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Lucas 12: El credo del valor y la confianza

Lucas 12:13-21

El pasaje arriba trascrito presenta el ejemplo singular de un hombre que parecía dispuesto a mezclar las cosas de este mundo con la religión. Tal vez tenía una vaga esperanza de que Jesús fuera a establecer un reino en este mundo y a gobernar sobre la tierra y resolviendo hacer pronto una súplica respecto de sus asuntos pecuniarios, rogó a nuestro Señor que interviniese en la distribución de su herencia. Acaso otros oyentes estaban pensando en la vida venidera. El individuo de quien hablamos estaba más afanado por la vida presente.

Cuantos oyentes del Evangelio no se parecen a ese hombre. Cuantos no están formando planes y proyectos respecto de lo que pertenece al tiempo, aún a vista de las cosas de la eternidad. El corazón del hombre no convertido es siempre el mismo. Ni aún Cristo, cuando predicaba, pudo atraer la atención de todos los que le oían. En nuestros días, pues, el ministro del Evangelio no debe extrañar si observare, en el seno de su congregación, falta de atención y apego al mundo.

El siervo no debe esperar que sus sermones sean mejor apreciados que los de su Maestro.

Notemos que admonición tan solemne hace nuestro Señor respecto de la avaricia. «Mirad y guardados de la avaricia.» A poco conduciría averiguar cual es el pecado más común en el mundo. Puede asegurarse, sin embargo, que no hay ninguno al cual el corazón sea más propenso que el de la avaricia. Fue uno de los pecados que causaron la caída de algunos ángeles. Estos no estaban contentos con su primitivo estado y codiciaron algo mejor. Fue uno de los pecados que causaron la salida de Adán y Eva del paraíso, y que trajeron la muerte al mundo. Nuestros primeros padres, no estando contentos con lo que Dios les dio en el Edén, codiciaron, y de este modo creyeron. Dicho pecado ha sido, desde la caída, causa fecunda de malestar y desgracia. Guerras, contiendas, discusiones, envidia, celos, odios de todas clases, casi todos tienen su punto de partida en esta fuente.

Que la admonición que pronunció nuestro Señor se grave profundamente en nuestro corazón y produzca frutos en nuestras vidas. Procuremos aprender la lección que Pablo llegó a poseer cuando dijo: «Yo he aprendido a contentarme con lo que tuviere» Fil. 4.11. Pidamos a Dios que nos de confianza completa en el cuidado paternal que él ejerce en todos nuestros negocios, y en esa su sabiduría que dispone todo para bien de la humanidad. Si tenemos poco, podemos estar seguros de que no sería bueno para nosotros tener más. Si perdemos lo que tenemos, estamos persuadidos de que hay razón para ello. Feliz aquel que está convencido que cualquier cosa que le sucede es lo mejor que le podría acaecer, y dejando de alimentar vanos deseos, se contenta con lo que tiene.

Notemos también con cuanto tino ataca nuestro Señor la mundanalidad. Hace la pintura de un rico mundano cuya mente está totalmente ocupada de las cosas terrenas. Lo describe trazando planes de la manera como había de arreglar sus bienes, como si fuera dueño de su vida y no tuviera que hacer otra cosa que decir: «Haré esto», y al instante quedara hecho. En seguida cambia la escena, y representa a Dios pidiendo el alma de este avaro, y haciéndole esa pregunta solemne: «¿Y lo que has aparejado, cuyo será?» Es que Jesús quiere que sepamos que el que piensa solo en su dinero no es más que un insensato.

Contrista y espanta saber que hombres como el de la parábola no son raros. Millares de personas en todos los siglos han vivido en pugna abierta con los preceptos que Jesús dio en el pasaje de que tratamos. Millares hay que hacen lo mismo hoy día, que están amontonando tesoros en la tierra y que no piensan sino en como han de aumentarlos. Constantemente están agregando algo a sus caudales como si hubieran de gozarlos por toda la eternidad, y como si no hubiera muerte, ni juicio, ni vida futura. Y sin embargo, estos son los hombres que reciben los epítetos ¡inteligentes y prudentes y sabios! Estos son los hombres que reciben el incienso de la alabanza, encomio y estimación pública. ¡Verdaderamente el Señor lo ve todo bajo diferente punto de vista que el hombre! Oremos por los ricos. Sus almas se encuentran en mucho peligro. «El cielo» dijo en su lecho de muerte un hombre distinguido, «es un lugar al cual llegan muy pocos reyes y muy pocos ricos.» Aun después de convertidos, los ricos tienen que luchar con muchos obstáculos, y con grandes desventajas recorren el camino que conduce a la salvación. El dinero tiende a endurecer la conciencia. Es difícil decir lo que haríamos si fuésemos ricos. «Porque el amor del dinero es raíz de todos los males; el cual codiciando algunos erraron en la fe, y así mismos se traspasaron de muchos dolores» El pobre tiene muchas desventajas; pero las riquezas pierden más almas que la pobreza.

Notemos, además, en estos versículos, cuán importante es ser rico en cosas espirituales. He aquí la verdadera sabiduría.

He aquí el mejor modo de antever a las necesidades de la vida futura. Aquel es sabio que no piensa solo en los tesoros de la tierra, sino también en los del cielo.

¿Cuándo puede decirse que un hombre es rico en cosas espirituales? Solo cuando lo es en gracia, en fe, en buenas obras.

Sólo cuando ha acudido a Jesús y ha comprado de El «oro afinado en el fuego». Rev. 3.18. Solo cuando tenga una morada eterna en los cielos «no hecha de mano de hombre». Solo cuando su nombre esté inscrito en el libro de la vida, y cuando sea hecho heredero de Dios y coheredero de Cristo. Tal hombre es verdaderamente rico. Su tesoro es incorruptible. Su herencia no se acaba. Ningún mortal puede arrebatársela. La muerte no puede quitársela de las manos. ¡Todo es suyo: vida, muerte, presente, porvenir! Aun más, lo que tiene ahora es nada comparado con lo que tendrá después.

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