El que tiene desprecio y miedo en el corazón no puede ser nunca pescador de hombres.
LA GOZOSA COMPAÑÍA
Marcos 2:18-20 Los discípulos de Juan tenían costumbre de ayunar, lo mismo que dos fariseos. Así es que vinieron a Jesús y Le preguntaron: -¿ Cómo es que los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan, y los Tuyos no?
-No cabe duda -les contestó Jesús- que los que están convidados a una boda no se ponen a ayunar cuando el novio está con ellos. Mientras tienen al novio, no ayunan. Pero sucederá que algún día el novio les será arrebatado; y entonces, ese día ayunarán. Entre los judíos más estrictos, el ayuno era una práctica regular. En la religión judía había solamente un día de ayuno obligatorio, el del Día de la Expiación. El día que la nación entera confesaba su pecado y recibía el perdón era El Ayuno por excelencia. Pero los judíos estrictos ayunaban dos días por semana, los lunes y los jueves. Conviene notar que el ayuno no era tan serio como parece, porque duraba desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde, y después se podía comer normalmente.
Jesús no estaba en contra del ayuno como tal. En el Sermón del Monte lo incluyó entre los pilares de la piedad juntamente con la oración y la limosna (Mateo 6:1-18). Hay muy buenas razones para practicar el ayuno. Uno puede abstenerse de cosas que le gustan por mor de la disciplina personal, para estar seguro de que las domina, y no ellas a él; para estar seguro de no llegar a depender~de ellas tanto como para no poder vivir sin ellas. Puede negarse por algún tiempo comodidades y cosas agradables para poder apreciarlas aún más. Una de las mejores maneras de aprender a apreciar nuestros hogares es tener pasar algún tiempo fuera de ellos; y una de las mejores maneras de apreciar los dones de Dios es prescindir de ellos por al tiempo.
Estas son buenas razones para ayunar. Lo malo de fariseos era que en demasiados casos ayunaban por exhibicionismo, para llamar la atención de la gente a su piedad. Llegaban hasta a pintarse la cara de blanco y salir descuidadamente vestidos los días de ayuno para que no se pudiera por menos de notar que estaban ayunando, y para que todos observaran y admiraran su devoción. Era para llamar la atención de D› a su piedad. Creían que ese acto especial de piedad extra h que Dios se fijara en ellos. Su ayuno era un rito y un ritual exhibicionismo. Para tener algún valor, el ayuno no debe ser rito; debe ser la expresión de un sentimiento del corazón. Jesús usó una alegoría gráfica para decirles a Sus objeto por qué Sus discípulos no ayunaban.
Después de una boda judía, la pareja no se iba para la luna de miel, sino se queda en casa. Durante una semana o así mantenían su casa abierta y estaban de fiesta y de celebración. En un tiempo en que vida era tan dura, la semana de la boda era la más feliz de 1 vida de una persona. Los más íntimos amigos y amigas de lo novios estaban invitados aquella semana; y se los llamaba los hijos del tálamo nupcial.» Jesús comparó Su pequeña compañía con los hijos del tálamo nupcial, los huéspedes especiales e una fiesta de bodas. Había una disposición rabínica concreta que decía: «Todos los que están al servicio del novio queda relevados de todas las prácticas religiosas que hubieran reducido su alegría.» Los invitados a una boda estaban exentos de, ayunar.
Este incidente nos dice que la actitud característicamente cristiana en la vida es la alegría. El descubrir a Cristo y el estar en Su compañía es la clave de la felicidad. Hubo un famoso criminal japonés llamado Tockichi Ishii. Era un despiadado total y bestial. Había asesinado brutalmente a hombres, mujeres y niños en su carrera de crímenes. Le detuvieron y metieron en la cárcel. Dos señoras canadienses le visitaron en la prisión. No consiguieron hacerle hablar; solamente las observaba con un gesto de fiera. Cuando se marcharon le dejaron un ejemplar de la Biblia con la esperanza de que la leyera. El la leyó, y la historia de la Crucifixión de Jesús le hizo un hombre cambiado. Más tarde, cuando llegó el carcelero a llevar al condenado a la ejecución, no encontró al bruto endurecido y hosco que esperaba, sino a un hombre con una sonrisa radiante. Porque el asesino había nacido de nuevo.» La señal de su nuevo nacimiento era una sonrisa radiante. La vida que se vive en Cristo no puede ser más que una vida de alegría.
