó el Evangelio de la santidad divina con el amor divino. Así que Jesús le dice: «Puede que no esté haciendo las cosas que tú esperabas; pero los poderes del mal están siendo derrotados, no por un poder irresistible, sino por un amor inalterable.» Algunos pueden escandalizarse de Jesús porque Jesús parece violar las ideas que ellos tienen de lo que debe ser la religión.

EL ACENTO DE LA ADMIRACIÓN

Mateo 11:7-11

Cuando iban por el camino, Jesús empezó a hablarle de Juan a la gente:

¿Qué fue lo que salisteis a ver al desierto? ¿Era una caña que sacudía el viento? Si no era eso, ¿qué fue lo que salisteis a ver? ¿Fuisteis a ver a uno que iba vestido con ropas de lujo? Fijaos: los que se visten lujosamente se encuentran en los palacios de los reyes. Entonces, si no fue eso, ¿qué fue lo que salisteis a ver? ¿Era un profeta? Claro que sí, os lo aseguro; y más que un profeta. De él fue de quien se escribió: «Fíjate, Yo envío por delante de Ti a Mi mensajero para que Te vaya preparando el camino.» Esto que os digo es la pura verdad: entre todos los nacidos de madre no ha surgido jamás en la Historia ninguna figura por encima de Juan el Bautista; pero el más pequeñito en el Reino del Cielo es más que él.

De pocas personas hizo Jesús un elogio tan extraordinario como de Juan el Bautista. Empezó preguntándole a Su audiencia qué fue lo que salieron a ver al desierto cuando salieron en masa al encuentro de Juan.

(i) ¿Salieron a ver una caña sacudida por el viento? Eso puede querer decir una de dos cosas. (a) En las orillas del Jordán crecían muchas cañas; y la frase «Una caña sacudida» era una especie de proverbio para referirse a la cosa más corriente del mundo. Cuando la gente bajada a manadas a ver a Juan, ¿salían a ver algo tan ordinario como las cañas que mece el viento a las orillas del Jordán? (b) Una caña sacudida puede querer decir una persona débil e insegura, uno que no podía mantenerse firme frente a los vientos del peligro mejor que una caña a la orilla del río podía estar erguida cuando soplaba el viento del desierto.

Cualquier cosa que fuera lo que la gente se lanzó al desierto a ver, seguro que no fueron a ver a una persona vulgar y corriente. El mismo hecho de salir en multitudes era prueba de lo extraordinario que era Juan, porque nadie cruzaría la calle, y mucho menos andaría por el desierto, para ver a una especie de persona de lo más corriente. Cualquiera que fuera lo que salieron a ver, no era una persona débil y vacilante. El señor Flexible de El Peregrino no acabó en la cárcel como los mártires de la verdad. Juan no era ni tan ordinario como una caña sacudida, ni tan flojucho como una caña que se inclina haciendo reverencias ante cualquier brisa.

(ii) ¿Habían salido a ver a alguien que llevara una ropa lujosa y delicada? Tal persona sería un cortesano, y eso sí que no era Juan: no sabía nada de la afectación ni de los halagos de las cortes; cumplía la peligrosa misión de decirles la verdad a los reyes. Era embajador de Dios, no cortesano de Herodes.

(iii) ¿Habían salido a ver a un profeta? El profeta es el pregonero de la verdad de Dios. Es la persona de confianza de Dios. «Está claro que Dios no hará nada sin declararle Su plan a Sus siervos los profetas» (Amo_3:7 ). El profeta es dos cosas: es la persona que trae un mensaje de Dios, y que además tiene el valor de proclamar ese mensaje. Es una persona que tiene en su mente la sabiduría de Dios, la verdad de Dios en los labios y el coraje de Dios en el corazón. Todo eso era Juan.

Deja el primer comentario

Otras Publicaciones que te pueden interesar