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Marcos 2: La fe que mueve obstáculos

Vemos, finalmente, en estos versículos, el poder sacerdotal que, para perdonar pecados posee nuestro Señor Jesucristo.
Leemos en ellos que nuestro Señor dijo al paralítico, «Hijo, tus pecados te son perdonados». Su intención tuvo al decir estas palabras. Conocía el corazón de  los escribas que lo rodeaban. Quiso probarles que era el Gran Sacerdote verdadero con poder de absolver a los pecadores, aunque entonces rara vez usaba de  su prerrogativa; pero les dijo expresamente que tenía el poder de hacerlo. «el Hijo del Hombre tiene en la tierra poder de perdonar los pecados,» dijo: y al  decir, «Tus pecados te son perdonados», no hizo más que ejercer una facultad que de derecho le pertenecía.

¡Consideremos cuan grande debe de ser la autoridad de quien tiene poder de perdonar los pecados! Solo Dios puede hacerlo, Ni ángeles, ni hombres, ni  iglesias reunidas en concilio, ni ningún ministro de ninguna denominación religiosa pueden aliviar la conciencia del pecador del peso del pecado y  establecerlo en paz con Dios. Pueden indicarles la fuente inagotable que lava todos los pecados; pueden anunciarles con autoridad que pecados está Dios  dispuesto a perdonarles; pero no pueden absolverlos ni cancelar las transgresiones. Esta es prerrogativa de Dios que ha delegado en su Hijo Jesucristo.

¡Pensemos por un momento que gran bendición es para nosotros que Jesús sea nuestro Gran Sacerdote y que sepamos a donde podemos ir para conseguir la  absolución! Necesitamos de un Sacerdote y de un Sacrificio entre nosotros y Dios. La conciencia demanda una expiación por nuestros muchos pecados; la  Santidad de Dios la hace indispensable. Sin un Sacerdote que presenta la expiación no puede haber paz para el alma. Jesucristo es ese Sacerdote que  necesitamos, poderoso para excusar y perdonar, misericordioso y ansioso de salvar.

Preguntémonos ahora si reconocemos al Señor Jesús como nuestro Gran Sacerdote. ¿Hemos acudido a El? ¿Le hemos pedido la absolución? Si no lo hemos  hecho aún estamos sumidos en nuestros pecados. No reposemos hasta que el Espíritu de testimonio a nuestro espíritu que nos hemos sentado a los pies de  Jesús y odio su voz que nos dice, «Hijo, tus pecados te son perdonados.

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