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Mateo 19: Matrimonio y divorcio en Israel

Había ciertas salvaguardias. Si un hombre se divorciaba de su mujer por razones que no fueran de flagrante inmoralidad, debía devolver la dote de ella; y esto debe de haber sido una barrera para los divorcios irresponsables. Los tribunales podían hacer presión para que un hombre se divorciara de su mujer en el caso, por ejemplo, de que se negara a consumar el matrimonio, o por impotencia, o por incapacidad demostrada de mantenerla como era debido. Una mujer podía obligar a su marido a divorciarse de ella si contraía una enfermedad repugnante como la lepra, o si era curtidor, lo que obligaba a reunir estiércol de perro, o si él le proponía marcharse de la Tierra Santa. Pero, con mucho, la ley dejaba bien claro que la mujer no tenía derechos legales, y que el derecho de divorcio correspondía exclusivamente al marido.

En segundo lugar, el proceso del divorcio era fatalmente fácil. Ese proceso se fundaba en el pasaje de la ley de Moisés al que se refirieron los interlocutores de Jesús: «Cuando alguien toma una mujer y se casa con ella, si no le agrada por haber hallado en ella alguna cosa indecente, le escribirá carta de divorcio, se la entregará en mano y la despedirá de su casa» (Deu_24:1 ). El certificado de divorcio era una declaración bien simple, de una sola frase, diciendo que el marido despedía a su mujer. Josefo escribe: «El que desee divorciarse de su mujer por la razón que sea (y muchas de tales razones se presentan entre los hombres), que establezca por escrito que no la tendrá nunca más como su esposa; porque de esta manera ella puede ser libre para casarse con otro hombre.» La única salvaguardia contra la peligrosa facilidad del proceso de divorcio era el hecho de que, a menos de que la mujer fuera una pecadora notoria, tenía que devolver la dote.

BASE JUDÍA PARA EL DIVORCIO

Uno de los grandes problemas que presentaba el divorcio judío dependía de la formulación mosaica. Esa formulación establecía que un hombre podía divorciarse de su mujer «si ella no hallaba gracia en sus ojos, porque él había encontrado algo indecente en ella.» La cuestión era: ¿Cómo se había de interpretar la frase algo indecente?

En este punto los rabinos judíos estaban divididos diametralmente, y era aquí donde los interlocutores de Jesús querían involucrarle. Los de la escuela de Sammay estaban seguros de que una cuestión de indecencia quería decir fornicación, y solo eso; y que no se podía despedir a una mujer por ninguna otra causa. Aunque una mujer fuera tan malvada como Jezabel, en tanto en cuanto no cometiera adulterio no se la podía despedir. Por otra parte, los de la escuela de Hillel interpretaban eso del asunto de indecencia de una manera más amplia. Decían que quería decir que un hombre podía divorciarse de su mujer si ella le estropeaba la comida, si llevaba el pelo suelto, si hablaba con hombres en la calle, si hablaba con poco respeto de los padres de su marido, si era alborotadora y se la podía oír en la casa de al lado. Rabí Aqiba llegó hasta el punto de decir que la frase si ella no encuentra gracia en los ojos de él quería decir que un hombre podía divorciarse de su mujer si encontraba otra que le gustara más o que considerara más bonita.

La tragedia era que, como era de temer, fue la enseñanza de la escuela de Hillel la que prevaleció; el vínculo matrimonial se tomaba a menudo a la ligera, y el divorcio se hizo corriente por las causas más triviales.

Para completar el cuadro, hay que añadir algunos otros Hechos. Es pertinente notar que bajo la ley rabínica el divorcio era obligatorio por dos razones. Era obligatorio por adulterio. «Una mujer que ha cometido adulterio debe ser divorciada.» Segundo, el divorcio era obligatorio por esterilidad. La finalidad del matrimonio era la procreación de hijos; y el divorcio era obligatorio si después de tres años una pareja seguía sin tener hijos. En este caso, la mujer se podía casar de nuevo, pero la misma disposición se aplicaba al segundo matrimonio.

Hay que mencionar otras dos disposiciones judías interesantes en relación con el divorcio. La primera, el abandono no era nunca causa para el divorcio. Si había deserción había que demostrar la muerte. El único atenuante por relajación era que, aunque todos los otros Hechos tenían que ser corroborados por dos testigos según la ley judía, bastaba un testigo para demostrar la muerte del cónyuge que había desaparecido y no había vuelto.

En segundo lugar, aunque resulte raro, la locura no era razón para el divorcio. Si la mujer se volvía demente, el marido no podía divorciarla; porque, si la divorciaba, ella no tendría protector en su desgracia. Hay una misericordia conmovedora en tal disposición. Si el marido se volvía demente, el divorcio era imposible, porque en tal caso quedaba incapacitado para escribir el certificado de divorcio, y sin tal documento, que él debía escribir y entregar, no podía haber divorcio.

Cuando Le hicieron a Jesús aquella pregunta, por detrás de ella había una situación que molestaba y preocupaba. Jesús la iba a contestar de una manera que resultó alucinante para los dos bandos empeñados en la disputa, y que sugirió un cambio radical en toda la situación.

LA RESPUESTA DE JESÚS

Lo más probable es que los fariseos Le estuvieran preguntando a Jesús si estaba de acuerdo con la opinión estricta de Sammay o con la más suave de Hillel; y que buscaran de esta manera implicarle en la controversia.

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