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Mateo 2: El lugar del nacimiento del Rey

Una variante de esta leyenda es aún mejor conocida en España, porque se encuentra en el «Libro de los Tres Reyes de Oriente», una joyita de los orígenes de la literatura española. Cuenta esta variante que, cuando iba huyendo de Belén a Egipto la Sagrada Familia, fue apresada por dos bandoleros; el uno era cruel, y quería matar al Niño Jesús; y el otro, compasivo, que Le salvó la vida e invitó a la Sagrada Familia a pasar la noche en su cueva. La mujer de este «buen ladrón» le cuenta a María que tiene un hijito recién nacido que está leproso. María le baña en la misma agua en la que ha bañado a Jesús, y el niño queda sano y limpio. Pasado el tiempo, en el Calvario, el hijo del ladrón alevoso muere a la izquierda de Jesús, y el del compasivo a la derecha, y este fue el que pasó al santoral de la Iglesia Católica sencillamente como «el buen ladrón», aunque diversas tradiciones le llamaron Dimas, Dismas o Dimsas.

La otra leyenda es una historia de niños, pero muy encantadora. Cuando José y María y Jesús iban de camino a Egipto, cuenta la historia, a la caída de la tarde estaban cansados, y se refugiaron en una cueva. Hacía mucho frío, tanto que el suelo estaba blanco de escarcha. Una arañuela vio al bebé Jesús y quiso hacer algo para que estuviera calentit aquella fría noche. Lo único que sabía hacer era tejer telas de araña; así es que eso fue lo que hizo: urdió su tela a través de la entrada de la cueva para hacer, como si dijéramos, una cortina.

Por el sendero llegaba un destacamento de soldados buscando niños para matarlos en cumplimiento a la sangrienta orden de Herodes. Cuando llegaron a la cueva estuvieron a punto de entrar violentamente; pero su capitán notó la tela de araña, cubierta de escarcha, que cerraba la entrada de la cueva. » Fijaos -dijo- en esa tela de araña. Está intacta y no puede haber nadie en la cueva, porque cualquiera que hubiera entrado la habría roto.»

Así que los soldados pasaron, y dejaron a la Sagrada Familia en paz, gracias a que una arañuela había tejido su red en la entrada de la cueva. Y esa, por así decirlo, es la razón de que hasta este día pongamos hilillos luminosos de plata en nuestros árboles de Navidad, que representan la tela de la araña, blanca de escarcha, que se extendía de un lado a otro de la entrada de la cueva de la huida a Egipto. Es una historia preciosa; y por lo menos contiene una gran verdad: Que no hay don que Jesús reciba que se olvide nunca.

Las últimas palabras de este pasaje nos introducen en una costumbre que es característica de Mateo. El vio en la huida a Egipto el cumplimiento del dicho de Oseas. Lo cita en esta forma: «He llamado a mi hijo para que saliera de Egipto.» Es una cita de Ose_11:1 , que dice: «Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a Mi hijo.»
Está claro que, en su forma original, este dicho de Oseas no tenía nada que ver con Jesús ni con la huida a Egipto. No era más que una simple afirmación de la manera como Dios había librado a la nación de Israel de la esclavitud y de la opresión en tierra de Egipto.

Veremos una y otra vez que esto es típico del uso que hace Mateo del Antiguo Testamento. Esta dispuesto a usar como una profecía acerca de Jesús cualquier texto que pueda encajar verbalmente, aunque originalmente no tuviera nada que ver con el tema en cuestión, ni nunca se supusiera que tuviera nada que ver con ello. Mateo sabía que casi la única manera de convencer a los judíos de que Jesús era el prometido Ungido de Dios era demostrar que en Él se cumplieron las profecías del Antiguo Testamento. Y en su ansiedad por llevarlo a cabo encuentra profecías en el Antiguo Testamento que nunca se pretendió que lo fueran. Cuando leemos un pasaje como este debemos recordar que, aunque nos parece extraño e inconclusivo, llamaría la atención de aquellos para quienes Mateo estaba escribiendo.

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