Estas riquezas están al alcance de todos los pecadores que acudieren a Cristo para recibirlas. Ojalá que nosotros no descansemos hasta que las poseamos. Acaso nos cueste algún sacrifico el conseguirlas. Acaso seamos víctimas de la persecución, del ridículo y del desprecio; pero consolémonos con saber que el Juez Universal ha dicho: «Tu eres rico».
Apo. 2.9. Solo el verdadero cristiano es verdaderamente rico y sabio.
Lucas 12:22-31
En estos versículos hay una serie de argumentos notables contra el afán excesivo respecto de las cosas de este mundo. A primera vista pueden parecer a algunas personas demasiado sencillas y hasta insignificantes. Pero cuanto más los examinemos tanto más importantes nos parecerán. Muchas molestias se evitarían los cristianos si los grabasen en la memoria.
Cristo nos manda considerar a los cuervos, que «ni siembran, ni siegan; que ni tienen almacén ni alfolí; y Dios los alimenta». Ahora bien, si el supremo Hacedor provee a las necesidades del alimento todos los días, no debemos temer que deje morir de hambre a los que creen en él.
Cristo nos manda mirar los lirios: «No labran ni hilan; y os digo que ni Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos». Si Dios da a estas flores cada año nuevas hojas y pétalos, ciertamente no tenemos por que dudas que El pueda y quiera proveer a todos los creyentes de los vestidos que necesiten.
Cristo nos manda, además, tener presente que el cristiano no ha de afanarse tanto como un infiel. Que se afanen las «gentes del mundo por el alimento, el vestido y todas esas cosas. Están sumergidas en la ignorancia y no saben nada de la naturaleza y los atributos de Dios. Pero el que puede decir que Dios es su Padre y que Jesucristo es su Salvador, puede hacerse superior a todo cuidado, a todo afán. La fe clara y firme comunica alegría al corazón.
Cristo nos manda finalmente que pensemos en la sabiduría infinita de Dios. «Nuestro Padre sabe que hemos menester alimento y vestido» Ese solo pensamiento debiera hacernos sentir contentos. El Señor de cielos y tierra conoce todas nuestras necesidades y puede aliviarlas cuando tenga a bien, cuando convenga a nuestras almas.
Que los cuatro argumentos arriba citados se graben en nuestros corazones y produzcan un influjo benéfico en nuestra conducta. Nada es más común que la solicitud y la ansiedad y no hay nada que impida más al cristiano hacer bien a sus semejantes y nada que turbe más su tranquilidad de espíritu. Nada hay, por el contrario, que agrade más a Dios que la alegría en medio del infortunio. Y esa alegría ofrece una prueba de nuestra fe que el mismo incrédulo puede comprender. La fe, y solo la fe puede comunicarnos ese contento. El que puede decir sin temor que «Jehová e su pastor» es el que también puede agregar: «Nada me faltará». Salmo 23.1 En segundo lugar, en estos versículos se señala al cristiano una norma de conducta elevada. Exprésenla las siguientes palabras: Procurad el reino de Dios.
No hemos de pensar principalmente en las cosas de este mundo. No hemos de vivir como si solo tuviéramos cuerpo. Hemos de vivir como seres que tienen almas inmortales que salvar, que tienen que morir, que tienen que presentarse ante Dios, que tienen que aguardar el día del juicio, y que ven delante de si una eternidad de gloria o una eternidad de condenación.
¿Cuándo podemos decir que «buscamos el reino de Dios»? Cuando el asunto de que más nos ocupamos, o de que más nos cuidamos, es el de nuestra salvación de obtener el perdón de nuestros pecados, la renovación del corazón y ese cambio que nos ha de hacer dignos de habitar entre los ángeles.
Andamos solícitos acerca del reino de Dios, cuando nuestros pensamientos se dirigen principalmente hacia él, cuando trabajamos en aumentar el número de los siervos del Altísimo, cuando nos esforzamos en defender la causa de Dios y promover la gloria del Eterno.
El reino de Dios es el único que merece nuestra atención solícita. Todos los otros reinos tienen que decaer y desaparecer tarde o temprano. Son como casas construidas de naipes, o como los palacios de arena que los niños erigen a orillas del mar. Todo lo que constituye su grandeza está tan expuesto a derretirse como la nieve en la primavera. El reino de Dios es el único que es imperecedero. Felices los que forman parte de él, los que lo aman, los que se preparan para entrar en él, los que oran y trabajan por su progreso y prosperidad. Sus trabajos no serán en vano. ¡Empeñémonos en lograr que se nos de entrada en ese reino! Demos siempre a nuestros hijos, a nuestros parientes, a nuestros amigos, a nuestros criados, el siguiente consejo: «Buscad el reino de Dios.
