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Marcos 2: La fe que mueve obstáculos

Cuando oyeron a Jesús decirle al paralítico que sus pecados estaban perdonados, aquello los escandalizó en extremo. Era una parte esencial de la fe judía que sólo Dios podía perdonar los pecados. El que una persona pretendiera perdonar pecados era por tanto una blasfemia, y el castigo del blasfemo era morir apedreado (Levítico 24:16). Inmediatamente se dispusieron a lanzarse al ataque en público, pero no le era difícil a Jesús ver lo que se les estaba pasando por la mente. Así es que Él decidió lanzarles un desafío y encontrarse con ellos en su propio terreno. Era la firme creencia de ellos que el pecado y la enfermedad eran inseparables. Una persona enferma era una persona que había pecado; así es que Jesús les preguntó: ¿Qué es más fácil, decirle a este hombre: «Tus pecados están perdonados,» o decirle: «Levántate y  anda»? Cualquier charlatán podría decir: «Tus pecados están perdonados.» No habría posibilidad de demostrar si sus palabras eran verdad o no. Esa afirmación no se podía comprobar de ninguna manera. Pero el decir: «Levántate y anda,» era algo que se podía comprobar inmediatamente si era un farol o una manifestación de un poder más que humano. Así es que Jesús dijo: « ¿Vosotros decís que Yo no tengo derecho a perdonar pecados? ¿Vosotros mantenéis como un artículo de fe que si este hombre está enfermo es porque es un pecador, y no se puede curar hasta que se le perdone? Pues bien, entonces, ¡fijaos en esto!» Entonces Jesús dio la orden, y el hombre fue curado. A los maestros de la Ley les salió el tiro por la culata. Según sus propias creencias oficiales, el hombre no podía curarse a menos que se le perdonaran los pecados. Fue curado, Y por tanto, había sido perdonado. Por tanto, el derecho de Jesús de perdonar pecados tenía que ser auténtico. Jesús tiene que haberlos dejado totalmente boquiabiertos a aquellos maestros de la Ley; y, peor: tiene que haberlos dejado con rabia tanto mayor cuanto impotente. Ahí tenían un problema que tenían que resolver; si la cosa continuaba, toda su religión ortodoxa se colapsaría y destruiría. En este incidente Jesús firmó Su propia sentencia de muerte a sabiendas.

Por todo lo cual este es un incidente sumamente difícil ¿Qué quiere decir que Jesús puede perdonar el pecado? Hay tres posibles maneras de considerar esto.

(i) Podemos tomarlo en el sentido de que Jesús estaba comunicando a los hombres el perdón de Dios. Después de t reprensión de Natán, David reconoció su pecado con temor;: el profeta le dijo: «El Señor ha perdonado tu pecado; morirás» (2 Samuel 12:1-13). Natán no le perdonó su pecado a David, sino le comunicó el perdón de Dios, y le dio como señal de la seguridad del perdón el hecho de que no moriría Así podemos decir que lo que Jesús hizo fue asegurarle al hombre el perdón de Dios, comunicándole algo que Dios y le había concedido. Esto es indudablemente cierto; pero no parece agotar toda la verdad.

(ii) Podríamos tomarlo como que Jesús estaba actuando como representante de Dios. Juan dice: «El Padre no juzga nadie, sino que ha dejado todo el juicio al Hijo» (Juan 5:22). Si se Le ha encargado del juicio a Jesús, también se Le tiene que haber encargado del perdón. Tomemos una analogía humana. Las comparaciones son siempre imperfectas, pero no podemos prescindir de ellas. Una persona puede darle a otra unos poderes notariales. Eso quiere decir que le ha confiado sus bienes y propiedades. Está conforme con lo que su representante haga en su nombre, y que las acciones de su representante se consideren tan vinculantes como si fueran realizadas por él mismo. Podemos tomarlo como que eso es lo que Dios hizo con Jesús: delegar en Él Sus poderes y privilegios de tal manera que la palabra de Jesús no fuera menos que la palabra de Dios mismo.

(iii) Podemos tomarlo todavía en otro sentido. Toda la esencia de la vida de Jesús es que en Él se nos muestra claramente la actitud de Dios para con los hombres. Ahora bien, esa actitud era todo lo contrario de lo que la gente había pensado antes que era la actitud de Dios. No era una actitud de justicia hosca, severa, austera, ni una actitud de constante demanda. Era una actitud de perfecto amor de un corazón anhelante de perdonar.

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