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Lucas 12: El credo del valor y la confianza

Aprendamos, además, en este pasaje, cuán vano es esperar que la predicación del Evangelio produzca paz y armonía universales. Los discípulos como la mayor parte de los judíos, estaban esperando probablemente que el reinado del Mesías empezase inmediatamente. Ellos creían que ya se había acercado la hora en que el lobo había de morar con el cordero, y en que los hombres ho harían mal ni dañaría. Isa. 10.9. Nuestro Señor sabía que pensamientos los preocupaban y puso fin a sus mal fundadas esperanzas por medio de estas notabilísimas palabras: «¿Pensáis que he venido a la tierra a dar paz? No, os digo, más disensión..

A primera vista estas palabras parecen muy extrañas. No es fácil hacerlas armonizar como el cántico de los ángeles, según el cual «paz en la tierra» sería uno de los resultados del Evangelio de Cristo. Lucas 2.14. Sin embargo, por extrañas. Que parezcan, dichas palabras han sido comprobadas con hechos. La paz os, sin duda, una consecuencia natural de la proclamación del Evangelio, en donde quiera que este es recibido. Pero en donde quiera que haya personas que, sin embargo de oír el Evangelio, se muestren endurecidas, impenitentes y resueltas a continuar en el pecado, el mismo mensaje de paz parece producir disensiones. Los que tienen un ánimo carnal aborrecen a los que tienen un ánimo espiritual. Los que tienen el propósito de servir al mundo abrigan siempre odio para con los que se dedican al servicio de Cristo. Por mucho que lamentemos este estado de cosas no podemos remediarlo. La gracia divina y la naturaleza corrompida del hombre no so más susceptibles de amalgamarse que el agua y el aceite. Mientras que los hombres disientan en los principios fundamentales de la religión, no podrá existir verdadera concordia entre ellos. En tanto que unos se conviertan y otros permanezcan impenitentes, no podrá haber verdadera paz.

Guardémonos de abrigar en religión esperanzas que no puedan fundarse en las enseñanzas de la Biblia. Si esperamos que el pueblo esté unánime, antes de que se convierta, nuestras esperanzas serán a menudo burladas. Millares de personas de buenas intenciones demandan a gritos que haya más unidad entre los cristianos. Para obtener este fin no ahorran esfuerzos ni sacrificios, y hasta están prontos a dejar a un lado las doctrinas más ortodoxas, si de ese modo puede conseguir paz. Los que de tal manera obran harían bien en recordar que no hay cosa por la cual no estemos expuestos a pagar un precio exorbitante, y que la paz es inútil si la compramos a costa de la verdad. Seguro es que han olvidado las palabras de Jesucristo: «No he venido a traer paz sino disensión..

No nos dejemos engañar con los argumentos de los que tachan el Evangelio de haber sido causa de muchas luchas y contiendas. Tales hombres dan bien a conocer que no saben lo que dicen. La falta no consiste en el Evangelio, sino en la depravación del corazón humano; no en el remedio que Dios ha provisto, sino en la naturaleza viciada de los hijos de Adán, que, a semejanza de un niño voluntarioso, rehúsan tomar el medicamento que se les ha ofrecido para que recuperen la salud. Es preciso repetirlo, tanto que unos se arrepientan y crean y otros no, tendrá que haber disensiones. Maravillarse de esto es insensatez. La existencia misma de estas disensiones es prueba de la presencia de Cristo y de la verdad del cristianismo.

Demos gracias a Dios porque llegará un día en que cesarán todas las discordias y la humanidad estará unánime. Ese será el día en que Jesús, Príncipe de la Paz, venga otra vez en persona y ponga a todos sus enemigos bajo sus plantas. Cuando Satanás se encadenado, y los malos sean separados de los justos y arrojados al lugar de perdición, entonces, y solo entonces, habrá perfecta paz. Esperemos, velemos y oremos por que llegue ese día. Las sombras de la noche están a desaparecer; ya columbramos los rayos del nuevo día; nuestras disensiones están al terminarse; la paz que recibamos continuará por toda la eternidad.

Lucas 12:54-59

Lo primero en este pasaje nos enseña es que debemos estar alerta para notar «las señales de los tiempos,» o sean aquellos indicios que necesariamente preceden a algún acontecimiento. Los judíos coetáneos de nuestro Señor descuidaron este deber; y cerraron los ojos ante sucesos de la más grande existencia. Parece como si no hubieran querido ver que en presencia de ellos se estaban cumpliendo las profecías que tenían relación con la venida del Mesías, y que el Mesías mismo estaba ya en medio de ellos. «El cetro había sido quitado de Judá, y el legislador de entre sus pies.» Gen. 49.10. Las setenta semanas de Daniel se habían cumplido. Las obras de Juan Bautista habían llamado la atención de todo el país. Los milagros de Cristo eran asombrosos, patente y conocidos de todo el mundo. Más, no obstante, los judíos era moralmente ciegos. Todavía negaban con obstinación que Jesús fuera el Cristo: por eso nuestro Señor les preguntó: «¿Y este tiempo como no lo examináis? Es deber de los siervos d Dios, en todos los siglos, observar los acontecimientos que tengan lugar en sus días y compararlos con las profecías no cumplidas.

Ningún encomio merece el que ignora la historia contemporánea. El cristiano que puede ver el dedo de Dios en la historia, y que no cree que todos los reinos cambiarán gradualmente de manera que al fin todo quede bajo el poder de Cristo, es tan ciego como los judíos.

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