LA VUELTA A NAZARET
Cuando murió Herodes, fijaos: el ángel del Señor se le apareció en sueños a José en Egipto y le dijo:
-Levántate, toma al Niño y a Su Madre y vete al país de Israel; porque los que intentaban acabar con Su vida ya han muerto.
Así que se levantó y tomó al Niño y a Su Madre y volvió al país de Israel. Y cuando se enteró de que Arquelao había quedado como rey de Judasa después de la muerte de su padre Herodes, tuvo temor de ir allí. Así pues, después de recibir un mensaje del Señor en sueños, se retiró a la región de Galilea, y fue, y se instaló en un pueblo llamado Nazaret. Esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio de los profetas: «Se le llamará el Nazareno.»
A su debido tiempo Herodes murió, y entonces todo el reino que había regido se dividió. Los Romanos habían confiado en Herodes, y le habían permitido reinar sobre un territorio muy considerable; pero Herodes sabía muy bien que a ninguno de sus hijos se le permitiría detentar un poder semejante. así que hizo dividir su reino en tres, y en su testamento dejó una parte a cada uno de sus tres hijos: Judasa, a Arquelao; Galilea, a Herodes Antipas, y la región lejana al Nordeste y al otro lado del Jordán, a Felipe.
Pero la muerte de Herodes no resolvió el problema. Arquelao fue un mal rey, y no había de durar mucho en el trono. De hecho, había empezado su reinado tratando de ser más Herodes que Herodes, porque inició su gobierno con la matanza deliberada de tres mil de los más influyentes del país. Está claro que, aun cuando Herodes ya había muerto, todavía era inseguro volver a Judasa cuando estaba en el trono el salvaje y despiadado Arquelao. Así es que José fue guiado a ir a Galilea donde reinaba Herodes Antipas, mucho mejor rey.
Fue en Nazaret donde José se afincó, y fue allí también donde se crió Jesús. No se debe pensar que Nazaret fuera un lugarejo insignificante que no tuviera contacto con la vida y con los acontecimientos.
Nazaret estaba situado en una vaguada en medio de las colinas al sur de Galilea. Pero un chico no tenía más que escalar las colinas para tener a la vista medio mundo. Podía mirar hacia el Oeste, y sus ojos se encontrarían con las aguas del Mediterráneo, azul en la distancia; y vería los navíos que salían hacia los fines de la Tierra. Sólo tenía que mirar a la llanura que se deslizaba hacia la costa, y vería, serpeando alrededor del pie de la misma colina en la que se encontraba, la carretera de Damasco a Egipto, el puente terrestre con África. Era una de las rutas de caravanas más importantes del mundo.
Era la carretera por la que, siglos atrás había ido José a Egipto vendido como un esclavo. Era la carretera que había seguido Alejandro Magno con sus legiones trescientos años antes. Era la carretera por la que siglos después había de marchar Napoleón. Era la carretera que había de tomar Allenby en el siglo veinte. Algunas veces se la llamaba el Camino del Sur, y algunas veces la Carretera del Marcos En ella vería Jesús toda clase de viajeros de toda clase de naciones en toda clase de misiones, yendo y viniendo de los términos de la Tierra.
Pero había otra carretera. Se separaba de la costa en Acre o Tolemaida y se dirigía hacia el Este. Era la Carretera del Este. Conducía al extremo y a la frontera orientales del imperio romano. De nuevo la cabalgata de las caravanas con sus sedas y especias pasaría continuamente por allí; y también las legiones romanas en marcha hacia las fronteras.

