¿No existen hoy día ningunos de los indicios de que venimos hablando? En pocas palabras se puede contestar esta pregunta. La historia de los últimos setenta años está repleta de acontecimientos que llaman la atención del cristiano y que deberán ponerlo alerta e inducirlo a examinar su corazón escrupulosamente. La iniciación y la marcha próspera de las misiones protestantes; el interés universal que se siente por la salvación de los judíos; la decadencia del poder musulmán; el sacudimiento que la revolución francesa dio a los reinos de Europa; la extraordinaria difusión de la ciencia y de la educación; la maravillosa resurrección del romanismo; el progreso no interrumpido de artificiosas doctrinas infieles todos estos son hechos que no pueden negarse y que debieran tener mucha significación para todo verdadero cristiano. Bien pueden, a la verdad, ser considerados como grandes augurios de nuestra época.
Tengamos presentes las palabras que dijo nuestro Señor, y no cometamos el error de que adolecieron los judíos. No seamos sordos, ciegos e indiferentes a todo lo que el Señor está obrando, tanto en la iglesia como fuera de ella. Los sucesos que acabamos de citar no carecen de significación. No han acaecido por casualidad o accidentalmente, sino de acuerdo con los designios de Dios. Preciso es que los consideremos como signos que indican la necesidad de que estemos alerta y nos preparemos para el día del Señor. ¡Ojalá que no permanezcamos en la indiferencia! ¿Ojalá que no nos adormezcamos, sino que velemos y aguardemos la hora! Solemnes son las siguientes palabras tomadas del libro de la Revelación: «Que si no velares vendré a ti como ladrón; y no sabrás a que hora vendré por ti..
En seguida nos enseña el pasaje citado cuan importante es procurar reconciliarnos con Dios en tiempo oportuno, antes de que se haga demasiado tarde.
Nuestro Señor aclara este precepto por medio de una parábola o símil. Compara al pecador con un hombre que va al magistrado con su adversario; y traza la línea de conducta que debe seguir el que se encuentre en circunstancias análogas. Como el hombre de la parábola nosotros compareceremos ante un Juez; pues todos tenemos un adversario: la santa ley de Dios nos es adversa y sus requisitos tienen que ser cumplidos. Como él debemos empeñarnos en hacer algún arreglo antes de presentarnos ante el magistrado: debemos pedir perdón antes de morir. Como él, si perdemos la oportunidad, la decisión nos será contraria, y seremos arrojados en las prisiones del infierno. Tal es, en nuestro concepto, el significado de la parábola en cuestión. Es una vívida pintura del empeño que el hombre debe tomarse en lo que respecta a su reconciliación con Dios.
La paz tonel supremo Hacedor es el primer factor y el más esencial en la religión. Nosotros nacemos en pecado y somos hijos de la ira. «El ánimo casual es enemistad contra Dios» Es imposible que en nuestro estado natural agrademos a Dios. El más vehemente deseo de todo el que profese ser religiosos, es de obtener reconciliación. En tanto que no obtenga este bien no puede hacer nada. No poseeremos ningún bien espiritual hasta que no tengamos paz con Dios.
La ley nos pronuncia culpables. La sentencia será dada en contra nuestra. Sin la reconciliación, el término de nuestra peregrinación será el infierno.
La paz con Dios es el principal bien que el Evangelio de Cristo ofrece al alma: la más grande prerrogativa que concede al hombre gratuitamente. Hay un Ser que puede librarnos del adversario. «El fin de la ley es Cristo para dar justicia a todo aquel que cree.» Cristo nos ha librado de la condenación de la ley, habiéndose cargado de nuestros pecados. Cristo ha borrado la acusación que existía contra nosotros y la ha inscrito en la cruz en que murió. «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por nuestro Señor Jesucristo. «Ninguna condenación hay para los que creen en Cristo Jesús.» Los requisitos del decálogo han sido obedecidos por Jesús. Dios puede ser justo, y sin embargo obrar como justificador de los que creen en el Hijo. Se ha verificado una expiación completa. El Juez puede decir: «Ponedlos en libertad: he hallado redención.» Job. 30.24 No descansemos mientras no estemos íntimamente convencidos de haber sido reconciliados con Dios. No nos contentemos con ir a la iglesia, concurrir a todos los ejercicios del culto, y ser reputados como cristianos, en tanto que no sepamos si nuestros pecados han sido perdonados y nuestras almas justificadas. Preguntémonos si formamos una unidad con Cristo, y si Cristo está en nosotros; y si nuestras culpas han sido perdonadas y nuestros pecados borrados. Entonces, y solo entonces podremos disfrutar de sosiego y aguardar sin temor el juicio final. Ya se acerca el día en que nuestra suerte ha de ser decidida por toda la eternidad. Nos toca hacer todos los esfuerzos que estén a nuestro alcance para que, cuando es día llegue, estemos en puerto seguro. Los que fueren hallados fuera de la comunión de Cristo serán arrojados en una prisión de donde no habrá salida.
