Es «la buena parte que no le será arrebatada».
¿Deseamos saber si somos verdaderos cristianos? Averigüemos si tenemos tesoros en los cielos o si todo lo que poseemos de bueno se encuentra acá en la tierra. ¿Queremos saber en que consiste nuestro tesoro? Preguntémonos que es lo que más amamos. Esta es la piedra de toque de nuestras creencias, de nuestro modo de ser religioso. Poco importa lo que digamos; por importa lo que protestemos creer; poco importa que sermones son lo que nos gustan ni a que iglesia concurrimos ¿qué amamos? ¿En qué concentramos nuestros afectos? He aquí la pregunta importante. «Donde está nuestro tesoro allí también estará nuestro corazón.
Observemos por último que relación tan instructiva contienen estos versículos de la manera como ha de conducirse el cristiano. Nuestro Señor nos dice que debemos ser «como hombres que esperan a su Señor» Debemos vivir como siervos que esperan el regreso de su amo, cumpliendo los deberes que nos toquen en suerte, y evitando todo lo que no quisiéramos que Cristo nos viera hacer si se apareciera entre nosotros.
La regla de conducta que nuestro Señor nos dio con estas palabras es de un carácter muy elevado tan elevado, en verdad, que muchos cristianos se arredran ante ella y se sienten desalentados. Y, sin embargo, nada de lo que prescribe debiera atemorizar al creyente. El deber de estar listo para la venida de Cristo no requiere nada que sea imposible o difícil de hacer. No implica que hemos de ser tan perfectos como los ángeles; ni tampoco que uno haya de abandonar a su familia y vivir en la soledad. Todo lo que se requiere es una vida de fe, arrepentimiento y pureza. El que tiene fe en Jesucristo estará siempre listo, y según la expresión bíblica, tendrá sus «lomos ceñidos» y su «luz estará encendida». Acaso, como Daniel, tenga a su cuidado todo un reino, o como algunos en los tiempos de S. Pablo, sea siervo en la casa de un Nerón. Nada de esto es del caso. Si tiene las miradas fijas en Jesús, es siervo que puede abrirle luego.
No es a la verdad exigir mucho del cristiano cuando se le exhorta a que sea siervo de esta clase. Y no fue sin objeto alguno que nuestro Señor dijo: «A la hora que no pensáis vendrá el Hijo del hombre.
¿Vivimos nosotros como si estuviéramos listos para la segunda venida del Hijo del hombre? Bueno sería que nos hiciéramos esta pregunta con más frecuencia. Así nos libraríamos tal vez de muchos deslices, de muchas reincidencias. El verdadero cristiano no solo debe creer en Cristo y amarlo, sino que debe anhelar su venida. De mucha enmienda necesita el que no puede decir de todo corazón: «¡Ven Señor!.
Lucas 12:41-48
Estos versículos nos enseñan cuan importante es que nuestro cristianismo sea activo. Nuestro Señor se refiere a su segunda venida, y compara a sus discípulos con unos criados que aguardan el regreso de su amo y a quienes se les había ordenado lo que habían de hacer durante la ausencia de éste.
«Bienaventurado,» dice, «aquel siervo que, cuando el señor viniere, fuere encontrado haciendo su obra.
Esta admonición se refiere, sin duda, primariamente a los ministros del Evangelio. Estos, como guardianes de los misterios de Dios, están obligados de una manera especial a ser activos, o, para usar la palabra del texto, «estar haciendo» cuando Cristo venga la segunda vez. Pero las palabras citadas son susceptibles de una aplicación más lata, sobre la cual todos los cristianos harían bien en meditar: nos enseñan que es menester que la religión de todos nosotros sea activa, práctica y fecunda en bienes.
Y esto es precisamente lo que falta en la iglesia cristiana. Se habla mucho de intenciones, y esperanzas, y deseos, y sentimientos, y protestas. Sería mejor que se pudiera decir más respecto a hechos. No es al siervo que encontrare deseando y protestando, sino al que encontrare «haciendo» que Jesús llama «bienaventurado».
Por desgracia, muchos se excusan de transmitir esta admonición a otros, y muchos rehúsan recibirla. Se nos dice con mucha gravedad que eso de «hechos» y de «obras» tiene olor a ley mosaica e impone un yugo servil a los cristianos. Observaciones como éstas no deben hacernos cejar. Los que las hacen manifiestan ignorancia o perversidad. Las palabras de que tratamos no se refieren a la justificación sino a la santificación, no a la fe, sino a la santidad de vida. La cuestión no es ¿Qué deberá hacer el hombre para ser salvo? Sino ¿Qué deberá hacer un hombre que está ya salvo? La doctrina de la Escritura es clara y explícita en este punto. Un hombre que ha sido salvo debe sobresalir en buenas obras. Tit. 3.8. El deseo del verdadero cristiano debe ser que lo encuentren «haciendo bien.
Si deseamos la salvación, hagamos resolución firme de ser, con Cristo: «El pasó haciendo bienes» Hechos 10.38. Así nos asemejaremos a los apóstoles: ellos eran hombres de hechos más bien que de palabras. Así glorificaremos a Dios: «En esto es glorificado mi Padre: en que llevéis mucho fruto» Juan 15.8. Así seremos útiles al mundo: «Así pues alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» Mat. 5.16 Nos enseñan, además, estos versículos, cuan grande es el peligro que corren lo que descuidan los deberes de su profesión. De los tales nuestro Señor dice que «los apartará y pondrá su suerte con los infieles» Sin duda estas palabras han de aplicarse especialmente a los ministros y maestros del Evangelio. Sin embargo, no demos lisonjearnos con la idea de que los incluya tan solo a ellos. Probablemente van también dirigidas a todos los que ocupan puestos de gran responsabilidad. Es un hecho muy singular que nuestro Señor no contestara a Pedro cuando este le dijo. «¿Dices esta parábola por nosotros, o también por todos?» Quienquiera que desempeñe un destino de responsabilidad y descuida el cumplimiento de sus deberes, haría bien en meditar sobre este pasaje hasta enterarse de lo que enseña.
