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Lucas 12: El credo del valor y la confianza

12.48 Jesús nos dijo cómo vivir hasta que El venga. Debemos esperarlo y trabajar con diligencia, obedeciendo sus mandamientos. Estas actitudes son muy necesarias en los líderes alertas y fieles. Estos recibirán oportunidades y muchas responsabilidades que irán en aumento. A mayores recursos, talentos y conocimientos, mayor responsabilidad para usarlos con eficiencia. Dios no nos reponsabilizará por dones que no nos ha dado, pero todos tenemos suficientes dones y capacidades como para mantenernos ocupados hasta que El vuelva.

12.50 El «bautismo» al que Jesús se refiere es su futura crucifixión. Hablaba del dolor físico y también del espiritual que implicaba una separación completa de Dios a fin de morir por los pecados del mundo.

12.51-53 En estas confusas y extrañas palabras, Jesús reveló que su venida muchas veces acarrea conflicto. El demanda una respuesta, de modo que grupos íntimos quizás se separen cuando algunos decidan seguirle y otros se nieguen a hacerlo. Con Jesús no hay términos medios. La lealtad debe declararse y la entrega llevarse a cabo aunque algunas veces se afecten otras relaciones. ¿Ha arriesgado la aprobación de su familia a fin de ganar la vida eterna?

12.54-57 Según gran parte de la historia, aseguramos que la ocupación principal en aquel tiempo era la agricultura. Para su supervivencia, el agricultor dependía directamente del clima. Necesitaba la debida cantidad de sol y lluvia, ni mucha ni poca, para sobrevivir, y aprendió de forma especial la técnica de interpretar las señales de la naturaleza. Jesús predicaba acerca de un hecho que conmovería toda la tierra y que sería aún más importante que el año de cosecha, la venida del Reino de Dios. El Reino, como una tormenta o un día soleado, anunciaba su inminente aparición mediante señales. Pero los oyentes de Jesús pensaban que eran lo bastante capaces para interpretar el clima obviando con toda intención las señales de los tiempos. Sus valores estaban confundidos.

Lucas 12:1-7

Muy notables son las palabras con que empieza este capítulo. Se nos refiere como «se habían juntado millares de gentes de modo que unos a otros se hollaban.» Y ¿qué hizo nuestro Señor? Delante de esa multitud los apercibió contra los falsos maestros y habló de los pecados de la época sin reserva, sin temor y sin parcialidad. Esto sí que era verdadera caridad.

Este fue el modelo que imitasen todos sus discípulos. Bien habría sido para la iglesia y para el mundo si los ministros de Jesucristo hubieran hablado siempre con tanta claridad y fidelidad como lo hizo su Maestro. Tal vez habrían tenido que someterse así a mayores penalidades; pero sin duda habrían salvado más almas.

Lo primero que llama la atención en estos versículos es la admonición que Cristo dirige contra la hipocresía. Dice a sus discípulos: guardaos de la levadura de los Fariseos que es hipocresía.» Esta es una admonición cuya importancia no puede exagerarse, fue hecha por nuestro Señor varias veces y para que sirviera de aviso a su iglesia en todos los siglos y en todos los países del mundo; y tiene por objeto recordarnos que los principios de los fariseos están mezclados con los vicios de la naturaleza humana, y que los cristianos deben guardarse de aceptarlos. El fariseísmo es un sistema que cuadra al hombre no convertido. Es una levadura que, una vez comunicada al corazón, inficiona todas las creencias y prácticas religiosas del hombre. .» Guardaos de la levadura de los fariseos,» dice nuestro Señor, y sus palabras debieran a menudo sonar en nuestros oídos.

Fijemos esta admonición en la memoria y grabémosla en el corazón. El mal a que se refiere nos rodea por todas partes. El peligro nunca cesa. ¿Á qué conducen el romanismo y el semi-romanismo, y tantos ritos, tantas ceremonias, tanta adoración de los sacramentos, tanto adornar de las iglesias? ¿Qué es todo eso sino la levadura de los fariseos en distintas formas? La raza de los fariseos no ha desaparecido. El fariseísmo todavía existe.

Si no queremos convertirnos en fariseos cultivemos la religión del corazón. Recordemos todos los días que el Dios a quien adoramos descubre lo que está debajo de nuestra exterioridad, y que nos mide por el estado de nuestro corazón.

Seamos sinceros y fieles en la práctica de nuestros deberes como cristianos. Aborrezcamos todo doblez, toda afectación y toda esa devoción que se finge en las funciones públicas y que realmente no se siente. Con ella podemos engañar al hombre y adquirir la reputación de ser muy religiosos, pero no podemos engañar a Dios. «No hay nada oculto que no so haya de revelar.» Cualquiera que sea nuestro credo religioso no usemos manto ó máscara.

El segundo punto que llama nuestra, atención en estos versículos es la admonición hecha por Jesús respecto del temor al hombre. «No tengáis miedo,» dice, «de los que matan el cuerpo, y después no tienen más que hagan.» Pero esto no es todo; no solo nos dice a quién no debemos temer, sino a quién debemos temer: «Temed a aquel que después que hubiere muerto, tiene potestad de echar en el infierno: de cierto os digo: A este temed.» El modo como Jesús hizo la admonición es muy notable y solemne. Dos veces repito la exhortación: «Temed a aquel….de cierto os digo: a este temed..

El temor al hombre es uno de los mayores obstáculos que obstruyen el camino del cielo. «¿Qué dirán los hombres de mí?» «¿Qué pensarán?» «¿Qué me harán?» ¡Cuántas veces estas preguntas, al parecer insignificantes, no han decidido la suerte del alma y mantenido a los hombres atados de pies y manos por el pecado y el demonio! Muchos hay que no tendrían miedo de .atacar una fortificación ó de hacer frente a un león, y que no obstante, no se atreven a hacerse el blanco de la irrisión de sus parientes, vecinos y amigos. Ahora bien, si el temor al hombre tiene tanto influjo en nuestros días, ¡cuánto más no tendría en la época en que nuestro Señor habitó sobre la tierra! Si es difícil hoy seguir a Cristo a despecho del ridículo y de la calumnia, ¡cuánto más difícil no debió haber sido cuando sus discípulos estaban expuestos a ser encarcelados, apaleados, azotados y asesinados! Nuestro Señor Jesucristo sabia bien todo esto, qué mucho que gritara: « ¡No temáis!.

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