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Mateo 19: Matrimonio y divorcio en Israel

 Cuando Jesús acabó; de darles estas enseñanzas, Se marchó de Galilea y Se dirigió a los distritos de Judasa que están al lado de allá del Jordán. Le siguieron grandes Multitudes, y Él los sanó allí.

– Los fariseos se dirigieron a Él presentándole un caso difícil, para probarle, y Le dijeron: . . .

¿Es legal el que un hombre se divorcie de su mujer por cualquier, causa?

-¿Es que no habéis leído -les contestó Jesús que desde el principio el Creador los hizo varón y hembra, y dijo: «Por esta razón un hombre dejará a su padre y a su madre, y -se unirá a su mujer, y los dos formarán una sola persona»? Por tanto, ya no son dos personas, sino una sola. Pues entonces, lo que Dios ha unido, que no lo separe nadie:

Ellos Le dijeron: .

-¿Por qué entonces estableció Moisés que se le podía dar a la mujer un certificado de divorcio y divorciarse de ella?

-Fue por vuestra dureza de corazón por lo que Moisés os permitió divorciaros de vuestras mujeres -les contestó Jesús-; pero en un principio no fue ese el estado de cosas que se pretendía. Os digo que el que se divorcia de su mujer, a no ser por causa de fornicación, y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con una divorciada, comete adulterio.

Aquí estaba tratando Jesús de una cuestión que era un problema de ardiente actualidad en Su tiempo, como lo es en el nuestro. El divorcio era algo sobre lo que no había unanimidad entre los judíos; y los fariseos Le hicieron aquella pregunta con la intención de involucrarle en la controversia.

Ninguna nación ha tenido nunca un concepto más alto del matrimonio que los judíos. El matrimonio era un deber sagrado. El quedarse soltero un hombre pasados los veinte años, salvo si era para concentrarse en el estudio de la Ley, era quebrantar el mandamiento positivo de « llevar fruto y multiplicarse.» El que no tenía hijos «mataba su propia posteridad,» y « limitaba la imagen de Dios en la Tierra.» «Cuando marido y mujer son como es debido, la gloria del Señor está con ellos.»

En el matrimonio no se entraba a la ligera ni descuidadamente. Josefo delinea el concepto judío del matrimonio basado en la enseñanza mosaica (Antigüedades de los judíos 4.8.23). Un hombre había de casarse con una virgen de buena ascendencia. No debía nunca corromper a la mujer de otro hombre; y no debía casarse con una mujer que hubiera sido esclava o prostituta. Si un hombre acusaba a su mujer de no haber sido virgen cuando se casó con ella, tenía que presentar pruebas de su acusación. El padre o el hermano de la mujer tenía que defenderla. Si se vindicaba el honor de la mujer, el marido debía seguir teniéndola como esposa, y no podía nunca divorciarse de ella, excepto por el más flagrante pecado. Si se demostraba que la acusación había sido infundada y maliciosa, el marido tenía que recibir los cuarenta azotes menos uno, y pagarle 50 siclos al padre de la mujer. Pero si podía probar su acusación y se encontraba culpable a la mujer, si era una persona corriente, la ley imponía que debía ser lapidada; y si era la hija de un sacerdote, había de ser quemada viva.

Si un hombre seducía a una joven que estaba prometida a otro, y la seducción tenía lugar con el consentimiento de ella, ambos recibían la muerte. Si el hombre forzaba a la joven en un lugar solitario o donde nadie pudiera defenderla, solo el hombre había de morir. Si un hombre seducía a una joven no comprometida, debía casarse con ella o, si el padre de la muchacha no estaba conforme con aquel matrimonio, el seductor debía pagarle 50 siclos.

Las leyes judías del matrimonio y de la pureza colocaban el listón muy alto. En principio se aborrecía el divorcio. Dios había dicho: «Yo aborrezco el divorcio» (Mal_2:16 ). Se decía que el mismo altar derramaba lágrimas cuando un hombre se divorciaba de la esposa de su juventud.

Pero el ideal y la realidad no iban de la mano. Había dos elementos que eran peligrosos y dañinos.

El primer lugar, a los ojos de la ley judía una mujer era una cosa. Era propiedad de su padre, o de su marido; y por tanto no tenía realmente ningunos derechos legales. La mayor parte de los matrimonios los concertaban, o los padres, o algún casamentero profesional. Una mujer podía estar comprometida desde la niñez, o a menudo se la comprometía para que se casara con un hombre al que ni siquiera había visto. Había una salvaguardia: cuando llegaba a la edad de 12 podía repudiar al marido que le hubiera asignado su padre. Pero, en relación con el divorcio, la ley general era que solo el marido tenía la iniciativa. La ley estipulaba: «Se puede divorciar a una mujer, con o sin su consentimiento; pero a un hombre no se le puede divorciar nada más que con su consentimiento.» La mujer no podía nunca iniciar el proceso del matrimonio; no se podía divorciar ella, sino solo ser divorciada por el marido.

Había ciertas salvaguardias. Si un hombre se divorciaba de su mujer por razones que no fueran de flagrante inmoralidad, debía devolver la dote de ella; y esto debe de haber sido una barrera para los divorcios irresponsables. Los tribunales podían hacer presión para que un hombre se divorciara de su mujer en el caso, por ejemplo, de que se negara a consumar el matrimonio, o por impotencia, o por incapacidad demostrada de mantenerla como era debido. Una mujer podía obligar a su marido a divorciarse de ella si contraía una enfermedad repugnante como la lepra, o si era curtidor, lo que obligaba a reunir estiércol de perro, o si él le proponía marcharse de la Tierra Santa. Pero, con mucho, la ley dejaba bien claro que la mujer no tenía derechos legales, y que el derecho de divorcio correspondía exclusivamente al marido.

En segundo lugar, el proceso del divorcio era fatalmente fácil. Ese proceso se fundaba en el pasaje de la ley de Moisés al que se refirieron los interlocutores de Jesús: «Cuando alguien toma una mujer y se casa con ella, si no le agrada por haber hallado en ella alguna cosa indecente, le escribirá carta de divorcio, se la entregará en mano y la despedirá de su casa» (Deu_24:1 ). El certificado de divorcio era una declaración bien simple, de una sola frase, diciendo que el marido despedía a su mujer. Josefo escribe: «El que desee divorciarse de su mujer por la razón que sea (y muchas de tales razones se presentan entre los hombres), que establezca por escrito que no la tendrá nunca más como su esposa; porque de esta manera ella puede ser libre para casarse con otro hombre.» La única salvaguardia contra la peligrosa facilidad del proceso de divorcio era el hecho de que, a menos de que la mujer fuera una pecadora notoria, tenía que devolver la dote.

BASE JUDÍA PARA EL DIVORCIO

Uno de los grandes problemas que presentaba el divorcio judío dependía de la formulación mosaica. Esa formulación establecía que un hombre podía divorciarse de su mujer «si ella no hallaba gracia en sus ojos, porque él había encontrado algo indecente en ella.» La cuestión era: ¿Cómo se había de interpretar la frase algo indecente?

En este punto los rabinos judíos estaban divididos diametralmente, y era aquí donde los interlocutores de Jesús querían involucrarle. Los de la escuela de Sammay estaban seguros de que una cuestión de indecencia quería decir fornicación, y solo eso; y que no se podía despedir a una mujer por ninguna otra causa. Aunque una mujer fuera tan malvada como Jezabel, en tanto en cuanto no cometiera adulterio no se la podía despedir. Por otra parte, los de la escuela de Hillel interpretaban eso del asunto de indecencia de una manera más amplia. Decían que quería decir que un hombre podía divorciarse de su mujer si ella le estropeaba la comida, si llevaba el pelo suelto, si hablaba con hombres en la calle, si hablaba con poco respeto de los padres de su marido, si era alborotadora y se la podía oír en la casa de al lado. Rabí Aqiba llegó hasta el punto de decir que la frase si ella no encuentra gracia en los ojos de él quería decir que un hombre podía divorciarse de su mujer si encontraba otra que le gustara más o que considerara más bonita.

La tragedia era que, como era de temer, fue la enseñanza de la escuela de Hillel la que prevaleció; el vínculo matrimonial se tomaba a menudo a la ligera, y el divorcio se hizo corriente por las causas más triviales.

Para completar el cuadro, hay que añadir algunos otros Hechos. Es pertinente notar que bajo la ley rabínica el divorcio era obligatorio por dos razones. Era obligatorio por adulterio. «Una mujer que ha cometido adulterio debe ser divorciada.» Segundo, el divorcio era obligatorio por esterilidad. La finalidad del matrimonio era la procreación de hijos; y el divorcio era obligatorio si después de tres años una pareja seguía sin tener hijos. En este caso, la mujer se podía casar de nuevo, pero la misma disposición se aplicaba al segundo matrimonio.

Hay que mencionar otras dos disposiciones judías interesantes en relación con el divorcio. La primera, el abandono no era nunca causa para el divorcio. Si había deserción había que demostrar la muerte. El único atenuante por relajación era que, aunque todos los otros Hechos tenían que ser corroborados por dos testigos según la ley judía, bastaba un testigo para demostrar la muerte del cónyuge que había desaparecido y no había vuelto.

En segundo lugar, aunque resulte raro, la locura no era razón para el divorcio. Si la mujer se volvía demente, el marido no podía divorciarla; porque, si la divorciaba, ella no tendría protector en su desgracia. Hay una misericordia conmovedora en tal disposición. Si el marido se volvía demente, el divorcio era imposible, porque en tal caso quedaba incapacitado para escribir el certificado de divorcio, y sin tal documento, que él debía escribir y entregar, no podía haber divorcio.

Cuando Le hicieron a Jesús aquella pregunta, por detrás de ella había una situación que molestaba y preocupaba. Jesús la iba a contestar de una manera que resultó alucinante para los dos bandos empeñados en la disputa, y que sugirió un cambio radical en toda la situación.

LA RESPUESTA DE JESÚS

Lo más probable es que los fariseos Le estuvieran preguntando a Jesús si estaba de acuerdo con la opinión estricta de Sammay o con la más suave de Hillel; y que buscaran de esta manera implicarle en la controversia.

La respuesta de Jesús retrotraía la cuestión a su mismo origen, al ideal de la Creación. En el principio, dijo Jesús, Dios creó a Adán y Eva como un hombre y una mujer. No cabe duda que en las circunstancias del relato de la Creación Adán y Eva fueron creados el uno para el otro, y para nadie más; su unión fue necesariamente completa e indisoluble. Ahora bien, dice Jesús, aquellos dos eran el modelo y el símbolo de todos los que vendrían después. Como dice A. H. McNeile: « Toda pareja matrimonial es la reproducción de Adán y Eva, y su unión es por tanto no menos indisoluble.»

El razonamiento es totalmente claro. En el caso de Adán y Eva, el divorcio era, no solo desaconsejable; era, no solamente equivocado: era totalmente imposible, por la sencilla razón de que no había ninguna otra persona con la que cualquiera de ellos se pudiera casar. De esta manera Jesús estaba estableciendo el principio de que el divorcio no es nunca la solución correcta de nada. Desde ahora mismo ya debemos notar que esto no es una ley; es un principio, que es una cosa muy diferente.

Aquí vieron en seguida los fariseos un punto en el que podían atacar. Moisés (Deu_24:1 ) había dicho que, si un hombre quería divorciarse de su mujer porque ella no había encontrado gracia a ojos de él, y a causa de algún detalle indecente en ella, él podía darle un certificado de divorcio, y el matrimonio quedaba disuelto. Aquí tenían los fariseos la oportunidad que deseaban. Ahora podían decirle a Jesús: «¿Estás acaso diciendo que Moisés estaba equivocado? ¿No estarás Tú Tratando de abrogar la Ley divina que se le dio a Moisés? ¿Te estás colocando por encima de Moisés como legislador?»

Jesús les contestó que lo que dijo Moisés no había sido una ley, sino nada más que una concesión. Moisés no mandó el divorcio; en el mejor de los casos, él solamente lo permitió para regular una situación que habría llegado a ser caóticamente promiscua. La disposición de Moisés no era más que una concesión a la naturaleza humana caída. En Gen_2:23 s tenemos el ideal que Dios Se había propuesto, el ideal de dos personas que se casan debería ser tan indisoluble que las dos personas formaran una sola personalidad. La respuesta de Jesús fue: « Es verdad que Moisés permitió el divorcio; pero eso era una concesión en vista de que el ideal se había perdido. El ideal del matrimonio se ha de encontrar en la indisoluble y perfecta unión de Adán y Eva. Eso es lo que Dios quería que fuera el matrimonio.»

Es ahora cuando nos encontramos cara a cara con una de las dificultades más reales y agudas del Nuevo Testamento. ¿Qué quería decir Jesús? Hay una pregunta previa a esa: ¿Qué fue lo que dijo Jesús? La dificultad, que es insoslayable, es que Marcos y Mateo reproducen las palabras de Jesús de manera diferente.

Mateo dice:

Y Yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera (Mat_19:9 ).

Marcos pone:

Y les dijo: Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio (Mar_10:11 s).

Lucas nos da todavía otra versión de este dicho:

Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada del marido, adultera (Luk_16:18 ).

Aquí tenemos la dificultad relativamente pequeña de. que Marcos supone que una mujer se puede divorciar de su marido; un proceso que, como ya hemos visto, no era posible bajo la ley judía. Pero la explicación puede ser que Jesús debe de haber conocido muy bien que, bajo la ley gentil, una mujer podía divorciarse de su marido; y en esa cláusula particular, Él estaba mirando más allá del mundo judío, al que se dirigió el evangelio de Mateo especialmente. La dificultad real estriba en que tanto Marcos como Lucas hacen la prohibición del divorcio absoluta. Para ellos no caben excepciones. Pero Mateo tiene una cláusula dirimente: El divorcio está permitido en caso de adulterio. En este caso hay que decantarse por una de las dos formulaciones. La única salida posible sería decir que de hecho el divorcio por adulterio era para la ley judía obligatorio, como ya hemos visto, y que por tanto Marcos y Lucas no consideraron que hacía falta mencionarlo; pero en tal caso estaba también el divorcio por esterilidad.

En último análisis tenemos que escoger entre la versión de Mateo del dicho de Jesús y la de Marcos y Lucas. Creemos que no se puede dudar de que la versión de Marcos y Lucas es correcta. Hay dos razones. Solo la absoluta prohibición de separarse satisface el ideal de la completa unión simbólica de Adán y Eva. Y las alucinadas palabras de los discípulos implican esta prohibición absoluta, porque, en efecto, dicen (versículo 10) que si el matrimonio es tan vinculante como todo eso, lo más seguro es no casarse. No cabe duda de que aquí tenemos a Jesús estableciendo el principio -no la ley- de que el ideal del matrimonio es una unión indisoluble. Aquí se podría decir mucho más; pero el ideal, como Dios lo concibió, está establecido, y la cláusula dirimente de Mateo es posiblemente una interpretación posterior que se insertó a la luz de la práctica de la Iglesia cuando esto se escribió.

EL ELEVADO IDEAL

Pasemos ahora a considerar el alto ideal del estado del matrimonio que Jesús propone a los que están dispuestos a aceptar Sus mandamientos. Veremos que el ideal judío sienta las bases del ideal cristiano. La palabra hebrea para matrimonio era kiddusin. Kiddusin quería decir santificación o consagración. Se usaba al describir algo que se dedicaba a Dios como Su exclusiva y particular posesión. Cualquier cosa totalmente consagrada a Dios era kiddúsin. Esto quería decir que en el matrimonio el marido estaba consagrado a la mujer, y la mujer al marido: Cada uno llegaba a ser posesión exclusiva del otro, de la misma manera que una ofrenda se convertía en la posesión exclusiva de Dios. Eso era lo que Jesús quería decir cuando dijo que por causa del matrimonio un hombre dejaría a su padre y a su madre y se uniría a su mujer, y eso es lo que Él quiso decir cuando dijo que marido y mujer llegaban a ser tan totalmente una sola cosa que se podían llamar una sola persona. Ese era el ideal que Dios tenía del matrimonio, como lo presenta la historia del Génesis (Gen_2:24 ), y ese es el ideal que Jesús ratificó. Esta idea tiene ciertas consecuencias.

(i) Esta unidad total quiere decir que el matrimonio no se da para un solo acto de la vida, por muy importante que ese acto sea, sino para todos. Es decir: que, aunque el sexo es una parte sumamente importante del matrimonio, no lo es todo. Cualquier matrimonio en el que se entra simplemente por un deseo físico imperioso que no puede satisfacerse de ninguna otra manera está condenado al fracaso de antemano. El matrimonio está diseñado, no para que dos personas hagan una cosa juntas, sino para que hagan todas las cosas juntas.

(ii) Otra manera de expresar esto sería diciendo que el matrimonio es la unión total de dos personalidades. Dos personas pueden existir juntas de muchas maneras. Una de ellas puede ser la parte dominante hasta tal punto que nada importa sino sus deseos y conveniencias y necesidades, mientras que la otra está totalmente subordinada y no existe nada más que para satisfacer los deseos y las necesidades de la primera. O también, dos personas pueden existir en una especie de neutralidad armada, en la que se dan una tensión continua y una continua colisión entre sus dos voluntades. La vida puede ser una larga discusión, y la relación estar basada, en el mejor de los casos, en una difícil componenda. O también, dos personas pueden basar su relación en una más -o menos resignada aceptación mutua. Para todos los efectos y propósitos, mientras vivan juntas, cada una va por su propio camino, y cada una vive su vida. Comparten la misma casa, pero sería una exageración decir que comparten el mismo hogar.

Está claro que ninguna de estas relaciones es ideal. El ideal es que en el estado del matrimonio dos personas encuentren el complemento de cada una de sus personalidades. Platón tenía una idea extraña. Tenía una especie de leyenda de que en su origen los seres humanos eran el doble de lo que somos ahora. Como su tamaño y fuerza los hizo arrogantes, los dioses los cortaron por la mitad; y la verdadera felicidad se produce cuando las dos mitades se encuentran otra ve y se unen en el matrimonio, completándose así mutuamente.

El matrimonio no debe empequeñecer la vida, sino completarla. A ambos cónyuges debe traerles una nueva plenitud, una nueva satisfacción, un nuevo contentamiento. Es la unión de dos personalidades en la que las dos se completan mutuamente. Esto no quiere decir que no haya que hacer ajustes, y aun sacrificios; pero sí quiere decir que la relación final es más plena, más gozosa, más satisfactoria de lo que puede ser un tipo de vida aislado.

(iii) Podríamos decir todo esto aún más prácticamente: el matrimonió debe ser el compartir todas las circunstancias de la vida. Hay un cierto peligro en la etapa encantadora del noviazgo. En ese período es casi inevitable el que las dos personas se vean mutuamente en el mejor estado de ambas. Hay días románticos. Se ven en su mejor ropa. Es corriente que tengan algún gran interés en común; es corriente que el dinero no haya llegado a ser todavía un problema. Pero en el matrimonio, los dos deben verse cuando no están en su mejor momento; cuando están cansados o débiles; cuando los hijos trastornan la casa y el hogar como es natural que suceda; cuando escasea el dinero, y las cuentas de la comida y de la ropa se convierten en un problema; cuando la luz de la luna y las rosas dejan el puesto a la pila de la cocina y a la cesta de la ropa y a pasear por el pasillo al niño llorón por las noches. A menos que dos personas estén dispuestas a enfrentarse juntas con la rutina de la vida tanto como con sus encantos, el matrimonio no puede ser más que un fracaso.

(iv) A todo esto sigue una cosa que no es universalmente cierta, pero que es mucho más probable que lo contrario. El matrimonio es mucho más probable que sea un éxito después de un conocimiento bastante largo, cuando las dos personas que lo forman conocen realmente el trasfondo mutuo. El matrimonio quiere decir vivir constantemente juntos. Es perfectamente posible que choquen los hábitos y los gustos y las costumbres de ambos. Cuanto más completo sea el conocimiento mutuo antes de decidirse a vincular sus vidas indisolublemente, mejor. Esto no es negar que puede haber tal cosa como el amor a primera vista, y que el amor puede conquistarlo todo; pero el hecho es que, cuanto mayor conocimiento tengan el uno del otro más probable será que tengan éxito en hacer su matrimonio lo que debe ser.

(v) Todo esto nos conduce a la conclusión práctica final: la base del matrimonio es mantenerse unidos, y la base de mantenerse unidos no es otra que ser considerados el uno con el otro. Para que el matrimonio sea un éxito, los cónyuges deben pensar siempre más en términos el uno del otro que cada uno en sí mismo. El egoísmo es el asesino de cualquier relación personal; y esto es especialmente cierto cuando dos personas están vinculadas en el matrimonio.

Somerset Maughan, hablando de su madre, dice que era una persona amable y encantadora, y que todo el mundo la quería. Su padre no era un hombre bien parecido, y tenía pocos dones y gracias sociales. Alguien le dijo una vez a ella: «Cuando todo el mundo está enamorado de ti, y cuando tú podrías tener al que quisieras, ¿cómo puedes seguir siendo fiel a ese monigote feucho de marido que tienes?» Ella contestó sencillamente: «Él nunca hiere mis sentimientos.» No se podría haber hecho mejor elogio.

La verdadera base del matrimonio no es complicada o recóndita; es sencillamente el amor que tiene más en cuenta la felicidad del otro que la propia, el amor que se honra en servir, que puede comprender y, por tanto, que siempre está dispuesto a perdonar. Es decir: es el amor que vemos en Cristo, que sabe que olvidándose de sí mismo se encuentra a sí mismo, y que perdiéndose a sí mismo se completa a sí mismo.

EL IDEAL QUE SE HACE REALIDAD

Mateo 19:10-12

A eso los discípulos Le dijeron a Jesús:

-Si la única razón para el divorcio entre un hombre y una mujer es esa, más vale no casarse.

Jesús les contestó:

-No todos son capaces de aceptar eso, sino solo aquellos a los que se les concede. Hay eunucos que lo son de nacimiento; otros, a los que hacen eunucos los otros, y hay eunucos que se hacen eunucos por causa del Reino del Cielo: El que sea capaz de aplicarse esta enseñanza, que, se la aplique.

Aquí llegamos a una ampliación necesaria de lo que iba antes. Cuando los discípulos oyeron el ideal de matrimonio que Jesús les proponía, se quedaron. desalentados. Les volverían a la mente muchos dichos rabínicos. Los rabinos tenían muchas sentencias sobre los matrimonios desgraciados. «Entre los que no contemplarán el rostro de la gehena estará el que haya tenido una mala mujer.» ¡Tal persona se salvaba del infierno porque ya había expiado sus pecados en la Tierra! «Entre los que tienen una vida que no es vida está el hombre al que domina su mujer.» «Una mala mujer es como la lepra para su marido. ¿Cuál es el remedio? Que se divorcie de ella, y así se curará de su lepra.» Hasta se llegó a establecer: «Si uno tiene una mala esposa, su deber religioso es divorciarse de ella.»

Para hombres acostumbrados a escuchar tales dichos, las demandas de Jesús eran algo terrible. Su reacción fue que, si el matrimonio es una relación vinculante para siempre, y si el divorcio está prohibido, es mejor no casarse, ya que no hay salida, así lo veían ellos, para una mala situación. Jesús da dos respuestas.

(i) Jesús dice claramente que no todo el mundo puede aceptar de hecho esta situación, sino solamente aquellos a los cuales se les ha concedido. En otras palabras, solo un cristiano puede asumir la ética cristiana. Solo la persona que tiene la ayuda continua de Jesucristo y la continua dirección del Espíritu Santo puede edificar la relación personal que demanda el ideal del matrimonio. Solamente con la ayuda de Jesucristo puede uno desarrollar la simpatía, la comprensión, el espíritu de perdón, el amor considerado, que requiere el verdadero matrimonio. Sin esa ayuda estas cosas son imposibles. El ideal cristiano del matrimonio implica el requisito previo de que los cónyuges sean cristianos.

Aquí tenemos una verdad que llega mucho más lejos que su aplicación particular. Siempre estamos oyendo decir: «Aceptamos la ética del Sermón del Monte; pero, ¿Por qué preocuparse de la divinidad de Jesús, de Su Resurrección, de Su presencia resucitada, de Su Espíritu Santo, y toda esa clase de cosas? Estamos de acuerdo en que era un Hombre bueno, y que Su enseñanza es la más elevada que se haya dado jamás. ¿Por qué no dejar ahí la cosa, y vivir de acuerdo con esa enseñanza sin preocuparnos de la teología?» La respuesta es muy sencilla. Nadie puede vivir de acuerdo con la enseñanza de Jesucristo sin Jesucristo. Y si Jesús no era más que un gran hombre bueno, aunque fuera el más grande y el mejor de todos los seres humanos, en el mejor de los casos no es más que un gran ejemplo. Su enseñanza se hace posible solamente con la condición de que Él no está muerto, sino presente aquí y ahora para ayudarnos a llevarla a cabo. La enseñanza de Cristo requiere la presencia de Cristo; si no es así, solo se trata de un ideal imposible -y angustioso. Así que tenemos que arrostrar el hecho de que el matrimonio cristiano es solo posible para cristianos.

(ii) El pasaje termina con un versículo acerca de los eunucos que nos deja perplejos. Es posible que Jesucristo dijera eso en alguna otra ocasión, y que Mateo lo pusiera aquí porque estaba agrupando la enseñanza de Jesús sobre el matrimonio, porque Mateo tenía la costumbre de agrupar la enseñanza sobre cualquier tema particular.

Un eunuco es un hombre que no puede realizar el acto sexual. Jesús distingue tres clases de eunucos. Hay algunos que, por algún defecto o deformidad física, no pueden tener relaciones sexuales. Hay algunos a los que los hombres hacen eunucos. Esto representa prácticas que nos son extrañas a los occidentales. Muy frecuentemente en los palacios reales los siervos, especialmente los que estaban a cargo del harén real, eran castrados. También muy frecuentemente los sacerdotes que servían en los templos eran castrados; eso sucedía, por ejemplo, en el templo de Diana de Éfeso.

A continuación, Jesús menciona a los que se hacen a sí mismos eunucos por causa del Reino de Dios. Hemos de estar seguros de que esto no se ha de tomar literalmente. Una de las tragedias de la Iglesia Primitiva fue el caso de Orígenes. Cuando era joven, tomó este texto literalmente, y se castró, aunque posteriormente se dio cuenta de que había cometido un error. Clemente de Alejandría estuvo muy cerca de hacer lo mismo. Dice: «El verdadero eunuco no es el que no puede, sino el que elige no practicar los deseos de la carne.» En esta frase, Jesús se refería a los que; por causa del Reino de Dios, renuncian voluntariamente al matrimonio y a la paternidad y al amor físico humano.

_¿Cómo puede ser eso? Puede ser que una persona tenga que escoger entre alguna llamada específica y el amor humano. Se ha dicho: «El que viaja más rápido es el que viaja solo.» Una persona puede llegar a la conclusión de que no puede trabajar en algún terrible suburbio viviendo en circunstancias en las que el matrimonio y la familia serían un impedimento. Puede que uno llegue a la conclusión de que debe aceptar la vocación misionera para ir a un lugar al que no puede en conciencia llevar a su esposa e hijos. Otro caso sería el de uno que estuviera enamorado, y entonces se le ofrezca una oportunidad de servicio a pleno tiempo y rendimiento que la persona que ama no podría compartir. Entonces debe escoger entre el amor humano y la tarea a la que Cristo le llama.

Gracias a Dios esa elección no se le presenta a menudo a una persona; pero hay algunos que han asumido voluntariamente votos de castidad, celibato, pureza, pobreza, abstinencia, continencia. Esa no es la conducta corriente de una persona normal, pero el mundo se habría empobrecido si no hubiera habido quienes aceptaran el desafío de vivir en solitario por causa de la obra de Cristo.

EL MATRIMONIO Y EL DIVORCIO

Sería un error dar por terminado este tema sin hacer un esfuerzo para ver lo que quiere decir actualmente para la cuestión del divorcio en nuestros días.

Podemos al principio notar esto. Lo que Jesús estableció fue un principio y no una ley. Convertir este dicho de Jesús en una ley sería malentenderlo seriamente. La Biblia no nos da leyes; nos da principios que debemos aplicar con oración e inteligencia en cualquier situación dada.

Acerca del sábado dice la Biblia: « No hagas en él obra alguna» (Exo_20:10 ). Sabemos muy bien que un cese absoluto del trabajo no fue nunca posible en ninguna. civilización. En una civilización agrícola, hay que atender al ganado, y hay que ordenar las vacas, sea el día que sea. En una civilización desarrollada ciertos servicios públicos tienen que proseguir, o el transporte se interrumpiría, o el agua..y la luz y el calor no estarían disponibles. En cualquier hogar, especialmente donde, hay niños, tiene que haber una cierta medida de trabajo.

Un principio nunca se puede convertir en una ley inflexible; un principio siempre se tiene que aplicar en, una situación individual: Por tanto, no podemos zanjar la cuestión del divorcio simplemente citando las palabras de Jesús. Eso sería legalismo; tenemos que tomar las palabras de Jesús como un principio a aplicar en los casos individuales que se nos presenten. En ese caso, surgen ciertas verdades.

(i) No cabe duda de que el ideal es que el matrimonio sea una unión indisoluble entre dos personas, y que se debe entrar en él como una unión total de dos personalidades, no diseñada para hacer posible un acto solamente, sino para hacer posible toda la vida un compartir satisfactorio y mutuamente realizador. Ese es el principio esencial del que debemos partir.

(ii) Pero la vida no es, ni nunca podrá ser, un asunto completamente nítido y ordenado. En la vida no se puede evitar que se presente a veces el elemento de lo impredictible. Supongamos, pues, que dos personas entran en la relación matrimonial; supongamos que lo hacen con las esperanzas y los ideales más elevados; y también supongamos que algo imprevisto va mal, y que la relación que debería ser la alegría más grande de la vida se convierte en un infierno. Supongamos que se solicita toda la ayuda disponible para remediar esta situación rota y terrible. Supongamos que se llama al médico para que ayude en cuestiones físicas; al psiquiatra, para tratar de problemas psicológicos; al. sacerdote o al pastor para: cosas espirituales. Supongamos que el problema sigue ahí;, su pongamos que uno de los cónyuges del matrimonio está constituido física, mental o espiritualmente de .tal manera que el matrimonio es imposible, y supongamos que el descubrimiento no se podría haber hecho hasta que se hiciera la prueba. ¿Es que. en tal caso estas dos personas han de estar para siempre encadenadas la una a la otra en una situación que no puede sino sumir en la infelicidad a los dos para toda la vida?

Es, sumamente difícil reconocer que tal razonamiento se pueda llamar cristiano; es extremadamente difícil ver a Jesús condenando legalísticamente a dos personas a una situación tal. Esto no es decir que se deba facilitar el divorcio, pero sí que, cuando todos los recursos físicos y mentales y espirituales se han aplicado a la situación, y esta permanece incurable y hasta peligrosa, hay que ponerle un límite; y la iglesia, lejos de considerar a las personas implicadas en tal situación como algo fuera de su responsabilidad, debe hacer algo, debe hacer todo lo posible con energía y ternura para ayudarlas. No parece que haya otra solución más que aplicar el verdadero espíritu de Cristo.

(iii) Pero en este asunto nos encontramos cara a cara con una situación de lo más trágica. Sucede a menudo que las cosas que hacen naufragar el matrimonio son de hecho cosas que la ley no puede tocar. Una persona, en un momento de pasión y falta de control, comete adulterio, y pasa el resto de la vida en vergüenza y en dolor por lo que ha hecho. El que pudiera repetirse su caída es por lo menos posible en el mundo. Otra persona es un modelo de rectitud en público; el cometer adulterio es lo más remoto que podría ocurrirle; y sin embargo, con una crueldad sádica constante, con un egoísmo diario, con una crítica y sarcasmo y crueldad mental constantes, le hace la vida un infierno a los que viven con ella; y lo hace con una determinación encallecida.

Bien podemos recordar que los pecados que aparecen en los periódicos, y los pecados cuyas consecuencias son más obvias, no tienen que ser necesariamente los pecados más graves a los ojos de Dios: Muchos hombres y mujeres arruinan la relación matrimonial; y, sin embargo, presentan ante el mundo exterior una fachada de rectitud impecable.

Todo este asunto es tal que requiere más simpatía y menos condenación, porque el fracaso de un matrimonio es el que menos se ha de plantear en términos legalistas, y más en términos de amor. En este caso; no es tanto la ley lo que hay que mantener, sino el corazón y el alma de las personas: Lo que se requiere es que haya oración y pensamiento antes del matrimonio; que si un matrimonio está en peligro de fracasar, todos los recursos posibles -médicos, psicológicos y espirituales- deben movilizarse para salvarlo; pero que si la situación es irremediable, debe plantearse, no con legalismo rígido, sino con amor comprensivo.

LA BIENVENIDA DE JESÚS A LOS NIÑOS

Mateo 19:13-15

Le trajeron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orara por ellos. Los discípulos hablaron muy ásperamente a los que los traían. Jesús dijo:

Dejad que vengan a Mí los niñitos, y no se lo impidáis; porque es a los que son como ellos a los que pertenece el Reino del Cielo.

Y Jesús puso Sus manos sobre ellos, y luego se marchó de allí.

Bien podemos decir que este es el incidente más simpático de toda la historia evangélica. Todos los personajes resaltan con claridad, aunque este pasaje no ocupa más que tres versículos.

(i) Tenemos a los que trajeron a los niños. Sin duda serían sus madres.

No nos sorprende que quisieran que Jesús les impusiera Sus manos. Habían visto lo que esas manos podían hacer; habían visto que la enfermedad y el dolor desaparecían a su contacto; las habían visto devolver la vista a ojos ciegos, y la paz a mentes angustiadas; y querían que esas manos tocaran a sus hijos. Esta es una de las historias que nos muestran claramente el supremo encanto de la vida de Jesús. Las personas que trajeron los niños no sabrían Quién era Jesús; estarían al tanto de que Jesús era todo menos popular con los escribas y fariseos, y los sacerdotes y saduceos y los representantes de la religión ortodoxa; pero se daban cuenta de que era una Persona extraordinaria.

Premanand cuenta una cosa que le dijo una vez su madre. Cuando Premanand se hizo cristiano, su familia le echó de casa y le cerró las puertas para que no volviera; pero a veces él se introducía para ver a su madre. Ella estaba muy apesadumbrada porque él se había hecho cristiano, pero no por eso dejó de amarle. Le dijo que cuando le llevaba en su vientre, un misionero le había dado un ejemplar de uno de los evangelios. Ella lo había leído, y todavía lo tenía. Le dijo a su hijo que no tenía ningún deseo de hacerse cristiana, pero que a veces, en los días antes de darle a luz, ella anhelaba que su hijo llegara a ser un hombre como Jesús.

Hay algo encantador en Jesucristo que todo el mundo puede ver. Es fácil creer que estas madres de Palestina creían que el toque de un Hombre así en las cabezas de sus niños les traería una bendición, aunque ellas no comprendieran cómo.

(ii) Estaban los discípulos. Los discípulos parece que fueron ásperos y hoscos; pero, si lo fueron, fue el amor lo que los movió. Su deseo era proteger a Jesús. Veían lo cansado que estaba; veían lo que Le costaba impartir sanidad. Les hablaba a menudo acerca de una cruz, y ellos tienen que haber notado en Su cara la tensión de Su corazón y alma. Lo único que querían era que no se molestara a Jesús. Eso era lo único que podían pensar entonces: que los niños eran una molestia para el Maestro. No debemos pensar que eran duros, ni condenarlos; lo único que querían era librar a Jesús de otra de esas demandas insistentes que siempre estaban drenando Sus fuerzas.

(iii) Está el mismo Jesús. Esta historia nos revela mucho acerca de Él.

Era la clase de Persona que aman los niños. George Macdonald solía decir que nadie puede ser seguidor de Cristo si a los niños les da miedo jugar a su puerta. Seguro que Jesús no era un asceta ceñudo, si los niños Le amaban. Además, para Jesús nadie carecía de importancia. Algunos podrían decir: « No es más que un niño. No le dejes que te moleste.» Pero Jesús no diría eso nunca. Nadie fue jamás una molestia para Jesús. Él no estaba nunca demasiado cansado u ocupado para darse totalmente a cualquier persona que Le necesitara. Hay una extraña diferencia entre Jesús y muchos famosos predicadores y evangelistas. A menudo es punto menos que imposible llegar a su presencia. Tienen una especie de cortejo y de guardaespaldas para mantener a la gente a distancia para que no cansen ni molesten al gran hombre. Jesús era todo lo contrario. El camino a Su presencia siempre estaba abierto para la persona más humilde y el chiquillo más pequeño.

(iv) Estaban los niños. Jesús decía de ellos que estaban más cerca de Dios que nadie más. La sencillez del niño está, desde luego, más próxima a Dios que ninguna otra cosa. La tragedia de la vida es que, a medida que nos hacemos mayores, nos vamos alejando de Dios en lugar de irnos acercando a Él.

LA GRAN RENUNCIA

Mateo 19:16-22

Y, fijaos: Un hombre se Le acercó a Jesús y Le dijo: Maestro, ¿qué tengo yo que hacer que sea bueno para poseer la vida eterna?

-¿Por qué Me preguntas acerca de lo bueno? -le dijo Jesús-. No hay más que Uno que es bueno. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.

El hombre Le dijo a Jesús:

-¿Qué clase de mandamientos?

Jesús le contestó:

-«No mates; no cometas adulterio; no robes; honra a tu padre y a tu madre.» Y «Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo.»

El joven Le dijo: -Todo eso ya lo he cumplido. ¿Qué más me falta? Jesús le contestó:

-Si quieres ser íntegro, anda, vende todas tus posesiones, y dales el producto a los pobres, y tendrás tesoro en el Cielo; ¡y entonces ven, y sígueme!

Cuando el joven oyó estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas posesiones.

Aquí tenemos una de las historias más conocidas y apreciadas del Evangelio. Una de las cosas más interesantes acerca de ella es la manera que la mayor parte de nosotros, inconscientemente, reunimos diferentes detalles tomados de los diferentes evangelios para tener el cuadro completo. Por lo general la llamamos la Historia del Joven Rico, o del Joven Gobernante.

Todos los evangelios nos dicen que este hombre era rico, porque ese es el detalle característico de la historia; pero solo Mateo dice que fuera joven (Mat_19:20; Mat_19:22 ); y sólo Lucas dice que fuera un gobernador (Luk_18:18 ). Es interesante comprobar que, inconscientemente, nos hemos hecho una escena compuesta con elementos tomados de los tres evangelios (Mat_19:16-22 ; Mar_10:17-22 ; Luk_18:18-23 ).

Hay otro detalle interesante en esta historia. Mateo altera la pregunta que el hombre Le hizo a Jesús. Tanto Marcos como Lucas dicen que la pregunta fue: « ¿Por qué Me llamas bueno? No hay nadie que sea bueno más que Dios» (Mar_10:18 ; Luk_18:19 ). Mateo dice: «¿Por qué Me preguntas acerca de lo bueno? -le dijo Jesús-. No hay más que Uno que es bueno» (Mat_19:17 ). (La versión Reina-Valera comete aquí un error, aunque en la edición del ‹95 lo corrige en una nota, como otras versiones modernas). El de Mateo es el último de los tres primeros evangelios, y su respeto a Jesús es tal que no puede soportar presentar a Jesús haciendo la pregunta: «¿Por qué Me llamas bueno?» Eso casi le sonaba como si Jesús rechazara que se Le llamara bueno, así que lo cambió por: «¿Por qué Me preguntas acerca de lo bueno?» a fin de evitar la posible irreverencia.

Esta historia enseña una de las lecciones más profundas, porque contiene la base total de la diferencia entre la idea correcta y la equivocada de lo que es la religión.

El hombre que vino a Jesús estaba buscando lo que él llamaba la vida eterna. Estaba buscando la felicidad, la satisfacción, la paz con Dios. Pero la misma manera de hacer la pregunta le delató. Él preguntó: « ¿Qué debo yo hacer?» Estaba pensando en términos de obras. Era como los fariseos: pensaba en términos de reglas y normas. Estaba pensando en engrosar su balance de crédito con Dios cumpliendo las obras de la Ley. Está claro que no sabía nada de una religión de gracia, así que Jesús trató de conducirle al punto de vista correcto.

Jesús le contestó en sus propios términos. Le dijo que cumpliera los mandamientos. El hombre Le preguntó qué clase de mandamientos. A eso Jesús citó cinco de los diez mandamientos. Aquí hay dos cosas importantes acerca de los mandamientos que Jesús escogió citar.

La primera es que eran todos de la segunda tabla, los que tratan no de nuestro deber para con Dios, sino de nuestro deber para con los hombres. Son los mandamientos que gobiernan nuestras relaciones personales, y nuestra actitud para con nuestros semejantes. ,

La segunda es que Jesús cita un mandamiento, como si dijéramos, fuera de sitio. Cita el mandamiento de honrar a los padres el último, cuando de hecho debería ser el primero. Está claro que Jesús quería hacer hincapié especialmente en ese mandamiento. ¿Por qué? ¿No sería porque este joven se había hecho rico y había tenido éxito en su carrera, y luego se había olvidado de sus padres, que puede que fueran muy pobres? Puede que subiera en el mundo, y que se medio avergonzara de los de su propio hogar; y también puede que se justificara a sí mismo perfectamente mediante la ley del korbán que Jesús había condenado tan irremisiblemente (Mat_15:1-6 ; Mar_7:9-13 ). Estos pasajes muestran que él podía muy bien haber hecho eso, y todavía pretender que había obedecido los mandamientos. En el mismo mandamiento que cita, Jesús le está preguntando a este joven cuál era su actitud para con sus semejantes y para con sus padres; es decir, cómo eran sus relaciones personales.

La respuesta del joven fue que él había cumplido esos mandamientos; y sin embargo había todavía algo que él sabía que debía tener y no tenía. Así que Jesús le dijo que lo vendiera todo, que se lo diera a los pobres y que Le siguiera.

Sucede que tenemos otro relato de este incidente en el Evangelio según los Hebreos, que fue uno de los evangelios primitivos, que no logró entrar en el Nuevo Testamento. Su relato nos da una información adicional valiosa. Aquí está:

El segundo de los ricos Le dijo: «Maestro, ¿Qué buena cosa puedo yo hacer para vivir?» Él le dijo: «Oh hombre, cumple la Ley y los Profetas.» Él Le contestó: «Los he guardado.» El le dijo: «Ve, vende todo lo que posees, y distribúyeselo a los pobres, y ven, sígueme.» Pero el hombre rico empezó a rascarse la cabeza, y no le agradó. Y el Señor le dijo: «¿Cómo dices tú: «He guardado la Ley y los Profetas»? Porque está escrito en la Ley: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»; y he aquí, muchos de tus hermanos, hijos de Abraham, se visten de harapos, se mueren de hambre, y tu casa está llena de muchas cosas buenas; pero ninguna de ellas sale hacia ellos. «

Aquí está la clave de todo el, pasaje. El Joven Rico pretendía haber cumplido la Ley. En un sentido legalista, aquello podría ser cierto; pero en el sentido espiritual, no lo era, porque su actitud hacia sus semejantes era errónea. En último análisis, su actitud era totalmente egoísta. Fue por eso por lo que Jesús le hizo enfrentarse con el desafío de vender todo y dárselo a los pobres. Este hombre era prisionero de sus posesiones de tal manera que nada que no fuera una incisión quirúrgica para separarle de ellas sería suficiente. Si una persona considera sus posesiones como algo que le ha sido dado exclusivamente para su propia comodidad y conveniencia, son una cadena que le hace falta romper; si viera sus posesiones como un medio para ayudar a otros, serían su corona.

La gran verdad de esta historia radica en la manera en que ilumina el sentido de la vida eterna. La vida eterna es la vida de Dios. La palabra eterno es aiómos, que no quiere decir lo que dura para siempre, sino algo que corresponde a Dios, o que pertenece a Dios, o que es una característica de Dios. La gran característica de Dios es que Él, de tal manera amó, que dio. Por tanto, la esencia de la vida eterna no es una observancia calculada cuidadosamente de los mandamientos y las reglas y las normas; la vida eterna se basa en una actitud de amor y generosidad sacrificial para con nuestros prójimos. Si quisiéramos encontrar la vida eterna, la felicidad, el gozo, la paz de la mente y la serenidad del corazón, no sería amontonando una balanza de crédito con Dios, guardando mandamientos y observando leyes y normas; sería reproduciendo la actitud del amor y del cuidado de Dios para con nuestros semejantes. Seguir a Cristo y en gracia y generosidad servir a las personas por las cuales Cristo murió son la misma cosa.

Por último, el Joven Rico volvió la espalda con gran tristeza. No aceptó el desafío, porque tenía muchas posesiones. Su tragedia era que amaba las cosas más que a las personas; y se amaba a sí mismo más de lo que amaba a otros. Cualquier persona que ponga las cosas por delante de las personas, y al yo antes que a los demás, debe volver la espalda a Jesucristo.

EL PELIGRO DE LA RIQUEZA

Mateo 19:23-26

Jesús les dijo a sus discípulos:

-Esto que os. digo es la pura verdad: ¡Qué difícil le es a un rico entrar en el Reino del Cielo! Y otra vez os lo repito: Es más fácil que pase un. camello por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reinó del Cielo.

Cuando los discípulos oyeron esto, se quedaron alucinados.

Entonces, ¿qué rico conseguirá salvarse? -dijeron. Y Jesús Se los quedó mirando, y les dijo:

-Para los hombres, es imposible; pero a Dios todas las cosas Le son posibles.

El caso del Joven Rico arrojaba una luz clara y trágica sobre el peligro de la riqueza; ahí estaba un hombre que había hecho la gran repulsa porque tenía muchas posesiones. Jesús ahora pasa a hacer hincapié en este peligro. «Es difícil les dijo para un rico entrar en el Reino del Cielo.»

Para ilustrar lo difícil que era, puso una metáfora gráfica. Dijo que le era tan difícil a un rico entrar en el Reino del Cielo como le sería a un camello pasar por el ojo de una aguja. Se han propuesto diversas explicaciones ala imagen que Jesús trazó.

El camello era el animal más grande que conocían los judíos. Se dice que algunas veces había dos puertas en las ciudades amuralladas. Una era la gran puerta principal por la que entraba y salía todo el tráfico y el comercio. Al lado había a veces una portezuela baja y estrecha. Cuando la principal estaba cerrada y guardada por la noche, la única manera de entrar en la ciudad era por la puerta pequeña, por la que hasta una persona casi no podía pasar erguida. Se dice que a veces llamaban a la portezuela «el ojo de la aguja.» Así que se sugiere que Jesús estaba diciendo que le era tan difícil a un rico entrar en el Reino del Cielo como a un corpulento camello pasar por la portezuela por la que casi no podía entrar una persona.

Hay otra sugerencia muy atractiva. La palabra griega para camello es kamélos; y la palabra griega para una guindaleza de barco es kamilos. Fue característico del griego helenístico que los sonidos vocálicos tendieron a perder sus diferencias claras, y a parecerse más entre sí. En ese griego casi no habría ninguna diferencia notoria entre los sonidos de la e y de la i. Los dos se pronunciarían como la i en castellano. Así que lo que Jesús puede que dijera es que le era tan difícil a un rico entrar en el Reino del Cielo como sería enhebrar una aguja de coser con una guindaleza. Esa también sería una metáfora clara.

Pero lo más probable es que Jesús utilizara la metáfora literalmente, y que de hecho dijera que le era tan difícil a un rico entrar en el Reino del Cielo como a un camello pasar por el ojo de una aguja. ¿Por qué esa extrema dificultad? Las riquezas tienen tres efectos principales en la actitud de una persona.

(i) La riqueza produce una falsa independencia. Si uno tiene una buena provisión de bienes de este mundo, puede que se crea capaz de resolver cualquier situación que se le pueda presentar.

Hay un ejemplo claro de esto en la carta a la Iglesia de Laodicea en Apocalipsis. Laodicea era la ciudad más rica de Asia Menor. Fue destruida por un terremoto en el año 90 a C. El gobierno romano ofreció ayuda y una gran suma de dinero para reconstruir los edificios afectados. Laodicea rehusó, diciendo que ella era muy suficiente para resolver la situación por sí misma. «Laodicea -dijo el historiador romano Tácito se levantó de sus ruinas totalmente con sus propios recursos y sin ninguna ayuda nuestra» El Cristo Resucitado oyó decir a Laodicea: «Yo soy rica, he prosperado, y no me hace falta nada» (Rev_3:17 ). El dramaturgo inglés Walpole acuñó el cínico epigrama de que todo hombre tiene su precio. Si un hombre es rico, se figura que todo tiene un precio, y si quiere algo, no tiene más que comprarlo; y que si se le presenta una situación difícil, puede encontrar la salida. Puede llegar a pensar que puede comprar el derecho a la felicidad y la exclusión de la aflicción. Así es que llega a pensar que Dios no le hace ninguna falta, y que es perfectamente capaz de resolverse la vida por sí mismo. Llega un punto cuando descubre que eso es una ilusión, que hay cosas que no se pueden comprar con dinero, y cosas de las que el dinero no nos puede salvar. Pero siempre existe el peligro de que las muchas posesiones produzcan la falsa independencia que considera -hasta que se entera de lo contrario- que ha eliminado la necesidad de Dios.

(ii) La riqueza encadena al hombre a este mundo. « Donde esté vuestro tesoro -dijo Jesús-, allí estará también vuestro corazón» (Mat_6:21 ). Si todo lo que una persona desea se encuentra en este mundo, si todos sus intereses están aquí, no piensa nunca en el otro mundo ni en el más allá. Si una persona tiene un interés demasiado grande en la Tierra, puede llegar a olvidarse de que hay un Cielo. Después de una visita a un cierto castillo y estado rico y lujoso, el doctor Johnson observó sobriamente: «Estas son las cosas que le hacen a uno difícil morir.» Es perfectamente posible que un hombre esté tan interesado en cosas terrenales que olvide las celestiales, que esté tan involucrado en las cosas que se ven que olvide las cosas que no se ven -y ahí está la tragedia, porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.

(iii) La riqueza tiende a hacer a la persona egoísta. Por mucho que tenga una persona, es humano desear tener todavía más; porque, como se ha dicho epigramáticamente: «Suficiente es siempre un poco más de lo que se tiene.» Además, una vez que uno ha disfrutado de comodidad y lujo, siempre tiende a temer el día en que los pueda perder. La vida se convierte en una pelea preocupada y tensa para retener lo que se tiene. El resultado es que, cuando uno se hace rico, en vez de tener el impulso de dar, a menudo tiene el de retener. Su instinto es amasar más y más cosas, porque cree que le darán la seguridad. El peligro de la riqueza es que tiende a hacer que uno se olvide de que pierde lo que guarda, y gana lo que da.

Pero Jesús no dijo que era imposible que un rico entrara en el Reino del Cielo. Zaqueo era uno de los hombres más ricos de Jericó, e inesperadamente encontró la entrada (Luk_19:9 ). José de Arimatea era rico (Mat_27:57 ); Nicodemo debe de haber sido muy rico, porque compró especias para ungir el cuerpo muerto de Jesús que costaban el rescate de un rey Joh_19:39 ). No son los que tienen riqueza los que quedan excluidos. No es que la riqueza sea un pecado -pero están en peligro. La base de todo el Cristianismo es un sentimiento imperioso de necesidad; cuando una persona tiene muchas cosas en la Tierra, corre peligro de creer que no necesita a Dios; cuando una persona tiene pocas cosas en la Tierra, a menudo se arroja en los brazos de Dios porque no tiene otro al que acudir.

RESPUESTA SABIA A PREGUNTA ERRÓNEA

Mateo 19:27-30

Entonces Pedro Le dijo a Jesús:

Fíjate: Nosotros lo hemos dejado todo para seguirte. ¿Qué vamos a sacar?

Jesús le contestó:

-Cuando se regeneren todas las cosas, y cuando el Hijo del Hombre Se siente en Su trono glorioso, vosotros también, los que Me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o tierras por Mi nombre, recibirá el ciento por uno y entrará a poseer la vida eterna. Pero muchos que estaban los primeros estarán los últimos, y muchos que estaban los últimos estarán los primeros.

Habría sido natural, humanamente hablando, no hacer caso de la pregunta de Pedro, y hasta darse por ofendido. En cierto sentido, era una pregunta de lo más impertinente. Para decirlo claro, Pedro estaba preguntando: «¿Qué vamos a sacar por seguirte?» Jesús podría muy bien haber dicho que los que Le siguieran con esa actitud no tenían ni la menor idea de lo que era seguirle. Y sin embargo, era una pregunta natural. Es verdad que habría una reprensión implícita en la parábola que Jesús contó a continuación; pero no le echó la bronca a Pedro. Aceptó su pregunta, y de ella dedujo tres grandes leyes de la vida cristiana.

(i) Siempre es verdad que el que comparte la campaña de Cristo compartirá la victoria de Cristo. En las campañas humanas, muchas veces resulta que los soldados que pelearon en la batallas son olvidados en cuanto termina la guerra y se ha ganado la victoria, porque ya no se necesitan para nada. En las campañas humanas ha sido verdad muchas veces que los hombres que lucharon para hacer un país en el que los héroes pudieran vivir, encontraron que ese mismo país se había convertido en un lugar en el que los héroes se podían morir de hambre. Eso no pasa con Jesucristo. El que comparte la campaña de Cristo, compartirá el triunfo de Cristo; y el que lleva la Cruz, llevará la corona.

(ii) Es siempre cierto que el cristiano recibirá mucho más de lo que haya tenido que dejar; pero lo que reciba no serán posesiones materiales, sino una nueva compañía, humana y divina.

Cuando uno se hace cristiano, entra en una nueva comunidad humana. Mientras exista una iglesia cristiana, un cristiano no debe tener falta de amigos. Si su decisión por Cristo ha supuesto tener que renunciar a amigos, también debería querer decir que ha entrado en un círculo más amplio de amistad que el que conoció antes. Debería ser cierto que no hay apenas ningún pueblo o aldea o ciudad en ningún sitio en el que el cristiano se pueda sentir solo. Porque donde hay una iglesia, hay una comunidad en la que él tiene derecho a incorporarse. Puede que el cristiano que es forastero sea demasiado tímido para introducirse como es debido; puede que la iglesia del lugar al que ha llegado el forastero se haya convertido en un club privado más de la cuenta, para abrirle sus brazos y sus puertas. Pero, si el ideal cristiano se está haciendo realidad, no hay lugar en todo el mundo con una iglesia cristiana en el que el cristiano individual se pueda sentir solo o aislado. Simplemente por el hecho de ser cristiano ha entrado a formar parte de una compañía que se extiende hasta los últimos confines de la Tierra.

Además, cuando uno se hace cristiano entra en una nueva comunidad divina. Entra a poseer la vida eterna, la vida que es la misma vida de Dios. De otras cosas podrá verse separado un cristiano, pero nunca puede estar separado del amor de Dios en Cristo Jesús su Señor.

(iii) Por último, Jesús establece que habrá sorpresas en las asignaciones finales. Los baremos de Dios no son como los de los hombres, aunque no sea nada más que porque Dios ve los corazones de las personas. Hay un nuevo mundo en el que se han de enderezar los tuertos del antiguo; hay una eternidad para rectificar los malentendidos del tiempo. Y puede que los que fueron humildes en la Tierra sean grandes en el Cielo, y que los que fueron grandes en este mundo sean humildes en el mundo por venir.

Mateo 19:1-30

19.3-12 Juan fue a la cárcel y murió por expresar en público sus opiniones sobre el matrimonio y el divorcio, y los fariseos esperaban atrapar también a Jesús. Trataron de hacerle caer en la trampa de adoptar una postura en una controversia teológica. Dos grupos principales tenían puntos de vista opuestos sobre el divorcio. Un grupo defendía el divorcio casi por cualquier razón. El otro creía que el divorcio podía permitirse sólo en caso de infidelidad conyugal. El conflicto giraba alrededor de la interpretación de Deu_24:1-4. Pero en su respuesta, Jesús se refirió más al matrimonio que al divorcio. Subrayó que la intención de Dios siempre había sido que el matrimonio fuera permanente y para manifestar su importancia dio cuatro razones (Deu_19:4-6).

19.7, 8 Esta ley se halla en Deu_24:1-4. En los tiempos de Moisés, así como en el de Jesús, la práctica del matrimonio se alejó mucho de la intención de Dios. Lo mismo sucede hoy. Jesús dijo que Moisés dio esta ley sólo porque el corazón de la gente estaba endurecido (naturaleza pecaminosa). El matrimonio permanente era la intención de Dios, pero como la naturaleza humana hizo inevitable el divorcio, Moisés instituyó algunas leyes para ayudar a las víctimas. Eran leyes civiles designadas especialmente para proteger a las mujeres que, en esa cultura, se convertían en vulnerables al vivir solas.

Con la ley de Moisés, un hombre ya no podría echar fuera a una mujer con facilidad, sino que debía escribir una carta formal de separación. Fue un paso radical hacia los derechos civiles, pues hacía que los hombres pensaran dos veces antes de divorciarse. Dios diseñó el matrimonio para que fuera indisoluble. En lugar de estar buscando excusas para dejar al otro, las parejas debieran concentrarse en hallar una forma de permanecer juntos (Deu_19:3-9).

19.10-12 A pesar de que el divorcio fue relativamente fácil en los tiempos del Antiguo Testamento (19.7), no es lo que originalmente Dios quiso. Las parejas deben oponerse al divorcio desde el principio y construir su matrimonio sobre la base de un pacto mutuo. Existen también muchas buenas razones para no casarse, una de ellas es disponer de más tiempo para trabajar en favor del Reino de Dios. No dé por sentado que Dios quiere que todos se casen. Para muchos puede ser mejor que no. Busque en oración la voluntad de Dios antes de lanzarse a un compromiso matrimonial de por vida.

19.12 Un «eunuco» es un hombre castrado, un hombre sin testículos.

19.12 Algunos tienen ciertas limitaciones físicas que les impiden casarse, mientras que otros no se casan porque en su caso particular pueden servir mejor a Dios como solteros. Jesús no nos estaba enseñando a evitar el matrimonio porque no fuera bueno ni porque limita nuestra libertad. Eso sería egoísmo. Un buen motivo de permanecer solo es desear usar el tiempo y la libertad para servir a Dios. Pablo habla de esto en 1 Corintios 7.

19.13-15 Los discípulos debieron haber olvidado lo que Jesús dijo acerca de los niños (18.4-6). Jesús quería que los niños se le acercaran porque los ama y porque tienen la actitud que uno necesita para acercarse a Dios. Jesús no quiso decir que el cielo es sólo para los niños, sino que la gente requiere actitudes semejantes a las de un niño para confiar en Dios. La receptividad de los niños era un contraste notable con la obstinación de los líderes religiosos que permitieron interponer su sofisticación y educación religiosa en la vía de la fe simple, necesaria para creer en Jesús.

19.16 Este hombre quería tener la seguridad de que poseía vida eterna. Jesús le mostró que no podía salvarse por medio de las buenas obras que no están basadas en el amor a Dios. Este hombre necesitaba un nuevo punto de partida. En vez de buscar un nuevo mandamiento que cumplir o una buena obra que realizar, este joven necesitaba someterse humildemente al señorío de Cristo.

19.17 En respuesta a la pregunta del joven de cómo tener vida eterna, Jesús le dijo que debía guardar los Diez Mandamientos. Luego Jesús hizo referencia a seis de ellos, todos relacionados con el trato con otros. Cuando el joven replicó que los había guardado, Jesús le dijo que le faltaba algo más: vender todo y dar el dinero a los pobres. Esto inmediatamente puso de relieve la debilidad del hombre. En realidad, su riqueza era su dios, su ídolo, y no lo iba a rechazar. Estaba violando el primero y gran mandamiento (Exo_20:3; Mat_22:36-40).

19.21 Cuando Jesús le dijo al joven rico «que sería perfecto» si daba todo lo que tenía a los pobres, no hablaba en el sentido humano, temporal. Hablaba de cómo alcanzar justificación, integridad total, ante los ojos de Dios.

19.21 ¿Deben los creyentes vender todo lo que poseen? No. Tenemos la responsabilidad de mantener a nuestros familiares y a nosotros mismos, de manera que no seamos carga para otros. Debemos, sin embargo, estar dispuestos a dejar lo que Dios nos pida. Esta clase de actitud nos permite evitar que lo material se interponga entre Dios y nosotros, y nos libra de usar en forma egoísta lo que Dios nos da.

19.24 Al rico le es tan difícil entrar en el cielo como a un camello atravesar el ojo de una aguja. Sin embargo, explicó Jesús, «para Dios todo es posible» (19.26). Aun los ricos pueden entrar en el Reino si Dios los hace entrar. Fe en El, no en el yo o en los ricos, es lo que vale. ¿En qué está confiando usted en cuanto a salvación?

19.25, 26 Los discípulos quedaron confundidos. Si alguien podía salvarse, pensaban, era un rico, pues para los judíos los ricos eran los más bendecidos por Dios.

19.27 En la Biblia, Dios otorga premios a su pueblo de acuerdo a su justicia. En el Antiguo Testamento, la obediencia muchas veces traía aparejada recompensas en esta vida (Deuteronomio 28), pero la obediencia y la recompensa no siempre están ligadas. Si lo estuvieran, la gente buena siempre sería rica y el sufrimiento sería siempre señal de pecado. Como creyentes, nuestra recompensa real es la presencia de Dios y el poder por medio del Espíritu Santo. Luego, en la eternidad, seremos premiados por nuestra fe y servicio. Si hubiera premios materiales en esta vida por cada obra fiel, estaríamos tentados a jactarnos de nuestros logros y mancharíamos nuestras motivaciones.

19.29 Jesús aseguró a los discípulos que cualquiera que dejara algo valioso por El será recompensado muchas veces más en esta vida, aunque no necesariamente en la misma forma. Por ejemplo, una persona puede perder a su familia al aceptar a Cristo, pero gana una familia más numerosa: los creyentes.

19.30 Jesús invirtió el orden de los valores mundanos. Piense en las personas más poderosas y conocidas en nuestro mundo. ¿Cuántas de ellas lograron su posición por ser dóciles, bondadosos, intachables? ¡No muchos! Pero en la vida venidera, el último será primero, si está en el último lugar por haber escogido seguir a Cristo. No pierda premios eternos por beneficios temporales. Predispóngase a hacer sacrificios ahora para obtener recompensas mayores más tarde. Esté dispuesto a aceptar la censura del hombre por obtener la aprobación de Dios .

JESUS Y EL PERDON

El paralítico que fue descendido del techo: Mat_9:2-8

La mujer tomada en adulterio: Joh_8:3-11

La mujer que ungió sus pies con aceite: Luk_7:47-50

Pedro, por haber negado que conocía a Jesús: Joh_18:15-18, Joh_18:25-27; Joh_21:15-19

El ladrón en la cruz: Luk_23:39-43

La gente que lo crucificó: Luk_23:34

Jesús no solamente enseñó, con frecuencia, acerca del perdón sino que también demostró disposición para perdonar.

Mateo 19:1-15

Dos son los asuntos de que trata este pasaje: la relación mutua de los cónyuges es el uno, el estado espiritual de los niños es el otro.

Imposible seria exagerar la importancia de estos dos asuntos. Con ellos están íntimamente vinculados el bienestar de las naciones y la dicha de la sociedad.

Una nación no es otra cosa que una colectividad de familias; y el buen orden que debe reinar en la familia depende de la veneración que se tenga por el lazo del matrimonio y de la acertada educación de los niños.

Relativamente al matrimonio nuestro Señor enseñó, que la unión de los cónyuges no debe ser jamás disuelta, salvo el caso en que ocurra la más poderosa de las causas, es a saber, la infidelidad.

En los días en que nuestro Señor estuvo en la tierra los judíos permitían el divorcio por los motivos más frívolos y baladíes. Esa práctica, aunque tolerada por Moisés para prevenir mayores males, tales como la violencia y el homicidio, había degenerado en enormes abusos, y había dado ocasión, sin duda, a muchas inmoralidades. Mal_2:14, Mal_2:16. La observación que los discípulos hicieron a nuestro Señor demuestra hasta donde había llegado el envilecimiento de la conciencia pública, acerca de dicho asunto. «Si así es,» dijeron, «la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse.» ¡Qué lenguaje tan extraño en boca de unos apóstoles! Nuestro Señor estableció para guía de sus discípulos una norma muy distinta. Primeramente apoyó su precepto en la institución originaria del matrimonio, y citó un pasaje del Génesis, en el cual se describe la creación del hombre y la unión de Adán y Eva, como prueba de lo elevado de la relación de los cónyuges.

Luego para dar más fuerza a la cita añade de su parte estas palabras: «Lo que Dios juntó no lo separe el hombre.» Y, por último, culpa como violadores del sétimo mandamiento a los que contraigan matrimonio después de haberse divorciado por causas de poca monta.

Toca, pues, a los cristianos mirar con profundo respecto el estado del matrimonio. Ese estado fue instituido en el paraíso cuando el hombre gozaba de su prístina inocencia, y ha sido elegido por el Espíritu divino como símbolo de la unión mística que existe entre Cristo y la iglesia. Solo la muerte debiera terminarlo. Ninguno debe adoptarlo de una manera irreflexiva, precipitada o temeraria; sino con madurez, cordura y discreción. Los matrimonios contraídos sin la reflexión debida son no solo una causa fértil de desgracias, sino también de pecados.

Con respecto a los niños nuestro Señor aleccionó a sus discípulos de palabra y con hechos, por medio de preceptos y por medio del ejemplo. Los niños que le presentaron para que les pusiese las manos y orase eran evidentemente pequeñuelos infantes, demasiado tiernos para entender sus preceptos; más no para recibir los beneficios resultantes de la oración. Según parece, los discípulos creyeron que no eran dignos de que el Señor se apercibiese de ellos. Mas El, en contestación, pronunció estas solemnes palabras: «Dejad a los niños, y no les impidáis de venir a mí; porque de los tales es el reino de los cielos..

¡Qué cuadro tan interesante e instructivo el que este pasaje nos presenta! Es bien sabido cuan delicados en todos sentidos son los niños. De todas las criaturas que en el mundo nacen, ninguna necesita de tantos cuidados. Y ¿quién fue El que atendió tanto a los niños que le presentaron y El que, en medio de la ardua tarea de instruir y hacer bienes a los adultos, condescendió en poner sus manos sobre ellos y bendecirlos? Fue el Hijo eterno de Dios, el Sumo Sacerdote, el Rey de reyes.

Nuestro Señor, pues, cuida con ternura de las almas de los niños. Aunque sean pequeñitos no son indignos de sus atenciones. Su infinito amor alcanza al niño en la cuna así como al rey en su trono. El sabe que cada uno encierra dentro de su cuerpecito un principio inmortal, imperecedero, que sobrevivirá a las pirámides de Egipto y verá al sol y la luna apagar su resplandor en el postrer día. Apoyados en un pasaje como éste podemos abrigar la esperanza bien fundada de que todos los que mueran en la infancia se salven. «De los tales es el reino de los cielos..

Mateo 19:16-22

En estos versículos se nos relata una conversación que tuvo lugar entre nuestro Señor y un joven que ocurrió a El para hacerle preguntas acerca de la vida eterna.

Ese episodio nos enseña primeramente, que puede suceder que una persona tenga deseos de obtener la salvación y sin embargo no la obtenga. El joven acudió de motu proprio a Cristo en un día en que abundaba la incredulidad, y esto no para que le curase de alguna enfermedad, o para pedir socorro para algún hijo, sino para hacer indagaciones acerca de su propia alma. Dio principio a la entrevista con estas palabras: «Maestro bueno, ¿qué bien haré para obtener la vida eterna?» Y sin embargo, más tarde ese mismo joven se «fue triste;» y nada se nos dice que demuestra que se hubiera convertido Es menester tener presente que la gracia que salva no consiste solo en abrigar buenos sentimientos. Un hombre puede haber percibido la verdad mentalmente; puede haber experimentado remordimientos de conciencia; puede haber sentido dentro de su pecho emociones religiosas (como por ejemplo recelo acerca de su alma) en grado tal que hasta haya derramado lágrimas de dolor; y, a pesar de todo, puede acontecer que permanezca sin convertirse. La obra del Espíritu Santo abarca algo más que esto.

Aun más, las buenas emociones no solo no forman por sí solas la gracia que salva, sino son realmente funestas en sus resultados si, contentándonos con ellas, no obramos a la par que sentimos. El obispo Butler observó que las impresiones que pasivamente se reciben, pierden su fuerza gradualmente; en tanto que las acciones cambian el modo de ser del hombre.

También nos enseña el episodio cíe que nos ocupamos que las personas no convertidas son a menudo extremadamente ignorantes en cuanto a asuntos espirituales. Nuestro Señor llamó la atención de su interlocutor a la eterna ley que señale la distinción entre el bien y el mal, la ley moral. Habiéndolo oído preguntar con tanta osadía qué haría, lo sometió a prueba dándole un precepto que le serviría para acertar cuál era el verdadero estado de su corazón. «Si quieres entrar en la vida,» le dijo, « guarda los mandamientos,» y luego le repitió la segunda tabla de la ley. Al punto el joven replicó: «Todo esto he guardado desde mi mocedad: ¿qué más me falta?» Ignoraba tanto la espiritualidad de los estatutos de Dios, que jamás dudó de haberlos cumplido perfectamente. No parecía apercibirse de que los mandamientos tienen referencia a los pensamientos y palabras, así como a los hechos, y que si Dios hubiera entrado en juicio con él no « le habría podido responder a una cosa de mil.» Job_9:3.

De lo acontecido al mancebo que acudió a Jesús se infiere que un ídolo entronizado en el corazón puede perder para siempre al alma. Nuestro Señor, que sabia lo que pasa en el interior del hombre, mostró al fin a su interlocutor cuál era su pecado dominante. La misma voz que dijo a la mujer de Samaría que fuera a llamar a su marido, dijo al mancebo: «Anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres.» Al punto se reveló en que consistía la debilidad de su carácter: resultó que a pesar de todos sus deseos de obtener la vida eterna había algo que amaba más que su alma, y ese algo era su dinero. No salió bien de la prueba. La historia termina con estas sombrías palabras: «Se fue triste, porque tenia muchas posesiones..

Examinémonos a nosotros mismos al terminar este pasaje. Veamos hasta dónde puede aplicarse a nuestras almas. ¿Somos sinceros en los deseos que manifestamos de ser verdaderos cristianos? ¿Hemos renunciado a todos nuestros ídolos? ¿No hay algún pecado secreto que asimos con tenacidad y rehusamos abandonarlo? ¿No hay cosa o persona alguna que amamos en secreto más que a Cristo? Si muchos oyentes del Evangelio sufren dudas y zozobras es por causa de su idolatría espiritual. Con razón dijo San Juan: « Guardaos de los ídolos.» 1Jo_5:21.

Mateo 19:23-30

La primera idea que en este pasaje se nos sugiere es, que Las riquezas suelen ser peligrosas para las almas de los que las poseen.

Sí, las riquezas que todos desean adquirir son a menudo en extremo perjudiciales al hombre, ocasionándole fuertes tentaciones y absorbiéndole todos sus pensamientos y afectos. Cierto es que puede hacerse buen uso de ellas, mas por cada uno que las emplea bien hay mil que las emplean mal y que perjudican con ellas tanto a los demás como a sí mismos. Que el hombre del mundo convierta al dinero en ídolo, y crea que el que lo tuviere en mayor cantidad es más feliz; empero, el cristiano que dice que tiene tesoros en el cielo, debe abstenerse firmemente de tomar parte con los incrédulos en el culto que le rindan. El mejor hombre a los ojos de Dios no es el que tiene más oro, sino el que posee mayor suma de la gracia divina.

El segundo pensamiento que en este pasaje se nos sugiere es, que la gracia de Dios obra en el alma humana con un poder sin límites. Los discípulos se asombraron cuando oyeron lo que nuestro Señor dijo acerca de los ricos. Sus palabras eran tan diametralmente opuestas a las ideas que ellos tenían de las ventajas de las riquezas, que no pudieron menos que exclamar con sorpresa: «¿Quién pues podrá ser salvo?» Nuestro Señor les contestó: « Acerca de (ó para) los hombres imposible es esto; mas acerca de (ó para) Dios todo es posible..

El Espíritu Santo tiene el poder de inclinar aun al más rico a que busque tesoros en el cielo; y de persuadir aun a los reyes de la tierra a que depongan sus coronas ante las plantas del Crucificado. De esto la Biblia presenta numerosos ejemplos. Abrahán era muy rico, y sin embargo fue padre de los fieles. Moisés pudo haber sido en Egipto príncipe o rey, mas abandonó su brillante porvenir por amor del Rey invisible. Job era el hombre más acaudalado del Oriente, y sin embargo fue el siervo escogido de Dios. David, Josafat, Josías y Ezequías fueron todos monarcas ricos, mas tuvieron en mayor estima el favor de Dios que toda su grandeza terrenal.

Lo último que en este pasaje se nos enseña es, que el Evangelio ofrece grandes estímulos a los que lo abandonan todo por amor de Jesucristo. Pedro preguntó a nuestro Señor qué recompensa se le daría a él y sus compañeros, puesto que lo habían abandonado todo por amor suyo. En respuesta nuestro Señor le dijo que los que renunciasen a todo por El recibirían ciento por uno y heredarían la vida eterna.

Podemos tener seguridad de que ningún hombre perderá nada por seguir a Cristo. El creyente tiene que sufrir cuando empieza decididamente la vida del cristiano; y muchas veces, acaso, siente sumergirse en hondo abatimiento cuando le sobrevienen azares por causa de su religión. Mas, menester es que sepa que, a la larga, saldrá ganando. Jesucristo puede darnos amigos que nos compensen por los que perdamos, y repararnos albergue en corazones más fervorosos y hogares más hospitalarios que los que al principio nos rechacen. Aun más, El puede concedernos paz de conciencia, gozo interno, esperanzas halagüeñas y plácidas, que excedan grandemente en valor a toda dicha terrena que hayamos depuesto para hacernos sus discípulos.

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