Pero ¿cuál es el mejor antídoto contra el temor al hombre? ¿De qué manera hemos de vencer esa fuerte emoción y quebrantar las cadenas con que nos ata? No hay ninguno mejor que el que nos recomienda nuestro Señor. Ese remedio consiste en reemplazar el temor al hombre con una emoción más elevada: el temor a Dios, Debemos dirigir nuestras miradas más allá de los que pueden dañar el cuerpo y contemplar a Aquel que tiene poder sobre el alma. Debemos dirigir nuestras miradas más allá de los que pueden perjudicarnos en la vida presente y fijar los ojos en Aquel que, puede en la otra vida condenarnos a miseria eterna. Imbuidos, de este gran principio jamás nos conduciremos como cobardes.
Viendo a Aquel que es invisible, el temor más pequeño desaparece ante el más grande. «Yo temo a Dios,» dijo el coronel Gardiner « y Por lo tanto no temo a ningún otro ser.» Muy nobles son las palabras que pronunció el obispo mártir Hooper, cuando un católico romano le urgió que se retractase: «La vida es dulce y la muerte es amarga; pero la vida eterna es más dulce, y la muerte más amarga..
Lo último que llama nuestra atención en el pasaje citado es las palabras que pronunció nuestro Señor para consuelo de los creyentes que eran perseguidos. El hizo presente que Dios vela benignamente sobre las criaturas más pequeñas: «Ni un pajarillo está olvidado delante de Dios.» Y continuó con la aseveración de que todos gozan del mismo cuidado paternal: « Aun los cabellos de vuestra cabeza todos están contados.» Nada absolutamente puede sucederle a un creyente sin el mandato ó permiso de Dios.
Que Dios gobierna con su sabiduría todo cuanto existe en este mundo, es una verdad de la cual los filósofos griegos y romanos no tenían idea, y que ha sido revelada de una manera especial en la abra de Dios. a la manera que el telescopio y el microscopio nos revelan que hay orden y plan en todas las obras de Dios, desde el planeta más grande hasta el insecto más pequeño, la Biblia nos enseña que hay una sabiduría, un orden y un propósito que rigen todos los actos de nuestra vida diaria. No existe lo que se llama «casualidad,» « suerte» ó « acaso « en la peregrinación del cristiano. Todo ha sido ordenado y dispuesto por Dios; y « todas las cosas obran juntamente para bien del cristiano.» Rom_8:28.
Si profesamos creer en Jesús, procuremos descubrir la mano de Dios en todo lo que nos acontece, y hagamos por sentir que El gobierna todos nuestros pasos. Una fe práctica de esta especie, avivada de día en día, es uno de los grandes secretos de la felicidad y un antídoto contra la murmuración y el descontento. Cuando nos sobrevengan sufrimientos y desgracias, es de nuestro deber creer que todo está bien y ha sido sabiamente dispuesto. Cuando nos veamos atacados de enfermedades, debemos considerar que hay alguna razón para ello. Digamos interiormente: « Dios podría librarme de estas desgracias si lo tuviera a bien; pero, puesto quo no lo hace, esas desgracias son seguramente para mi provecho.
Permaneceré quieto y las sobrellevaré con paciencia. ‹tengo un concierto perpetuo, ordenado en todas las cosas y seguro.› 2Sa_23:5. Lo que le agrada a Dios me agradará a mí..
Lucas 12:8-12
Estos versículos nos enseñan, en primer lugar, que debemos confesar a Cristo sobre la tierra si deseamos que él nos reconozca como suyos en el último día.
No debemos avergonzarnos de que los hombres sepan que creemos en Cristo, que lo amamos, que lo servimos o que aspiramos más a obtener la aprobación de él que la de ellos.
Siempre ha sido y será deber del cristiano confesar a Cristo. Jamás olvidemos esta verdad. No es deber de los mártires solamente, sino de todo creyente, cualquiera que sea su posición o estado. No es deber que hayamos de practicar solamente en oraciones extraordinarias, sino también en el trato social de cada día. El rico en medio de los ricos, el jornalero en medio de los jornaleros, el joven en medio de los jóvenes, el criado en medio de los criados todos deben estar prontos, si son verdaderos cristianos, a confesar a su Maestro. No es necesario hacer ruido por medio de la jactancia. Nada más se necesita que aprovechar las oportunidades que se presenten cada día. Pero esto ha de tenerse siempre presente: que si alguno ama al Salvador no debe avergonzarse de que la gente lo sepa.
Sin duda es difícil confesar a Cristo. En ninguna época ha sido fácil y jamás lo será. Ese acto acarreará siempre la irrisión, el ludibrio, el desprecio, la befa, la envidia y la persecución. A los malos les disgusta saber que los demás hombres son mejores que ellos. El mismo mundo que aborreció a Cristo aborrecerá siempre a los verdaderos cristianos. Más bien, sea de nuestro agrado o no, bien sea fácil o difícil, no hay duda sobre cual debe ser nuestra línea de conducta.
De todos modos es preciso confesar a nuestro Señor Jesucristo.
