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Mateo 2: El lugar del nacimiento del Rey

No tenemos ni la más mínima necesidad de pensar que la historia de la llegada de los Mago¡ a la cuna de Cristo sea simplemente una preciosa leyenda. Es exactamente la clase de cosa que podía suceder fácilmente en aquel mundo antiguo. Cuando vino Jesucristo, el mundo estaba en una ansiedad de expectación. La humanidad estaba esperando a Dios, y el deseo de Dios estaba en sus corazones. Habían descubierto que no podían construir la edad de oro sin Dios. Fue a un mundo en expectativa al que vino Jesús; y, cuando vino, los fines de la Tierra se reunieron a Su cuna. Fue la primera señal y símbolo de la conquista universal de Cristo.

EL REY ASTUTO

Cuando el rey Herodes se enteró de la noticia, se quedó muy preocupado, y lo mismo toda Jerusalén. Así es que convocó a todos los principales sacerdotes y a los escribas del pueblo, y les preguntó dónde había de nacer el Ungido de Dios. Y ellos le dijeron:

-En Belén de Judasa, porque así está escrito en los profetas: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos el menor entre los jefes de Judá; porque de ti saldrá un Pastor que apacentará a Mi pueblo Israel.»
Entonces Herodes citó en secreto a los sabios y los interrogó astutamente acerca de cuándo había aparecido la estrella. Luego los envió a Belén, diciéndoles:

-Id vosotros allá; y haced todo lo posible por descubrir lo que sea de ese Niño. Y cuando Le encontréis, hacédmelo saber, para que yo también vaya a adorarle.

Después de esta entrevista con el rey, los sabios siguieron su camino.

Llegó a los oídos de Herodes la noticia de que habían llegado de Oriente unos sabios, y que estaban buscando a un Niño que había nacido para ser el Rey de los judíos. Cualquier rey se habría preocupado de la noticia de que había nacido un niño que iba a ocupar su trono. Pero Herodes se preocupó por partida doble.

Herodes era medio judío y medio edomita. Tenía sangre edomita en las venas. Se había hecho útil a los Romanos en las guerras y en los levantamientos de Palestina, y confiaban en él. Le habían nombrado gobernador en el año 47 a.C.; el 40 a.C. había recibido el título de rey; y su reinado se prolongó hasta el 4 a.C. Había ejercido el poder mucho tiempo. Se le llamaba Herodes el Grande, y en muchos sentidos merecía ese título. Fue el único gobernador de Palestina que consiguió mantener la paz e imponer el orden. Fue un gran constructor; fue el que construyó el templo de Jerusalén. Sabía ser generoso. En los tiempos difíciles reducía los impuestos para hacerle las cosas más fáciles al pueblo; y en el hambre del año 25 a.C. llegó hasta fundir su propia vajilla de oro para comprar trigo para el pueblo hambriento.

Pero había un fallo terrible en el carácter de Herodes. Era suspicaz hasta casi la locura. Siempre había sido suspicaz; y cuanto más viejo se hacía, también se hacía más suspicaz hasta que, en su vejez, era, como dijo alguien, » un viejo asesino.» Si sospechaba que alguien pudiera ser su rival en el poder, eliminaba a esa persona a toda prisa. Asesinó a su esposa Mariamne y a su madre Alejandra. Su hijo mayor, Antípater, y otros dos de sus hijos, Alejandro y Aristóbulo, también fueron asesinados por orden suya. Augusto, el emperador romano, había dicho amargamente que estaba más a salvo un cerdo de Herodes que un hijo de Herodes. (Este dicho resulta todavía más epigramático en griego, porque hus es la palabra para cerdo, y hyiós es la palabra para hijo). Algo de la naturaleza salvaje, amargada y retorcida de Herodes se puede ver en los preparativos que hizo cuando veía cerca la muerte. Cuando tenía setenta años, sabía que se iba a morir. Se retiró a Jericó, la más encantadora de todas sus ciudades. Dio órdenes para que se hiciera una recolección de los ciudadanos más distinguidos de Jerusalén, que los arrestaran con acusaciones amañadas y los metieran en la cárcel. Y dio orden de que en el momento en que él muriera, los mataran a todos. Dijo sarcásticamente que se daba cuenta de que nadie lloraría su muerte, y estaba decidido a que se derramaran lágrimas cuando él muriera.

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