Un descanso eterno después de combates y conflictos; la sociedad eterna de los santos después de pugnar con un mundo perverso: un cuerpo glorioso y sin dolor después de luchar con enfermedades y flaquezas; la contemplación del rostro de Jesús después de haber vivido por la fe: todo esto es dicha, en verdad.
¿Quién podrá describir los horrores de las penas eternas? Son indescriptibles, porque son inconcebibles. El padecer sin tregua del cuerpo; el aguijón constante de una conciencia culpable; la sociedad eterna de los malos, del demonio y sus ángeles; el recuerdo indeleble de haber hecho escarnio del Salvador y de no haber aprovechado muchas oportunidades; la expectativa interminable de penas sin interrupción, de porvenir sin esperanza.
Al terminar el capítulo hagámonos esta seria pregunta: “¿En qué lado es probable que estemos en el día postrero–en el derecho o en el izquierdo?.
