Las palabras que nuestro Señor usa cuando habló de los siervos perezosos e infieles son notablemente severas. En pocos pasajes del Evangelio se encuentran expresiones tan fuertes como en este. Muy engañados están los que creen que el Evangelio no contiene sino palabras suaves. El compasivo Salvador, que ejerce su infinita misericordia con el penitente y el creyente, no deja de pronunciar el juicio de Dios contra los que desprecian sus preceptos.
Desengañémonos; hay un infierno para el que continúe en su maldad, así como hay un cielo para el que cree en Jesucristo. Existe lo que se llama «la ira del Cordero..
Esforcémonos por vivir de tal manera que, a cualquier hora que nuestro Señor vega, estemos prontos para recibirlo. Velemos sobre nuestras almas con celo devoto, y pongámonos en guardia contra cualquier síntoma que indique no estamos prontos para la llegada de nuestro Señor. Ante todas cosas, evitemos toda tendencia a viciar la pureza de nuestro sistema religioso, a tener ojeriza a los que sean más espirituales que nosotros, y a ajustar nuestra conducta a las prácticas de las personas irreligiosas. Tan pronto como advirtamos tal tendencia, podemos estar seguros de que nuestras almas están en gran peligro. El que, a pesar de haber hecho profesión de fe, hostiliza a los verdaderos creyentes y haya placer en la sociedad de los incrédulos, ha entrado de lleno en el camino de la perdición.
Estos versículos nos enseñan, por último, que cuanto mayor sean los conocimientos religiosos que un hombre posea, tanto mayor será su culpabilidad si no se convierte. «El siervo que entendió la voluntad de su señor, y no se apercibió, ni hizo conforme a su voluntad, será azotado mucho» «A cualquiera que fue dado mucho, mucho se le volverá a demandar; y al que encomendaron mucho, más le será pedido».
Estas palabras tienen una aplicación casi universal: se dirigen a muchas clases de individuos. Deben despertar las conciencias de todos los habitantes de países cristianos, pues ellos serán juzgados con más severidad que los paganos que jamás han visto la Biblia. Todos los protestantes que tienen el privilegio de leer las Escrituras deben sentir que a ellos se refieren esas palabras. Su responsabilidad es más grande que la de los romanistas a quienes los clérigos privan de la palabra de Dios. No olvidemos jamás esta verdad: que nosotros seremos juzgados en el último día según las ventajas y los privilegios de que hayamos gozado.
¿Qué uso hacemos nosotros de nuestros conocimientos religiosos? ¿Empleamos dichos conocimientos de una manera sabia y prudente, y de tal modo que sean fecundos en bienes para nuestros semejantes? ¿O nos contentamos simplemente con decir que sabemos tal y cual cosa, y nos lisonjeamos en secreto con que el conocimiento de la voluntad de Dios nos hace mores que otros, en tanto que desacatamos esa misma voluntad? Guardémonos de hacernos ilusiones.
Día llegará en que esos de que no hemos hecho uso, contribuirán a nuestra propia condenación. Muchos caerán en cuenta entonces que tendrán que ocupar un lugar inferior al de los paganos más ignorantes o idólatras.
Lucas 12:49-53
El pasaje que precede es notablemente importante y significativo. Contiene verdades que todo cristiano haría bien en notar y procurar entender: y explica asunto relacionados con la iglesia y con el mundo que a primera vista son difíciles de comprender.
Notemos en primer lugar, en estos versículos, cuan determinado estaba Cristo llevar a cabo la obra que había venido a emprender. El dijo. «De bautismo me es necesario ser bautizado» es decir, de bautismo de sufrimientos, de heridas, de agonía, de sangre y de muerte. ¡Y sin embargo, nada de esto lo desalentaba! Y añadió: de los males que le esperaban no lo desanimó ni por un momento. De toda voluntad se había sometido a sufrirlo todo por obtener la redención de los suyos. El celo por su santa causa comunicaba fuego y entusiasmo a su alma. Promover la Gloria de su Padre, abrir la puerta de la vida a un mundo sin esperanza, proveer una fuente donde se hubiese de lavar todo pecado, eran constantemente las ideas que más le ocupaban la mente. El no se sintió tranquilo hasta no acabar esta grande obra.
Tengamos siempre presente que Cristo se sometió a todos sus sufrimientos, espontánea, deliberada y voluntariamente. No se sometió a ellos mansamente porque no pudo evitarlos. Si tuvo una vida humilde por espacio de treinta y tres años, fue solamente porque así le plugó. Si sufrió una muerte de martirio, fue por su voluntad. Tanto en vida como en muerte estuvo llevando a cabo el eterno decreto según el cual Dios había de ser glorificado, y los pecadores habían de obtener la salvación. Y lo cumplió de todo corazón, aunque los padecimientos del cuerpo fueron terribles. El cifraba su gozo en hacer la voluntad del Padre; pero se angustiaba hasta que fuera cumplida.
No tenemos por que dudar de que Cristo tenga ahora la misma voluntad en el cielo como cuando estaba en la tierra. Ahora piensa tanto en la salvación de los pecadores como cuando murió por ellos. Jesús es inmutable. Es el mismo ayer, hoy para siempre. Tiene una voluntad, un deseo infinito de recibir, perdonar y justificar las almas y de librarlas del infierno. Procuremos poseernos bien de la grandeza de esa voluntad; creamos en ella sin vacilar y acojámonos a Cristo sin temor. Es un hecho cierto (ojalá que los hombres lo creyesen) que Cristo tiene más voluntad de salvarnos que nosotros de ser salvos. Que el celo de nuestro Señor y Maestro sirva de ejemplo a todo su pueblo, que el recuerdo de la buena voluntad con que murió por nosotros, esté siempre en nuestra memoria y nos haga vivir para él y no para nosotros. Tal pensamiento, a la verdad, debiera despertar nuestro frió corazón y sacándonos de la indiferencia, debiera excitar en nosotros el deseo de aprovechar el tiempo y hacer algo para Gloria suya. Un Salvador lleno de celo debiera tener discípulos animados del mismo espíritu.
