Está claro que Nazaret no era ningún rincón. Jesús se crió en un pueblo al pie de cuyas colinas pasaban los términos de la Tierra. Desde los días de Su niñez debe de haber visto escenas que le hablaran de un mundo para Dios.
Ya hemos visto que Mateo enlaza todos los acontecimientos del principio de la vida de Jesús con un pasaje del Antiguo Testamento que considera que lo profetiza. Aquí cita Mateo una profecía: » Será llamado Nazareno;» y aquí nos plantea Mateo un problema insoluble, porque no hay tal texto en el Antiguo Testamento. De hecho, ni siquiera se menciona a Nazaret en el Antiguo Testamento. Nadie ha resuelto satisfactoriamente el problema de la parte del Antiguo Testamento que Mateo tenía en mente.
Los antiguos escritores eran muy aficionados a los retruécanos y juegos de palabras. Se ha sugerido que Mateo está jugando con las palabras de Isa_11:1 : «Saldrá una vara del tronco de Isaí; un vástago retoñará de sus raíces.» La palabra para vástago es nétser, la Rama prometida del tronco de Jesé, el Descendiente de David, el prometido Ungido Rey de Dios; y nétser se parece a nótsrí, Nazareno. No se puede asegurar nada. Seguirá siendo un misterio la profecía que Mateo tenía en mente.
Así que ahora ya está montada la escena; Mateo ha traído a Jesús a Nazaret, y en un sentido muy real Nazaret era la puerta del mundo entero.
LOS AÑOS DE ENTREMEDIAS
Antes de pasar al tercer capítulo del evangelio de Mateo hay algo que haremos bien en tener en cuenta. El capítulo segundo del evangelio cierra con Jesús como un chico; el tercer capítulo del evangelio se abre con Jesús como un hombre de treinta años (cp. Luc_3:23 ). Es decir, que entre los dos capítulos hay treinta años de silencio. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Qué sucedió en esos años de silencio? Jesús vino al mundo para ser el Salvador del mundo, y pasó treinta años sin salir de los límites de Galilea excepto para ir a Jerusalén para la Pascua. Murió cuando tenía treinta y tres años, y de ellos pasó treinta, de los que no sabemos casi nada, en Nazaret. Para decirlo de otra manera, diez onceavas partes de la vida de Jesús transcurrieron en Nazaret. ¿Qué pasaba entonces?
(i) Jesús fue creciendo y haciéndose un joven, y luego un hombre, en un buen hogar; y no puede haber mejor principio que ese para una vida. J. S. Blackie, el famoso profesor de Edimburgo, dijo una vez en público: «Quiero dar gracias a Dios por la buena casta, por así decirlo, que heredé de mis padres para el negocio de la vida.» George Herbert dijo una vez: «Una buena madre vale como cien maestras.» Así pasaban los años para Jesús, silenciosamente modelándole en el círculo de un buen hogar.
(ii) Jesús estaba cumpliendo los deberes que corresponden al hijo mayor. Parece muy probable que José muriera antes de que toda la familia fuera mayor de edad. Puede que ya fuera mucho mayor que María cuando se casaron. En la historia de la fiesta de bodas de Caná de Galilea no se menciona a José, aunque María sí estaba allí; y es natural suponer que José habría muerto.
Así es que Jesús pasó a ser el artesano del pueblo de Nazaret para mantener a Su Madre y a Sus hermanos menores. Todo un mundo Le estaba esperando y llamando, y, sin embargo, antes de acudir, tuvo que cumplir con Su obligación para con Su familia y hogar. Cuando murió la madre de Sir James Barrie, este pudo escribir: «Puedo mirar atrás, y no puedo descubrir la menor cosa que dejara sin hacer.» Ahí se encuentra la felicidad. Es gracias a los que aceptan los deberes más sencillos con fidelidad y sin refunfuñar como se va edificando el mundo.
Uno de los grandes ejemplos de esto fue el gran médico Sir James Y. Simpson, el descubridor del cloroformo. Venía de un hogar pobre. Un día, su madre le puso en sus rodillas y empezó a zurcirle los calcetines. Cuando terminó, miró su minucioso trabajo, y le dijo: «Mi Jamie, acuérdate cuando tu madre se haya ido de que era una gran zurcidora.» Jamie (el diminutivo de James) era «el chaval listo», «la cajita de sesos», y su familia lo sabía. Tenían sus sueños para él. Su hermano Sandy decía: «Ya me figuraba yo que sería famoso algún día.» Y así, sin envidia y con generosidad, sus hermanos trabajaban en el taller a sus tareas para que el chaval pudiera ir a la universidad y tener una oportunidad. No habría habido un Sir James Simpson si no hubiera sido por gente humilde y generosa dispuesta a hacer cosas sencillas y negarse a sí mismos para que el chico listo tuviera una oportunidad.
