Jesús vino al mundo a vivir por los hombres y a morir por los hombres. Vino a dar por los hombres tanto Su vida como Su muerte.
El oro para un rey, el incienso para un sacerdote, la mirra para uno que había de morir -estos fueron los regalos de los sabios que, aun a los pies de la cuna de Cristo, predecían que había de ser el verdadero Rey, el perfecto Sumo Sacerdote y, por último, el supremo Salvador de los hombres.
LA HUIDA A EGIPTO
Después de marcharse los sabios, mirad: un ángel del Señor se le apareció a José en sueños, y le dijo:
-Levántate, toma al Niño y a Su Madre y huye con ellos a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga; porque Herodes está a punto de ponerse a buscar al Niño para quitarle la vida.
Así es que José se levantó, y tomó al Niño con Su Madre de noche y se marchó a Egipto, y se quedó allí hasta la muerte de Herodes. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que Dios había dicho por medio del profeta: «He llamado a Mi Hijo para que saliera de Egipto.»
El mundo antiguo no ponía en duda que Dios mandara Sus mensajes a los hombres en sueños. Así es que José fue advertido en un sueño para que huyera a Egipto para escapar de las intenciones asesinas de Herodes. La huida a Egipto era totalmente natural. A menudo, a lo largo de los siglos turbulentos que precedieron a la venida de Jesús, cuando algún peligro o alguna tiranía o alguna persecución les hacían la vida insoportable a los judíos, buscaban refugio en Egipto. El resultado fue que en todas las ciudades de Egipto había una colonia de judíos; y en la ciudad de Alejandría había de hecho más de un millón de judíos, y algunos de sus distritos estaban ocupados exclusivamente por ellos. José, en su hora de peligro, hizo lo que muchos judíos habían hecho antes; y cuando José y María llegaron a Egipto, no se encontrarían totalmente entre extranjeros, porque en todos los pueblos y ciudades encontrarían a judíos que se habían refugiado allí.
Es un hecho interesante que en días posteriores los enemigos del Cristianismo y los enemigos de Jesús solían atribuir a Su estancia en Egipto el origen de muchas cosas de las que Le calumniaban. Egipto era proverbialmente la tierra de la brujería y de la magia. El Talmud dice: «Diez medidas de brujería descendieron al mundo; Egipto recibió nueve, y el resto del mundo la otra.» Así que los enemigos de Jesús pretendían que había sido en Egipto donde Jesús había aprendido la magia y la brujería que Le permitieron hacer milagros y engañar a la gente.
Cuando el filósofo pagano Celso dirigió su ataque contra el Cristianismo en el siglo III, ataque que arrostró y derrotó Orígenes, dijo que Jesús se había criado como un hijo ilegítimo, que alquiló sus servicios en Egipto, que adquirió el conocimiento de ciertos poderes milagrosos, y volvió a su propio país para usarlos proclamándose Dios (Orígenes: Contra Celso 1: 38). Un cierto rabino, Eliezer ben Hyrcanus, dijo que Jesús tenía todas las fórmulas mágicas necesarias tatuadas en el cuerpo para no olvidarlas. Tales eran las calumnias que mentes retorcidas conectaban con la huida a Egipto; pero son obviamente absurdas, porque Jesús llegó a Egipto cuando era un bebé y era un chico pequeño cuando volvió.
Dos de las más preciosas leyendas relacionadas con el Nuevo Testamento están conectadas con la huida a Egipto. La primera es acerca del ladrón penitente, al que llama Dimas, y nos cuenta la historia como sigue. Cuando José y María iban con el Niño hacia Egipto, fueron asaltados por unos ladrones. Uno de sus jefes quería matarlos inmediatamente para robar su reducido equipaje. Pero algo acerca del Niño Jesús penetró en el corazón de Dimas, que era uno de aquellos ladrones. Él impidió que se les hiciera ningún daño a Jesús y a Sus padres. Miró a Jesús y Le dijo: «¡Oh, el más bendito de los niños! Si alguna vez llega el momento de tener misericordia de mí, acuérdate de mí y no olvides esta hora.» Y la leyenda dice que Jesús y Dimas se encontraron otra vez en el Calvario, y Dimas encontró en la cruz el perdón y la misericordia para su alma y la seguridad de la Salvación.
