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Marcos 2: La fe que mueve obstáculos

Vemos en estos versículos de que privilegios espirituales tan grandes gozan algunas personas, y de los cuales no hacen, sin embargo, ningún uso.

Es esta una verdad que confirma de una manera notable la historia de Capernaúm. Ninguna ciudad de Palestina parece haber gozado tanto como esta de la  presencia de Nuevo Testamento Señor, durante su ministerio terrenal. Fue el lugar en que habitó después que salió de Nazaret. Mt. 4.13. Allí fue donde hizo  muchos de sus milagros, y donde pronunció muchos de sus sermones. Pero al parecer, nada de lo que Jesús dijo o hizo, produjo ningún efecto en el corazón de  sus habitantes. Acudían a oírlo, según vemos en este pasaje, «hasta que no había lugar en torno de la puerta» se admiraban, se sorprendían, se llenaban de  asombro al contemplar sus obras portentosas, pero no se convertían. Vivían bajo los rayos refulgentes del Sol de Justicia en su cenit, y a pesar de eso, sus  corazones permanecían endurecidos. Y arrancaban de los labios de nuestro Señor la condenación más terrible que pronunció contra ningún lugar, excepto  Jerusalén: «Y tu Capernaúm, que estáis ensalzada hasta el cielo, serás abatida hasta el infierno; porque si en Sodoma se hubiesen hecho los milagros que en ti,  subsistiera aún hoy día. Por eso te digo, que el país de Sodoma será castigado con menos rigor que tu en el día del juicio» Mateo 11.23-24 Buenos es que todos nosotros nos fijemos bien en ese hecho de Capernaúm. Estamos muy dispuestos a suponer que tan solo se necesita predicar el Evangelio  con fuerza para convertir almas, y que tan pronto como la Buena Nueva es proclamada en un lugar, todo el mundo debe allí creer. Olvidamos el poder  extraordinario de la incredulidad, y lo profundo de la enemistad del hombre contra Dios. Olvidamos que los habitantes de Capernaúm escudaron la  predicación más intachable, que la vieron confirmada por los milagros más sorprendentes, y sin embargo, permanecieron muertos en sus transgresiones y  pecados. Debemos recordar que el mismo Evangelio que es poder de vida para unos, es poder de muerte para otros, y que el mismo fuego que ablanda la cera  endurece el barro. Efectivamente, nada endurece más el corazón del hombre, como oír regularmente el Evangelio, y preferir deliberadamente el servicio del  pecado y del mundo. Nunca hubo un pueblo tan altamente favorecido como el de Capernaúm, y nunca tampoco se vio un pueblo que pareciera más  endurecido. Guardémonos de seguir sus huellas. Debemos repetir con frecuencia la plegaria, «De la dureza de corazón líbranos, buen Señor».

Vemos en segundo lugar en estos versículos, cuan gran bendición suelen resultar las aflicciones para el alma del hombre.
Se nos dice que un paralítico fue llevado a nuestro Señor en Capernaúm para que lo curase. Inválido e impotente, fue llevado en su cama por cuatro buenos  amigos suyos, y colocado en el centro del lugar en donde Jesús estaba predicando. Consiguió el hombre inmediatamente el objeto de sus deseos; el gran  Médico del alma y del cuerpo lo vio, y le dio rápido alivio y al fin le restauró salud y fuerza. Le concedió el don mucho más grande del perdón de sus pecados.
En una palabra el hombre que aquella mañana había sido sacado de su casa, débil y enfermo de cuerpo y alma, volvió a ella regocijado.

¿Quién puede dudar que hasta el fin de sus días este hombre dio gracias a Dios por haber estado paralítico? Sin esa circunstancia probablemente hubiera  vivido y muerto en completa ignorancia y nunca hubiera visto a Cristo. A no ser por esa circunstancia, hubiera estado toda su vida paciendo sus ovejas en los  verdes collados de Galilea y nunca hubiera sido llevado a Cristo, y nunca tampoco hubiera oído sus benditas palabras, «tus pecados te son perdonados». La  parálisis fue realmente una bendición. ¿No podríamos decir que fue para su alma el comienzo de la vida eterna? ¡Cuántos en todos tiempos pueden asegurar que por ellos ha pasado lo que experimentó este paralítico! Las aflicciones los han enseñado; los pesares han sido  en último resultado misericordias, las pérdidas ganancias, y las enfermedades los han conducido al gran Médico de las almas, los ha dirigido a la Biblia, los  han apartado del mundo, los han hecho ver su propia necedad y por fin los han enseñado a orar. Millares de personas pueden decir como David, «es un bien  par mi verme afligido, para que así pueda aprender tus estatutos» Salmo 119.71 Guardémonos de murmurar cuando nos vemos afligidos; que toda cruz es una necesidad y hay razones muy sabias para toda prueba. Las enfermedades y los  pesares son mensajeros bondadosos de Dios, que se propone así llamarnos más cerca de El. Supliquémosle que nos haga comprender la lección que quiera  darnos en las aflicciones, no sea que «cerremos nuestros oídos cuando El nos habla».

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