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Marcos 2: La fe que mueve obstáculos

No tenemos que suponer ni por un momento que todas esos fueran pecadores en el sentido moral de la palabra. La palabra pecador (hamartólós) tenía dos significados. Quería decir una persona que quebrantaba la Ley moral; pero también querían decir una persona que no cumplía la ley de los escribas. El hombre que cometía adulterio y el que comía cerdo eran pecadores los dos; el que era culpable de robo o asesinato y el que no se lavaba las manos todas las veces que requería el ritual eran ambos pecadores. Entre los invitados de Mateo probablemente habría muchos que habían quebrantado la Ley moral y que iban por libres en la vida; pero sin duda se incluían muchos cuyo único pecado era que no observaban las reglas y normas de los escribas.

Cuando acusaron a Jesús de conducta escandalosa, Su respuesta fue muy sencilla: Un médico -dijo- va donde se le necesita. La gente que goza de buena salud no le necesita, y sí los enfermos. Eso es lo que hago Yo: voy a los que están enfermos del alma y más Me necesitan.

El versículo 17 está muy concentrado. A primera vista parece como si Jesús no tuviera interés en las buenas personas; pero el detalle es que la única persona por la que Jesús no puede hacer nada es la que se considera tan buena que no necesita nada de Él; y la única persona por la que Jesús puede hacerlo todo es la persona que es y se sabe _ pecadora, y anhela de corazón la cura. No tener ningún sentido de necesidad es haber erigido una barrera entre nosotros y Jesús; te un sentimiento de necesidad es poseer el pasaporte a Su presencia.

La actitud de los judíos ortodoxos para con los pecado se componía realmente de dos cosas.

(i) Se componía de desprecio. «El hombre ignorante de la Ley -decían los rabinos- no puede nunca ser piadoso.» El filósofo griego Heráclito era un aristócrata arrogante. Un cierto Escitino se propuso poner en verso los discursos de Heráclito ‹› para que la gente menos intelectual pudiera leerlos y entenderlos. La reacción de Heráclito se plasmó en un epigrama «Heráclito soy. ¿Por qué me arrastráis arriba y abajo, vosotros ignorantes? No fue para vosotros para los que yo trabajé, si para los que me entienden. Uno de ellos a mis ojos vale treinta mil, mientras que las hordas innumerables no valen que uno de ellos.»

La masa no le inspiraba más que desprecio Los escribas y los fariseos despreciaban a las personas corrientes; Jesús las amaba. Los escribas y los fariseos se colocaban en sus pequeños pedestales de piedad ritualista, y miraban por encima del hombro al pecador; Jesús se acercaba a él, y sentarse a su lado le elevaba.

(ii) Se componía de miedo. Los judíos ortodoxos le tenía un miedo terrible al contagio del pecado; tenían miedo de que se les pegara algo malo del pecador. Eran como un médico que se negara a tratar un caso de enfermedad infecciosa no fuera que la contrajera. Jesús era Uno que se olvidaba de Sí mismo en Su gran deseo de salvar a otros. C. T. Studd, el gran misionero de Cristo, tenía un epigrama de cuatro versos que le encantaba citar:

Hay quienes quieren vivir en el radio
que alcanzan las campanas de su iglesia;
yo tengo mi servicio de rescate
a un palmo del infierno.

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