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Lucas 12: El credo del valor y la confianza

En las palabras de que tratamos se expresa de una manera terminante cual es la razón que existe para que hagamos esta franca confesión. Nuestro Señor manifiesta que si nosotros no lo confesamos ante los hombres, él no nos confesará delante de los ángeles de Dios, en el último día; rehusará reconocernos como suyos; nos desechará como cobardes, infieles y apóstatas; no intercederá por nosotros; no será nuestro abogado; no nos librará de la «ira que ha de venir;» ¡y dejará que, sufriendo las consecuencias de nuestra timidez, comparezcamos ante el tribunal de Dios, sin amparo, sin defensa y sin perdón! ¡Qué perspectiva tan terrible es ésta! ¡Cuánto no depende del mero acto de confesar a Cristo delante de los hombres! Verdaderamente no debiéramos titubear por un momento. Vacilar ante estas dos alternativas es el extremo de la insensatez. Que nosotros neguemos a Cristo o nos avergoncemos del Evangelio, puede granjearnos la estimación de los hombres por algunos años, aunque nunca nos puede proporcionar verdadera tranquilidad; pero que Cristo nos niegue el día del juicio, nos acarreará la condenación por toda una eternidad. Echemos a un lado todo temor, y suceda lo que sucediere, confesemos a Cristo.

Este pasaje nos enseña, en segundo lugar, que hay un pecado que es imperdonable. Nuestro Señor Jesucristo dice al que blasfemare contra el Espíritu Santo que no le será perdonado.

Es preciso, sin duda, interpretar estas palabras con aquellas limitaciones que establece la misma Escritura. Nunca debemos interpretar un pasaje de manera que contradiga otro. Para Dios nada hay imposible. La sangre de Cristo puede borrar todo pecado. Frecuentemente los más grandes pecadores han obtenido perdón. Esto no debe olvidarse. Más, a despecho de todo esto, queda en pie una gran verdad que no debe perderse de vista: existe un pecado que no será perdonado.

El pecado a que nuestro Señor se refiere en este pasaje parece ser el de rechazar de corazón y deliberadamente la verdad divina que la mente ha concebido.

En la coexistencia de un entendimiento iluminado y un albedrío viciado. Es precisamente el pecado en que parecen haber caído muchos fariseos, cuando negaron la comunión del Espíritu Santo después del día de Pentecostés y rehusaron creer a los apóstoles. Es un pecado en el que, tal vez, caen hoy día muchos de los que oyen el Evangelio, manifestando decidida y espontáneamente su apego al mundo. Y lo peor de todo es que a este pecado por lo regular se sigue el endurecimiento, el amortiguamiento y la insensibilidad de corazón. No le son perdonados. He ahí el origen de su malestar. Podría ser perdonado, pero no quiere impetrar el perdón. Está empedernido y es insensible al influjo del Evangelio. Tiene cauterizada la conciencia.

Pidamos a Dios que nos libre de un conocimiento frío, especulativo y meramente científico del cristianismo. Es un escollo en el cual muchos naufragan y se pierden por toda una eternidad. Ningún corazón se endurece tanto como el del hombre que percibe la luz, y sin embargo la rechaza. El mismo fuego que derrite la cera, endurece el barro. Hagamos uso de la luz que nos haya sido comunicada. Pongamos en práctica nuestros conocimientos. Que uno sea pagano y se postre ante los ídolos de piedra, es de suyo un pecado; pero que se llame cristiano y sepa el Evangelio teóricamente, y que, sin embargo, se adhiera al pecado y al mundo, es hacerse merecedor del lugar más ínfimo del infierno. Es asemejarse al diablo lo más posible.

En este pasaje se nos enseña, finalmente, que los cristianos no deben estar solícitos en cuanto a lo que hayan de decir cuando tenga que hablar inesperadamente a favor de su santa causa.

Lo que nuestro Señor promete relativamente a este asunto se refiere, sin duda, primariamente, a las arengas públicas como la de Pablo ante Félix y Festo.

Millares de personas en iguales circunstancias han visto cumplida dicha promesa. Las vidas de los reformadores y de otros siervos de Dios están llenas de pruebas notables de que el Espíritu Santo suele enseñar a los cristianos en tiempo de necesidad lo que han de decir.

Pero secundariamente (y esto no debe perderse de vista) la promesa tiene referencia a todos los creyentes. Casos ocurren con frecuencia en que, repentina e inesperadamente, el cristiano tiene que hablar a favor de su causa y expresar las razones en que funda sus esperanzas. Acontece esto en el círculo domestico, en la sociedad de parientes y amigos, y aun en el curso regular de nuestros quehaceres diarios. En tales casos las promesas de que hablamos son para el cristiano un apoyo y sostén. Es embarazoso tener que hablar de religión delante de otros, mayormente cuando ocurre alguna controversia. Pero no nos alarmemos, ni afanemos, ni desalentemos. Si traemos a la memoria la promesa de Cristo, no tenemos por que temer.

Pidamos a Dios nos ayude a recordar las promesas contenidas en la Biblia. En ello hallaremos muchísimo consuelo. Hay promesas para casi todas las circunstancias en que nos encontramos y para todos los acontecimientos en que tengamos parte. Entre otras no olvidemos la promesa citada. A menudo tenemos que mezclarnos en sociedad con personas con quienes no congeniamos, y nuestro espíritu se turba. Tememos que tal vez digamos lo que no debiéramos o que dejemos de decir lo que debiéramos. Cuando esto suceda, tengamos presente la promesa, pidamos al Salvador que le dé cumplimiento. El no nos faltará ni abandonará. El nos dará palabras y sabiduría para que hablemos bien. El Espíritu Santo nos enseñará lo que hemos de decir.

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