En estos versículos, finalmente, se hace una importantísima promesa a los que busquen el reino de Dios. Nuestro Señor Jesucristo dice: «Y todas estas cosas os serán añadidas.
Cuidemos de no dar una inteligencia errada a este pasaje. No tenemos razón para esperar que, por ejemplo, el comerciante cristiano que descuide sus quehaceres, bajo pretexto de trabajar por el reino de Dios, tenga buen éxito en sus negocios. Un sentido tal dado a la promesa citada no puede emanar sino del fanatismo; y tiende a dar pábulo a la ociosidad y a ofrecer motivos para que los enemigos del Evangelio blasfemen.
A quien se ha hecho la promesa de que tratamos es al cristiano que da a los asuntos espirituales la atención y el lugar que les corresponden. El no descuida sus ocupaciones diarias, pero las considera de importancia infinitamente menor que la práctica de los preceptos de Dios. En toda su conducta procura dar a Dios y a las cosas espirituales el primer lugar, y al mundo y a las cosas corporales el segundo. He aquí el hombre a quien Jesús dice: «Todas esas cosas os serán añadidas.
Pero ¿Cómo se cumple dicha promesa? La respuesta es corta y sencilla. Al que busca primero el reino de Dios nunca le faltará aquello de que tenga verdadera necesidad. Acaso no goce de tan buena salud como otras personas; acaso no sea tan rico como ellas, ni tenga una mesa tan abundante; pero siempre tendrá lo suficiente: «A este se dará su pan, y sus aguas serán ciertas» Isa. 33.16. «Todas las cosas obran juntamente para bien de los que a Dios aman» Rom. 8.28. «No quitará el bien a los que andan en integridad» Salmo 84.11 «Mozo fui» dice David, «y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su simiente que busque pan» Salmo 37.25
Lucas 12:32-40
Notemos que palabras tan consoladoras para todo verdadero creyente contiene este pasaje. Nuestro Señor Jesucristo conocía bien los corazones de sus discípulos. El sabía cuna propensos eran a atemorizarse por todo por lo limitado de su número comparado con la muchedumbre de sus enemigos; por los obstáculos que les presentaban a su paso; por su falta de fuerza y de habilidad. Jesús calmó todos esos temores con estas sencillas pero importantes palabras «No temáis, oh manada pequeña, porque al Padre ha placido daros el reino.
Los creyentes han sido siempre «manada pequeña» El nombre de los que han profesado ser siervos de Dios ha sido algunas veces muy grande; y hoy día hay muchos que han recibido las aguas del bautismo; pero el nombre de los verdaderos cristianos es muy pequeño. Y no debemos sorprendernos de esto. Así tendrá que ser hasta que venga el reino del Señor. «Porque la puerta es estrecha, y angosto el camino que lleva a la vida; y pocos son los que lo hallan». Mt.
7.14 Los creyentes tienen ante sí la perspectiva de un reino glorioso. Acá en la tierra se les hace escarnio, se les befa, se les persigue, y a semejanza de su Maestro, se ven despreciados y desechados por los hombres. Pero «lo que en este mundo se padece no es digno de compararse con la Gloria venidera, que en vosotros ha de ser manifestada» «Cuando se manifestare Cristo, que es nuestra vida. entonces vosotros también seréis manifestados con él en Gloria» Rom.
8.18; Col. 3.4 El Padre Eterno ama con ternura a todos los creyentes, y quieren que ellos entren en su reino. Regocíjense de qu4e sean coherederos de su Hijo amado «en quien está bien complacido» Considéralos como hijos suyos redimidos por Jesucristo. No ve mancha ninguna en ellos. Aún ahora, cuando los contempla desde el cielo y ve todas sus flaquezas, está bien complacido; y después, cuando se presenten ante su trono, los recibirá con gran júbilo.
¿Somos miembros del pequeño rebaño de Cristo? Si así fuere, no tenemos por qué temer. Grandes e importantes promesas nos han sido hechas. 2 Pe. 1.4. El Padre y Jesús están con nosotros, y ellos son más poderosos que los que están contra nosotros. El mundo, el demonio y la carne son enemigos poderosos; pero si Cristo nos protege, no tenemos motivo para atemorizarnos.
Notemos además la admirable exhortación que Cristo nos hace a fin de que busquemos tesores en el cielo. «Vended lo que poseéis» dice él, «y dad limosna.
Haceos bolsas que no se envejecen, tesoro en los cielos que nunca falte.» Más esto no es todo: El establece un principio poderoso que apela a lo más íntimo de nuestro ser: «Donde está vuestro tesoro, allí también estará vuestro corazón..
Estas palabras han sido usadas, sin duda, en estilo algo figurativo. Sin embargo, su significado es claro e inequívoco. Tenemos que vender todo, es decir, abandonarlo todo, privarnos de todo lo que sirva de obstáculo a la salvación de nuestras almas. Tenemos que dar, es decir, ser caritativos y bondadosos con todos, y estar más dispuestos a gastar lo que tengamos para aliviar a otros que para satisfacer nuestros placeres. Tenemos que hacernos tesoros en el cielo, es decir, debemos obrar de tal manera que nuestros nombres puedan ser inscritos en el libro de la vida; tenemos que buscar la vida eterna; tenemos que hacer obras que puedan sufrir el examen que tendrá lugar el día del juicio final. He aquí en que consiste la verdadera sabiduría, la verdadera prudencia. El que lo olvida todo por amor de Cristo, promueve verdaderamente su propio bienestar. Por algunos años tendrá que llevar la cruz, pero en la vida venidera obtendrá la salud eterna. La prenda que obtiene es la más rica que el entendimiento del hombre puede imaginar. Lleva consigo su caudal más allá de la tumba. En la vida presente es rico en gracia, y en la futura lo será en Gloria. Y lo que es más, jamás será despojado de nada de lo que ha obtenido por la fe en Jesucristo.
